23 de noviembre de 2009

Roberto Saviano / Entrevista


"Gomorra", su primera obra de no ficción, fue editada en 2006 en Italia, donde lleva vendidos 1,2 millón de ejemplares. Se publicó en 33 países. En 2008 fue llevada al cine con guión de Saviano, en un brillante film de Matteo Garrone que arrasó en los principales festivales europeos. Su filiación cinematográfica, sin embargo, es más próxima al neorrealismo italiano y a Vittorio de Sica, que a Hollywood. Dice Saviano: "Cuando pregunté por qué nos excluyeron de concursar por los Oscar, me explicaron que la película no atribuía ningún heroísmo a los mafiosos. Cierto, de eso nos cuidamos bien."

ENTREVISTA EXCLUSIVA AL AUTOR DEL BEST SELLER "GOMORRA"Saviano: "Hay capitales de la mafia invertidos en Argentina"

Tras la crisis del 2001 Argentina fue invadida por capitales criminales de todo el mundo, con agrado de sus funcionarios, desde luego, pues era un momento de miseria. De acuerdo con los magistrados italianos, la Camorra llevó mucho dinero allí. Y la mafia libanesa, que invirtió comprando costa, muelles y terminales portuarias. Es una pena que no se investigue el origen de esas inversiones."

Es el escritor Roberto Saviano, el perseguido número uno de Europa, quien nos da estas noticias, que aún no han podido ser corroboradas por este diario. El autor de Gomorra, la investigación en la que revela las tramas de negocios y las guerras entre los clanes de la mafia napolitana, recibió a Clarín en Roma para una larga conversación. Digamos mejor, dos automóviles polarizados con media docena de carabinieri de civil, que traían al escritor desde su refugio, pasaron por nuestro hotel.

La sombra de su barba de meridional, visible incluso recién afeitada, le da un aspecto oscuro que queda desmentido por su sonrisa juvenil. Veintinueve años son pocos para tener que sobrellevar, debido a solo 300 páginas, una faida, la amenaza camorrista cuya larga memoria recuerda la persecución musulmana a Salman Rushdie. Al publicarse el libro en Italia, en 2006, Saviano fue amenazado de muerte por los clanes de la región Campania y desde entonces vive bajo protección. En 2008 publicó otros dos libros en Italia, "El anillo" y "Lo contrario de la muerte", que pronto saldrá en castellano.

Como todas las mafias italianas, la Camorra está compuesta de diversos clanes familiares vinculados al territorio (así, los hombres fuertes de Casal di Principe se llaman los Casalesi) y con alianzas estratégicas en otros barrios de una misma ciudad o en la región y, a la vez, con polos internacionales. Nacido en Casal, sede de poderosos camorristas, Saviano empezó por un detalle. A fines de los 90, un periodista detectó que este pueblo figuraba a tope en la matrícula de Mercedes Benz en Europa. Y detectó una coincidencia: también tenía el récord de homicidios. Lo que Saviano va a contar, durante el diálogo en las oficinas romanas de la editorial Mondadori, no es una épica de buenas familias y trapos sucios, sino el mapa criminal de la Camorra en su madurez global, el modus operandi del Sistema y el incalculable alcance de sus filiaciones. Y si comenzamos por el tráfico de droga -y no por el puerto de Nápoles, donde todos los negocios se anudan- es porque éste reditúa a la Camorra la descomunal liquidez que le da fiereza: una facturación 60 veces superior a la de Fiat y 100 veces la de Benneton.

"Argentina y Brasil siempre fueron plazas propicias. Hoy buena parte de la cocaína que ingresa en Italia es embarcada en puertos brasileños y argentinos. Esto no ocurría a tal grado antes de vuestra crisis. De hecho, las naves partían mayormente de México. Las rutas actuales son Brasil o Argentina, pero antes de llegar a Europa pasan por países africanos comprados por el narcotráfico: Nigeria, Liberia y Togo. Hoy la gran pregunta de los magistrados es el rol del presidente venezolano Hugo Chávez en este nuevo mapa del narcotráfico. Saviano sostiene que en la actualidad, la Ndrangueta calabresa tiene lazos globales aún más potentes que la Camorra, mientras que la Cosa Nostra siciliana, la que retratan los clásicos del cine, "es la mafia en crisis y quizá solo existe en la cabeza de los periodistas y los espectadores." La Camorra napolitana, sin embargo, es la mafia más joven, la que gestionan las promociones más recientes de la criminalidad.

En su visión, la Camorra se destaca por su gran vocación de modernidad. Aprovecha cada aspectosde la globalización y la vida contemporánea, el ansia de consumo, la revolución comercial de los containers...

A diferencia de la siciliana, la Camorra no tiene una estructura piramidal sino horizontal. En verdad, es una organización estructurada federativamente. Cada grupo gestiona la propia economía y toma sus decisiones, tiene plena autonomía de acción y capacidad de aliarse con otros grupos. No reporta a una cúpula y esto la hace muy dinámica. Su fuerza reside en el constante recambio de líderes y opciones criminales.

Y ya no está regida por el código de la Omertá. Los capos que han ido a la cárcel han sido cantados por un arrepentido, los famosos pentiti de la Justicia italiana, que pasan a colaborar con los magistrados.

En todo negocio delictivo existe el pacto de silencio. Pero al igual que la Ndrangueta, la Camorra se esfuerza por dejar atrás viejos códigos, como el corte y mezcla de sangre, ritos iniciáticos de un pasado arcaico. ¡La racionalidad camorrista hace dinero con todo lo posible! A diferencia de las actividades legales, estos negocios pueden darse el lujo del error. Cuando el emprendedor legal fracasa, quiebra. El camorrista puede acabar muerto pero sus negocios nunca quiebran. Por lo tanto, no conoce la vacilación comercial.

Eso hace de la Camorra una vanguardia del capitalismo.

El crimen organizado lo es. Los mafiosos son grandes emprendedores, invierten en sectores antes de que se vuelvan redituables. La mafia italiana fue la gran pionera de la inversión en China y el Este de Europa. Esto es posible porque, a diferencia de las demás empresas, su riesgo financiero es casi nulo. Dado que sus fondos provienen de la cocaína y la extorsión, pueden gozar de un alto valor agregado en la economía. Cuando empiezan a invertir en los países del Este, a comienzos de los 90, colonizan su estructuras de inmediato. ¿Por qué los mafiosos italianos son los primeros? Simple: son quienes salen a corromper a los políticos y policías comunistas y así consiguen el primado en los negocios. La noche misma en que cae el muro de Berlín, se produce una llamada telefónica desde Cattania con un mafioso que se encuentra en esa ciudad alemana. Es una escucha muy reveladora, que consta en actas judiciales. En ella, el capo calabrés interrumpe al amigo para preguntarle en qué sector de Berlín se encuentra. "En el oeste", dice el joven. "¡Error!", responde el capo; "debés irte de inmediato al Este..." "Pero es que en el Este no hay nada!" "¡Precisamente por eso!" Su orden, esa misma noche de estupor, es relevar el catastro de lo que se podrá rapiñar antes que nadie. Así es como las mafias italianas son las primerísimas en comprar a precio tirado todos los garages, los depósitos, para convertirlos en restaurantes, bares, pornoshops, todo lo que faltaba en esa sociedad. Imagínese, capitales europeas vírgenes de pizzerías y saunas. Entretanto, los inversores de Europa occidental seguían evaluando cómo reaccionaba la población acostumbrada a un régimen represivo...

Al nivel clave del barrio, usted presenta la Camorra como una agencia de servicios para necesidades básicas, bajo un panorama social devastado por el desempleo. En el interior de Campania, pertenecer al Sistema facilita la vida.

Es lo propio del crimen organizado. De hecho, el sociólogo Diego Gambetta, de la universidad de Oxford, interpreta la mafia como proveedora de servicios, el más importante de los cuales es la protección. La opinión pública se sorprende de que en un país central todavía se pague la extorsión pero no comprenden el fenómeno. Pagar no significa perder dinero, pagar da ventajas. Allana el camino a un crédito bancario, acelera trámites jubilatorios, hasta garantiza la puntualidad de un radiotaxi. Mirémoslo a escala de las grandes empresas. Contribuir a la Camorra le permite a un fabricante tener al camión proveedor a tiempo y enfrentar los aprietes de las aseguradoras, dado que un afiliado recibe mejor precio en los seguros cuando lo presenta el miembro de un clan.

Pero esas ventajas son inseparables del régimen de terror.

¿Cómo es posible que empresas gigantescas como Parmalat, la productora de leche más poderosa de Italia, sea afiliada?, esa es la pregunta que debe hacerse. ¿Acaso Parmalat o Cirio no tiene el poder para denunciar una extorsión? No lo hacen porque el Sistema los beneficia. Gozan de altísimos descuentos en el uso de los galpones para la distribución. Un comerciante que compra la leche por fuera de Camorra obtiene un descuento del 2 %; si es de la Camorra, entre el 4 y el 7 %. Todos los locales pertenecen a algún clan y sus costos son más bajos. La Camorra tiene las estaciones de servicio y da descuento en la nafta a los camiones; y ayuda a gestionar el trabajo legal e ilegal.

El dilema y el fracaso de Michael Corleone, en El Padrino III, eran cómo pasar a la legalidad. Hoy la Camorra tiene un abanico formidable de actividades legales e ilegales asociadas.

La saga de El Padrino solo atañe a la mafia italo-americana. En los Estados Unidos el anhelo de legalidad es fortísimo por una cantidad de motivos, uno de ellos, la presión judicial. Recuerde que la familia Kennedy amasa su fortuna con el contrabando de alcohol y sus descendencia le depara un presidente y dos legisladores. En Italia la pulsión de reciclarse como hombre de bien no existe. Aquí el éxito en las actividades legales reposa en el brazo ilegal activo, en esa diversidad. La supremacía económica no reside en la actividad criminal sino en la capacidad de equilibrar negocios legales e ilegales.

¿Seguimos en el esquema clásico de un Estado dentro de otro?
No, ese modelo fue superado. ¡Hoy día las organizaciones criminales son el Estado! La mafia como anti-Estado caracterizó el auge de la Cosa Nostra, entre los años 50 y 70. Matar jueces es una clara acción contra el Estado. Con los asesinatos de los jueces Giovanni Falcone y Paolo Borsellino, en Palermo y con diferencia de meses en 1992, la Cosa Nostra cometió un error garrafal y dictó su defunción. Hoy la Camorra busca todas las alianzas posibles con el poder político. Ahí tiene usted a Carmine Schiavone, primo de Francesco, alias Sandokán, capo del clan de los Casalesi, apresado y colaborador de la Justicia. El dice: "Nosotros estamos a favor de la democracia, el Parlamentarismo y la jubilación. ¡Somos empresarios!" Es decir, se consideran parte de las fuerzas productivas y necesitan de sus regulaciones mientras no les traben los negocios. No están contra el Estado cuando invierten con sus grandes constructoras. La Camorra tiene los mayores consorcios de cemento de Italia y consigue las licitaciones. Cuando levantan shoppings y complejos comerciales que mejoran los suburbios degradados, los intendentes les dan la bienvenida. Es una alianza clásica que la Camorra gane las licitaciones para las obras públicas. Pero también son hegemónicos en las industrias del pan, las cacerolas y los juguetes. A priori, uno imagina estos sectores dentro de la ley. Pero es que la Camorra sabe que ante todo debe invertir en mercados que por definición nunca podrán quebrar. ¡Pan y pompas fúnebres...! -Volvamos a América latina. Usted sostiene que Medellín dejó de ser capital del narcotráfico; que Lima es la sucursal de la Camorra y que ahora los cónclaves se celebran en San Pablo.

Brasil es un puntal importantísimo en el narcotráfico desde fines de los 80. De hecho, los grandes capos camorristas prófugos, Antonio Bardellino y Tommaso Busceta, aliados de la Cosa Nostra en su momento, se refugiaron allí en plena guerra mafiosa. Brasil se convierte en una plaza clave por otra novedad, la aparición de la figura del broker. En Colombia unos pocos carteles dominan el negocio y fijan los precios. En cambio, en Brasil no hay monopolio: se crea allí una bolsa donde operan todos: italianos, nigerianos, albaneses, junto a los locales.

Broker, entonces, al estilo de un corredor de seguros.

Exacto, hoy domina el tráfico entre América latina y Europa. Es un cambio clave. No me refiero al camello que transporta droga en el estómago; no, un broker es el que consigue una cantidad importante en tiempo y forma. No se trata de un afiliado ni un mafioso; el no pregunta quién está al frente ni quién mata, no tiene sicarios. Es un freelancer. Esto aceleró enormemente el tráfico y explica el aumento de la penetración de la droga en Europa. Así, si yo quiero comprar cocaína para enviar a Francia, porque allí cuento con un canal, busco a un broker, quien además me da opciones de precio. Lo primero será preguntarme si yo me encargaré del transporte o si debe ocuparse del viaje él; en base a eso, cotiza el servicio.

¿Por qué antes de entrar en Europa occidental la droga debe pasar por Africa o Albania?
Porque desde allí es distribuida. El problema de los puertos y aeropuertos italianos es que habría que "adornar" a demasiados funcionarios, eso encarece. En cambio, en Albania basta con sobornar a unos pocos. El puerto de Nápoles es el agujero del mapamundi por donde se distribuye de contrabando todo lo que se produce en China pero entra poca droga por allí. Hoy en la región Campania, nuestro puerto narco es Salerno, aunque es más pequeño.

Un aspecto desopilante de Gomorra es cómo el cine de género presta una identidad a la Camorra. Cómo los mafiosos recitan líneas de Scorcese; incluso las nuevas mafiosas, pioneras de la criminalidad femenina, manejan Smart amarillos y anteojos al tono como en Kill Bill.

El cine confiere al mafioso un márketing del poder. Cossimo Di Lauro, un muchacho a quien se lo veía poco en el barrio, siempre escondido, imita a The Crow. Cuando se vuelve visible, porque cae arrestado, en esos pocos minutos debe dar una imagen de vencedor. Pero ésta ya no se basa en los viejos clisés, como dejarse larga la uña del meñique.

¡En Buenos muchachos el mafioso pica el ajo con esa uña!

Eso es fantasía. La uña larga denotaba que no se hacían tareas manuales. Hoy los jóvenes camorristas son muy cosmopolitas. Saben que les tomarán una foto y quieren dar una imagen reconocible; por lo tanto, lo mejor es parecerse a algún personaje. Si luzco como Tony Montana, de Scarface, me identificarán como el jefe. El cine comunica la imagen de fuerza. Asimismo, es parte de su cultura más profunda, aquello que los galvaniza y les da coraje.

Lo que sí queda en primer plano, en el filme de Matteo Garrone, es la cultura familiar de una sexualidad machista: para estos jóvenes killers, violencia y acción son clave de una virilidad estereotipada y muy compulsiva, casi maníaca.

Gran parte del aprendizaje básico en el poder criminal pasa por la educación sexual. Pero esto no es privativo de la Camorra, pertenece al territorio y sigue vigente en el sur de Italia, lejos de las ciudades. Por cierto, Nápoles es muy tolerante: el boss Misso tiene un hijo gay, que tiene una agencia de remises y no fue desterrado en España. Esto es impensable en los clanes Casalesi o en Caserta, donde un homosexual sería borrado. ¡En Caserta yo jamás vi a un gay! Las reglas de la sexualidad son muy estrictas. Aún hoy en las familias se insiste en que lo aceptable es casarse con una vecina del pueblo, a quien se conoce desde la infancia, mientras que para el sexo están las inmigrantes del Este. Desde la infancia se nos inculca que los italianos del norte duran menos en el acto sexual e incluso se recomienda un viaje al norte porque las mujeres no pueden resistir la superioridad del macho napolitano. Un italiano del sur solo puede ser superado por los africanos, lo cual se explica porque se trata de animales... El niño meridional crece en una sexualidad plagada de reglas. Con una mujer nunca se debe estar abajo, lo que distingue al varón del vicioso es que no da sexo oral a una mujer, cosa propia de los perros.... Este tema hasta aparece en un capítulo de Los Soprano. En los 90, años de mi adolescencia, en medio de las guerras camorristas, yo me cuidaba bien de no salir con una chica de Casal di Principe porque irremediablemente tendría que casarme con ella.

Perseguido por la mafia, apoyado por la cultura
Repudiado, condenado y perseguido por los integrantes del Sistema, sus simpatizantes, sus socios comerciales, sus protegidos, sus clientes y por todo aquel que haya visto tambalear su vida y sus actividades tras la publicación de Gomorra -es decir casi todo el mundo, al menos en la región italiana de Campania-, Roberto Saviano vive cercado por carabinieri de civil que lo acompaña a todos lados, lo trasladan, se adelantan a sus pasos y velan porque las permanentes amenazas de la Camorra contra su más incisivo delator no puedan hallar un intersticio para concretarse.

El "caso Saviano" disparó una serie de reacciones tan amplia como curiosa: los políticos italianos, cacheteados por la impunidad que el escritor les atribuye a los camorristas, levantaron la voz entre ofendidos y avergonzados, aunque felicitaron la "valentía" del joven napolitano para denunciar a la omnipresente Camorra.

La mayor solidaridad con el joven fugitivo llegó, como era de esperar, de parte de sus colegas, con el escritor anglo-indio Salman Rushdie a la cabeza. Rushdie, autor de Los versos satánicos, comparte con Saviano el infausto destino de vivir perseguido por una promesa de muerte sin vencimiento, desde que el régimen shiítia iraní le pusiera precio a su cabeza en 1988. "Roberto corre un peligro terrible", admitió sin mucha imaginación Rushdie. Los premios Nobel Dario Fo, Günter Grass, Orhan Pamuk, Desmond Tutu y Mijail Gorbachov publicaron en octubre una solicitada y exhortaron al gobierno italiano a que lo proteja. En noviembre pasado, la legendaria sudafricana Miriam Makeba cantó en un festival en favor del escritor que se hizo en Caserta. Al terminar, la estrella murió de un infarto.

Dijo Saviano a Clarín: "Amenazar a un autor en Italia ahora ya casi parece natural. Vamos pareciéndonos a Colombia..."

17 de noviembre de 2009

El Ahorcado / Philip K. Dick


El ahorcado
Philip K. Dick

A las cinco en punto, Ed Loyce se lavó, se puso el sombrero y la chaqueta, sacó el coche y atravesó la ciudad en dirección a su tienda de televisores. Estaba cansado. Le dolían la espalda y los hombros de excavar tierra del sótano y transportarla al patio posterior. De todos modos, para ser un hombre de cuarenta años, lo había hecho muy bien. Janet podría comprarse un nuevo jarrón con el dinero que había ahorrado, y le gustaba la idea de reparar personalmente los cimientos.
Estaba oscureciendo. El sol poniente arrojaba largos rayos sobre los apresurados peatones que volvían del trabajo, cansados y malhumorados; mujeres cargadas con bultos y paquetes, estudiantes de la universidad, se mezclaban con funcionarios, ejecutivos y secretarias. Detuvo el Packard ante un semáforo en rojo y arrancó de nuevo. La tienda había estado abierta sin su presencia. Llegaría justo a tiempo de colaborar hasta la hora de la cena, echar un vistazo a las cuentas del día y hasta cerrar un par de ventas él mismo. Condujo a poca velocidad frente al pequeño cuadrado de verde situado en el centro de la calle, el parque de la ciudad. No había estacionamiento ante TELEVISORES LOYCE - SERVICIO DE VENTA Y REPARACIONES. Maldijo por lo bajo y ejecutó una maniobra en forma de U. Volvió a pasar frente al pequeño cuadrado de verde, con la fuente, el banco y la farola solitarias.
Algo colgaba de la farola. Un bulto informe y oscuro, que el viento balanceaba con suavidad. Como una especie de maniquí. Loyce bajó la ventanilla y asomó la cabeza. ¿Qué demonios era aquello? ¿Algún anuncio? A veces, la Cámara de Comercio ponía anuncios en la plaza.
Dio otro giro en forma de U. Pasó frente al parque y se concentró en el bulto oscuro. No era un maniquí. Y de ser un anuncio, era muy raro. Se le erizó el vello de la nuca y tragó saliva. El sudor cubrió su rostro y manos.
Era un cuerpo. Un cuerpo humano.

—¡Fíjense! —gritó Loyce—. ¡Salgan!
Don Fergusson salió con parsimonia de la tienda y se abotonó su chaqueta a rayas con dignidad.
—Tengo un buen negocio entre manos, Bill. No puedo dejar al tipo plantado ahí.
—¿Lo ves? —Ed extendió el dedo hacia la creciente oscuridad. La farola se recortaba contra el cielo; el poste y el bulto que se mecía—. Allí está. ¿Cuánto tiempo llevará ahí? —Alzó la voz, nervioso—. ¿Es que la gente se ha vuelto ciega? Pasan de largo como si tal cosa.
Don Fergusson encendió un cigarrillo con calma.
—Tranquilo, muchacho. Tiene que existir un buen motivo para que esté ahí.
—¡Un motivo! ¿Qué clase de motivo?
Fergusson se encogió de hombros.
—Como aquella vez que el Consejo de Seguridad Vial puso el Buick destrozado. Una especie de alegato cívico. ¿Cómo quieres que lo sepa?
Jack Potter salió de la zapatería y se reunió con ellos.
—¿Qué ocurre, muchachos?
—Hay un cuerpo colgado de la farola —dijo Loyce—. Voy a llamar a la policía.
—Ya se habrán enterado —dijo Potter—, de lo contrario no seguiría ahí.
—Debo volver. —Fergusson se encaminó hacia la tienda—. Los negocios antes que el placer.
Loyce empezó a ponerse histérico.
—¿Lo ves? ¿Lo ves ahí, colgado? ¡Es el cuerpo de un hombre! ¡De un hombre muerto!
—Claro, Ed. Lo vi esta tarde cuando salí a tomar café.
—¿Quieres decir que lleva ahí toda la tarde?
—¡Claro! ¿Qué tiene de malo? —Potter consultó su reloj—. Debo darme prisa. Hasta luego, Ed.
Potter se alejó por la acera y se perdió entre los demás peatones. Hombres y mujeres, que paseaban ante el parque. Algunos lanzaban una mirada de curiosidad al bulto oscuro..., y seguían adelante. Nadie se paraba. Nadie le prestaba atención.
—Voy a volverme loco —susurró Loyce.
Avanzó hacia el bordillo y cruzó la calle sin respetar el semáforo. Airados bocinazos saludaron su paso. Por fin, llegó al pequeño cuadrado de verde.
El hombre era de mediana edad. Vestía un traje gris roto y manchado de barro seco. Un forastero. Loyce no le había visto nunca. No era de la ciudad. Tenía la cara un poco ladeada, y giraba lenta, silenciosamente, mecido por el viento de la noche. Tenía cortes y heridas en la piel. Rojas hendiduras, marcas profundas de sangre coagulada. Unas gafas con montura de acero colgaban grotescamente de una oreja. Tenía los ojos saltones, la boca abierta, y de ella surgía una lengua gruesa y azulada.
—Por el amor de Dios —murmuró Loyce, mareado.
Reprimió las náuseas y volvió a la acera. Temblaba como una hoja, de asco..., y miedo.
¿Por qué? ¿Quién era ese hombre? ¿Por qué colgaba de la farola? ¿Qué significaba?
Y..., ¿por qué nadie se daba cuenta?
Tropezó con un hombrecillo que caminaba a buen paso por la acera.
—¡Mire por dónde va! —graznó el hombre—. Ah, eres tú, Ed.
Ed asintió, aturdido.
—Hola, Jenkins.
—¿Qué te pasa? —El empleado de la papelería tomó el brazo de Ed—. Pareces enfermo.
—El cuerpo. En el parque.
—Claro, Ed. —Jenkins le condujo hasta la entrada de TELEVISORES LOYCE - SERVICIO DE VENTA Y REPARACIONES—. Tómalo con calma.
Margaret Henderson salió de la joyería y fue a su encuentro.
—¿Pasa algo?
—Ed no se encuentra bien.
Loyce se soltó con violencia.
—¿Qué hacen ahí quietos? ¿Es que no lo ven? Por el amor de Dios...
—¿De qué está hablando? —preguntó Margaret, nerviosa.
—¡Del cuerpo! —chilló Ed—. ¡Del cuerpo que está colgado allí!
Acudió más gente.
—¿Se encuentra mal? Es Ed Loyce. ¿Estás bien, Ed?
—¡El cuerpo! —chilló Loyce, y trató de abrirse paso. Unas manos le asieron. Se soltó—. ¡Déjenme ir! ¡La policía! ¡Llamen a la policía!
—Ed...
—¡Será mejor que llamemos a un médico!
—¡Estará enfermo!
—O borracho.
Loyce luchó por abrirse paso entre la multitud. Tropezó y estuvo a punto de caer. Vio como a través de una neblina filas de rostros, curiosos, preocupados, angustiados. Hombres y mujeres se paraban a ver qué ocurría. Corrió hacia su tienda. Vio que Fergusson estaba dentro. Hablaba con un hombre y le estaba enseñando un televisor Emerson. Pete Foley, en el mostrador de reparaciones, ponía a punto un Philco nuevo. Loyce le gritó como un poseso. El rugido del tráfico y los murmullos que se alzaban en torno suyo apagaron su voz.
—¡Hagan algo! —gritó—. ¡No se queden ahí parados! ¡Hagan algo! ¡Algo está pasando! ¡Algo no va bien!
La muchedumbre abrió un respetuoso pasillo a los dos fornidos policías que avanzaban con aspecto eficiente hacia Loyce.

—¿Nombre? —murmuró el policía del bloc.
—Loyce. —Se secó la frente, cansado—. Edward C. Loyce. Escuche, allí donde...
—¿Dirección? —preguntó el policía.
El coche patrulla corría a toda velocidad, sorteando coches y autobuses. Loyce se dejó caer en el asiento, exhausto y confuso. Respiró hondo.
—Hurst Road, 1368.
—¿Eso es en Pikeville?
—Exacto. —Loyce se incorporó con un violento esfuerzo—. Escúcheme. En la plaza, colgado de una farola...
—¿Dónde estuvo hoy? —preguntó el policía que conducía.
—¿Dónde? —repitió Loyce.
—No estuvo en su tienda, ¿verdad?
—No. —Meneó la cabeza—. No, estuve en casa. En el sótano.
—¿En el sótano?
—Arreglando los cimientos. Saqué la tierra para poner un armazón de cemento. ¿Por qué? ¿Qué tiene que ver eso con...?
—¿Había alguien con usted?
—No. Mi mujer había ido al centro. Mis hijos estaban en el colegio. —Loyce paseó la mirada de un policía al otro. Una loca esperanza resplandeció en su rostro—. ¿Quieren decir que no comprendí la... explicación porque estaba allí abajo? ¿No lo entendí, al contrario que los demás?
—Exacto —dijo el policía del bloc, después de una pausa—. No comprendió la explicación.
—¿Se trata de algo oficial, entonces? ¿El cuerpo... debe colgar en el parque?
—Debe colgar en el parque. Para que todo el mundo lo vea.
Ed Loyce esbozó una débil sonrisa.
—Santo Dios. Supongo que me enfurecí. Pensé que algo había pasado, algo relacionado con el Ku Klux Klan, por ejemplo. Algún hecho violento, perpetrado por comunistas o fascistas. —Se secó la cara con el pañuelo. Sus manos temblaban—. Me alegra saber que todo está controlado.
—Todo está controlado.
El coche se acercaba al Palacio de Justicia. El sol se había puesto. Las calles estaban oscuras, tenebrosas. Las luces aún no se habían encendido.
—Me siento mejor —dijo Loyce—. Me puse muy nervioso. Creo que armé un escándalo. Ahora que ya lo he entendido, no hace falta que me lleven a la comisaría, ¿verdad?
Los dos policías no dijeron nada.
—Debo volver a mi tienda. Los chicos aún no han cenado. Estoy bien. Se acabaron los problemas. ¿Es necesario...?
—No será muy largo —le interrumpió el policía que conducía. Un proceso breve. Cuestión de minutos.
—Espero que sea corto —murmuró Loyce. El coche frenó ante un semáforo—. Creo que provoqué un altercado. Es curioso, se te alteran los nervios y...
Loyce abrió la puerta. Se lanzó a la calle. Los coches que le rodeaban se pusieron en marcha cuando el semáforo cambió. Loyce saltó al bordillo y corrió entre la gente, camuflándose entre los numerosos peatones. A su espalda oyó gritos y pasos apresurados.
No eran policías. Se había dado cuenta en seguida. Conocía a todos los policías de Pikeville. Era imposible regentar un negocio en una ciudad pequeña durante veinticinco años y no conocer a todos los policías. No eran polis..., y no le habían dado ninguna explicación. Potter, Fergusson, Jenkins, ninguno sabía por qué estaba allí el cadáver. No lo sabían..., y les daba igual. Eso era lo más extraño.
Loyce entró en una ferretería. Pasó como una flecha entre los estupefactos empleados y clientes, se coló en el almacén y salió por la puerta de atrás. Derribó un cubo de basura y bajó un tramo de escalones de cemento. Trepó a una valla y saltó al otro lado, jadeante, casi sin resuello.
No oyó nada detrás de él. Lo había conseguido.
Se encontraba en la entrada de un tenebroso callejón, sembrado de tablas, cajas y neumáticos rotos. Vio la calle que se abría al final. Una farola se encendió. Hombres y mujeres. Tiendas. Rótulos de neón. Coches.
Y a su derecha..., la comisaría de policía.
Estaba cerca, terriblemente cerca. Pasada la plataforma de carga de una tienda de comestibles, se alzaba la pared de cemento del Palacio de Justicia. Ventanas enrejadas. La antena de la policía. Un alto muro de cemento que se erguía en la oscuridad. Un mal sitio para estar tan cerca. Y él estaba demasiado cerca. Tenía que seguir adelante, alejarse de ellos.
¿Ellos?
Loyce avanzó con cautela por el callejón. Más allá de la comisaría estaba el Ayuntamiento, la estructura amarilla de madera, latón dorado y amplios peldaños de cemento, tan pasada de moda. Vio las innumerables hileras de oficinas, ventanas oscuras, los cedros y los macizos de flores que flanqueaban la entrada.
Y..., algo más.
Un retazo de oscuridad, un cono de negrura más espesa que la circundante se cernía sobre el Ayuntamiento. Un prisma de tinieblas que se perdía en el cielo.
Escuchó. Santo Dios, oyó algo. Algo que le impulsó frenéticamente a taparse los oídos, a cerrar su mente para desterrar el ruido. Un zumbido. Un murmullo lejano y apagado, como un gigantesco enjambre de abejas.
Loyce levantó la vista, helado de terror. La oscuridad era tan espesa que casi parecía sólida. Algo se movió en el vórtice. Formas luminosas. Cosas que descendían del cielo, se detenían un momento sobre el Ayuntamiento, flotaban sobre él formando un denso enjambre y después se posaban en silencio sobre el tejado.
Formas. Formas luminosas venidas del cielo. De la masa oscura que se cernía sobre él.
Les estaba observando.

Loyce espió durante largo rato, agazapado tras una valla inclinada sobre un charco de agua espumante.
Estaban aterrizando. Descendían en grupos, se posaban sobre el tejado del Ayuntamiento y desaparecían en su interior. Tenían alas. Como insectos gigantes. Volaban, planeaban, aterrizaban, y después se arrastraban como cangrejos, de lado, sobre el tejado y penetraban en el edificio.
Estaba horrorizado. Y fascinado. El frío viento de la noche sopló a su alrededor y se estremeció. Estaba cansado, desconcertado. Había hombres parados en la escalinata del Ayuntamiento. Grupos de hombres salían del edificio y se detenían un momento antes de continuar.
¿Habría más?
No parecía posible. Lo que descendía de la grieta negra no eran hombres, sino extraterrestres. Procedentes de otro planeta, otra dimensión. Se deslizaban por aquella rendija, aquella grieta en la cáscara del Universo. Entraban por el hueco, insectos alados de otro plano.
Un grupo de hombres detenido en la escalinata del Ayuntamiento se dispersó. Algunos se dirigieron hacia un coche que aguardaba. Otra de las formas hizo ademán de volver a entrar en el edificio. Cambió de idea y se desvió para seguir a los demás.
Loyce cerró los ojos, horrorizado. Tenía los sentidos en estado de máxima alerta. Se aferró con fuerza a la valla desvencijada. La forma, la forma de hombre, había aleteado de súbito y volado hacia los otros. Se posó sobre la acera, entre ellos.
Pseudohombres. Hombres de imitación. Insectos con la capacidad de adoptar la forma de hombres. Como otros insectos comunes en la Tierra. Coloración protectora. Mimetismo.
Loyce reaccionó. Se puso en pie lentamente. Había anochecido. La callejuela estaba totalmente a oscuras, pero quizá podían ver en la oscuridad. Quizá la oscuridad no representaba ninguna diferencia para ellos.
Abandonó el callejón con cautela y salió a la calle. Pasaban hombres y mujeres, pero pocos. Algunos grupos esperaban en la parada del autobús. Un enorme autobús se arrastró por la calzada y sus faros taladraron la oscuridad.
Loyce avanzó. Se abrió camino entre los que esperaban. Cuando el autobús paró, subió y se sentó en la parte de atrás, cerca de la puerta. Un momento después, el autobús cobró vida y se puso en movimiento.
Loyce se serenó un poco. Examinó a la gente que le rodeaba. Rostros cansados, sombríos. Gente que volvía del trabajo a casa. Rostros muy vulgares. Nadie le prestó atención. Todos se sentaron en silencio, hundidos en sus asientos, mecidos por el autobús.
El hombre sentado a su lado desdobló un periódico. Comenzó a leer la sección de deportes, moviendo los labios al mismo tiempo. Un hombre vulgar. Traje azul. Corbata. Un ejecutivo, o un vendedor. Volvía con su mujer y sus hijos.
Una joven de unos veinte años al otro lado del pasillo. Ojos y cabello oscuro, un paquete sobre el regazo. Medias y tacones. Chaqueta roja y jersey de angora. La vista fija al frente, absorta.
Un universitario con tejanos y chaqueta de cuero negra.
Una mujer de triple papada con una inmensa bolsa llena de paquetes. Su grueso rostro abrumado de cansancio.
Gente corriente. Del tipo que cada noche tomaba el autobús. Volvían a casa, con sus familias. A cenar.
Volvían a casa, con la mente en blanco. Controlados, cubiertos con la máscara de un extraterrestre que había aparecido y tomado posesión de ellos, de su ciudad, de sus vidas. Él también. Sólo que no había estado en la tienda, sino encerrado en el sótano. De alguna manera, le habían pasado por alto. Su control no era perfecto, no era infalible.
Quizá había más.
Loyce alimentó cierta esperanza. No eran omnipotentes. Habían cometido un error, no le habían controlado. Su red de control no había caído sobre él. En aquel momento, se encontraba en el sótano. Por lo visto, su zona de influencia era limitada.
Unos pocos asientos más adelante, un hombre le observaba. Loyce interrumpió sus pensamientos. Un hombre delgado, de cabello oscuro, con un pequeño bigote. Bien vestido, traje marrón y zapatos relucientes. Un libro entre sus manos. Miraba a Loyce, le escrutaba. Apartó la vista al instante.
Loyce se puso en tensión. ¿Uno de ellos? ¿Otro pasado por alto?
El hombre volvió a mirarle. Pequeños ojos oscuros, vivos e inteligentes. Astuto. Un hombre demasiado astuto para ellos..., o una de aquellas cosas, un insecto extraterrestre.
El autobús se detuvo. Un anciano subió con lentitud y dejó caer una ficha en la ranura. Avanzó por el pasillo y se sentó frente a Loyce.
El anciano captó la mirada del otro hombre. Durante una fracción de segundo, una corriente se estableció entre ambos.
Una mirada rica en significado.
Loyce se levantó. El autobús prosiguió su camino. Corrió hacia la puerta. Bajó un peldaño. Tiró de la palanca de emergencia. La puerta se abrió.
—¡Oiga! —gritó el conductor, al tiempo que frenaba—. ¿Qué demonios...?
Loyce paseó la mirada a su alrededor. El autobús aminoró la velocidad. Casas por todos los lados. Un distrito residencial, jardines y altos edificios de apartamentos. El hombre de ojos vivos se había levantado. El anciano también. Iban en su persecución.
Loyce saltó. Se estrelló sobre el pavimento con terrorífica fuerza y fue a parar contra el bordillo. Experimentó dolor en todo el cuerpo. Dolor y una inmensa oleada de negrura. La rechazó, desesperado. Consiguió ponerse de rodillas, pero volvió a caer. El autobús se había detenido. La gente estaba bajando.
Loyce tanteó a su alrededor. Sus dedos se cerraron sobre algo. Una piedra, tirada en la cuneta. Se puso en pie y gimió de dolor. Una forma se cernió sobre él. Un hombre. El hombre de ojos vivos, el del libro.
Loyce le propinó una patada. El hombre gruñó y cayó. Loyce levantó la piedra. El hombre chilló y trató de rodar lejos de su alcance.
—¡Alto! ¡Escuche, por el amor de Dios...!
Loyce golpeó de nuevo. Un espantoso crujido. La voz del hombre enmudeció y se convirtió en un quejido. Loyce retrocedió. Los otros le rodeaban. Corrió por la acera hacia un camino particular. Nadie le siguió. Se habían parado y estaban agachados sobre el cuerpo inerte del hombre del libro, el hombre de ojos vivos que le había perseguido.
¿Había cometido un error?
Era demasiado tarde para preocuparse por eso. Tenía que escapar, alejarse de ellos. Salir de Pikeville, dejar atrás el vórtice de oscuridad, la grieta que comunicaba su mundo con el de ellos.

—¡Ed! —Janet Loyce retrocedió, nerviosa—. ¿Qué pasa? ¿Qué...?
Ed Loyce cerró la puerta a su espalda y entró en la sala de estar.
—Corre las cortinas, de prisa.
Janet caminó hacia la ventana.
—Pero...
—Haz lo que digo. ¿Hay alguien más en casa?
—Nadie. Sólo los gemelos. Están arriba, en su habitación. ¿Qué ha pasado? Estás muy raro. ¿Por qué has venido a casa?
Ed cerró con llave la puerta principal. Escudriñó la casa y entró en la cocina. Del cajón que había debajo del fregadero sacó el gran cuchillo de carnicero y lo probó con un dedo. Afilado. Muy afilado.
Regresó a la sala de estar.
—Escúchame —dijo—, no me queda mucho tiempo. Saben que me he escapado y andarán en mi busca.
—¿Escapado? —El rostro de Janet expresó desconcierto y miedo a la vez—. ¿Quiénes?
—Se han apoderado de la ciudad. Han tomado el control. Lo he comprobado. Comenzaron por las fuerzas vivas, el Ayuntamiento y el departamento de policía. Lo que han hecho con los humanos auténticos...
—¿De qué estás hablando?
—Nos han invadido. Desde otro universo, otra dimensión. Son insectos. Miméticos. Y más. Poseen el poder de controlar las mentes. Tu mente.
—¿Mi mente?
—Están entrando por Pikeville. Se han apoderado de todo, de toda la ciudad..., excepto de mí. Nos enfrentamos a un enemigo increíblemente poderoso, pero tienen sus limitaciones. Ésa es nuestra esperanza. ¡Son limitados! ¡Pueden cometer equivocaciones!
Janet sacudió la cabeza.
—No entiendo, Ed. Te has vuelto loco.
—¿Loco? No, ha sido un golpe de suerte. De no haber estado en el sótano, sería como todos ustedes. —Loyce miró por la ventana—. No tengo tiempo para hablar. Toma tu chaqueta.
—¿Mi chaqueta?
—Nos vamos de Pikeville. Debemos conseguir ayuda, combatir contra esa cosa. Derrotarles es posible. No son infalibles. Será difícil, pero lo lograremos si nos damos prisa. ¡Vamos! —Agarró su brazo con rudeza—. Toma tu chaqueta y llama a los gemelos. Nos vamos. No te molestes en hacer las maletas. No tenemos tiempo.
Su mujer, blanca como la cera, se encaminó al ropero y sacó su chaqueta.
—¿Adónde vamos?
Ed abrió el cajón del escritorio y tiró su contenido al suelo. Tomó un mapa de carreteras y lo desplegó.
—Tendrán vigilada la autopista, por supuesto, pero hay una carretera secundaria, la que va a Oak Grove. Una vez la exploré. Está prácticamente abandonada. Quizá la hayan olvidado.
—¿La vieja carretera del Rancho? Santo Dios, está clausurada. Nadie la utiliza.
—Lo sé. —Ed guardó el mapa en su chaqueta—. Es nuestra única oportunidad. Baja a los gemelos y vámonos. El depósito de tu coche está lleno, ¿verdad?
Janet estaba perpleja.
—¿El Chevy? Lo llené ayer por la tarde. —Janet avanzó hacia la escalera—. Ed, yo...
—¡Llama a los gemelos!
Ed abrió la puerta principal y miró afuera. No se veía nada. Ni la menor señal de vida. De momento, todo iba a pedir de boca.
—Bajen —gritó Janet con voz temblorosa—. Nos..., nos vamos a dar un paseo.
—¿Ahora?
Era la voz de Tommy.
—Dense prisa —ladró Ed—. Bajen de una vez.
Tommy apareció en lo alto de la escalera.
—Estaba haciendo los deberes. Hemos empezado con los quebrados. La señorita Parker ha dicho que si no los hacemos...
—Olvídate de los quebrados. —Ed agarró a su hijo cuando bajó y le empujó hacia la puerta—. ¿Dónde está Jim?
—Ya baja.
Tommy caminó poco a poco hacia la puerta.
—¿Qué pasa, papá?
—Vamos a dar un paseo.
—¿Un paseo? ¿Dónde?
Ed se volvió hacia Janet.
—Dejaremos las luces encendidas, y la tele en marcha. Ve a abrirlas. —La empujó hacia el aparato—. Así pensarán que seguimos...
Oyó el zumbido. Sacó al instante el largo cuchillo de carnicero. Vio, horrorizado, que bajaba la escalera hacia él, agitando las alas. Todavía conservaba un vago parecido con Jimmy. Era pequeño. Un breve vistazo: la cosa se precipitaba hacia él, los fríos e inhumanos ojos multifacetados. Alas, el cuerpo aún cubierto con la camiseta y los tejanos, una bufa caricatura. Cuando llegó a su lado giró de forma extraña su cuerpo. ¿Qué pretendía?
Un aguijón.
Loyce lo apuñaló con violencia. La cosa retrocedió y zumbó frenéticamente. Loyce se tiró al suelo y rodó hasta la puerta. Tommy y Janet estaban inmóviles como estatuas, los rostros inexpresivos. Loyce descargó el cuchillo de nuevo. Esta vez, el arma hizo su trabajo. La cosa chilló y trastabilló. Rebotó contra la pared y cayó al suelo.
Algo penetró en su mente. Un muro de fuerza, de energía, una mente extraterrestre que sondeaba la suya. Se quedó paralizado de repente. Aquella mente entró en contacto con la suya un instante. Una presencia extraña, abrumadora..., que se apagó cuando el ser se derrumbó sobre la alfombra.
Estaba muerto. Le dio la vuelta con el pie. Era un insecto, una mosca. Camiseta amarilla, tejanos. Su hijo Jimmy... Cerró su mente con firmeza. Demasiado tarde para pensar en eso. Recogió su cuchillo y se encaminó a la puerta. Janet y Tommy continuaban petrificados.
El coche estaba fuera. Nunca lo lograría. Le estarían esperando. Quince kilómetros a pie. Quince kilómetros de terreno difícil, barrancos, campos abiertos y colinas boscosas. Tendría que irse solo.
Loyce abrió la puerta. Se volvió para mirar a su mujer y a su hijo un breve instante. Después, cerró la puerta de golpe y bajó corriendo los peldaños del porche.
Se internó en la oscuridad y avanzó a toda prisa hacia los límites de la ciudad.

El sol de la mañana era cegador. Loyce se detuvo, falto de aliento, y se tambaleó. El sudor resbalaba sobre sus ojos. La ropa se había desgarrado en los matorrales y espinos entre los cuales se había arrastrado. Quince kilómetros..., a gatas. Reptando toda la noche. Los zapatos estaban cubiertos de barro. Estaba herido, entumecido, completamente agotado.
Pero delante de él se extendía Oak Grove.
Respiró hondo y comenzó a bajar la colina. Tropezó y cayó dos veces, se incorporó y continuó andando. Le zumbaban los oídos. Todo se hacía confuso. Pero lo había logrado. Había escapado de Pikeville.
Un granjero que trabajaba en el campo le vio. Una joven le observaba desde una casa, atónita. Loyce llegó a la carretera. Más adelante había una gasolinera y un bar. Un par de camiones, algunas gallinas que picoteaban la tierra, un perro atado con una correa.
El empleado vestido de blanco le miró con suspicacia cuando llegó a la gasolinera.
—Gracias a Dios. —Se apoyó en la pared—. No creí que lo conseguiría. Me han seguido casi todo el rato. Oía sus zumbidos. Zumbaban y revoloteaban a mi alrededor.
—¿Qué ha pasado? —preguntó el empleado—. ¿Alguna desgracia? ¿Le han asaltado?
Loyce meneó la cabeza.
—Se han apoderado de toda la ciudad. El Ayuntamiento y la comisaría de policía. Colgaron a un hombre de una farola. Eso fue lo primero que vi. Han bloqueado todas las carreteras. Les vi volar sobre los coches que se acercaban. Les burlé a eso de las cuatro. Lo supe en seguida. Presentí que se alejaban. Y entonces, salió el sol.
El empleado se humedeció los labios, nervioso.
—Está chiflado. Será mejor que llame a un médico.
—Lléveme a Oak Grove —jadeó Loyce. Se dejó caer sobre la gravilla—. Tenemos que ponernos en acción, liquidarles. Tenemos que ponernos en acción ahora mismo.

Grabaron todo su relato. Cuando terminó, el comisario cerró la grabadora y se puso en pie. Permaneció inmóvil unos segundos, absorto en sus pensamientos. Por fin, sacó los cigarrillos y encendió uno, con el ceño fruncido.
—No me cree —dijo Loyce.
El comisario le ofreció un cigarrillo. Loyce lo apartó con impaciencia.
—Póngase cómodo. —El comisario se acercó a la ventana y contempló unos momentos la ciudad de Oak Grove—. Le creo —dijo de repente.
Loyce se derrumbó.
—Gracias a Dios.
—De modo que escapó. —El comisario sacudió la cabeza—. Estaba en el sótano, no en su tienda. Una posibilidad entre un millón.
Loyce bebió un poco del café que le habían traído.
—Tengo una teoría —murmuró.
—¿Cuál es?
—Sobre ellos; quiénes son. Se apoderan de una sola zona cada vez. Empiezan por lo principal, las autoridades más importantes. Desde allí, se expanden en círculo. Cuando su control es firme, se dirigen a la siguiente ciudad. Se esparcen con lentitud, muy poco a poco. Creo que el proceso comenzó hace mucho tiempo.
—¿Mucho tiempo?
—Miles de años. No creo que sea reciente.
—¿Por qué lo dice?
—Cuando era niño... Una ilustración que nos enseñaron en la Liga Bíblica. Una ilustración religiosa, muy antigua. Los dioses enemigos, derrotados por Jehová. Moloc, Belcebú, Moab, Baalin, Astarot...
—¿Y?
—Estaban representados por figuras. —Loyce miró al comisario—. Belcebú estaba representado por... una mosca gigante.
El comisario gruñó.
—Una vieja lucha.
—Fueron derrotados. La Biblia narra sus derrotas. Ganan a veces pero siempre acaban derrotados.
—¿Por qué?
—No pueden apoderarse de todo el mundo. Fallaron conmigo. Y nunca pudieron con los hebreos. Los hebreos difundieron el mensaje a todo el mundo. La certeza del peligro. Los dos hombres del autobús. Creo que comprendieron. Habían escapado, como yo. —Cerró los puños—. Maté a uno. Cometí una equivocación. Tenía miedo de correr el riesgo.
El comisario asintió.
—Sí, sin duda habían escapado. Como usted. Accidentes fortuitos, pero el resto de la ciudad estaba firmemente controlado. —Se apartó de la ventana—. Bien, señor Loyce. Parece que lo ha descubierto todo.
—Todo no. El hombre ahorcado. El hombre que colgaba de la farola. No lo entiendo. ¿Por qué? ¿Por qué le colgaron de manera deliberada?
—Parece sencillo. —El comisario sonrió—. Un cebo.
Loyce se puso en tensión. Su corazón cesó de latir.
—¿Un cebo? ¿Qué quiere decir?
—Para hacerle salir. Para que se delatara. Así sabrían quién estaba bajo control..., y quién había escapado.
Loyce se encogió, horrorizado.
—¡Eso quiere decir que auguraban fallos! Anticiparon... —Se interrumpió—. Habían dispuesto una trampa.
—Y usted se delató. Reaccionó. Se puso en evidencia. —El comisario avanzó de pronto hacia la puerta—. Venga conmigo, Loyce. Tenemos mucho que hacer. Tenemos que ponernos en acción. No hay tiempo que perder.
Loyce se levantó poco a poco, entumecido.
—El hombre. ¿Quién era ese hombre? Nunca le había visto. No era de la ciudad. Era un forastero. Sucio, cubierto de barro, la cara arañada, llena de cortes...
Una extraña expresión apareció en el rostro del comisario.
—Quizá también llegue a comprender eso —dijo en voz baja—. Acompáñeme, señor Loyce.
Sostuvo la puerta, los ojos brillantes. Loyce vio un momento la calle, frente a la comisaría. Agentes de policía, una especie de plataforma. Un poste telefónico..., ¡y una soga!
—Por aquí —dijo el comisario, y sonrió con frialdad.

Cuando el sol se puso, el vicepresidente del Banco Mercantil de Oak Grove salió de la cámara acorazada, echó las pesadas cerraduras de tiempo, se puso el sombrero y el abrigo, y salió a la calle. Había poca gente, que caminaba con prisa para ir a cenar.
—Buenas noches —dijeron los guardias, y cerraron la puerta.
—Buenas noches —murmuró Clarence Mason.
Se encaminó al coche. Estaba cansado. Había trabajado todo el día en la cámara, examinando la distribución de las cajas de seguridad para ver si había sitio para otra fila. Se alegraba de haber terminado.
Se detuvo en la esquina. Las farolas de la calle aún no estaban encendidas. La oscuridad reinaba en la calle. Todo era vago. Miró a su alrededor..., y se quedó petrificado.
Algo grande e informe colgaba del poste telefónico que se alzaba frente a la comisaría de policía. El viento lo mecía levemente.
¿Qué demonios era?
Mason se aproximó con cautela. Quería llegar a casa. Estaba cansado y hambriento. Pensó en su mujer, en sus hijos, en la comida caliente dispuesta sobre la mesa del comedor. El bulto le sugería algo ominoso, detestable. No había mucha luz; imposible adivinar qué era. Sin embargo, le atraía, le impulsaba a verlo mejor. La cosa informe le inquietaba. Le asustaba. Asustaba..., y fascinaba.
Y lo más extraño era que nadie parecía darse cuenta.

Fin

10 de noviembre de 2009

"No creo mucho en los talleres literarios"

Narrador, dramaturgo y maestro de escritores, Abelardo Castillo es uno de los mejores cuentistas argentinos. Publicó Las otras puertas, Las panteras y el templo y Los mundos reales, entre otros títulos. Sus obras de teatro Israfel y El otro Judas fueron representadas y traducidas en diversos países. En esta entrevista habla de su vínculo con los talleres literarios, que es de lo más singular: descree de ellos con una confianza infinita en el trabajo con la escritura.

-¿Qué función tiene un taller literario en la vida de un escritor?
-Empecé a darlos en los primeros años de la década del setenta, en un instituto llamado CEN. Era una institución científica más que literaria; pero estaban Dalmiro Sáenz y Conrado Nalé Roxlo. Alguien me llamó; yo era muy joven y algunos de los que venían querían que yo les diera taller aparte, no dentro de ese organismo.
En esa época yo estaba en la revista literaria El escarabajo de oro. Así que lo hice, pero el verdadero origen de los talleres tiene que ver con la literatura y con la dictadura militar. Era el único modo de reunirse en la casa de un escritor y sin correr demasiados riesgos, porque estaban prohibidas las reuniones en la calle. Más de cuatro personas reunidas parecían sospechosas y era un modo para la gente joven de encontrarse con escritores que todavía estaban acá y que resultaba muy difícil ver. Así se formaron los primeros talleres literarios después del 76, pero yo empecé antes. En ese momento tenían un origen contestario y apuntaban a una contracultura respecto del poder que era la dictadura militar.

-¿Qué características debe tener una persona para participar en su taller?
-Naturalmente, tiene que querer ser escritor. Si está convencido de que la literatura para él es un destino, no un oficio o un modo de pasar el tiempo. En mi taller tuve personas a quienes había dejado el novio, o se habían casado sus hijos y no sabían qué hacer de sus vidas. Yo considero que deben reunir una serie de requisitos que pertenecen a la literatura. Para empezar: yo no creo mucho en los talleres literarios. Creo en su origen -que ya expliqué- en el momento de la dictadura.

-¿Otros requisitos?
- Elijo gente muy joven, no más de 35 años. Si pasó los 40 ya tiene una idea clara de lo que quiere, así que debe sentarse en su casa y escribir solo. También le pido una lista de libros que hayan sido importantes para él, que lo hayan inducido a la literatura cuando era muy joven. No importa si esos libros son buenos o malos, y desconfío de aquel que dice que a los 10, 12 años lo conmovió El Quijote, eso es mentira.
Pienso en aquellos libros, sobre todo de aventuras, como Sandokan, Colmillo blanco, Mujercitas. A la literatura se entra por cualquier parte, y además porque en esas lecturas siempre aparece Poe al que se lo leía porque daba miedo. O Mark Twain. Además, le pregunto por qué no leyó ciertos autores. Si la respuesta es satisfactoria, entra al taller.

-¿Hay una disciplina que debe seguir el tallerista, hay tarea para el hogar?
-No. Tiene que ser un escritor igual que en las revistas literarias. Lo único que puede hacer un escritor es acelerar ciertos procesos en un grupo de gente que lo escucha. Trabajan con un grupo de pertenencia que va a opinar sobre sus textos y que va a tener las mismas referencias culturales. Leerán los mismos libros, se los pasarán, los prestarán. ¿A qué taller fueron Cortázar, Borges, José Hernández?

-¿Cómo se descubre que hay un escritor en potencia? ¿Por su percepción, por la prepotencia de trabajo del tallerista?
-Se descubre el destino literario luego de escribir durante años. Se sabe que alguien tiene más talento que otro o más predisposición a determinado género, que se expresa mejor. Es muy difícil descubrir la verdadera relación de alguien con la literatura. La decide el tiempo.

-¿Cuáles fueron sus primeras lecturas?
-Robinson Crusoe. Cuando tenía 9 años, en el colegio salesiano el padre me lo prohibió. El protagonista es protestante y en un momento, al llegar a la isla, descree de Dios y en el colegio se consideraba que no era una lectura para un niño.

-¿Allí empezó su escritura?
-No. Empecé a escribir a los 17, 18 años. En mi adolescencia escribí cientos de poemas, empecé con la prosa a los 17, 18 años. Pero mi primer acercamiento real a la literatura fue cuando escribí, a los 22 años, la obra de teatro El otro Judas.

-Es una constante en su obra el tema del amor y el desamor. ¿Cómo se llega a ese abordaje?
-Como dijo Sartre, un hombre puede usar el traje o los zapatos que hizo pero un escritor no puede juzgar sus propios libros. Siempre la lectura es sobre un texto que desconocemos.

-La poesía está en su obra al servicio de una historia. ¿Eso también se enseña en un taller?
-En un taller no se enseña nada; la literatura no se enseña, la literatura se aprende en la biblioteca que tenés en tu casa. Quien cree que se puede enseñar a escribir está muy equivocado. No hay secretos ni revelaciones. Cada uno entiende la verdad literaria desde su propia experiencia y no porque esté al lado de un escritor. ¿Cuánta gente estuvo al lado de Borges?

-¿Cómo se adquiere disciplina en un oficio tan solitario?
-Cada uno se impone su propia disciplina. Puedo escribir diecisiete horas seguidas, o paso meses sin escribir. Una cosa es la disciplina y otra el trabajo literario. Carezco de disciplina para escribir pero corregí textos míos 7 u 8 veces. Mi novela Crónica de un iniciado, la reescribí 2 o 3 veces y la corregí diez. Creo tener un gran rigor para el trabajo literario y eso tampoco se aprende. Hay un libro mío que salió ahora que se llama Ser escritor: ahí digo algo de lo poco que sé sobre literatura. Por ejemplo Guerra y paz, una gran novela que Tolstoi escribió 7 u 8 veces; y además, fue reescrita por su mujer, la condesa Sofía. Sin embargo, La cartuja de Parma, Sthendal la escribió en 58 días. Lo importante no es corregir mucho o no corregir. Lo importante es ser Tolstoi o Sthendal.

-¿Cuándo siente que un libro está terminado?
-Hay un momento en que la novela o el cuento no admiten más correcciones, hay una especie de hartazgo. O lo querés publicar o lo querés destruir. Es como si te hubiera abandonado. Hay un momento en que el texto te dice "ya no podés hacer nada por mí". Por ejemplo, Beethoven corregía mucho, pero en las partituras de Mozart no se encuentra una sola corrección. Cómo hizo este hombre para escribir esa música de primera intención. Era un secreto de Mozart. Beethoven a veces corregía escribiendo a mano en el papel pentagramado y ponía consejos de cómo debía tocarse. Por eso no hay reglas. Por eso los talleres literarios son tan dudosos. En el taller no importa tanto el que lo da sino el que viene. No hay nadie que haya venido a mi taller y haya hecho una carrera literaria o haya tenido que ver con la literatura, que no haya sido antes de pisar el umbral de mi casa. Ya en la llamada telefónica presiento, por ejemplo, que no voy a poder trabajar porque su idea de la literatura -que siempre es previa a la escritura- no va con mi idea, lo que no significa que no sea escritor.

-Es interesante el vínculo que se da entre los pares en el taller, hay cierta calidez.
-De esa paridad tiene que participar el que da el taller. A veces íbamos a cenar y amanecía con ellos. Primero tenía una edad que me permitía hacer eso con alegría. El que da el taller debe sentir que son sus pares. También leo mis cuentos a medio escribir y exijo que me los critiquen así como se critican en el taller los cuentos que se leen entre ellos. En el momento de leer un texto no terminado o recién terminado, yo soy uno de ellos. Doy el taller literario del mismo modo que sacábamos El escarabajo de oro y El ornitorrinco, por eso carezco de método. ¿Cómo se hace una revista literaria? Se juntan una serie de escritores jóvenes, se leen y se corrigen entre ellos, se critican y la única diferencia es que luego hay una frase que no se puede pronunciar en un taller literario: "Lo publicamos". En una revista, un texto que es bueno se publica.

-Hay cierto pudor en el tallerista.
-Es gente que quiere escribir, no publicar. El criterio para juzgar es el mismo. Pienso si los hubiera leído en El escarabajo de oro y si lo publicaría. En el mismo número donde va a salir un cuento de Chéjov o un poema de Baudelaire saldrá tu cuento, tu poema o tu ensayo.

-¿Cuál sería la diferencia estética y política entre taller y revista literaria?
-Todo el mundo sabe que soy un hombre de izquierda, que soy lector de Sartre y que mis orígenes son anárquicos; y creo que antes de cambiar la literatura sería interesante que cambiásemos el mundo. El que viene a mi taller ya lo sabe a priori, aunque frente a un texto literario nunca lo juzgo por su contenido ni por su valor político o social sino por sus características literarias.

-¿Qué recuerdos tiene usted de sus maestros en la escuela? ¿Algún docente vinculado con la literatura?
-Un profesor que tuve de Castellano, Rodolfo Constantín. Todo lo que sé de literatura, y de poesía, lo aprendí en sus clases. Hablaba de la formación de los idiomas, de cómo las palabras pasan de un idioma a otro. Cómo una lengua no es una cosa muerta, no es un organismo petrificado, sino algo vivo que se va modificando con el tiempo, que está hecho desde los hablantes, desde la afectividad, desde los sentimientos; y que las palabras van y vienen dentro de ese organismo. Y que no hay reglas fijas para decir: "El español es esto", el español en cada país es distinto. En ese momento comprendí el misterio de la poesía. El valor de las palabras es lo que hace que una cosa sea un poema o una cosa fría que rima o que tiene determinada métrica.

- Su profesor estaba muy comprometido.
-No seguía las pautas ni el programa; nos hacía leer a Horacio Quiroga, el Martín Fierro. Y no nos daba capítulos de El Quijote, sino cuentos; y que nos divirtiéramos leyendo. Y si algo no nos gustaba, que no lo leyéramos. Era alguien muy particular. ¿Cuántos profesores hay así?

-¿Pensó alguna vez que su obra llegaría al cine, como pasó con su cuento Patrón?
-No. Yo no la pensé desde el cine sino desde la palabra. Todas las virtudes que puede tener Patrón como texto cinematográfico pertenecen a Jorge Rocca, el director.

-¿Cuál es su vínculo con el cine?
-Cuando era chico iba mucho con mi papá. Pero siempre me gustó Homero, porque es uno de los poetas más visuales que hay. Están presentes imágenes y acción. Como La Illíada debe haber pocos libros, y no existía el cine.

-¿Cómo se planta un escritor ante un cuento o una obra de teatro?
-El cuento se parece de alguna manera al teatro, tiene una sola atmósfera, una sola anécdota. En el teatro pasa más o menos lo mismo. Y además tiene un principio, un conflicto y un final. Final que los griegos llamaban catástrofe. Era la consumación de aquello que se había visto. El cuento tiene esos tres momentos pero el modo de pasar la información en un cuento y en una obra de teatro es totalmente distinto. Cuando un hombre escribe un texto en prosa y dice "Juan amaba a Josefina" lo está diciendo el autor, y el lector lo admite como posibilidad. En cambio, en una obra de teatro tengo que poner dos personajes y que el lector lo sepa y no sólo diciéndole "Te amo", sino a través de su actitud. ¿Cómo hago en una obra de teatro para darle al espectador la idea de que esos dos personajes son marido y mujer? Inventar una situación dramática para hacer ver que están casados. La novela, en cambio, no tiene puntos de contacto con el teatro, una novela puede tener mil páginas pero una obra de teatro no puede durar más de dos horas.

-¿Qué autores relee?
-Estoy releyendo teatro griego, a Kawabata, a Borges, también releo a Kafka. En mi casa hay 7.000 libros, esos son los que releo.

-¿Siempre pensó que iba a ser escritor?
-Siempre supe que era lo único que podía hacer y no lo sentí como un privilegio sino como una carencia. No me considero un escritor sino un hombre que escribe. No creo que la literatura sea una profesión, es un destino que hay que elegir todos los días. Un escritor puede serlo y no escribir durante hace años, y alguien puede escribir todos los días y no ser escritor. Es un oficio muy sospechoso para el poder. Suelen ver las cosas que el poder no quiere que se vean.

-¿Qué experiencias ha tenido en las escuelas sobre el contacto con alumnas, alumnos y docentes?
-Me interesan sus preguntas porque se nota que tienen lecturas creadoras. Pertenecen al modo en que los formó el colegio. Lo importante es que cierto tipo de profesor privilegie lo humanístico sobre lo meramente técnico.

4 de noviembre de 2009

José Pablo Feinmann / Entrevista

"Carter es un killer cerebral"

El autor de La astucia de la razón habla del detective que protagoniza sus dos últimas novelas, donde se divierte con el género negro y ofrece una sombría visión del Estados Unidos más conservador

Los relatos se suceden incansables en el estudio atestado de libros y discos de José Pablo Feinmann. Desbordado por el entusiasmo, el autor de La filosofía y el barro de la historia comenta entre risas cada uno de los detalles de su más reciente creación, el detective estadounidense Joe Carter. Anticomunista, homofóbico y racista, asesino despiadado, Carter protagoniza una serie de novelas plagadas de referencias a la cultura de masas, en las que el humor negro, la violencia y el sexo se mezclan con la política para crear una cruda caricatura del conservadurismo estadounidense. Feinmann contó a adn cultura la génesis de las dos primeras novelas, Carter en New York , en la que el maduro detective investiga a la esposa de un mafioso, y Carter en Vietnam , de reciente publicación, donde se relatan sus fechorías juveniles en la guerra del sudeste asiático.
-Comencé a escribir para entretenerme cuando mi mujer viajó a Nueva York, en diciembre de 2007, y me quedé solo. Hacía tiempo que tenía ganas de escribir una novela norteamericana. Una de las mayores creaciones de esa tradición es el detective clásico, el Marlowe de Chandler o el Sam Spade de Hammett. También el detective malvado, como Mike Hammer, de Mickey Spillane. Escribí primero algunos cuentos jocosos, porque me salía un humor cruel. Cuentos como "El asesinato de Lady Di", que no está publicado, en el que Carter va a Londres a investigar el asesinato de Diana con Helen Mirren. Ese tipo de cosas me mataban de risa. Después escribí Carter en New York y Lloraré por ti, Stella Collinwood , que en principio eran nouvelles . Carter en Vietnam ya es una novela. Con ese libro me convencí de que tenía un personaje, de que me entusiasmaba la temática y el lenguaje que había encontrado. Me interesaba escribir en un lenguaje de traducción.

-¿Cómo elaboró ese lenguaje?
-Me inspiraron las traducciones precarias de la Serie Naranja de bolsillo, de editorial Hachette. Especialmente una novela que admiro mucho, Noche de brujas , de Frederick Brown, o Nick Charles, detective , de Dashiell Hammett. También tomé el doblaje de las series de televisión: "Eres un apestoso", ese tipo de cosas. El lenguaje surgió de ahí y exageré un poco para darle forma. Al ser una lengua de doblaje, doy por supuesto que el lector argentino entiende que los personajes hablan en inglés, porque pueden decir cosas como "vete de aquí o te romperé la crisma". Eso me fascinó muchísimo. También contrastarlo con el narrador, que es muy distinto, tiene un estilo. Hay oraciones larguísimas, sin punto aparte, porque Carter es un loco que empieza a pensar y no puede salir de su paranoia.

-¿Cómo describiría a Joe Carter?
-Es el detective clásico norteamericano, pero en el siglo XXI. Después del atentado a las Torres Gemelas, tendría que estar muy preocupado, ya no por el comunismo, sino por el islam. Todos los odios de Carter, a los negros, a los judíos, a los gays, a los hispanos, son tradicionales en un fascista como él. Pero el odio al islam se mezcla con el miedo y la derrota. Por eso en Carter en New York dice que siempre que va a la ciudad tiene que visitar el Ground Zero. No puede creer esa injuria a su patria. Se siente atacado por un sujeto al que no conoce. Carter asume el destino de América, por eso su discurso encarna todos sus símbolos, desde Mighty Mouse, Popeye y Captain Marvel hasta Cassius Clay. Aun cosas terribles como las bombas atómicas le parecen formidables. Lo veo muy ligado a Mike Hammer, y creo que en la Argentina va a ser inevitable asociarlo a Boogie el Aceitoso, el personaje de Fontanarrosa. Boogie es un mercenario más frontal; Carter no, es un contract killer cerebral y un detective. No se sabe hasta qué punto tiene poder porque, aunque vive como una rata, puede llamarlo el FBI o la CIA para encargarle un asesinato sofisticado.

-¿Cuáles fueron sus modelos?
-Además de los literarios, los detectives y villanos del film noir . Cuando me imagino su cara pienso en Sterling Hayden, el protagonista de Casta de malditos , la película de Kubrick. O actores como Robert Ryan y Robert Mitchum. Son los que me gustan, no Gregory Peck ni Glenn Ford. Admiré desde muy chico a los antihéroes. Jack Palance o Lee Marvin en su etapa brillante en Hollywood. Tendría seis años cuando vi El beso de la muerte , con Richard Widmark, y quedé loco con la escena en que Tommy Udo tira a la viejita por la escalera. Hoy podría ser el villano de Dennis Hopper en Terciopelo azul , un personaje muy poderoso. Me gustan los villanos.

-En Carter en New York, el personaje dice que Estados Unidos hoy no necesita héroes sino asesinos. ¿Cuál es la diferencia entre el héroe estadounidense clásico y el actual?
-Ésa es la tesis fundamental de la novela. Como en Irak, América está dispuesta a hacer la guerra donde sea necesario. Ése es el concepto de guerra preventiva. Carter es el detective de la era Bush, mata sin dudar, sabe que todo lo que se opone al interés americano merece morir. Los héroes de Carter son McCarthy y Hoover, que combatieron el comunismo. Pero desprecia a un héroe como el de Gary Cooper en A la hora señalada . Un referente es la diferencia entre el viejo y el nuevo Batman, tal como lo reformula Frank Miller. El que era un héroe moral incorruptible, a la luz del presente muestra su costado más fascista, capaz de torturar al Guasón. Ahora Miller lo enfrenta con Osama Ben Laden. La evolución de Batman es también lo que Carter representa. Por eso al final de Carter en New York , luego de ser atacado por Al-Qaeda, termina escudado detrás de un escritorio con una ametralladora y un terror paranoico a que regresen. Es como creo que está América ahora.

-¿Cuál es la consecuencia de ese terror estadounidense?
-La ética Bush da como resultado el fanatismo. Aunque no sea consciente de ello, Carter comienza a imitar el fanatismo islámico. El Corán lo fascina y se aterroriza cuando empieza a creer en el poder de Alá. La locura final de Carter tiene que ver con ese reconocimiento, empezar a creer en el dios justiciero e impiadoso del otro. Temer demasiado al enemigo puede llevar a parecérsele.

-Si bien Carter es la encarnación del maniqueísmo conservador, también tiene una gran pasión por la música y el cine de su país, de los que se habla mucho en las novelas.
-Tengo cinco novelas de Carter, porque me salen fácil. En el transcurso de los textos el personaje se complejiza y se vuelve más culto. La verdad, es una gran confesión, admiro mucho a Estados Unidos; la música, la literatura. Creo que Estados Unidos es Nixon, es McNamara. Es Kissinger, el más grande criminal de guerra vivo y al que no pueden juzgar. Una sola vez lo llevaron a un tribunal por el golpe de Estado en Chile, el 11 de septiembre del 2001. Estallaron las Torres Gemelas y la audiencia se levantó, la historia tiene esas cosas increíbles. Pero Estados Unidos también es todo lo que amamos, Gershwin, John Ford, Raoul Walsh, Pollock, Faulkner. Es impresionante la cultura de ese país. Y tiene algo muy interesante, que fue, en principio, el respeto por las libertades individuales. Eso lo llevó a ganar la Guerra Fría, porque nunca estableció, al menos en su territorio, una dictadura, como la Unión Soviética o el nazismo. Aunque sí ayudó decididamente a que se establecieran dictaduras en otras regiones. Cuando ellos dicen " it´s a free country ", esa frase hecha es cierta, es un país libre.

-El personaje expresa la contradicción entre la cultura estadounidense conservadora y la liberal.
-Carter tiene todo lo malo, pero me permite hablar de lo bueno. Todavía no lo enfrenté al problema de que le guste George Gershwin. Es la gran música americana y gran parte del jazz se hace sobre sus canciones, pero es judío e hizo una ópera sobre negros. Va a tener que reformular sus ideas sobre América para llegar a la conclusión de que su cultura es un híbrido y que ese tradicionalismo que busca no existe. Sólo se encuentra en una tendencia política muy de derecha, que es el anticomunismo, y después la guerra contra el terror.

-¿La parodia del policial negro le permitió ser más duro en la crítica?
-No sé si es una parodia. En realidad podría ser considerada claramente un panfleto antiimperialista. Termina con una visión de Estados Unidos terrible, de un imperio que destruye; que donde entra, arrasa.

-¿Cómo surgió el relato de Carter en la guerra de Vietnam?
-Escribí las dos novelas en un mismo mes. Carter en New York me llevó quince días, y después le agregué cosas. Carter en Vietnam la escribí en una semana, a mucha velocidad. Escribo sin detenerme hasta cierto punto, y después vuelvo atrás sólo a lo escrito ese día y el día anterior. Tengo un ejercicio muy grande porque el periodismo exige escribir rápido. El tema de Vietnam atrae mucho. Se me ocurrió que el personaje era veterano, y luego decidí que tenía que mostrarlo de joven. Después pensé meterlo como un personaje más en la historia de Apocalypse Now , la película de Coppola.

-¿Cómo se le ocurrió esa idea?
-Es una película que adoro. Se me ocurrió porque era lógico. Cuando se te ocurre algo así, no ves la hora de empezar a escribirlo. Incluso pensaba prolongar más el efecto, pero me pareció que iba a devorar la novela.

-Un personaje de la novela, Austin Sanders, dice que la esencia de la cultura occidental es el mal, que la cumbre de la civilización es Auschwitz y no la Capilla Sixtina. ¿Cómo pensó esa explicación de la guerra?
-Me inspiré en Dialéctica del iluminismo , de Adorno y Horkheimer. El desarrollo de la razón instrumental que nace con el iluminismo termina en los campos de concentración, un proceso que llaman "la racionalidad al servicio del exterminio". La tesis de Austin Sanders es que la guerra no es lo inhumano, sino que es profundamente humana y cada uno puede encontrar en su condición la capacidad profunda de dañar a otro. La supuesta esencia bondadosa del hombre es una coartada para salvar su pureza, que Sanders no reconoce. Su teoría es que él y William Calley, el oficial que ordenó en 1968 la masacre de cuatrocientos civiles en My Lai, la aldea vietnamita, le hicieron un bien a la humanidad porque mostraron qué es realmente la guerra: el exterminio total del enemigo, militar o civil y la explicitación de la crueldad humana. Una teoría tremendamente nihilista, muy desalentadora, pero muy de acuerdo con las tendencias filosóficas de Walter Benjamin, por ejemplo, cuando dice que la historia no es una cadena de hechos racionales, sino una catástrofe. Lo que ve el rostro aterrorizado del Angelus Novus es el horror que es la historia.

-¿Cuál será la próxima novela?
-En marzo se va a editar Ha llegado Jayne Mansfield , donde se cuenta la infancia de Carter. Cada capítulo está escrito sin punto aparte, es un bloque narrativo. Va a ser difícil para el lector. Hay una apuesta mucho más deliberada y evidente por el estilo literario, la ambición literaria. En estas dos seguramente también la hay, pero no resulta tan evidente. La serie continúa con Rubias de California , Tommy Nazario por knock out , La amante española... Tengo un montón, Carter da para mucho.

-¿Qué significó para usted crear un personaje para una serie de novelas en las que utiliza sobre todo materiales de la industria del entretenimiento?
-Creo que trabajo con géneros populares para crear algo bastante denso. Rubén Ríos, un filósofo amigo, me dijo, a propósito de Carter en Vietnam : "Muy buena esa mezcla de cómic con reflexión pesada". Me encantó esa definición. Esto es nuevo para mí. Alimento la secreta ambición de crear un inspector Maigret o un Pepe Carvalho y llenarme de guita de una vez por todas. Se me puede reprochar que escribo sobre un personaje extranjero, pero en la era de la globalización está todo permitido. ¿Por qué no voy a escribir sobre un detective yanqui? Éste es mi personaje. Estoy contento con la serie, vamos a ver si alguna vez la pego. Cuando no tengo que escribir ensayos, cuando estoy cansado de mis trabajos cotidianos, me pongo a escribir Joe Carter.

Por Martín Lojo
De la Redacción de LA NACION

29 de octubre de 2009

Solo vine a hablar por teléfono / Gabriel Garcia Márquez


No es común encontrar cuentos de este escritor, asi que les dejo uno para que disfruten. Por mi parte, me gustó mucho. Saludos!

Solo vine a hablar por teléfono
Gabriel Garcia Márquez

Una tarde de lluvias primaverales, cuando viajaba sola hacia Barcelona conduciendo un coche alquilado, María de la Luz Cervantes sufrió una avería en el desierto de los Monegros. Era una mexicana de veintisiete años, bonita y seria, que años antes había tenido un cierto nombre como artista de variedades. Estaba casada con un prestidigitador de salón, con quien iba a reunirse aquel día después de visitar a unos parientes en Zaragoza. Al cabo de una hora de señas desesperadas a los automóviles y camiones de carga que pasaban raudos en la tormenta, el conductor de un autobús destartalado se compadeció de ella. Le advirtió, eso sí, que no iba muy lejos.
- No importa -dijo María-. Lo único que necesito es un teléfono.

Era cierto, y sólo lo necesitaba para prevenir a su marido de que no llegaría antes de las siete de la noche. Parecía un pajarito ensopado, con un abrigo de estudiante y los zapatos de playa en abril, y estaba tan aturdida por el percance que olvidó llevarse las llaves del automóvil. Una mujer que viajaba junto al conductor, de aspecto militar pero de maneras dulces, le dio una toalla y una manta, y le hizo un sitio a su lado. Después de secarse a medias, María se sentó, se envolvió en la manta, y trató de encender un cigarrillo, pero los fósforos estaban mojados. La vecina del asiento le dio fuego y le pidió un cigarrillo de los pocos que le quedaban secos. Mientras fumaban, María cedió a las ansias de desahogarse, y su voz resonó más que la lluvia o el traqueteo del autobús. La mujer la interrumpió con el índice en los labios.

- Están dormidas -murmuró.

María miró por encima del hombro, y vio que el autobús estaba ocupado por mujeres de edades inciertas y condiciones distintas, que dormían arropadas con mantas iguales a la suya. Contagiada por su placidez, María se enroscó en el asiento y se abandonó al rumor de la lluvia. Cuando se despertó era de noche y el aguacero se había disuelto en un sereno helado. No tenía la menor idea de cuánto tiempo había dormido ni en qué lugar del mundo se encontraban. Su vecina de asiento tenía una actitud de alerta.

- ¿Dónde estamos? -le preguntó María.

- Hemos llegado -contestó la mujer.

El autobús estaba entrando en el patio empedrado de un edificio enorme y sombrío que parecía un viejo convento en un bosque de árboles colosales. Las pasajeras, alumbradas a penas por un farol del patio, permanecieron inmóviles hasta que la mujer de aspecto militar las hizo descender con un sistema de órdenes primarias, como en un parvulario. Todas eran mayores, y se movían con tal parsimonia que parecían imágenes de un sueño. María, la última en descender, pensó que eran monjas. Lo pensó menos cuando vio a varias mujeres de uniforme que las recibieron a la puerta del autobús, y que les cubrían la cabeza con las mantas para que no se mojaran, y las ponían en fila india, dirigiéndolas sin hablarles, con palmadas rítmicas y perentorias. Después de despedirse de su vecina de asiento María quiso devolverle la manta, pero ella le dijo que se cubriera la cabeza para atravesar el patio, y la devolviera en portería.

- ¿Habrá un teléfono? -le preguntó María.

- Por supuesto -dijo la mujer-. Ahí mismo le indican.

Le pidió a María otro cigarrillo, y ella le dio el resto del paquete mojado. "En el camino se secan", le dijo. La mujer le hizo un adiós con la mano desde el estribo, y casi le gritó "Buena suerte". El autobús arrancó sin darle tiempo de más.

María empezó a correr hacia la entrada del edificio. Una guardiana trató de detenerla con una palmada enérgica, pero tuvo que apelar a un grito imperioso: "¡Alto he dicho!". María miró por debajo de la manta, y vio unos ojos de hielo y un índice inapelable que le indicó la fila. Obedeció. Ya en el zaguán del edificio se separó del grupo y preguntó al portero dónde había un teléfono. Una de las guardianas la hizo volver a la fila con palmaditas en la espalda, mientras le decía con modos dulces:

- Por aquí, guapa, por aquí hay un teléfono.

María siguió con las otras mujeres por un corredor tenebroso, y al final entró en un dormitorio colectivo donde las guardianas recogieron las cobijas y empezaron a repartir las camas. Una mujer distinta, que a María le pareció más humana y de jerarquía más alta, recorrió la fila comparando una lista con los nombres que las recién llegadas tenían escritos en un cartón cosido en el corpiño. Cuando llegó frente a María se sorprendió de que no llevara su identificación.

- Es que yo sólo vine a hablar por teléfono -le dijo María.

Le explicó a toda prisa que su automóvil se había descompuesto en la carretera. El marido, que era mago de fiestas, estaba esperándola en Barcelona para cumplir tres compromisos hasta la media noche, y quería avisarle de que no estaría a tiempo para acompañarlo. Iban a ser las siete. Él debía salir de la casa dentro de diez minutos, y ella temía que cancelara todo por su demora. La guardiana pareció escucharla con atención.

- ¿Cómo te llamas? -le preguntó.

María le dijo su nombre con un suspiro de alivio, pero la mujer no lo encontró después de repasar la lista varias veces. Se lo preguntó alarmada a una guardiana, y ésta, sin nada que decir, se encogió de hombros.

- Es que yo sólo vine a hablar por teléfono -dijo María.

- De acuerdo, maja -le dijo la superiora, llevándola hacia su cama con una dulzura demasiado ostensible para ser real-, si te portas bien podrás hablar por teléfono con quien quieras. Pero ahora no, mañana.

Algo sucedió entonces en la mente de María que le hizo entender por qué las mujeres del autobús se movían como en el fondo de un acuario. En realidad estaban apaciguadas con sedantes, y aquel palacio en sombras, con gruesos muros de cantería y escaleras heladas, era en realidad un hospital de enfermas mentales. Asustada, escapó corriendo del dormitorio, y antes de llegar al portón una guardiana gigantesca con un mameluco de mecánico la atrapó de un zarpazo y la inmovilizó en el suelo con una llave maestra. María la miró de través paralizada por el terror.

- Por el amor de Dios -dijo-. Le juro por mi madre muerta que sólo vine a hablar por teléfono.

Le bastó con verle la cara para saber que no había súplica posible ante aquella energúmena de mameluco a quien llamaban Herculina por su fuerza descomunal. Era la encargada de los casos difíciles, y dos reclusas habían muerto estranguladas con su brazo de oso polar adiestrado en el arte de matar por descuido. El primer caso se resolvió como un accidente comprobado. El segundo fue menos claro, y Herculina fue amonestada y advertida de que la próxima vez sería investigada a fondo. La versión corriente era que aquella oveja descarriada de una familia de apellidos grandes tenía una turbia carrera de accidentes dudosos en varios manicomios de España.

Para que María durmiera la primera noche, tuvieron que inyectarle un somnífero. Antes de amanecer, cuando la despertaron las ansias de fumar, estaba amarrada por las muñecas y los tobillos en las barras de la cama. Nadie acudió a sus gritos. Por la mañana, mientras el marido no encontraba en Barcelona ninguna pista de su paradero, tuvieron que llevarla a la enfermería, pues la encontraron sin sentido en un pantano de sus propias miserias.

No supo cuánto tiempo había pasado cuando volvió en sí. Pero entonces el mundo era un remanso de amor, y estaba frente a su cama un anciano monumental, con una andadura de plantígrado y una sonrisa sedante, que con dos pases maestros le devolvió la dicha de vivir. Era el director del sanatorio.

Antes de decirle nada, sin saludarlo siquiera, María le pidió un cigarrillo. Él se lo dio encendido, y le regaló el paquete casi lleno. María no pudo reprimir el llanto.

- Aprovecha ahora para llorar cuanto quieras -le dijo el médico, con voz adormecedora-. No hay mejor remedio que las lágrimas.

María se desahogó sin pudor, como nunca logró hacerlo con sus amantes casuales en los tedios de después del amor. Mientras la oía, el médico la peinaba con los dedos, le arreglaba la almohada para que respirara mejor, la guiaba por el laberinto de su incertidumbre con una sabiduría y una dulzura que ella no había soñado jamás. Era, por primera vez en su vida, el prodigio de ser comprendida por un hombre que la escuchaba con toda el alma sin esperar la recompensa de acostarse con ella. Al cabo de una hora larga, desahogada a fondo, le pidió autorización para hablarle por teléfono a su marido.

El médico se incorporo con toda la majestad de su rango. "Todavía no, reina", le dijo, dándole en la mejilla la palmadita más tierna que había sentido nunca. "Todo se hará a su tiempo". Le hizo desde la puerta una bendición episcopal, y desapareció para siempre.

- Confía en mi -le dijo.

Esa misma tarde María fue inscrita en el asilo con un número de serie, y con un comentario superficial sobre el enigma de su procedencia y las dudas sobre su identidad. Al margen quedó una calificación escrita de puño y letra del director: agitada.

Tal como María lo había previsto, el marido salió de su modesto apartamento del barrio de Horta con media hora de retraso para cumplir los tres compromisos. Era la primera vez que ella no llegaba a tiempo en casi dos años de una unión libre bien concertada, y él entendió el retraso por la ferocidad de las lluvias que asolaron la provincia aquel fin de semana. Antes de salir dejó un mensaje clavado en la puerta con el itinerario de la noche.

En la primera fiesta, con todos los niños disfrazados de canguro, prescindió del truco estelar de los peces invisibles porque no podía hacerlo sin la ayuda de ella. El segundo compromiso era en casa de una anciana de noventa y tres años, en silla de ruedas, que se preciaba de haber celebrado cada uno de sus últimos treinta cumpleaños con un mago distinto. Él estaba tan contrariado con la demora de María, que no pudo concentrarse en las suertes más simples. El tercer compromiso era el de todas las noches en un café concierto de las Ramblas, donde actuó sin inspiración para un grupo de turistas franceses que no pudieron creer lo que veían porque se negaban a creer en la magia. Después de cada representación llamó por teléfono a su casa, y esperó sin ilusiones a que María le contestara. En la última ya no pudo reprimir la inquietud de que algo malo había ocurrido.

De regreso a casa en la camioneta adaptada para las funciones públicas vio el esplendor de la primavera en las palmeras del Paseo de Gracia, y lo estremeció el pensamiento aciago de cómo podía ser la ciudad sin María. La última esperanza se desvaneció cuando encontró su recado todavía prendido en la puerta. Estaba tan contrariado, que se le olvidó darle la comida al gato.

Sólo ahora que lo escribo caigo en la cuenta de que nunca supe cómo se llamaba en realidad, porque en Barcelona sólo lo conocíamos con su nombre profesional: Saturno el Mago. Era un hombre de carácter raro y con una torpeza social irremediable, pero el tacto y la gracia que le hacían falta le sobraban a María. Era ella quien lo llevaba de la mano en esta comunidad de grandes misterios, donde a nadie se le hubiera ocurrido llamar a nadie por teléfono después de la media noche para preguntar por su mujer. Saturno lo había hecho de recién venido y no quería recordarlo. Así que esa noche se conformó con llamar a Zaragoza, donde una abuela medio dormida le contestó sin alarma que María había partido después del almuerzo. No durmió más de una hora al amanecer. Tuvo un sueño cenagoso en el cual vio a María con un vestido de novia en piltrafas y salpicado de sangre, y despertó con la certidumbre pavorosa de que había vuelto a dejarlo solo, y ahora para siempre, en el vasto mundo sin ella.

Lo había hecho tres veces con tres hombres distintos, incluso él, en los últimos cinco años. Lo había abandonado en Ciudad de México a los seis meses de conocerse, cuando agonizaban de felicidad con un amor demente en un cuarto de servicio de la colonia Anzures. Una mañana María no amaneció en la casa después de una noche de abusos inconfesables. Dejó todo lo que era suyo, hasta el anillo de su matrimonio anterior, y una carta en la cual decía que no era capaz de sobrevivir al tormento de aquel amor desatinado. Saturno pensó que había vuelto con su primer esposo, un condiscípulo de la escuela secundaria con quien se casó a escondidas siendo menor de edad, y al cual abandonó por otro al cabo de dos años sin amor. Pero no: había vuelto a casa de sus padres, y allí fue Saturno a buscarla a cualquier precio. Le rogó sin condiciones, le prometio mucho más de lo que estaba resuelto a cumplir, pero tropezó con una determinación invencible. "Hay amores cortos y hay amores largos", le dijo ella. Y concluyó sin misericordia: "Este fue corto". Él se rindió ante su rigor. Sin embargo, una madrugada de Todos los Santos, al volver a su cuarto de huérfano después de casi un año de olvido, la encontró dormida en el sofá de la sala con la corona de azahares y la larga cola de espuma de las novias vírgenes.

María le contó la verdad. El nuevo novio, viudo, sin hijos, con la vida resuelta y la disposición de casarse para siempre por la iglesia católica, la había dejado vestida y esperando en el altar. Sus padres decidieron hacer la fiesta de todos modos. Ella siguió el juego. Bailó, cantó con los mariachis, se pasó de tragos, y en un terrible estado de remordimientos tardíos se fue a la media noche a buscar a Saturno.

No estaba en casa, pero encontró las llaves en la maceta de flores del corredor, donde las escondieron siempre. Esta vez fue ella quien se le rindió sin condiciones. "¿Y ahora hasta cuando?", le preguntó él. Ella le contestó con un verso de Vinicius de Moraes: "El amor es eterno mientras dura". Dos años después, seguía siendo eterno.

María pareció madurar. Renunció a sus sueños de actriz y se consagró a él, tanto en el oficio como en la cama. A finales del año anterior habían asistido a un congreso de magos en Perpignan, y de regreso conocieron a Barcelona. Les gustó tanto que llevaban ocho meses aquí, y les iba tan bien, que habían comprado un apartamento en el muy catalán barrio de Horta, ruidoso y sin portero, pero con espacio de sobra para cinco hijos. Había sido la felicidad posible, hasta el fin de semana en que ella alquiló un automóvil y se fue a visitar a sus parientes de Zaragoza con la promesa de volver a las siete de la noche del lunes. Al amanecer del jueves, todavía no había dado señales de vida.

El lunes de la semana siguiente la compañía de seguros del automóvil alquilado llamó por teléfono a casa para preguntar por María. "No sé nada", dijo Saturno. "Búsquenla en Zaragoza". Colgó. Una semana después un policía civil fue a su casa con la noticia de que habían hallado el automóvil en los puros huesos, en un atajo cerca de Cádiz, a novecientos kilómetros del lugar donde María lo abandonó. El agente quería saber si ella tenía más detalles del robo. Saturno estaba dándole de comer al gato, y apenas si lo miro para decirle sin más vueltas que no perdieran el tiempo, pues su mujer se había fugado de la casa y él no sabía con quién ni para dónde. Era tal su convicción, que el agente se sintió incómodo y le pidió perdón por sus preguntas. El caso se declaró cerrado.

El recelo de que María pudiera irse otra vez había asaltado a Saturno por Pascua Florida en Cadaqués, adonde Rosa Regás los habían invitado a navegar a vela. Estábamos en el Marítim, el populoso y sórdido bar de la gauche divine en el crepúsculo del franquismo, alrededor de una de aquellas mesas de hierro con sillas de hierro donde sólo cabíamos seis a duras penas y nos sentábamos veinte. Después de agotar la segunda cajetilla de cigarrillos de la jornada, María se encontró sin fósforos. Un brazo escuálido de vellos viriles con una esclava de bronce romano se abrió paso entre el tumulto de la mesa, y le dio fuego. Ella lo agradeció sin mirar a quién, pero Saturno el Mago lo vio. Era un adolescente óseo y lampiño, de una palidez de muerto y una cola de caballo muy negra que le daba a la cintura. Los cristales del bar soportaban apenas la furia de la tramontana de primavera, pero él iba vestido con una especie de piyama callejero de algodón crudo, y unas albarcas de labrador.

No volvieron a verlo hasta fines del otoño, en un hostal de mariscos de La Barceloneta, con el mismo conjunto de zaraza ordinaria y una larga trenza en vez de la cola de caballo. Los saludó a ambos como a viejos amigos, y por el modo como besó a María, y por el modo como ella le correspondió, a Saturno lo fulminó la sospecha de que habían estado viéndose a escondidas. Días después encontró por casualidad un nombre nuevo y un numero de teléfono escritos por María en el directorio doméstico, y la inclemente lucidez de los celos le reveló de quién eran. El prontuario social del intruso acabó de rematarlo: veintidós años, hijo único de ricos, decorador de vitrinas de moda, con una fama fácil de bisexual y un prestigio bien fundado como consolador de alquiler de señoras casadas. Pero logró sobreponerse hasta la noche en que María no volvió a casa. Entonces empezó a llamarlo por teléfono todos los días, primero cada dos o tres horas, desde las seis de la mañana hasta la madrugada siguiente, y después cada vez que encontraba un teléfono a la mano. El hecho de que nadie contestara aumentaba su martirio.

Al cuarto día le contestó una andaluza que sólo iba a hacer la limpieza. "El señorito se ha ido", le dijo, con suficiente vaguedad para enloquecerlo. Saturno no resistió la tentación de preguntarle si por casualidad no estaba ahí la señorita María.

- Aquí no vive ninguna María -le dijo la mujer-. El señorito es soltero.

- Ya lo sé - le dijo él -. No vive, pero a veces va. ¿O no?

La mujer se encabritó.

- ¿Pero quién coño habla ahí?

Saturno colgó. La negativa de la mujer le pareció una confirmación más de lo que ya no era para él una sospecha sino una certidumbre ardiente. Perdió el control. En los días siguientes llamó por orden alfabético a todos los conocidos de Barcelona. Nadie le dio razón, pero cada llamada le agravó la desdicha, porque sus delirios de celos eran ya célebres entre los trasnochadores impenitentes de la gauche divine, y le contestaban con cualquier broma que lo hiciera sufrir. Sólo entonces comprendió hasta qué punto estaba solo en aquella ciudad hermosa, lunática e impenetrable, en la que nunca sería feliz. Por la madrugada, después de darle de comer al gato, se apretó el corazón para no morir, y tomó la determinación de olvidar a María.

A los dos meses, María no se había adaptado aún a la vida del sanatorio. Sobrevivía picoteando apenas la pitanza de cárcel con los cubiertos encadenados al mesón de madera bruta, y la vista fija en la litografía del general Francisco Franco que presidía el lúgubre comedor medieval. Al principio se resistía a las horas canónicas con su rutina bobalicona de maitines, laudes, vísperas, y otros oficios de iglesia que ocupaban la mayor parte del tiempo. Se negaba a jugar a la pelota en el patio de recreo, y a trabajar en el taller de flores artificiales que un grupo de reclusas atendía con una diligencia frenética. Pero a partir de la tercera semana fue incorporándose poco a poco a la vida del claustro. A fin de cuentas, decían los médicos, así empezaban todas, y tarde o temprano terminaban por integrarse a la comunidad.

La falta de cigarrillos, resuelta en los primeros días por una guardiana que se los vendía a precio de oro, volvió a atormentarla cuando se le agotó el poco dinero que llevaba. Se consoló después con los cigarrillos de papel periódico que algunas reclusas fabricaban con las colillas recogidas de la basura, pues la obsesión de fumar había llegado a ser tan intensa como la del teléfono. Las pesetas exiguas que se ganó más tarde fabricando flores artificiales le permitieron un alivio efímero.

Lo más duro era la soledad de las noches. Muchas reclusas permanecían despiertas en la penumbra, como ella, pero sin atreverse a nada, pues la guardiana nocturna velaba también el portón cerrado con cadena y candado. Una noche, sin embargo, abrumada por la pesadumbre, María preguntó con voz suficiente para que le oyera su vecina de cama:

- ¿Dónde estamos?

La voz grave y úucida de la vecina le contestó:

- En los profundos infiernos.

- Dicen que esta es tierra de moros -dijo otra voz distante que resonó en el ámbito del dormitorio-. Y debe ser cierto, porque en verano, cuando hay luna, se oyen a los perros ladrándole a la mar.

Se oyó la cadena en las argollas como un ancla de galeón, y la puerta se abrió. La cancerbera, el único ser que parecía vivo en el silencio instantáneo, empezó a pasearse de un extremo al otro del dormitorio. María se sobrecogió, y sólo ella sabía por qué.

Desde su primera semana en el sanatorio, la vigilante nocturna le había propuesto sin rodeos que durmiera con ella en el cuarto de guardia. Empezó con un tono de negocio concreto: trueque de amor por cigarrillos, por chocolates, por lo que fuera. "Tendrás todo", le decía, trémula. "Serás la reina". Ante el rechazo de María, la guardiana cambió de método. Le dejaba papelitos de amor debajo de la almohada, en los bolsillos de la bata, en los sitios menos pensados. Eran mensajes de un apremio desgarrador capaz de estremecer a las piedras. Hacía más de un mes que parecía resignada a la derrota, la noche en que se promovió el incidente en el dormitorio.

Cuando estuvo convencida de que todas las reclusas dormían, la guardiana se acercó a la cama de María, y murmuró en su oído toda clase de obscenidades tiernas, mientras le besaba la cara, el cuello tenso de terror, los brazos yermos, las piernas exhaustas. Por último, creyendo tal vez que la parálisis de María no era de miedo sino de complacencia, se atrevió a ir mas lejos. María le soltó entonces un golpe con el revés de la mano que la mandó contra la cama vecina. La guardiana se incorporó furibunda en medio del escándalo de las reclusas alborotadas.

- Hija de puta -gritó-. Nos pudriremos juntas en este chiquero hasta que te vuelvas loca por mí.

El verano llegó sin anunciarse el primer domingo de junio, y hubo que tomar medidas de emergencia, porque las reclusas sofocadas empezaban a quitarse durante la misa los balandranes de estameña. María asistió divertida al espectáculo de las enfermas en pelota que las guardianas correteaban por las naves como gallinas ciegas. En medio de la confusión, trató de protegerse de los golpes perdidos, y sin saber cómo se encontró sola en una oficina abandonada y con un teléfono que repicaba sin cesar con un timbre de súplica. María contestó sin pensarlo, y oyó una voz lejana y sonriente que se entretenía imitando el servicio telefónico de la hora:

- Son las cuarenta y cinco horas, noventa y dos minutos y ciento siete segundos

- ¡Maricón! -dijo María

Colgó divertida. Ya se iba, cuando cayó en la cuenta de que estaba dejando escapar una ocasión irrepetible. Entonces marcó seis cifras, con tanta tensión y tanta prisa, que no estuvo segura de que fuese el número de su casa. Esperó con el corazón desbocado, oyó el timbre, una vez, dos veces, tres veces, y oyó por fin la voz del hombre de su vida en la casa sin ella.

- ¿Bueno?

Tuvo que esperar a que se le pasara la pelota de lágrimas que se le formó en la garganta.

- Conejo, vida mía -suspiró.

Las lágrimas la vencieron. Al otro lado de la línea hubo un breve silencio de espanto, y una voz enardecida por los celos escupió la palabra:

- ¡Puta! Y colgó en seco.

Esa noche, en un ataque frenético, María descolgó en el refectorio la litografía del generalísimo, la arrojó con todas sus fuerzas contra el vitral del jardín, y se derrumbó bañada en sangre. Aún le sobró rabia para enfrentarse a golpes con los guardianes que trataban de someterla, sin lograrlo, hasta que vio a Herculina plantada en el vano de la puerta, con los brazos cruzados mirándola. Se rindió. No obstante, la arrastraron hasta el pabellón de las locas furiosas, la aniquilaron con una manguera de agua helada, y le inyectaron trementina en las piernas. Impedida para caminar por la inflamación provocada, María se dio cuenta de que no había nada en el mundo que no fuera capaz de hacer por escapar de aquel infierno. La semana siguiente, ya de regreso al dormitorio común, se levantó de puntillas y tocó en la celda de la guardiana nocturna.

El precio de María, exigido por ella de antemano, fue llevarle un mensaje a su marido. La guardiana aceptó, siempre que el trato se mantuviera en secreto absoluto. Y la apuntó con un índice inexorable.

- Si alguna vez se sabe, te mueres.

Así que Saturno el Mago fue al sanatorio de locas el sábado siguiente, con la camioneta de circo preparada para celebrar el regreso de María. El director en persona lo recibió en su oficina, tan limpia y ordenada como un barco de guerra, y le hizo un informe afectuoso sobre el estado de su esposa. Nadie sabía de dónde llegó, ni cómo ni cuándo, pues el primer dato de su ingreso era en el registro oficial dictado por él cuando la entrevistó. Una investigación iniciada ese mismo día no había concluido nada. En todo caso, lo que más intrigaba al director era cómo supo Saturno el paradero de su esposa. Saturno protegió a la guardiana.

- Me lo informó la compañía de seguros del coche -dijo.

El director asintió complacido. "No sé cómo hacen los seguros para saberlo todo", dijo. Le dio una ojeada al expediente que tenía sobre su escritorio de asceta, y concluyó:

- Lo único cierto es la gravedad de su estado.

Estaba dispuesto a autorizarle una visita con las precauciones debidas si Saturno el Mago le prometía, por el bien de su esposa, ceñirse a la conducta que él le indicaba. Sobre todo en la manera de tratarla, para evitar que recayera en uno de sus arrebatos de furia cada vez más frecuentes y peligrosos.

- Es raro -dijo Saturno-. Siempre fue de genio fuerte, pero de mucho dominio.

El medico hizo un ademán de sabio. "Hay conductas que permanecen latentes durante muchos años, y un día estallan", dijo. "Con todo, es una suerte que haya caído por aquí, porque somos especialistas en casos que requieren mano dura". Al final hizo una advertencia sobre la rara obsesión de María por el teléfono.

- Sígale la corriente -dijo.

- Tranquilo, doctor -dijo Saturno con un aire alegre-. Es mi especialidad.

La sala de visitas, mezcla de cárcel y confesionario, era un antiguo locutorio del convento. La entrada de Saturno no fue la explosión de júbilo que ambos hubieran podido esperar. María estaba de pie en el centro del salón, junto a una mesita con dos sillas y un florero sin flores. Era evidente que estaba lista para irse, con su lamentable abrigo color fresa y unos zapatos sórdidos que le habían dado de caridad. En un rincón, casi invisible, estaba Herculina con los brazos cruzados. María no se movió al ver entrar al esposo ni asomó emoción alguna en la cara todavía salpicada por los estragos del vitral. Se dieron un beso de rutina.

- ¿Cómo te sientes? -le preguntó él.

- Feliz de que al fin hayas venido, conejo -dijo ella-. Esto ha sido la muerte.

No tuvieron tiempo de sentarse. Ahogándose en lágrimas, María le contó las miserias del claustro, la barbarie de las guardianas, la comida de perros, las noches interminables sin cerrar los ojos por el terror.

- Ya no sé cuántos días llevo aquí, o meses o años, pero sé que cada uno ha sido peor que el otro -dijo, y suspiró con el alma-: Creo que nunca volveré a ser la misma.

- Ahora todo eso pasó -dijo él, acariciándole con la yema de los dedos las cicatrices recientes de la cara-. Yo seguiré viniendo todos los sábados. Y más si el director me lo permite. Ya verás que todo va a salir muy bien.

Ella fijó en los ojos de él sus ojos aterrados. Saturno intentó sus artes de salón. Le contó, en el tono pueril de las grandes mentiras, una versión dulcificada de los propósitos del médico. "En síntesis", concluyó, "aán te faltan algunos días para estar recuperada por completo". María entendió la verdad.

- ¡Por Dios, conejo! -dijo atónita-. No me digas que tú también crees que estoy loca!

- ¡Cómo se te ocurre! -dijo él, tratando de reír-. Lo que pasa es que será mucho más conveniente para todos que sigas un tiempo aquí. En mejores condiciones, por supuesto.

- ¡Pero si ya te dije que sólo vine a hablar por teléfono! -dijo María.

Él no supo cómo reaccionar ante la obsesión temible. Miró a Herculina. Ésta aprovechó la mirada para indicarle en su reloj de pulso que era tiempo de terminar la visita. María interceptó la señal, miró hacia atrás, y vio a Herculina en la tensión del asalto inminente. Entonces se aferró al cuello de su marido gritando como una verdadera loca. Él se la quitó de encima con tanto amor como pudo, y la dejó a merced de Herculina, que le saltó por la espalda. Sin darle tiempo para reaccionar le aplicó una llave con la mano izquierda, le pasó el otro brazo de hierro alrededor del cuello, y le gritó a Saturno el Mago:

- ¡Váyase!

Saturno huyo despavorido.

Sin embargo, el sábado siguiente, ya repuesto del espanto de la visita, volvió al sanatorio con el gato vestido igual que él: la malla roja y amarilla del gran leotardo, el sombrero de copa y una capa de vuelta y media que parecía para volar. Entró en la camioneta de feria hasta el patio del claustro, y allí hizo una función prodigiosa de casi tres horas que las reclusas gozaron desde los balcones, con gritos discordantes y ovaciones inoportunas. Estaban todas, menos María, que no sólo se negó a recibir a su marido, sino inclusive a verlo desde los balcones. Saturno se sintió herido de muerte.

- Es una reacción típica - lo consoló el director -. Ya pasará.

Pero no pasó nunca. Después de intentar muchas veces ver de nuevo a María, Saturno hizo lo imposible para que recibiera una carta, pero fue inútil. Cuatro veces la devolvió cerrada y sin comentarios. Saturno desistió, pero siguió dejando en la portería del hospital las raciones de cigarrillos, sin saber siquiera si llegaban a Marra, hasta que lo venció la realidad.

Nunca más se supo de él, salvo que volvió a casarse y regresó a su país. Antes de irse de Barcelona le dejó el gato medio muerto de hambre a una noviecita casual, que además se comprometió a seguir llevándole los cigarrillos a María. Pero también ella desapareció. Rosa Regás recordaba haberla visto en el Corte Inglés, hace unos doce años, con la cabeza rapada y el balandrán anaranjado de alguna secta oriental, y en cinta a más no poder. Ella le contó que había seguido llevándole los cigarrillos a María, siempre que pudo, hasta un día en que sólo encontró los escombros del hospital, demolido como un mal recuerdo de aquellos tiempos ingratos. María le pareció muy lúcida la última vez que la vio, un poco pasada de peso y contenta con la paz del claustro. Ese día le llevó el gato, porque ya se le había acabado el dinero que Saturno le dejó para darle de comer.

Fin