2 de diciembre de 2010

"La tecnología es la magia de hoy"

Conspiraciones, mitos, curiosidades y actores de reparto de la historia de la ciencia protagonizan "Inspiraciones", el nuevo libro de Capanna. Además del diálogo con su autor, un panorama de los temas que debate hoy el mundo científico.

"La ciencia ficción me aburrió", confiesa Pablo Capanna. El filósofo hace una pausa, repasa mentalmente sus palabras y las reafirma: "Sí. Ya no me sorprende demasiado. Como ocurre en cualquier género, llega un tiempo en el que se codifica. Y eso pasó con la ciencia ficción. Ya hay tantos lugares comunes que no se pueden eludir y son pocas las obras verdaderamente originales o que logran esquivar temas recurrentes como los extraterrestres, los robots, los mundos paralelos, los viajes en el tiempo. El impulso de este género literario disruptivo se fue deteniendo con los años. Y no hay que olvidar que la ciencia actual llegó a tal punto, a tal grado de desarrollo, que incluso puede leerse como ciencia ficción".

En esa sentencia y reflexión sobre un género atropellado por los descubrimientos cotidianos que él mismo supo anticipar, se pueden encontrar algunas de las razones del viraje o timonazo temático de este autor catapultado a la fama en 1967 por su ensayo El sentido de la ciencia ficción, el primero en su tipo en español, en el que radiografiaba como nadie este tipo de literatura considerada durante décadas un entretenimiento evasivo para adolescentes.

Sin darles del todo la espalda, en su último libro titulado Inspiraciones (Paidós), Capanna se aleja de los sueños de la razón para auscultar bien de cerca a la razón misma. Se separa momentáneamente de Edgar Allan Poe, de Mary Shelley, H.G. Wells, Jules Verne, H.P. Lovecraft, Philip K. Dick, Bradbury y Ballard para escuchar a Descartes, Newton y Copérnico. Y lo hace sin repetir una fórmula gastada: el escritor no los endiosa ni los adula como a genios o santos. Capanna, más bien, corre el telón de fondo de la historia de la ciencia y descubre allí a los actores de reparto, a las figuras olvidadas, recuerda conspiraciones y fraudes y excava entre mitos y curiosidades para hallar polémicas por años sepultadas.

-En el prólogo del libro, usted despotrica contra la historia vista como una lista de nombres y fechas, una enumeración automática de quién había hecho tal cosa antes. ¿Cree que en "Inspiraciones" logró alejarse de esta mirada ingenua?
-Esa fue en principio mi intención. Mi plan fue armar algo así como una tetralogía: agrupar mis ensayos en cuatro temáticas, cuatro volúmenes recopilatorios. Así surgió el año pasado Conspiraciones: guía de delirios posmodernos (Ediciones de la Flor) sobre pseudociencias, teorías conspirativas y sectas delirantes. Ahora le sigue Inspiraciones, centrado en la historia de la ciencia. Y luego vendrán Aspiraciones –sobre utopías– y Maquinaciones, centrado en la tecnología. Son trabajos repensados, corregidos, reciclados, fusionados, actualizados.

-Los libros sobre historia de la ciencia por lo general se centran y repiten únicamente las aventuras de los grandes héroes científicos como Copérnico, Galileo, Newton, Einstein. ¿Por qué ocurre eso?
-Yo lo llamo el "efecto Billiken", son colecciones de figuritas, como si no hubieran habido más científicos que ellos. A mí, en cambio, me gusta ir por los costados porque la ciencia es una actividad colectiva que a veces avanza a pasos muy cortos y otras veces a pasos muy largos. Eso del genio al que se le prende la lamparita es una distorsión, una burda simplificación. Yo, por ejemplo, rescato mucho al monje y matemático francés Marin Mersenne (1588-1648), muy poco recordado pero que desempeñó un papel decisivo en el origen de la ciencia moderna. Fue una especie de webmaster del siglo XVII, el administrador de una vasta red europea de científicos que con sus cartas conectaba y propiciaba diálogos entre sus amigos entre los que figuraban Descartes, Fermat, Galileo, Pascal.

-Usted se centró en una historia no tan solemne de la ciencia, se alejó del canon. ¿No considera que muchos científicos célebres fueron santificados?
-Eso de la genialidad científica que tocaba sólo a algunos a veces no es del todo cierto. En muchos casos se trata exclusivamente de trabajo duro, muchos años trabajando en un tema. Los fracasos, frustraciones y errores también son ciencia. Los aportes y descubrimientos realizados por estos hombres y mujeres no los exime de su humanidad, no los hacen santos. Einstein golpeaba a su mujer y tuvo una hija a la que nunca reconoció. Por lo general, a los científicos se los endiosa demasiado. Sí, ellos hicieron cosas con sus cabezas que no todos los humanos hacemos y hay que respetarlos, pero tampoco podemos olvidar que eran personas con sus virtudes, defectos y ridiculeces. Siempre es sorprendente saber que un tipo que se mandó una canallada después tuvo una genialidad. Esas mundanidades nos acercan a ellos.

-Igualmente, usted no incurrió en el biograficismo.
No es lo mío. Ahora hay una tentativa de hacer una biografía no autorizada de cualquiera. Primero lo inflan y después lo pinchan. Eso es sensacionalismo. Ya va a aparecer alguien que escriba una historia sexual de los científicos. El fundamentalismo de la precisión que caracteriza a la actividad de la ciencia a veces hace olvidar que a lo largo de la historia hubo investigadores que tramaron conspiraciones e incurrieron en fraudes como el físico francés René Blondlot (1849-1930) recordado por haber inventado los disparatados "rayos N", un supuesto nuevo tipo de radiaciones que engatusaron a la comunidad científica de principios del siglo XX.

-Uno de los apartados del libro está dedicado a los actores de reparto de la ciencia. ¿Por qué decidió centrarse en ellos?
-Porque son científicos tan importantes como los "científicos héroes" que se llevaron la fama y gloria, aunque lamentablemente pocos los recuerdan. Por ejemplo, cada vez que se habla del ADN y su doble hélice, de sus descubridores en 1953, James Watson y Francis Crick, se omite a la biofísica Rosalind Franklin, que tuvo un rol fundamental. Otro personaje interesantísimo es el francés Evariste Galois, un prodigio de las matemáticas que murió en un duelo a los 21 años. Podrían hacer una película sobre su vida. También se suele confundir a las personas que patentaron algo con las que lo inventaron, que por lo general suelen ser más de una.

-¿Se considera entonces un rescatista de este elenco de protagonistas olvidados?
-Podría ser. Vale la pena ver qué hicieron, conocerlos, seguir su trabajo, como el del naturalista sueco Carl von Linné (1707-1778) que sentó las bases de la taxonomía, el sistema de clasificación de los organismos vivos que usamos en la actualidad. Pero también están aquellas historias de notables científicos que se cuentan sesgadamente. Newton era el genio puro dedicado a la matemática. Pero en su vida de todos los días era bastante cretino. Incluso fue una especie de Armando Gostanián de su época: llegó a ser el interventor de la Casa de la Moneda de Londres en abril de 1696. Y no muchos saben que Copérnico, el fundador de la cosmología moderna, se anticipó a los patacones con su estudio de las seudomonedas en el siglo XV.

-Eso no hace más que demostrar que estos individuos eran seres complejos que lograron escapar del anonimato de su época. ¿Piensa que la imagen de muchos de ellos fue desvirtuada con los años, agigantada y hasta edulcorada mucho o poco?
-El científico es de por sí una construcción social. Como ocurre con el resto de los protagonistas de la historia, sus logros y hazañas se repiten tantas veces que sus miserias y sus vicisitudes cotidianas terminan por diluirse. Incluso hoy la sociedad posiciona a la figura del experto por encima del resto como si fuera el depositario incuestionable del saber, incapaz de decir "no sé". Por eso los científicos mismos deberían empaparse más de la historia de la ciencia. Pero no. Le tienen rechazo. Conocí ingenieros para los que Newton era únicamente una fórmula, "masa por distancia". Muchas veces la ciencia y la tecnología funcionan borrando su propio pasado. Por eso creo que a la ciencia hay que incorporarla a donde pertenece: a la cultura. Como hablás de los escritores podrías hablar de los científicos.

-¿Y cómo llegó a estos personajes?
-Los temas de los ensayos pueden surgir en cualquier lado. A veces en una conversación, una charla de café, mientras busco otra cosa, un correo SPAM. Siento a veces que es como tirar pacientemente de un hilo. Tiro y tiro y de pronto doy con una historia mucho más amplia y rica. Por ejemplo, hace poco me mandaron un mail-cadena con una presentación de PowerPoint sobre el supuesto "fraude de Stonehenge". Y esa pista me llevó a pensar: ¿por qué uno de entrada cae en esas cosas? Hay una voluntad de creer. Por lo general, es algo que satisface las expectativas. Es paradójico: hay mucha información disponible ahora, pero la gente no chequea nada. Vivimos cada vez más en una sociedad acrítica.

-Y esa es la puerta de entrada de las pseudociencias.
-Sí, también hay muchas más. La desinformación científica se aprecia fácilmente en los noticieros. Alguien ve algo extraño en el cielo y grita "ovni". O "chupacabras", "Nahuelito" o el monstruo de turno para pasar el rato. Este tipo de tematización es peligrosa. Como lo es también la reiteración ciega de "milagro de la ciencia". Y eso no es todo: la tecnología es vista y vivida hoy como magia. Estamos en una época en la que no sabemos cómo funcionan las cosas que usamos todos los días. La magia deslumbra y fascina, como ocurre hoy con la tecnología. No hay una mirada crítica y eso habla mucho no sólo de una sociedad sino del rol que tiene asignado la ciencia en ella. Por eso es importante empaparse con estas historias, aprender que las cosas no nacen de un repollo.

-En su libro afirma que vivimos en una época en la que hay una "ilusión de conocimiento". ¿A qué se refiere con eso?
-Hasta no hace mucho la información era un bien escaso y no abundante como lo es ahora. La expansión y naturalización de Internet produjo una explosión, como si una represa de repente hubiera rebalsado. Sin darnos cuenta la información nos inundó. Estamos ebrios de noticias, de datos, de fechas, de nombres. Y muchas veces confundimos información con conocimiento. Estar al tanto no es lo mismo que saber o conocer. No nos convertimos todos en expertos.

-Su estilo es más narrativo que académico. ¿Es una decisión deliberada?
-Fue evolucionando con el tiempo. Mis ensayos los concibo como si fueran cuentos. Antes escribía con un estilo más académico pero con los años terminé estructurando estas historias con una introducción, un desarrollo y un remate. Me gusta explicitar cuándo y cómo se me ocurrió un tema, como si fuese una asociación de ideas. Es una manera más de mostrar que la ciencia nos rodea, que está en nuestra vida cotidiana y no sólo en los laboratorios.

-¿Cuáles cree que fueron los principales cambios en el quehacer científico en los últimos cien años?
-Hay muchas transformaciones pero una de las más notorias es aquella que marca el fin de una era y el comienzo de otra. La ciencia dejó de ser vista como un hobby, una aventura romántica desarrollada en soledad por unos pocos hombres como Newton, Einstein o Edison. En menos de cien años se convirtió progresivamente en toda una empresa bélico-burocrática con proyectos faraónicos, institutos, academias y reglas propias. Para muchos estados, la ciencia también se volvió en un arma. Es lo que se conoce como la era de la Big Science. Desde la Segunda Guerra Mundial, no hay ni puede haber Galileos, Keplers, Copérnicos, o sea, individuos capaces de llevarse absolutamente todo el rédito y la gloria por un descubrimiento. La ciencia evolucionó en un gran monstruo, en una actividad colectiva con héroes anónimos y grupales que no aparecen en los noticieros, en las revistas y que, seguramente, con los años, décadas y siglos serán olvidados.

-Aunque siempre habrá alguien como usted para rescatarlos.
-Espero. La historia por lo general suele ser injusta pero da revanchas. Es lo que ocurre, por ejemplo, con Faraday, recordado en estos años gracias a un personaje de la serie Lost con el mismo apellido. Michael Faraday vivió en la Inglaterra del siglo XIX y fue uno de los primeros científicos que reconoció la importancia de la divulgación, el valor de acercarle la ciencia a la gente. De hecho, además de ser recordado por sus investigaciones pioneras sobre una de las fuerzas de la naturaleza, el electromagnetismo, se lo evoca por La historia química de una vela, un ciclo de charlas de 1826 dedicadas a chicos que se convirtió en un clásico. El caso de Faraday, hijo de un herrero y considerado el último empírico de la ciencia moderna, demuestra que los descubrimientos e inventos no surgen de la nada. La historia es una gran cadena de conexiones, de vínculos, de inspiraciones, de intertextualidades. El trabajo de Faraday inspiró a Edison, a Maxwell y a Lord Kelvin, que a su vez inspiraron a muchos más. Faraday vivió en una época en la que la palabra "científico" recién iba tomando fuerza y en la que la ciencia comenzaba a tener cierto reconocimiento social y político. Sus investigaciones incluso entusiasmaron a la reina Victoria: sin Faraday hoy no tendríamos electricidad, una fuerza ambigua: nos permite comunicarnos con computadoras y alumbrar las calles de noche pero también alimenta a la silla eléctrica.

-¿Qué opina de las predicciones de Nicholas Negroponte según el cual el libro de papel morirá de acá a cinco años?
-Es un fenómeno curioso. Los escritores de ciencia ficción están siendo desplazados por estos futuristas profesionales, personajes como Negroponte o el ingeniero Ray Kurzweil cuyo trabajo consiste en arrojar predicciones. Son tirabombas. Lo de la muerte del libro lo escuché hace cuarenta años. El siglo XX y ahora el XXI son grandes cementerios, períodos en los que se anunciaron la muerte del hombre, de la ciencia, de la naturaleza, la familia. Mataron a todos.

-¿Cree entonces que es por esta saturación de innovación que la ciencia ficción está en crisis?
-Es una de las muchas razones. Ahora impera una dictadura de lo nuevo, de lo último. Cada día hay un descubrimiento. Y aquel continente extraño llamado "futuro" dejó de ser pensado como algo lejano. Ahora, el futuro es hoy, ya. Por eso me gusta pensar a la ciencia con la ciencia ficción, un género literario que configuró el imaginario del siglo XX. El mundo en que vivimos no sería lo que es de no haber existido la ciencia ficción. Sus escritores quisieron anticipar el futuro y terminaron proponiéndolo.

-No resulta entonces muy extraño que la mayoría de los científicos del siglo XX leyeran y hasta escribieran ciencia ficción.
-La ciencia ficción siempre fue un campo de experimentación. En un cuento se podía largar una idea loca que no tenía cabida en un paper científico. Lo curioso es que esa idea latente no se quedaba ni moría ahí: después otro la levantaba, la desarrollaba hasta que algún día alguien la llevaba a la práctica. En muchos casos, la ciencia ficción creó una especie de futuro autocumplido. Una idea con el tiempo se diseminaba y se cristalizaba en el imaginario hasta que se volvía realidad. La etiqueta de "ciencia ficción" se achicaba. Y, antes de lo esperado, se convertía simplemente en "ciencia".

Capanna Básico
Florencia, 1939
Filósofo, periodista, ensayista

Nació en Italia y se radicó en la Argentina a los diez años. Es filósofo, ensayista y docente universitario en la Universidad Tecnológica Nacional (UTN). Fue redactor y vicedirector de la revista Criterio, además de columnista y colaborador en varias publicaciones; entre ellas El Péndulo, Minotauro, Axxón y Página/12. En su obra figuran libros como "El sentido de la ciencia ficción" (1967), "El Señor de la Tarde: Conjeturas en torno de Cordwainer Smith" (1984), "Idios Kosmos: Philip K. Dick" (1991), "J.G. Ballard: el tiempo desolado" (1993) e "Historia de los extraterrestres" (2006). Recibió premios como el Diploma de Honor del Konex, entre otros.

Gentileza Revista Ñ

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