13 de noviembre de 2006

Inframundo


Les dejo un cuento que va en dos capitulos, la segunda parte se encuentra a continuación del presente.
La crítica estuvo dividida, pero para mi fue un lindo ejercicio de escritura.
Después me cuentan!
Un abrazo
Estanis


Inframundo
Por Estanislao Zaborowski

La helada noche de Agosto anunciaba el momento de entrar en acción. Desde que comencé esta búsqueda desenfrenada, mi vida no tenía otra razón de ser, mas que la de acceder a esta instancia. Con la ayuda de un amigo y los contactos que fui comprando, pude desentrañar la trama de un mundo oscuro e incierto. Abrigado con una chaqueta, pantalón de cuero y remera negra para no desentonar con el ambiente, recorrí las últimas cuadras. Doblé a la derecha por Suipacha y caminé veinte metros. No encontraba la puerta de ingreso, sin embargo no dude que poseía la dirección correcta. Saqué del bolsillo el papel donde la tenía anotada y por las dudas la revisé otra vez. De pronto, la ví. A mis pies había una reja de hierro forjado, similar a una alcantarilla de desagüe, pero más grande. Estaba al mismo nivel que la línea de construcción edilicia y la numeración se encontraba pintada con rojo furioso sobre el piso de baldosas grises. Quinientos veinticuatro de Suipacha. Todo indicaba que estaba en el lugar correcto.
Mi vista aún no se había acostumbrado a la poca luz de la calle, sin embargo corrí el riesgo deseando que nadie me viera bajar por allí.
Debajo de la reja, una escalera caracol desembocaba en una puerta de hierro pesada y sin picaporte. Antes que pudiera golpearla, del otro lado de la entrada se escuchó una voz ronca y quebrada.
- Recuerdo caras del Occidente y caras del Oriente. No recuerdo la tuya. ¿Quién eres y qué deseas de mí? - mi interlocutor esperaba que respondiera con la contraseña.
- Mi nombre es lo de menos. Tres días y tres noches he caminado para entrar en tu casa. Quiero ser tu discípulo. Te traigo todos mis haberes - esperaba que mis palabras hayan sido mencionadas exactamente como me las habían dictado.
La puerta se abrió y un corpulento hombre de traje negro se hizo a un lado para dejarme pasar. Sin darme vuelta, respondí a su segunda pregunta con voz firme: Baltasar Irrazabal, cuarenta y siete años.
El pasillo era largo y angosto. El aire denso y la música electrónica a un volumen insoportable, me provocaban nauseas. El humo, que hacía de cortina etérea, reducía la visión a unos escasos diez metros.
La oscuridad se cortaba tan solo por la luz tenue rojiza que ponía en alerta los cinco sentidos. A los costados del pasillo no había paredes, solo columnas cada dos o tres metros de distancia. Del otro lado se podía observar las más promiscuas, pecaminosas y reprobables conductas humanas. Aquellas que a la luz del día eran un delito condenable por la sociedad y la justicia, aquí gozaban de plena libertad. Mujeres desnudas autoflagendose, hombres mayores teniendo relaciones con menores de edad y hasta una orgía interracial, eran algunas de las perversiones y desvíos que uno podía encontrar a su paso.
Mis conocimientos sobre este mundo sombrío y subterráneo no eran de principiante. Los tres años que padecí en la prisión de Caseros, me habían dado sobrada experiencia en el asunto. Sin embargo, antes de estar tras las rejas, mi vida era distinta. Dividía el tiempo entre mi empresa de construcción, aquella que fundé con mis primeros ahorros ni bien me recibí de ingeniero civil, y mi pequeña e inocente Sofía. Aunque reconozco que solo era feliz, cuando me encontraba con ella y pasábamos fabulosas tardes de merienda y diversión. Muy a mi pesar, me acostumbré a verla los fines de semana, ya que el juez le otorgó la tutela a su madre. Traté de imaginarme como en tres años de ausencia, Sofía con tan solo quince navidades, pudo terminar en un antro como este. Pero eso no es lo que mas me preocupaba, sino que tenía que encontrarla y sacarla de allí. Llevármela lo más lejos posible y comenzar una nueva vida.
Continué caminando, mientras que por el rabillo del ojo observaba a ambos lados para ver si podía dar con ella. Al llegar al final del pasillo me topé con un salón grande, rectangular y apenas iluminado por tubos fluorescentes de color rojo y violeta. El ambiente era similar al de un bar nocturno. A la derecha, se podía observar cuatro sillones negros dispuestos en círculo, donde varios extraños reían eufóricamente mientras intercambiaban jeringas y tragos. En el fondo, con una estantería repleta de bebidas como telón, una mujer revoleaba las botellas como si fueran pelotas de tenis. La mayoría de los hombres tenían aros colgando de sus pezones como así también cadenas con cinturones de cuero que le rodeaban la cintura. Mientras caminaba entre el tumulto buscando a mi hija, las personas se hacían a un costado y me miraban como si fuera un animal extraño. Y no estaban equivocados, allí dentro me sentía un paria.
Al cabo de algunos minutos, me pareció verla. Si, podía asegurar que era ella aunque se encontraba muy distinta. En lugar de su cabello lacio y morocho, llevaba el pelo mas corto, recogido y de color verde. Sus ojos azules también estaban distintos. No veía indicios de la vivacidad que los caracterizaba, en cambio los observé profundos e hinchados. Me acerqué hacia ella lento pero sin detenerme. Estaba a unos pocos pasos de distancia. Solo un viejo vestido de mujer, me separaba de mi pequeña. Intenté estirar el brazo para tomarla por el hombro cuando de repente todo oscureció. Sentí mi cuerpo pesado golpear contra el piso y un fuerte dolor de cabeza. Sentí frío y un líquido rojizo descender por mi mejilla. Era mi sangre.
Cuando desperté, estaba tirado en el piso de una habitación pequeña. No estaba seguro de estar vivo. Es posible que haya fallecido desangrándome. O que me mataran mientras estaba inconsciente. La respuesta llegó cuando escuché una voz.
- Cagaste viejo, acá no queremos a la poli. Podemos limpiarte y tirarte al rio - la voz de mi enemigo era gruesa y denotaba ebriedad.
- No…no soy policía - tenía la lengua seca y acartonada como una lija.
- Acá no existís, ¿me escuchaste? Estoy esperando que llame mi jefe para pegarte un tiro. Me arruinaste la noche pelotudo.
- Flaco, no me importa tus asuntos. No quiero nada de ustedes, solo que me dejen salir con mi hija - la urgencia de los acontecimientos me aclararon la mente.
- De acá no sale nadie, ni vos ni tu hija ni la perra que te parió ¿me escuchaste? Estás muerto, hacete la idea. Te voy a meter un cañonaz…. ¡¿Pero que caraj…?!
El tipo cayó al suelo como un saco de arena. Detrás de él, pude adivinar la silueta de Sofía, que sostenía con ambas manos un barrote de hierro.
- Papá, ¿porque viniste a buscarme? - su abrazo me reconfortó, pero el sonido del celular del hombre caído borró mi incipiente sonrisa.
- Sofía, tenemos que salir de acá. Esto está jodido. Si nos agarran, nos matan.
- Pero yo pertenezco a este mundo, este es mi hogar.
- Eso lo discutimos si salimos vivos de acá. Vamos.
Pasó mi brazo por sobre su hombro y salimos de la habitación. Corrimos por otro pasillo que se encontraba paralelo al que había ingresado, esquivando a los extraños que pasaban sobresaltados a nuestro lado. En esa alocada carrera llegué a divisar al ex ministro de economía entrando a una habitación con una menor de edad. Me sentía mareado y las piernas cada vez me pesaban más. A mi espalda, escuchaba voces que gritaban. Ordenaban que alguien nos detenga. Sin embargo, nadie se interponía. Todos se hacían a un lado o se internaban en los recintos que se encontraban a ambos lados del corredor. Cuando estábamos por llegar a la última puerta, esta se abrió de repente y dos hombres nos cortaron el paso. En ese momento supe que no saldríamos vivos del lugar.

Continuará…

1 comentario:

Andrea dijo...

Hola Estanis! como ya te lo dije, uno de los mejores cuentos. Es algo contrapuesto a todo lo que venias escribiendo y te salio muy bien!