20 de julio de 2010

Rico en una estación

Hace algo mas de 2.500 años, existió un hombre llamado Tales. Nacido en la isla griega de Mileto e hijo de fenicios, fue considerado uno de los siete sabios de Grecia. Además de sus avances en las ciencias, por medio de sus actos, también marcó a fuego su pasar por el mundo.
Es para mi, una de las personas mas importantes que vivió entre nosotros. Tanto por sus aportes al conocimiento, como por su humilde estilo de vida; creo que vale la pena tomarse unos minutos para conocerlo.
La historia que les dejo a continuación la conocí en el libro "Tan locos como Sabios" escrito por Roger-Pol Droit y Jean-Philippe de Tonnac; los cuales basan la misma en la anécdota contada por Jerónimo de Rodas en sus "Memorias Dispersas".
Creo que vale la pena tomarse unos minutos y pensar acerca de la importancia de la observación, reflexión y autoconocimiento. Espero les guste.

Rico en una estación

Mileto, 580 a.c

-¡Contempla las estrellas pero no sabe lo que hay sobre la tierra!
-¡Es muy cierto! Siempre inmóvil, la cabeza en el aire, uno se pregunta qué encuentra de tan interesante allí arriba…
-¡Despierto toda la noche, eso no es vida! ¡Y todo para observar el cielo por horas! Verás que un día, a fuerza de no ver dónde pone los pies, terminará por caerse…vaya a saberse donde. En un pozo o en un foso…
-Es verdad, esa gente no es normal, no sabe vivir. Con la nariz siempre en el cielo en lugar de ocuparse de sus asuntos.
-La cabeza llena, el granero vacío.
-No dejan de hacer cálculos, de dibujar círculos, triángulos, líneas sin fin en la arena.
-No es su fortuna lo que hay que contar. Se dice que ni siquiera tiene abrigo para el invierno.
Para gente como está, Tales no tiene remedio. Por mucho tiempo creyó poder soportarlo. ¿Qué le importaban esos comadreos, esas historias de sirvientes, esas risas por la espalda? ¿No era experto, sabio, amigo de tantos, contemplador de verdades superiores? ¿No era uno de los únicos que podía comprender el movimiento perfecto de las esferas estelares?
Tal era la distancia entre esas burlas imbéciles y la altura de sus miras, que nada había que responder. Inútil preocuparse por eso. Seguir el camino. Que se quedaron con esos chillidos. Tonterías de ignorantes, comentarios de bobo. Todo pasa. Sí, se dijo.
Nada pasaba. Por el contrario. Había visto multiplicarse las maledicencias, crecer la incomprensión. Ahora hasta los niños se reían al verlo pasar. Hacía falta terminar con eso. No era una cuestión de orgullo, ni siquiera de dignidad. Lo que había convencido a Tales de poner en término a las murmuraciones era el respeto al saber y a sus guardianes. Los ignorantes podían seguir con su estupidez y su ceguera. Pero no debían menoscabar a la ciencia. Había que acabar con ese desprecio obsceno, hacerlo callar.
¿Cómo?
Ese atardecer, al subir como cada día a lo alto de la colina, Tales por una vez no pensó en el curso de las estrellas ni en la organización del cielo. Mientras trepaba por las amplias laderas puso a punto su plan. En principio, hacer algunas observaciones, efectuar ciertos cálculos. No sería muy largo. En pocas horas, y midiendo como de costumbre el campo de olivos que se hallaba al final de camino, quedó convencido de su estratagema. ¿Esas pobres mentes lo creen incapaz de conseguir piezas de oro? ¿Están convencidos de que su ciencia no vale nada, no puede nada, no beneficia en nada?¿Les hace falta una prueba tangible, un éxito sorprendente? Pues bien, lo verán.
El invierno llega a su fin. El viento del norte no deja de soplar. Casi hiela. Los campesinos piensan que una vez mas, la cosecha de olivos corre el riesgo de ser pobre. Pocos frutos, muy pequeños y casi secos, lo mismo que en los últimos años. Una miseria si se quiere hacer aceite. Ok, perfumado, untuoso, suave, si, por supuesto; aunque solo para aquellos que pueden contar con un poco en sus comidas, es decir, no mucha gente. Parecería que Atenea se ha olvidado de la gente de Mileto.
Por su parte, Tales decide alquilar una prensa para la próxima estación. Realmente una idea rara, dicen los que saben; pero se callan, porque no entienden nada. ¿Que puede llegar a hacer Tales con una prensa de aceite? No se habla mucho del tema. El sabio se muestra discreto, persuasivo. A unos les dice que lo hace para agradar a su tía, a otros que es para tratar sus ardores estomacales. Alquila dos, tres, cinco, diez prensas de aceite en los alrededores. Y prácticamente por nada. Estamos apenas en los comienzos de la primavera, todo el mundo está convencido de que habrá apenas tres escasos olivos para prensar.
Tales envía a sus sobrinos a las ciudades cercanas y luego a las más alejadas. Muy pronto, mientras aún la primavera no está a pleno, no queda ya una prensa en la región que él no haya reservado. A cuatro días de mula de Mileto está todo alquilado. Y no le cuesta gran cosa. Nadie se da cuenta. El buen tiempo puede retornar…y lo hace.
.Es soberbio, sorprendente, suave cuando hace falta, caluroso y seco en el punto justo, húmedo como corresponde, un clima soñado para los olivos. Los árboles se cubren de frutos. Se hinchan, crecen, explotan de savia y de jugos. Nada los amenaza. Cuando finaliza el otoño, la cosecha es digna de los dioses. Las ramas crujen por el peso. Los días son cortos. Hay que apurarse a prensar los frutos.
Entonces, Tales impone su tarifa. “No querrán perder una cosecha tan buena…Tendrán aceite por años…Sí, pueden pagarme en varias veces…No, sólo acepto piezas de oro o de plata…
Ah ¿Cómo hice? Pues bien, gracias a la ciencia. Gracias a las estrellas, gracias a los cálculos. El resto queda en secreto.

Fin

Por Roger-Pol Droit y Jean-Philippe de Tonnac.

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