24 de octubre de 2009

La primera novela policial argentina

Ciencia, arte y técnica se cruzan en la criminalística, disciplina bautizada a fines del siglo XIX. El rescate de La huella del crimen, primera novela policial argentina, es la ocasión ideal para reflexionar sobre un saber que tiene tanto rigor como aventura.

En diciembre de 1841, Grahams Lady's and Gentleman's Magazine publicó "Los crímenes de la calle Morgue", el cuento de Edgar Poe que fundaría un nuevo género literario –el policial– y que, además, en palabras de Borges, crearía un tipo especial de lector: "lleno de sospechas, porque el lector de novelas policiales es un lector que lee con incredulidad, con suspicacias". Seguramente, Poe nunca imaginó que había puesto en marcha un nuevo género. Se supone que su propósito era algo más modesto: presentar a un personaje singular, el caballero Auguste Dupin y el infalible método deductivo que ponía en práctica para resolver los casos más difíciles. Poe moriría nueve años después de aquel primer caso resuelto por Dupin y, estoy seguro, jamás supuso que su caballero Auguste Dupin se iba a convertir en el prototipo de los investigadores privados de ficción. De él derivarían detectives célebres como Sherlock Holmes o Hercule Poirot.

Los únicos tres cuentos protagonizados por Dupin suceden en París. ¿Por qué razón Poe, escritor estadounidense, eligió a la remota Francia como escenario? Tal vez la respuesta esté en la propia Francia y en un personaje real que, sin embargo, tuvo mucho de ficción: Eugène-François Vidocq (1775-1857). El primer delito Vidocq lo cometió a los 14 años: robó dos mil francos de la panadería de su padre y se escapó con la intención de viajar a los Estados Unidos de América. Nunca hizo ese viaje pero por más de treinta años fue soldado, corsario, estafador, preso evadido en numerosas ocasiones y enemigo público número uno. En 1809 cambió su historial: de ladrón pasó a ser policía. Convenció a las autoridades francesas de fundar un cuerpo especial contra la delincuencia. El conocía todos los códigos del hampa, por lo que era la persona indicada para dirigir la Sûreté Nationale, lo que hoy es la célebre Sûreté.

En 1833 Vidocq abandonó el cuerpo policial y fundó la primera agencia de detectives privados de la historia. Es responsable, dicen, de numerosos avances en el campo de la investigación criminal. Edgar Poe no ignoraba estos detalles. Cortázar supone "que Poe tomó el nombre 'Dupin' de la heroína de un relato publicado en el Burton's Gentleman's Magazine, que se refería al famoso Vidocq". Acaso para evitar suspicacias, el caballero Dupin en "Los crímenes de la calle Morgue" criticó la metodología de Vidocq. Mientras el detective de Poe privilegiaba la deducción y entendía, con palabras de Kant, que "todo nuestro conocimiento arranca del sentido, pasa al entendimiento y termina en la razón", el policía Vidocq optaba por la acción: se disfrazaba e infiltraba entre los delincuentes. Sus rasgos motivarían a otros escritores franceses (Balzac, Dumas, Sue), y es posible distinguirlos en el acosado Jean Valjean, en Los miserables, de Victor Hugo. Pero será Emile Gaboriau (1832-1873) quien los registre con mayor exactitud. Y aquí volvemos a tropezarnos con Edgar Poe.

Por aquellos años, Gaboriau trabajaba en una escribanía. Era un devoto lector de narraciones truculentas por lo que no dudó en comprar Histoires Extraordinaires, el libro de cuentos de Poe que poco antes había traducido Charles Baudelaire. La lectura de esos relatos le cambió la vida: abandonó las actas notariales y se dedicó a la literatura. Su primera novela apareció en 1863, se llamó El caso Lerouge y en ella presentaba a monsieur Lecocq, un reputado policía que ocultaba su profesión, incluso a la portera de su casa. Gaboriau logró la síntesis del caballero Dupin, el héroe de ficción creado por Poe, y Eugène-François Vidocq, el héroe de verdad que había muerto seis años antes. Monsieur Lecocq (su grafía casi se confunde con Vidocq) contenía la deducción del caballero Dupin y la acción del inefable Vidocq. Como bien señalara Fermín Fevre, monsieur Lecocq "tiene no sólo la misma terminología que el legendario Vidocq, sino sus mismos métodos. Como él, se disfraza, observa y reúne pruebas. Llega a la pista correcta luego de haber seguido distintos caminos erróneos. En sus relatos hay pasiones, situaciones equívocas y cierta moralidad: la virtud y la verdad se imponen, aunque tengan que seguir sendas tortuosas".

Ciertamente, Emile Gaboriau es el fundador de la literatura policial francesa. Así, al menos, lo certifica André Gide en su Diario. En una anotación con fecha 7 de julio de 1932, leemos: "La lectura del periódico de Bennett me ha proporcionado la ocasión de leer a Gaboriau por vez primera. 'El crimen de Orgival' contiene trozos muy buenos: cuando se piensa en la época en que fue escrito el libro, no queda más remedio que admitir que Gaboriau fue un precursor, el padre de toda la literatura policial actual. Me admiran, en particular, las páginas en que Lecocq expone su método a Planet; nada mejor se ha hecho desde entonces".

Observemos las fechas: en 1841 apareció "Los crímenes de la calle Morgue", del norteamericano Edgar Poe, en 1863 "El caso Lerouge", del francés Emile Gaboriau, y en 1877 "La huella del crimen", del argentino Raúl Waleis. Un triángulo perfecto, con un vértice en Filadelfia, otro en París y el tercero en Buenos Aires. Raúl Waleis ubica la acción de su novela en París, el mismo sitio en el que transcurren los tres cuentos que tienen al caballero Dupin como protagonista. Este hecho geográfico es el único rasgo que emparienta al héroe de Waleis con el héroe de Poe, sus otras características son cercanas a monsieur Lecocq, el personaje de Gaboriau. De hecho, Waleis declara públicamente su admiración y su deuda para con el escritor francés. En la "Carta al editor para que conozca el lector" que abre La huella del crimen, leemos: "Ha muerto últimamente en Francia monsieur Emile Gaboriau (...) Muerto el maestro, queda la escuela. Declárome uno de sus discípulos".

El nombre de Edgar Poe es conocido universalmente, algo parecido sucede con Emile Gaboriau, no se puede decir lo mismo de Raúl Waleis ¿Quién era el ignorado Raúl Waleis? Detrás de ese pseudónimo y anagrama se escudaba el jurista Luis V. Varela, hijo de Florencio Varela y Justa Cané, diputado por Buenos Aires y miembro de la Suprema Corte de Justicia. Más allá de la jurisprudencia, le interesaba la literatura. En julio de 1877, en el periódico "La Tribuna" comenzó a publicar por entregas La huella del crimen. Inmediatamente después la editó, en forma de libro, en Imprenta y Librerías. Un año más tarde dio a conocer la segunda parte, Clemencia, y anunció la próxima aparición de Herencia fatal, novela que completaría la trilogía, pero esa tercera parte nunca se publicó. Ausencia que no desmerece las otras dos presencias, ya que las historias, si bien tienen referencias comunes, pueden leerse independientemente.

Confeso discípulo de Emile Gaboriau, Raúl Waleis siguió los pasos de su maestro. Así, como él mismo señalara en ya citada "Carta al editor para que conozca el lector", "L'Archiduc bien podría llamarse Lecocq". Aquel como éste, utilizará por igual el método deductivo y la pura acción. No vacilará en disfrazarse cada vez que sea necesario y mediante su ojo de lince sabrá descubrir mínimos detalles que escapan al resto de los seres humanos. En la escena del crimen, el comisario L'Archiduc, con sólo estudiar las huellas en el barro y la posición del cuerpo de la víctima, libra de sospechas al campesino que injustamente habían culpado. Sabe que se trata de un único asesino, que es hombre y que pertenece a la clase alta: "Si reparáis en esta última (huella), notaréis que el calzado que la ha impreso en la tierra blanda es ordinario, grueso, con grandes clavos de suela. Es el calzado que usan los obreros... en tanto que las otras son de botín delgado y fino". También determinará por donde huyó el criminal, advertirá que le falta el dedo del centro de la mano izquierda, revelará que ha sido herido y señalará: "El malhechor que buscamos es o ha sido militar. Esta manera de acostarse sobre la hierba son hábitos de campamentos".

Un método deductivo que eficazmente había comenzado a desarrollar el caballero Dupin, que luego utilizaría monsieur Lecocq y más tarde Sherlock Holmes. Pero en esta crónica hay un detalle que no se tiene en cuenta: entre el detective creado por el escritor francés y el detective creado por el escritor inglés surgió un detective creado por un escritor argentino: las sagaces deducciones del comisario L'Archiduc aparecieron diez años antes de que Sherlock Holmes entrara en escena: La huella del crimen fue publicada en 1877, Estudio en escarlata en 1887. La huella del crimen, por otra parte, es la primera novela policial que se publicó en lengua española.

Por aquella época esas historias de crímenes y misterio se recibían con regocijo, era el tiempo de los folletines y aún faltaba cerca de medio siglo para la llegada de la televisión. Hoy las series de TV son el adecuado reemplazo de aquellos folletines. Pienso en CSI, por ejemplo, y advierto que los métodos de los policías científicos de Las Vegas, Miami o Nueva York no han variado mucho de los utilizados por Dupin, Lecocq, L'Archiduc, Holmes o Poirot. Para descubrir al criminal los actuales detectives cuentan con formidables adelantos tecnológicos, pero su mecánica es idéntica a la que, en libros rústicos, con tapas de vivos colores y abundante sangre derramada, ponían en práctica los investigadores del pasado.

La huella del crimen fue uno de esos libros y gozó de su momento de éxito. Lamentablemente, ese momento fue muy corto. La huella del crimen ni siquiera tuvo el consuelo de transformarse en lo que solemos denominar "libro de culto". No aparece en la Nueva historia de la gran literatura iberoamericana, de Arturo Torres-Rioseco ni en la Historia de la literatura hispanoamericana, de Enrique Anderson Imbert. En su Historia de la literatura argentina, Ricardo Rojas lo cita de pasada. Jorge Rivera y Jorge Lafforgue en Asesinos de papel. Ensayos sobre narrativa policial sólo incluyen la "Carta al editor para que la conozca el lector". Antes, Fermín Fevre se había detenido en las novelas de Raúl Waleis, hasta que Néstor Ponce, en Una poética pedagógica; Raúl Waleis, fundador de la novela policial en castellano, ofrecerá un definitivo estudio acerca del autor de La huella del crimen.

La novela, a 133 años de su publicación, está otra vez con nosotros, en una cuidada edición, con notas precisas y un categórico posfacio a cargo de Román Setton. La pregunta inicial sigue en pie: ¿Por qué causa se ignoró a está obra fundadora del policial argentino? La respuesta queda a cargo de académicos y de investigadores, incluso podría ser un enigma para que resolviera el comisario L'Archiduc. Aunque no creo que a él le interese mayormente, en estos momentos está tratando de descubrir quién asesinó a esa bella joven, cuyo cadáver unos aldeanos acaban de encontrar en el Bosque de Boulogne.

Por: Vicente Battista
Revista Ñ

La huella del crimen

Raul Waleis - Novela
311 páginas

A 132 años de su aparición, esta novela vuelve con aires de celebración, acaso para devolvernos el indeleble clima del folletín francés de fines del siglo XIX, aunque también para reparar su inexplicable olvido en la tradición del policial argentino. Cierta mirada histórica parece haber dejado de lado los primeros trazos de nuestra literatura policial y reducido las influencias al ímpetu indudable de la traición anglosajona. Lo que tenemos aquí son las reminiscencias de Balzac, de Xavier de Montepin, pero fundamentalmente de Gaboriou, que inundó con sus títulos Buenos Aires tras la publicación de La huella del crimen, en 1877. Luis V. Varela, que usaba el nombre de pluma Raúl Waleis, fue un típico representante de la generación del 80, y como tal, un incondicional del modelo cultural francés. Tenemos un crimen por celos y una sociedad conmocionada, una víctima mujer y una nobleza en decadencia. El escenario es París, la capital del mundo, aunque lo que buscó Varela fue retratar la sociedad porteña, sus conflictos de entonces. Fiel al mandato galo, nuestro héroe, L'Archiduc, es un miembro del Estado, un comisario de policía, y no un investigador privado tipo Sherlock Holmes. Está lejos del modelo abstracto-intelectual y su resolución por vía de un esquema matemático. Varela es folletín puro, parodia, pasión, aventura, costumbrismo y melodrama. Con todo, la trama finisecular no impide revelar hasta qué punto la modernidad ha calado hondo en la vida social. Aflora una filosofía del derecho de sesgo humanista ligada a una naciente ciencia criminalística. Se cuestiona el matrimonio, o mejor, la imposibilidad de deshacerlo (audaz anticipo del divorcio) y se condena el rol subalterno ("casi esclavo") de la mujer. La ciencia aplicada, la prudencia en los juicios y la vigencia del orden y el progreso imponen su lógica de acero.

Por: Adolfo Coronato
Revista Ñ

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Hola, muy interesante el post, felicitaciones desde Mexico!

Penny Lane dijo...

Hola!

Muy buen artículo, me gustó mucho, pero sobre todo quiero agradecer porque me está ayudando a hacer un trabajo para Lengua y Literatura sobre la novela policial.
Felicitaciones :D
Por cierto, precioso blog

Saludos
Penny Lane

proyecto ñ dijo...

Excelente.