2 de diciembre de 2007

Beowulf / Capítulo I



Capítulo I
De Grendel, el derramador de sangre

Como todos los días, Hrothgar bajó de su habitación al amanecer para reunirse en la sala del Herot con sus invitados. Mientras desayunaba, Wulfgar, su heraldo, se acercó y le dijo:
—Mi señor, ha desaparecido uno de tus guerreros
—¿Como puede ser?
—Nadie lo sabe, mi rey
—¿Y por qué ha desaparecido?.
—Tampoco se sabe
El monarca consultó con Esker, el mejor de sus caballeros, pero tampoco él sabía los motivos de la fuga. El guerrero había huido durante la noche, sin dejar ningún rastro. Hrothgar estaba asombrado. ¿Por que habría de escapar uno de mis guerreros?. No tenía razones —se decía a si mismo— Era un hombre muy rico. ¡Que extraño que decidiera marcharse!.
Tres días después, a la mañana temprano, Wulfgar volvió y le
dijo:
—Cuatro de tus guerreros han desaparecido anoche.
—¿Otra vez? ¿Cómo ha sucedido?
—Nadie lo sabe, señor
—¿Y por qué han desaparecido?
—Tampoco se sabe. Pero puedo decirte que esta vez si han dejado rastros. Hemos encontrado manchas de sangre en el piso de tu palacio.
Hrothgar mandó a llamar inmediatamente a Esker. Le ordenó que revisara el palacio entero y el bosque que lo rodeaba, cada milla, cada pulgada. El guerrero reunió a las huestes armadas con escudos y espadas de gran filo. No hubo sitio que no revisaran minuciosamente. Pero no encontraron nada.
El monarca comenzó a dudar de que los guerreros se hubieran ido por propia voluntad. Algo les debía haber sucedido, aun que ignoraba qué. Consultó con su consejo de sabios, pero no obtuvo una respuesta satisfactoria. Suponían que algún enemigo
los había secuestrado, pero no había rastros de extranjeros en el palacio ni en las cercanías. Otros guerreros daneses desaparecieron las noches siguientes.
Todo ocurría cuando la nieve era cubierta por el negro de las sombras. Al amanecer, el heraldo le comunicaba al rey lo que había sucedido. Cada mañana, Hrothgar bajaba preocupado de su alcoba. Cuando veía que Wulfgar se le acercaba, ya sabía lo
que venía a decirle. Durante la tarde, mientras compartían su estancia en el palacio, todos hablaban de las desapariciones nocturnas. El rey de los daneses recordó algunos relatos que circulaban por su reino. Nunca hasta ese momento les había prestado atención, pues creía que se trataba sólo de leyendas. La gente del
pueblo aseguraba que existían dos grandes espíritus, seres malignos que siempre rondaban en torno a una ciénaga. Uno tenía el aspecto de una hembra, mientras que el otro vagaba en forma de hombre y su tamaño era mayor. Lo llamaban Gréndel. Ambos
merodeaban oscuras loberas y riscos inhóspitos. Cuando el cielo comenzó a enrojecer de a poco y el sol ya había dejado de entibiar la nieve, el rey se retiró a dormir. La fiesta había terminado. Los caballeros cerraron las puertas y ventanas
del palacio para que el frío no entrara en la sala y se acomodaron sobre las mantas para dormir. Esker montó guardia con dos guerreros fuera del palacio.
Mientras esto sucedía en el Herot, una criatura oscura y repugnante marchaba hacia allí, como todas las noches.
Grendel vivía en las grutas y en los fangales donde el agua de lluvia se estancaba. Era un antiguo descendiente de Caín, que aborrecía a todo ser que no fuera como él.
Se desplazó con sus torpes movimientos hasta acercarse al Herot. Desde los lindes del bosque, observó la mansión. El ruido de la música que tanto lo atormentaba había cesado. Ni Esker ni sus compañeros pudieron verlo cuando entró al palacio, pues lo rodeaba una espesa tiniebla que desdibujaba sus formas. Los gritos llegaron a oídos de la guardia cuando ya era tarde. Esker alcanzó a divisar a lo lejos la silueta del ogro que se internaba en el bosque con los guerreros atrapados en las garras. Grendel logró escapar arrastrando a su ciénaga a los quince hombres que estaban dentro del Herot.
Los que no creían en la existencia del monstruo, desde ese día le temieron.
Al amanecer, el palacio estaba envuelto en llanto. Los gritos se expandían por la comarca a medida que la historia iba recorriendo las casas. No fue necesario que el heraldo le comunicara la noticia al rey. Hrothgar supo qué había pasado apenas escuchó el primer lamento. Todo su reino era una tragedia. Tampoco él había creído hasta ese día en la leyenda de las dos criaturas.
Desde esa noche, el ogro no les dio tregua. había probado la carne humana y ya ningún otro alimento lo satisfacía. Esperaba ansiosamente la caída del sol para ir en busca de sus presas.
Hrothgar observaba cada noche cómo sus guerreros abandonaban
el Herot, huyendo de la furia del monstruo que acechaba en la oscuridad. Buscaban un lecho seguro, en algún sitio apartado, a salvo del peligro. El rey se cercioraba que nadie quedara en la sala antes de retirarse. Las noches de luna, una tenue luz penetraba por los ventanales más altos y recorría el desolado palacio.
No existía sitio más desierto.
Doce años duró el asedio de Grendel y su historia se difundió en aquel tiempo por tierras extranjeras. Se decía que todas las riquezas de Dinamarca no bastaban para saciar al ogro que habitaba en una ciénaga maldita, escondida en las sombras. Sin embargo, nadie podía describirlo, pues aquel que lo hubiera visto
no había sobrevivido.
Fue así como los godos supieron de Gréndel. Una gran amistad los unía a los daneses. Beowulf fue uno de los primeros en enterarse de la historia y decidió viajar a Dinamarca. En aquel entonces, era un joven vasallo y sobrino de Hygelac, el rey. Se
decía que superaba en fuerza a todos los hombres vivos que había en el mundo.
Antes de emprender el viaje, los godos consultaron a sus sabios, los ancianos que podían ver el futuro. Organizaron una ceremonia en la que sacrificaron un verraco, el cerdo más grande que había en la comarca. El animal gritó tanto que sus quejidos alcanzaron a oírse en muchos países. Tenía una voz casi humana.
Todos los pájaros que lo oyeron acudieron al lugar y volaron en círculo sobre el cuerpo del animal muerto durante horas. Los sabios entendieron que era un buen augurio y, una vez terminada la ceremonia, le comunicaron al rey su respuesta: el viaje a las tierras danesas sería exitoso.
Se eligió a los quince guerreros más valientes para acompañar al joven godo a Dinamarca y, a la mañana siguiente, iniciaron los preparativos para el viaje. El barco, que flotaba al pie de los peñascos, era uno de los más bellos viajeros del agua. Su casco, de madera dura y resistente, remataba la figura de un ave
cuyas alas abiertas parecían sostener la proa. La cabeza del ave se erguía esbelta, como si mirara fijamente el horizonte. Numerosos escudos labrados protegían las bordas de la nave, que fue equipada con todo lo necesario para la guerra: armas de hierro, pesadas espadas y arneses.
Cuando todo estuvo listo, la vela se alzó en el mástil y el viento la desplegó. Los godos se hicieron al mar y se alejaron del sur de la península escandinava.
El navío avanzaba, rodeado de espuma, rumbo al camino de las ballenas. Un día después, los godos divisaron la costa de Dinamarca, con sus montañas y escollos brillando a la luz del mediodía. Atracaron el barco en la arena y desembarcaron.
Desde lo alto de un risco, un vigía danés que custodiaba la costa los vio descender. Su misión era vigilar que aquellas tierras no fueran atacadas por naves enemigas. Empuñó su lanza y cabalgó hacia la orilla para averiguar qué tropa era esa. Sin descender de su caballo, se dirigió al enemigo mejor armado:
—¿De donde vienen?
—Somos godos, fieles vasallos del rey Hygelac— respondió Beowulf
—¿Y que los trae a Dinamarca?
—Hemos venido al encuentro de tu rey. Nos trae aquí una alta misión.
—¿Y cuál es esa misión, si es que puedes revelarla?
—No voy a ocultarte el motivo de nuestra presencia. Sabemos, si es verdadero el relato que ha llegado a nuestros oídos, que tu pueblo es asediado por un enemigo que se oculta en la noche— explicó el godo. El vigía asintió, asombrado de que el
recién llegado supiera de Gréndel.
—Vengo a ofrecer mí ayuda a Hrothgar, para enfrentar al monstruo.
El vigía juzgó a sus tropas leales y les permitió seguir adelante.
Ordenó a los hombres que estaban bajo su mando que custodiasen la nave de los godos y se ofreció a acompañarlos.
A lo lejos, alcanzaron a ver la mansión del rey, construida con piezas de madera y decorada con oro. Su reflejo llegaba hasta las tierras más lejanas. El guía les indicó el camino y se despidió de ellos para regresar a la costa.
Las anillas de hierro gemían en las cotas cuando los godos entraron al palacio. Dejaron sus escudos cerca de la pared y apilaron sus lanzas, que eran varas de fresno con puntas de hierro.
El heraldo del rey fue a su encuentro, sin disimular su asombro al ver armas tan extrañas.
—Soy Wulfgar, mensajero del rey— se presentó—. ¿De donde vienen?
—Venimos de las tierras del rey Hygelac.
—¿Cómo te llamas?— preguntó al que le había respondido antes.
—Mi nombre es Beowulf y desearía hablar con tu señor.
Hrothgar estaba reunido con sus vasallos en la sala del palacio cuando Wulfgar le comunicó la llegada de los godos y su solicitud de verlo.
—Es un buen capitán el que manda a los hombres. Lo llaman Beowulf.
El rey se quedó pensativo. Recordaba haberlo conocido cuando era niño. Sabía que su padre, el príncipe Ekto, se había casado con la hermana de Hygelac. Beowulf era el sobrino del rey godo.
Según la gente del mar, el joven tenía en su puño la fuerza de treinta hombres.
—Corre hasta ellos y diles que vengan —ordenó—. Hazles saber que nuestro pueblo les da la bienvenida. Wulfgar se acercó a los godos y les dio la respuesta de Hrothgar. Antes de entrar en la sala, les pidió que se despojaran de su lanzas y escudos: no era costumbre presentarse armado ante el rey. Beowulf dispuso que algunos se que quedaran a custodiar las armas, mientras que los demás ingresaron con él al Herot y se acercaron al trono del rey.El joven godo que estaba al mando del tropa fue el primero en inclinarse ante Hrothgar: lo saludó con respeto y se presentó.
—No conocía aún tu sala. La gente de mar afirma, con razón, que es la más hermosa de las moradas. Dicen también que, cuando la luz de la tarde se oculta, queda sola bajo el cielo, desierta y abandonada a su suerte. Fue en mí tierra natal donde tuve noticias de tu lucha con Gréndel. Hemos venido aquí desde muy lejos,
para enfrentarnos con ese ogro. Beowulf había oído que el monstruo atacaba sin armas. También él deseaba luchar sin ayuda de espada ni de escudo. Lo desafiaría
con sus manos, aunque sabía que si Grendel lo vencía, lo devoraría.
—Muchas noches, mis hombres —le dijo el rey—, alzando sus espadas, juraban permanecer en el Herot y enfrentar a Gréndel.
Al día siguiente, el palacio amanecía teñido en sangre y el número de mis vasallos disminuía. Nada detiene a ese monstruo.
Unferth, el hijo de Edgelaf, estaba sentado a los pies de Hrothgar.
Había escuchado a Beowulf atentamente y lo envidiaba. No podía admitir que ningún guerrero fuera más valiente que él.
—Beowulf —lo increpó—, ¿eres tú el que hace tiempo se desafió en las aguas con Breca?
El godo se sorprendió por la pregunta. Le contestó que sí, aunque no comprendía por qué el danés se refería a esa vieja lucha.
—¿No cruzaron ambos el mar exponiendo sus vidas?
—Así fue como lo hicimos.
—¿Pero nadie los previno de que no lo hicieran?
—Nos aconsejaron que desistiéramos de nuestro proyecto, pero ambos queríamos hacerlo.
Unferth se puso de pie y todas las miradas se dirigieron a él. Feliz por haber logrado concentrar la atención, prosiguió:
—¿Cuántos días duró aquella lucha?
—Siete días.
—¿Y Breca te venció porque tenía más fuerza que tú?
Sin dar tiempo a que Beowulf respondiera, Unferth avanzó en los detalles de esa vieja historia de mar, mientras recorría la sala de una punta a la otra. El auditorio aumentaba a medida que hablaba.
—Te echaste al mar agitando los brazos para avanzar en el agua. De pronto, una tempestad invernal encrespó las olas de tal manera que perdiste tu dominio sobre ellas. La victoria fue de Breca, pues no se dejó abatir ni por la furia del mar ni por los animales que a ti te derrotaron en un rápido combate. Ahora sé
que te espera un fracaso mayor aún: Grendel te matará fácilmente, si te quedas a su alcance. Unferth volvió a sentarse a los pies de Hrothgar. Tomó su
copa labrada en bronce y bebió el vino sin mirar a nadie, disfrutando en silencio del efecto que sus palabras habían producido.
El ánimo de todos decaía. El alivió que había sentido con la llegada de los godos se desmoronaba. Hasta hacía un momento, creían que Beowulf derrotaría al ogro. Ahora, comenzaban a perder las esperanzas.
El godo caminó despacio hasta encontrarse en el medio de la sala. Seguro y tranquilo, se dirigió a su adversario:
—En verdad, amigo, ignoro el motivo de tus calumnias, pero puedo asegurar a todos que nadie ha podido igualar mis hazañas en el mar.
—¿Por qué habría yo de mentir y no tú? —dijo astutamente Unferth.
—Ciertamente, es tu palabra contra la mía, pero al menos permíteme relatar mí versión de esa historia.
—Nada nos complacería más que un relato mentiroso, pues estamos habituados a los relatos fantásticos.
Beowulf no le contestó. Prefirió comenzar con su versión de
la lucha:
—Es cierto que Breca y yo decidimos jugarnos las vidas en las aguas. Nos echamos al mar empuñando con fuerza las espadas que nos protegían de las ballenas. Pero Breca no pudo sacar me ventaja, pues era yo quién evitaba que se quedara atrás. Así
nadamos cinco días, hasta que la marea nos separó. También es cierto que sobrevino una tormenta helada y el viento norte se alzó con fuerza. Una bestia marina me arrastró hasta las profundidades, pero pude alcanzarla con el hierro de mí espada.
Los daneses escuchaban perplejos.
—Al amanecer —continuó Beowulf—, los monstruos yacían heridos en la playa. Las aguas se calmaron cuando brilló el sol y así pude divisar las rocas de la costa. Nueve alimañas mató mí hierro. No supe jamás de nadie que sostuviera una batalla tan
dura en el fondo del mar.
El auditorio estaba desorientado: no sabían a quién creer. No conocían aún a Beowulf, aunque de él se contaban historias asombrosas.
Y, si bien nunca habían oído que Unferth hubiera sostenido tan fieros combates, sentían aprecio por él. El godo lo sabía. Fue por eso que le brillaron los ojos cuando lo desafió:
—Y si tu valor es tan grande, ¿por qué no enfrentas tú a Gréndel?
Unferth permaneció en silencio. Tuvo que aceptar que la victoria era de Beowulf, pero sólo por el momento.
—Esta noche —prosiguió el godo—, tendrás oportunidad de medir nuestra fuerza y nuestro coraje. Y mañana todos podrán regresar sin miedo al palacio —concluyó, y su voz quedó resonando en la sala.
Terminada la disputa, se reanudó el festejo. Hrothgar intentaba disfrutar de la reunión, pero sus temores por lo que fuera a suceder esa noche no lo abandonaban. Antes de retirarse a su alcoba, entregó el mando a Herot a Beowulf.
—Eres el primero a quien cedo mí palacio. Cuida de él y espera al ogro. Si no pierdes la vida en la batalla, tendrás cuanto quieras.
Sólo los guerreros godos permanecieron en la sala. Beowulf se despojó de su cota de malla, su yelmo y su espada: había prometido luchar sin armas. Se recostó en uno de los bancos, mientras sus compañeros se preguntaban si volverían con vida a su
patria. Sabían que muchos daneses habían encontrado la muerte en ese lugar.
Ya entrada la noche, Grendel salió de la ciénaga. Caminó hacia Herot por la tierra mojada, protegido por la oscuridad. Mientras atravesaba el bosque, dejaba tras de sí grandes huellas de barro.
Le bastó con tocar los cerrojos de hierro con sus inmensas garras para romperlos e ingresar al palacio. Avanzó lentamente por el pavimento de colores tan distintos a él. Sus ojos brillaban como el fuego.
Le sorprendió ver a tantos guerreros, pues hacía tiempo que merodeaba el Herot sin hallar rastro humano. En la penumbra de la sala, sonreía exhibiendo sus dientes afilados: saboreaba de antemano el inesperado banquete.
Antes de que los guerreros atinaran a reaccionar, atrapó a su primera presa. El yelmo de la víctima, adornado con la figura del verraco, rodó a los pies de Beowulf. Los godos se apresuraron a tomar las armas, pero la horrible visión del monstruo bebiendo la sangre del guerrero los paralizó. Beowulf fue el único que permaneció
acostado, sin moverse siquiera. De ese modo pretendía llamar la atención del ogro.
Grendel extendió su garra y lo palpó. Apenas sintió el roce, el godo se alzó, dispuesto al ataque, y atrapó con fuerza la garra. El gigante forcejeó para soltarse, pero Beowulf no cedió.
El palacio retumbaba con la lucha. Era increíble ver cómo resistía tan dura batalla. Gruesos tirantes de hierro permitían que se sostuviera en pie. Dentro de la sala, los bancos de madera caían destrozados unos sobre otros. Un rugido poderoso y extraño
se oía en toda la comarca. Los daneses estaban tan espantados que no se atrevían a acercarse.
Decididos a darle muerte, los godos empuñaron sus espadas y lo atacaron, pero no lograron herirlo. Ni el mejor hierro podía lastimarlo. Las espadas parecían perder el filo al contacto con su cuerpo. El ogro hechizaba las armas en cuanto rozaban su piel: esa era su magia.
Mientras tanto, Beowulf continuaba aferrando la garra.
Su fuerza le permitía resistir el forcejeo, que cada vez era mayor.
De pronto, el grito de dolor más espantoso resonó en toda la tierra. Algunos reyes de continentes lejanos despertaron de su sueño preguntándose qué había provocado aquel grito. Los godos se tiraron al suelo y se cubrieron los oídos con mantas.
Beowulf le había arrancado el brazo a Gréndel. La fuerza de su puño había vencido al ogro. Herido de muerte, el monstruo huyó a ocultarse a su guarida.
Los godos contemplaron absortos el brazo y la garra de Grendel que Beowulf sostenía entre sus manos. Satisfecho, se dirigió hacia la entrada del palacio y colgó su trofeo del techo del Herot.
El brillo de la sala contrastaba con el áspero y tosco brazo del ogro.

1 comentario:

Nicolás Torre Giménez dijo...

Hola. Podrías decirme de qué versión del Beowulf se trata? Muchas gracias.
Nicolás