4 de septiembre de 2006

El centinela



Este es un cuento que escribí a pedido de una amiga que necesitaba un texto para levantarle el ánimo a una persona allegada que había perdido un ser querido. A ella le gusto.
Estanis


El centinela
Por Estanislao Zaborowski

Soy conciente que no son de dominio público algunos detalles de nuestra existencia, pero si estoy convencido que vale la pena conocer el que les voy a revelar.
Desde el inicio de los tiempos, se calcula que cien mil millones de seres humanos han transitado por el planeta Tierra. Y es en verdad un número interesante, porque aunque parezca curioso, hay aproximadamente cien mil millones de estrellas en nuestro universo inmediato, la Vía Láctea. Entonces, por cada hombre, mujer y niño que ha vivido, brilla una estrella en nuestro firmamento.
Esta es la historia de cómo Santi, a partir de este hallazgo, encontró la razón de porque jamás se había sentido solo a pesar de…

Por cuarta vez en la semana, el chillido del timbre de las seis de la tarde recorría todos los rincones del antiguo Colegio San Lucas.
Como era costumbre, la avalancha de niños, que desde las aulas salían corriendo en todas direcciones, se agolpaba en la puerta principal. A medida que pasaban los minutos, los pasillos se iban enmudeciendo hasta quedar en un silencio absoluto. Solo las palomas que picoteaban en el patio, buscando las migas que se desprendían de los emparedados o alfajores que habían devorado los niños, producían un ruido casi inaudible para los demás.
Pero no para mí. Esos momentos de incipiente tranquilidad, eran mis preferidos desde que comencé a trabajar de encargado, hacía ya varios años. El silencio era mi compañía en las largas noches de soledad.
Mis tareas consistían en cuidar la entrada principal en todos sus aspectos, desde la limpieza de azulejos y pisos, hasta el control de todos los que traspasaban la puerta.
Justamente fue en los escalones de la entrada donde me encontré a Santi esa tarde helada de invierno.
- ¡Hola! ¿Se olvidaron de pasarte a buscar? - dije mientras me sentaba de cuclillas a su lado.
- Si, mi abuela se debe haber quedado dormida otra vez - en su voz se notaba un dejo de tristeza.
- ¿Y tus papás? ¿Están trabajando?
- No, mis papas no están mas. Fallecieron cuando yo era chico.
- Ajá, yo te sigo viendo chico - mi intento de hacerlo sonreír naufragaba en el mar de la indiferencia - Si vives cerca, te podría acompañar caminando así no tienes que aguardar aquí con frío a tu abuela. A propósito, ¿como se llama ella?
- Matilde, y su perro se llama Tifón.
- Bonito nombre…….el del perro me refiero - finalmente me dedicó una tímida sonrisa. Hagamos una cosa, le voy a avisar a Mateo, mi suplente, que cuide por un tiempo la puerta y que si llega a venir tu abuela le avise que salimos para allá, y de esta manera te podré acompañar hasta tu casa, ¿te parece?
Sin responder a mi pregunta, tomó su mochila, se puso de pie y se alistó con las manos en los bolsillos y la bufanda escocesa que le tapaba hasta la línea de los ojos.
Antes de salir, revisé los registros de la computadora y pude obtener la dirección de la casa de su abuela. Por suerte solo nos separaban ocho cuadras.
Habíamos cruzado la plazoleta que quedaba en la esquina, cuando Santi mencionó sus primeras palabras desde que salimos.
- Cuando yo sea grande, voy a pintar con colores todo el camino para que todos los chicos sepan como volver solos a su casa.
- ¿Vos crees que se podría Santi? O sea, el camino de todos los chicos de todos los colegios. Me parece que se van a confundir.
- No, no se van a confundir porque van a estar pintados todos de diferentes colores, Y además cada uno va a saber cual es el color que le toca.
- Entiendo, creo que podría funcionar. ¿Sabias que en lugares como el campo o los navegantes, se manejan con tecnología pero también observan mucho las estrellas para guiarse y llegar a destino?
- Mmmmmm, no creo que se pueda eso. Yo no creo en nada que no se pueda ver claramente, como los colores. Y más el rojo, el amarillo, el azul y también el verde, pero tiene que ser oscuro como ese de los cascos de guerra.
- ¿Entonces, no crees en nada que no puedas ver con tus propios ojos?
- Claro, pero si en los colores.
- Pero las estrellas las puedes ver. Ellas nos marcan el camino, nos cuidan, nos observan y nos alertan sobre cualquier peligro.
- Yo no le veo nada de especial a las estrellas.
- Eso es porque no las observas seguido, ellas en cambio siempre están pendientes de ti todo el tiempo.
- No creo, hay veces que no están.
- Pero ahora si, miralas - dije mientras señalaba el cielo con el dedo índice.
- ¡¡¡Uhhh!!! ¡Esas dos brillan un montón! - sus ojos se abrieron como dos nueces.
- ¿Cuales? Yo no veo sobresalir ninguna sobre las otras, todas se están con la misma intensidad - mentí, una veía mas fuerte.
- ¡No no no, esas! Esas que están juntas, como si fueran una pareja.
- Entiendo, es que esas son tus estrellas especiales. Son tu guía. Las que te observan desde allí y te dan la paz que necesitas para seguir con fuerza el camino de la vida.
- ¿Como es eso? ¿Brillan más fuerte para mí?
- Claro….esas estrellas, esas que tu ves mas nítidas e intensas son tus seres queridos. En tu caso, son tus padres Santi.
Apenas terminé de decir aquellas palabras, me detuve arrepintiéndome de mencionarle aquél secreto a un niño de tan solo nueve años. Quizás no fue lo que dije, sino la forma en la cual me expresé.
Pero para mi asombro, no solo entendió que en el cielo se encuentran todos nuestros seres queridos, sino que reconoció que desde el fallecimiento de sus padres jamás se había sentido en soledad. Todo lo contrario, había estado triste un tiempo y había llorado mucho, pero me confesó que jamás se sintió desamparado. Que todos los días tenía ganas de aprender cosas y de jugar y de pintar con colores fuertes. Sobre todo con el verde siempre que sea oscuro como el color de los cascos de guerra.
Y así fue como nos quedamos parados en la puerta de su casa, observando por varios minutos las estrellas. Mientras él les sonreía a sus padres, me describía como esos luceros brillaban más fuerte.
Caminando de regreso al Colegio, pensaba en la cantidad de personas que por no observar el cielo a diario, se pierden de saludar a sus seres queridos, abuelos, tíos, padres, hermanos, etc. Incluso omiten agradecerles su compañía, como así también de descubrir que allí arriba les va de maravilla. Podría asegurar sin miedo a equivocarme que la vista debe ser única.
Y pensé algo más. Que de ahora en adelante no dejaría pasar una noche sin mirar hacía arriba y agradecerle a mi esposa por ser mi centinela.

5 comentarios:

Anónimo dijo...

es el tercer cuento que leo tuyo... y la verdad que me sorprendes...

Anónimo dijo...

es el tercer cuento que leo tuyo... y la verdad que me sorprendes...

KARI dijo...

Me gustó Estanis : )

Anónimo dijo...

Muy tierno!!!! Estani tenes una sensibilidad muy especial que obviamente queda reflejada en este tipo de texto y lo mejor de todo.. se transmite!
Ya te hice mis comentarios en su momento pero no viene mal que te lo recuerde, no?

Besos
Andre

Anónimo dijo...

Hermoso!!!