8 de marzo de 2013
El inocente / Graham Greene
El inocente
Graham Greene
Había sido un error el llevar allí a Lola, y lo comprendí desde el instante mismo en que descendimos del tren, en la pequeña estación pueblerina. En una tarde de otoño, uno se acuerda más de su niñez que en cualquier otra época del año, y el rostro vivo de mi acompañante y la maletita en la que pretendía llevarlo todo para la noche no armonizaban demasiado con el antiguo almacén de granos, situado al otro lado del canal, las luces que titilaban sobre la colina y los anuncios de una antigua película. Pero había dicho: Vámonos al campo , y el nombre de Bishop´s Hendron fue el primero que acudió a mi cabeza. Nadie me conocería allí, y no se me había ocurrido que el pueblo fuera a recordarme tantas cosas.
Incluso el viejo portero despertó mis añoranzas.
-Habrá un coche a la entrada -dije a Lola.
Y efectivamente así era, aunque al principio no pude verlo, sumido en la contemplación de dos taxis. El lugar resurge de nuevo ante mi vista , pensé. Estaba todo muy oscuro, y la leve niebla otoñal y el olor de la hojarasca húmeda y del agua del canal me resultaban altamente familiares.
-¿Por qué has escogido este pueblo? -preguntó Lola-. Me parece muy triste.
Era inútil explicarle que a mí no me causaba semejante impresión, y añadir que la arena apilada junto al canal había estado siempre en aquel sitio. (Cuando tenía tres años creía que aquello era lo que otras personas llamaban playa.) Tomé el maletín, muy ligero como dije antes, y con el cual intentábamos más que otra cosa rodearnos de cierta atmósfera de respetabilidad, y nos pusimos en marcha. Atravesamos el puentecillo arqueado y pasamos ante el arruinado hospicio. Cuando tenía cinco años, vi cómo un hombre de mediana edad penetraba en él para suicidarse. Llevaba un cuchillo en la mano, y muchas personas lo perseguían por la escalera.
-Jamás creí que el campo fuese así -dijo Lola.
El hospicio constaba de varias alas, de fea construcción, semejantes a grises bloques de piedra, y nada más. Pero para mí era tan familiar como todo lo demás. Durante el camino me pareció estar escuchando deliciosos acordes.
Era preciso decir algo a Lola. No era culpa suya si no se hallaba allí como en su casa. Pasamos ante la escuela y la iglesia, y salimos a la antigua y amplia calle principal. Yo me sentía de nuevo como en mis doce años. De no haber venido, jamás habría podido saber que dicho sentimiento fuese tan fuerte, porque no recordaba aquella época de mi existencia como particularmente feliz o desgraciada. Fueron unos años rutinarios; pero ahora, con el olor de las fogatas y el frío que parecía levantarse de la propia humedad de las piedras, comprendí la causa que me conmoviera tanto. Lo que yo percibía no era otra cosa sino el olor de la inocencia.
-Hay una posada excelente -dije a Lola-. Nadie nos molestará en ella, ya lo verás. Cenaremos, beberemos un poco y nos acostaremos.
Pero lo peor de todo era que no podía menos que desear hallarme solo. No había vuelto a aquel pueblo desde los días de mi infancia, y ello me había impedido comprobar lo bien que recordaba hasta sus menores detalles. Cosas que creía olvidadas, como los montones de arena, volvían a mí, acompañadas de sufrimiento y de nostalgia. Me hubiera sentido muy feliz aquella noche, deambulando en la noche otoñal, recogiendo sugerencias de esa época de la vida en la que, por desgraciados que nos sintamos, no dejamos de confiar en el mañana. No sería igual volver en otra ocasión, porque entonces se interpondría el recuerdo de Lola, y ésta no significaba absolutamente nada para mí. Nos habíamos conocido el día antes en un bar, y los dos simpatizamos. Lola era una chica agradable, pero no cuadraba en aquellos recuerdos. Debíamos haber ido a Maidenhead. También aquello era campo.
La posada no se hallaba exactamente en el lugar que había supuesto. Llegamos frente al Ayuntamiento. Habían construido un nuevo cine con cúpula morisca y un café con garaje. Había olvidado también aquella vuelta a la izquierda, por una colina empinada y llena de casitas.
-No creas que la carretera pasaba por ahí, en mis tiempos -dije.
-¿Tus tiempos? -preguntó Lola.
-¡Ah! Pero, ¿es que no te lo he contado? Nací aquí.
-¡Mira que traerme a tu pueblo! -exclamó Lola-. Creí que imaginabas cosas así tan sólo cuando eras pequeño.
-Sí -repuse, porque no era culpa suya.
Tenía razón. Lola usaba un perfume discreto y un tono de carmín muy bonito. Me estaba costando bastante dinero el haberla invitado. Cinco libras por ella, y además los billetes, las propinas, las bebidas... A pesar de todo, lo habría considerado dinero bien gastado de no encontrarnos en Bishop´s Hendron.
Me detuve al llegar a la carretera. Algo pugnaba por perfilarse en mi cerebro. Pero jamás habría tomado forma de no haber sido porque, en aquel instante, una bandada de chiquillos descendió corriendo la colina y pasó bajo la brillante claridad de los faroles, gritando alegremente y expeliendo nubecillas de vapor. Todos llevaban bolsas de lona, algunas de ellas bordadas con sus iniciales, lucían sus mejores atavíos y parecían algo orgullosos. Las niñas formaban grupo aparte, como de costumbre, con sus cintas en el pelo y sus zapatos bien lustrosos. Creí percibir el suave tintineo de un piano, y, de improviso, todo volvió a mi mente con rapidez pasmosa. Regresaban de una clase de danza, igual a aquella a la que yo concurría. La casa, pequeña y cuadrada, se hallaba a medio camino de la colina, entre macizos de rododendros. Más que nunca, deseé verme libre de la presencia de Lola. No cuadraba en aquello. Pensé que algo faltaba al ambiente, y cierto sentimiento de dolor fue surgiendo desde lo más profundo de mi alma.
Bebimos varias copas en el bar, pero transcurrió más de media hora antes de que nos sirviesen la cena.
-Supongo que no querrás deambular por el pueblo -dije a Lola-. Si no te importa, saldré unos diez minutos para echar un vistazo al lugar.
Estuvo de acuerdo. En el bar había un hombre, quizá maestro de escuela, que no deseaba otra cosa sino invitar a Lola a un trago. Podía notar cómo envidiaba mi suerte, cómo me consideraba afortunado por venir de la ciudad acompañado de una joven para pasar la noche en el pueblo.
A scendí la colina. Las primeras casas eran todas nuevas, y experimenté cierto disgusto al contemplarlas. Ocultaban campos y verjas que debían haber permanecido como antes. Era como un mapa estropeado, cuyas distintas partes se han pegado entre sí, ocultando, al abrirlo, pedazos enteros. Pero, a mitad de camino, colina arriba, me encontré de pronto ante la escuela, tal como la conociera en otros tiempos. Quizás incluso continuara regenteándola la misma anciana profesora. La presencia de chiquillos exagera la edad de los mayores. En aquellos tiempos debió contar, a lo sumo, treinta y cinco años. Pude escuchar los acordes del piano. A lo que colegí, seguía la misma rutina de siempre. Los alumnos menores de ocho años, de seis a siete de la tarde. Los de ocho a trece, de siete a ocho. Abrí la verja y penetré en el jardín. Trataba de recordar.
No sé lo que la hizo volver a mí. Quizá fuese tan sólo el otoño, el frío, las húmedas hojas esparcidas por el suelo, más que el piano, de cuyo interior tantas tonadas diferentes habían salido durante mi niñez. El caso es que, de improviso, recordé a aquella muchachita con la misma nitidez como si la estuviera contemplando en una fotografía. Era un año mayor que yo; debía tener entonces ocho, y la quise con una intensidad como jamás he vuelto a sentir desde entonces. Nunca he cometido la equivocación de reírme del amor de los niños. Este posee una característica inevitable de separación, porque en ningún caso puede ser consumado. Desde luego, uno inventa historias de incendios, de guerras y de actos heroicos con los que se intenta aparecer valiente ante los ojos de ella; pero jamás se saca a relucir el matrimonio. Uno sabe, sin que nadie se lo diga, que tal cosa no puede ocurrir; pero no por eso se sufre menos. Recordé los juegos de la gallina ciega durante fiestas de cumpleaños, cuando vanamente traté de atraparla, disponiendo así de una excusa para estrecharla entre mis brazos; aunque sin conseguirlo jamás, porque siempre se me escabullía de entre las manos.
Durante dos inviernos, gocé de la ocasión una vez por semana. En efecto, tales días podía bailar con ella. Tuve un gran disgusto cuando cierto día me enteré de que iba a pasar a la clase de las mayores. También me quería, estaba seguro, pero jamás tuvimos ocasión de demostrarnos nuestro afecto. Concurría a sus fiestas de cumpleaños, y yo la invitaba a las mías; pero nunca salimos juntos de nuestras clases de baile. No creo que se nos ocurriera tan sólo; nos hubiera parecido demasiado extraño. Veíame precisado de marchar en grupo, con mis burlones compañeros, y ella se alejaba, rodeada de aquellas niñas revoltosas y chillonas.
Estaba tiritando en aquella fría niebla, y hube de levantarme el cuello del gabán. El piano tocaba un bailable de una antigua revista de C. B. Cochran. Me pareció haber recorrido un largo trecho tan sólo para encontrar a Lola al final de él. Existe algo en la inocencia que uno no se resigna nunca a perder. En la actualidad, cuando una chica me fastidia sólo tengo el trabajo de buscarme otra que la sustituya. En aquellos tiempos de mi niñez, consideraba lo mejor escribir apasionadas frases en un pedazo de papel y correr a esconderlas en algún lugar recóndito... ¡Qué raro! ¡Con qué nitidez me acordaba de todo! Una vez hablé a mi amiguita de aquel escondrijo, y estaba seguro de que, más tarde o más temprano, terminaría por encontrar mis amorosas cartas. Me pregunté en qué habrían consistido. En una edad tan temprana, uno no puede expresar gran cosa. Pero, aunque las frases resultaran insulsas, el dolor de escribirlas no era menor al que se experimenta después, en ocasiones parecidas. Recordé cómo, durante varios días, hurgué en el agujero, encontrando siempre el papelito. Luego, las lecciones cesaron, y probablemente al invierno siguiente todo quedó olvidado.
Al transponer la verja miré hacia el lugar en el que había existido mi escondrijo. En efecto, allí estaba. Introduje un dedo, y oculto en su lugar más íntimo, a salvo de las inclemencias del tiempo, y a pesar de los años transcurridos, el pedacito de papel se conservaba intacto. Lo extraje y procedí a desplegarlo. Luego encendí un fósforo. La llamita produjo una tenue claridad en aquella atmósfera neblinosa y húmeda, y a su luz percibí algo que me dejó petrificado. En el papel aparecía dibujada una escena aterradoramente sexual. No, no podía existir error. Mis iniciales aparecían bien claras, al pie del desmañado dibujo infantil, cuyos personajes eran un hombre y una mujer. Pero aquel descarado croquis despertó en mí menos recuerdos que las nubecillas de vapor que surgían de las bocas de los niños, sus bolsas de lona, las hojas mojadas y los montones de arena. No podía reconocerlo como mío. Igualmente hubiera podido ser trazado por un bribón cualquiera en la pared de un retrete. Todo cuanto mi mente evocaba era la pureza, la intensidad, el sufrimiento de mi amor por la pequeña.
Al principio sentí como si hubiera sido traicionado. Después de todo -me dije-, Lola no se encuentra aquí tan fuera de lugar como pensé al principio . Pero más tarde, aquella misma noche, cuando Lola se dispuso a dormir, empecé a comprender la profunda inocencia del dibujo. Era sólo ahora, tras treinta años de agitada vida, que aquella tosca pintura me parecía obscena
Fin
14 de febrero de 2013
La tercera orilla / João Guimarães Rosa
La tercera orilla
João Guimarães Rosa
Nuestro padre era hombre cumplidor, de orden, positivo; y así había sido desde muy joven y aún de niño, según me testimoniaron diversas personas sensatas, cuando les pedí información. De lo que yo mismo me acuerdo, él no parecía más raro ni más triste que otros conocidos nuestros. Sólo tranquilo. Nuestra madre era quien gobernaba y peleaba a diario con nosotros -mi hermana, mi hermano y yo. Pero sucedió que, cierto día, nuestro padre mandó hacerse una canoa.
Iba en serio. Encargó una canoa especial, de madera de viñátigo, pequeña, sólo con la tablilla de popa, como para caber justo el remero. Pero tuvo que fabricarse toda con una madera escogida, fuerte y arqueada en seco, apropiada para que durara en el agua unos veinte o treinta años. Nuestra madre maldijo la idea. ¿Sería posible que él, que no andaba en esas artes, se fuera a dedicar ahora a pescatas y cacerías? Nuestro padre no decía nada. Nuestra casa, por entonces, aún estaba más cerca del río, ni a un cuarto de legua: el río por allí se extendía grande, profundo, navegable como siempre. Ancho, que no podía divisarse la otra ribera. Y no puedo olvidarme del día en que la canoa estuvo lista.
Sin pena ni alegría, nuestro padre se caló el sombrero y nos dirigió un adiós a todos. No dijo otras palabras, no tomó fardel ni ropa, no hizo ninguna recomendación. Nuestra madre, nosotros pensamos que iba a bramar, pero permaneció blanca de tan pálida, se mordió los labios y gritó: “Se vaya usted o usted se quede, no vuelva usted nunca”. Nuestro padre no respondió. Me miró tranquilo, invitándome a seguirle unos pasos. Temí la ira de nuestra madre, pero obedecí en seguida de buena gana. El rumbo de aquello me animaba, tuve una idea y pregunté: “Padre, ¿me lleva con usted en su canoa?”. Él sólo se volvió a mirarme, y me dio su bendición, con gesto de mandarme a regresar. Hice como que me iba, pero aún volví, a la gruta del matorral, para enterarme. Nuestro padre entró en la canoa y desamarró, para remar. Y la canoa comenzó a irse -su sombra igual como un yacaré, completamente alargada.
Nuestro padre no volvió. No se había ido a ninguna parte. Sólo realizaba la idea de permanecer en aquellos espacios del río, de medio en medio, siempre dentro de la canoa, para no salir de ella, nunca más. Lo extraño de esa verdad nos espantó del todo a todos. Lo que no existía ocurría. Parientes, vecinos y conocidos nuestros se reunieron en consejo.
Nuestra madre, avergonzada, se comportó con mucha cordura; por eso, todos habían pensado de nuestro padre lo que no querían decir: locura. Sólo algunos creían, no obstante, que podría ser también el cumplimiento de una promesa; o que nuestro padre, quién sabe, por vergüenza de padecer alguna fea dolencia, como es la lepra, se retiraba a otro modo de vida, cerca y lejos de su familia. Las voces de las noticias que daban ciertas personas -caminantes, habitantes de las riberas, hasta de lo más apartado de la otra orilla- decían que nuestro padre nunca se disponía a tomar tierra, ni aquí ni allá, ni de día ni de noche, de modo que navegaba por el río, libre y solitario. Entonces, pues, nuestra madre y nuestros parientes habían establecido que el alimento que tuviera, oculto en la canoa, se acabaría; y él, o desembarcaba y se marchaba, para siempre, lo que se consideraba más probable, o se arrepentía, por fin, y volvía a casa.
Se engañaban. Yo mismo trataba de llevarle, cada día, un poco de comida robada: la idea la tuve, después de la primera noche, cuando nuestra gente encendió hogueras en la ribera del río, en tanto que, a la luz de ellas, se rezaba y se le llamaba. Después, al día siguiente, aparecí, con dulce de caña, pan de maíz, penca de bananas. Espié a nuestro padre, durante una hora, difícil de soportar: solo así, él a lo lejos, sentado en el fondo de la canoa, detenida en la tabla del río. Me vio, no remó para acá, no hizo ninguna señal. Le mostré la comida, la dejé en el hueco de piedra del barranco, a salvo de alimaña y al resguardo de lluvia y rocío. Eso, que hice y rehice, siempre, durante mucho tiempo. Sorpresa que tuve más tarde: que nuestra madre sabía de ese mi afán, sólo que simulando no saberlo; ella misma dejaba, a la mano, sobras de comida, a mi alcance. Nuestra madre no era muy expresiva.
Mandó venir a nuestro tío, hermano de ella, para ayudar en la hacienda y en los negocios. Mandó venir al maestro, para nosotros, los niños. Le pidió al cura que un día se revistiera, en la playa de la orilla, para conjurar y gritarle a nuestro padre el deber de desistir de la loca idea. En otra ocasión, por decisión de ella, vinieron dos soldados. Todo lo cual no sirvió de nada. Nuestro padre pasaba de largo, a la vista o escondido, cruzando en la canoa, sin dejar que nadie se acercara a agarrarlo o a hablarle. Incluso cuando fueron, no hace mucho, dos periodistas, que habían traído la lancha y trataban de sacarle una foto, no habían podido: nuestro padre desaparecía hacia la otra banda, guiaba la canoa al brezal, de muchas leguas, el que hay, por entre juncos y matorrales, y sólo él lo conocía, palmo a palmo, en la oscuridad, por entonces.
Tuvimos que acostumbrarnos a aquello. Apenas, porque a aquello, en sí, nunca nos acostumbramos, de verdad. Lo digo por mí que, cuando quería y cuando no, sólo en nuestro padre pensaba: era el asunto que andaba tras de mis pensamientos. Lo difícil era, que no se entendía de ninguna manera, cómo él aguantaba. De día y de noche, con sol o aguaceros, calor, escarcha, y en los terribles fríos del invierno, sin abrigo, sólo con el sombrero viejo en la cabeza, durante todas las semanas, y meses y años -sin darse cuenta de que se le iba la vida. No atracaba en ninguna de las dos riberas, ni en las islas y bajíos del río; no pisó nunca más ni tierra ni hierba. Aunque, al menos, para dormir un poco, él amarrara la canoa en algún islote, en lo escondido. Pero no armaba una hoguerita en la playa, ni disponía de su luz ya encendida, ni nunca más rascó una cerilla. Lo que comía era un apenas; incluso de lo que dejábamos entre las raíces de la ceiba o en el hueco de la piedra del barranco, él recogía poco, nunca lo bastante. ¿No enfermaba? Y la constante fuerza de los brazos, para mantener la canoa, resistiendo, incluso en el empuje de las crecidas, al subir el río, ahí, cuando al impulso de la enorme corriente del río, todo forma remolinos peligrosos, aquellos cuerpos de bichos muertos y troncos de árbol descendiendo -de espanto el encontronazo. Y nunca más habló ni una palabra, con nadie. Tampoco nosotros hablábamos de él. Sólo se pensaba en él. No, de nuestro padre no podíamos olvidarnos; y si, en algunos momentos, hacíamos como que olvidábamos, era sólo para despertar de nuevo, de repente, con su recuerdo, al paso de otros sobresaltos.
Mi hermana se casó; nuestra madre no quiso fiesta. Pensábamos en él cuando comíamos una comida más sabrosa; así como, en el abrigo de la noche, en el desamparo de esas noches de mucha lluvia, fría, fuerte, nuestro padre con sólo la mano y una calabaza para ir achicando la canoa del agua del temporal. A veces, algún conocido nuestro notaba que yo me iba pareciendo a nuestro padre. Pero yo sabía que él ahora se había vuelto greñudo, barbudo, con las uñas crecidas, débil y flaco, renegrido por el sol y la pelambre, con el aspecto de una alimaña, casi desnudo, apenas disponiendo de las ropas que, de vez en cuando, le dejábamos.
Ni quería saber de nosotros, ¿no nos tenía cariño? Pero, por el cariño mismo, por respeto, siempre que, a veces, me elogiaban por alguna cosa bien hecha, yo decía: “Fue mi padre el que un día me enseñó a hacerlo así…”; lo que no era cierto, exacto, sino una mentira piadosa. Porque, si él no se acordaba más, ni quería saber de nosotros, ¿por qué, entonces, no subía o descendía por el río, hacia otros lugares, lejos, en lo no encontrable? Sólo él sabría. Pero mi hermana tuvo un niño, ella se empeñó en que quería mostrarle el nieto. Fuimos, todos, al barranco; fue un día bonito, mi hermana con un vestido blanco, que había sido el de la boda, levantaba en los brazos a la criaturita, su marido sostenía, para proteger a los dos, la sombrilla. Le llamamos, esperamos. Nuestro padre no apareció. Mi hermana lloró, todos nosotros lloramos allí, abrazados.
Mi hermana se mudó, con su marido, lejos de aquí. Mi hermano se decidió y se fue, a una ciudad. Los tiempos cambiaban, en el rápido devenir de los tiempos. Nuestra madre acabó yéndose también, para siempre, a vivir con mi hermana; ya había envejecido. Yo me quedé aquí, el único. Yo nunca pude querer casarme. Yo permanecí, con las cargas de la vida. Nuestro padre necesitaba de mí, lo sé -en la navegación, en el río, en el yermo-, sin dar razón de sus hechos. O sea que, cuando quise saber e indagué en firme, me dijeron que habían dicho que constaba que nuestro padre, alguna vez, había revelado la explicación al hombre que le había preparado la canoa. Pero, ahora, ese hombre ya había muerto; nadie sabría, aunque hiciera memoria, nada más. Sólo en las charlas vanas, sin sentido, ocasionales, al comienzo, en la venida de las primeras crecidas del río, con lluvias que no escampaban, todos habían temido el fin del mundo, decían que nuestro padre había sido elegido, como Noé, que, por tanto, la canoa él la había anticipado; pues ahora medio lo recuerdo. Mi padre, yo no podía maldecirlo. Y ya me apuntaban las primeras canas.
Soy hombre de tristes palabras. ¿De qué era de lo que yo tenía tanta, tanta culpa? Si mi padre siempre estaba ausente; y el río-río-río, el río - perpetuo pesar. Yo sufría ya el comienzo de la vejez -esta vida era sólo su demora. Ya tenía achaques, ansias, por aquí dentro, cansancios, molestias del reumatismo. ¿Y él? ¿Por qué? Debía padecer demasiado. De tan viejo, no habría, día más día menos, de flaquear su vigor, dejar que la canoa volcara o que vagara a la deriva, en la crecida del río, para despeñarse horas después, con estruendo en la caída de la cascada, brava, con hervor y muerte. Me apretaba el corazón. Él estaba allá, sin mi tranquilidad. Soy el culpable de lo que ni sé, de un abierto dolor, dentro de mí. Lo sabría -si las cosas fueran otras. Y fui madurando una idea.
Sin mirar atrás. ¿Estoy loco? No. En nuestra casa, la palabra loco no se decía, nunca más se dijo, en todos aquellos años, no se condenaba a nadie por loco. Nadie está loco. O, entonces, todos. Lo único que hice fue ir allá. Con un pañuelo, para hacerle señas. Yo estaba totalmente en mis cabales. Esperé. Por fin, apareció, ahí y allá, el rostro. Estaba allí, sentado en la popa. Estaba allí, a un grito. Le llamé, unas cuantas veces. Y hablé, lo que me urgía, lo que había jurado y declarado, tuve que levantar la voz: “Padre, usted es viejo, ya cumplió lo suyo… Ahora, vuelva, no ha de hacer más… Usted regrese, y yo, ahora mismo, cuando ambos lo acordemos, yo tomo su lugar, el de usted, en la canoa...”. Y, al decir esto, mi corazón latió al compás de lo más cierto.
Él me oyó. Se puso en pie. Movió el remo en el agua, puso proa para acá, asintiendo. Y yo temblé, con fuerza, de repente: porque, antes, él había levantado el brazo y hecho un gesto de saludo -¡el primero, después de tantos años transcurridos! Y yo no podía… De miedo, erizados los cabellos, corrí, huí, me alejé de allí, de un modo desatinado. Porque me pareció que él venía del Más Allá. Y estoy pidiendo, pidiendo, pidiendo perdón.
Sufrí el hondo frío del miedo, enfermé. Sé que nadie supo más de él. ¿Soy un hombre, después de esa traición? Soy el que no fue, el que va a quedarse callado. Sé que ahora es tarde y temo perder la vida en los caminos del mundo. Pero, entonces, por lo menos, que, en el momento de la muerte, me agarren y me depositen también en una canoíta de nada, en esa agua que no para, de anchas orillas; y yo, río abajo, río afuera, río adentro -el río
Fin
27 de enero de 2013
Victoria Ocampo: la mère terrible
Transgresora y audaz. Tuvo admiradores y detractores pero nunca pasó inadvertida
El 27 de enero de 1979, hace 32 años, moría en su mansión de San Isidro (Villa Ocampo) quien alguna vez fuera bautizada, con mucho tino, como “la Señora Cultura”. Para entonces, Victoria Ocampo llevaba vividos 88 años y ya no tenía dinero. Había donado en 1973 lo que le quedaba de sus propiedades, joyas y libros a la Unesco y había invertido a lo largo de su vida su fortuna entera en proyectos culturales.
Para ella, nada parecía imposible. La fundadora y directora de la emblemática revista Sur, que se editó desde 1931 durante 40 años, fue una vez definida por Octavio Paz como la mujer que “educó a su país y a su continente”. No es menor que sea Paz, admirador de Sor Juana, quien pronuncie estas palabras. Con ellas expresa su estima por una mujer que se une a la lista de damas que abrieron camino a todas las que seguían en el tiempo. Con ellas, la unge como educadora, es decir, como madre de la cultura.
Seguros estamos de varios de nuestros padres en ese ámbito. Quizás, Victoria merezca ser considerada una de nuestras madres, acaso una mère terrible. Sus más acérrimos detractores, quienes la señalaban como clasista y conservadora, atemperaron su crítica luego de su muerte y, pese a cualquier discrepancia, entonces y hoy (tres décadas más tarde) es casi imposible cualquier análisis de la trayectoria de Victoria Ocampo que no admita su condición de mujer excepcional.
Aun siendo una cabal representante de su clase (la oligarquía), educada en francés, en una familia entre cuyos antepasados se cuenta a Juan de Garay, primogénita de seis hermanas y, como tal, indudablemente, depositaria –ante la ausencia de hijos varones– del mandato de preservar las tradiciones, fue, sin embargo, un ser monumental, que se animó a transgredir más de una norma.
Una mujer de una vanguardia absoluta que, en una época en que las mujeres vivían encerradas y oprimidas, se atrevió a acometer tareas que sólo eran admisibles –y lo seguirían siendo por años– en la esfera masculina. Y, de esta forma, señaló un camino. Tan sólo a modo de ejemplos, fumaba o salía a la calle en pantalones, se bañaba en la playa cuando ninguna mujer lo hacía, bailaba tango (considerado indecente en ese entonces) y fue de las primeras mujeres en tener carnet de conducir.
Le enseñó a manejar aquel que consideró el amor de su vida, Julián Martínez, con quien mantuvo una relación paralela a su matrimonio. Porque, aunque se había casado a los 22 años, con quien en su momento creyó el mejor de sus pretendientes, Victoria supo que quería separarse de su marido en su luna de miel, pero, por presiones sociales, debió esperar 8 años para poder hacerlo. Tiempo después quedó viuda y tuvo más de un amante. Alguno, incluso, mucho menor que ella.
SUR Y FLORIDA.
Victoria heredó la fortuna de sus tías y su padre, por lo que se transformó en una de las personas más adineradas del país. Todo lo invirtió, en principio, en la revista Sur y, poco después, en la editorial homónima. Sur fue bautizada así por sugerencia de su amigo el español Ortega y Gasset, quien, junto con el estadounidense Waldo Frank, al mexicano Alfonso Reyes, el dominicano Pedro Henríquez Ureña y el suizo Ernest Ansermet, conformó el consejo redactor extranjero de la publicación.
En cuanto a los colaboradores nacionales, desde el comienzo, un grupo de intelectuales destacados se comprometió con la iniciativa: Borges, Bioy Casares, Oliverio Girondo, Eduardo Mallea, Silvina Ocampo, María Rosa Oliver y Guillermo de Toro, conocidos como el Grupo Florida (puesto que la sede de la revista se situaba en esa calle). Más tarde, José Bianco y, en una segunda etapa de la revista, Alejandra Pizarnik, entre otros, se vincularon a la publicación.
Como foco cultural, la importancia de Sur en la historia de la literatura y la cultura nacional es enorme. Referentes mundiales, muchos de los que hoy se consideran pilares de la cultura, fueron traducidos al español, publicados y dados a conocer a los lectores argentinos gracias a Victoria Ocampo y su grupo. Tal es el caso de Virginia Woolf, Graham Greene, T.S. Eliot, Faulkner, Kafka, Genet, Camus y Henry James, entre muchos más.
Esas traducciones hoy son consideradas verdaderas joyas, puesto que fueron hechas por grandes escritores argentinos. Entre los hispanos, autores de la talla de Huidobro, Mistral, García Lorca, Neruda, Cortázar y Sábato, para mencionar algunos, también pasaron por las páginas de Sur. Victoria Ocampo, además, fue una verdadera embajadora. Hospedó a Rabindranath Tagore en su estadía en el país y se relacionó con Le Corbusier, Stravinski, Paul Valéry, Bernard Shaw, Lacan, Krishnamurti y otras figuras mundiales destacadas.
Su importancia como referente cultural, de la mano de su postura antirracista, antifranquista y contra el nazismo, le valió ser una de las pocas mujeres invitadas a presenciar los Juicios de Nuremberg. En nuestro país, fue la primera mujer miembro de la Academia Argentina de Letras. Como contrapartida, estuvo presa en la cárcel del Buen Pastor (un instituto para prostitutas) por un mes, durante el gobierno de Perón, sospechada de urdir un complot contra el general. Su biógrafa, María Esther Vázquez, señala que todos los días se hacía cocinar y llevar la comida a prisión para ella y sus compañeras presas.
Pese a este episodio, a su expreso antiperonismo y aunque nunca la conoció personalmente, fue elogiosa con respecto a Eva Perón, pues admiraba su irreverencia frente a los hombres, aunque lamentaba que se dejase guiar por un machista. En los 90, la dramaturga Mónica Ottino, las reunió en la ficción en la obra Eva y Victoria, en cuyas escenas no sólo se enfrentan estas dos argentinas emblemáticas, sino también dos clases sociales y visiones contrastantes del país.
María Rosa Lojo, por su parte, inmortalizó a Victoria en su obra Las libres del sur, una novela sobre Victoria Ocampo (2004), en la que, con gran maestría y una prosa exquisita, relata los primeros y cruciales pasos de Victoria en su proceso para llegar a ser la figura que fue en el ámbito cultural de Hispanoamérica. Su relación con Tagore, Drieu La Rochelle, el conde Keyserling, Ortega y Gasset y Waldo Frank, y la fundación de Sur aparecen ficcionalizadas en esta obra que, además, ayuda a comprender a las generaciones actuales el valor precursor, frente a las dificultades y prejuicios de la época, de esa mujer que supo sostener una vida apasionada y defender un destino pese a su condición femenina.
Victoria Ocampo, aquella joven de 19 años que enfrentó a su madre cuando en París le encontró oculto un ejemplar de De Profundis de Oscar Wilde, la que tuvo que renunciar por imposición familiar a su verdadera vocación: el teatro, y sin embargo, fue una pionera que se atrevió a romper tantas cárceles de género establecidas por una aristocracia retrógrada y conservadora, capaz de llevar adelante un emprendimiento cultural sin precedentes en el país, murió un día como este en Villa Ocampo, su casa transformada hoy en museo y centro cultural.
Fue una mujer seductora, enigmática, contradictoria, amada y odiada, con luces y sombras, pero, sobre todo, fascinante. Borges, con quien no tenía la mejor de las relaciones, dijo luego de su muerte: “En un país y en una época en que las mujeres eran genéricas, ella tuvo el valor de ser un individuo”. Dejó para los lectores sus Testimonios (10 volúmenes de artículos sobre sociedad, política y personajes) y sus Autobiografías (publicadas póstumamente en 6 volúmenes), sin embargo, su verdadero legado fue la impronta cultural de Sur. “Mi única ambición es llegar a escribir un día, más o menos bien, más o menos mal, pero como una mujer”, expresó alguna vez.
Por Ana Lis Señorena para Diario El Sol
El 27 de enero de 1979, hace 32 años, moría en su mansión de San Isidro (Villa Ocampo) quien alguna vez fuera bautizada, con mucho tino, como “la Señora Cultura”. Para entonces, Victoria Ocampo llevaba vividos 88 años y ya no tenía dinero. Había donado en 1973 lo que le quedaba de sus propiedades, joyas y libros a la Unesco y había invertido a lo largo de su vida su fortuna entera en proyectos culturales.
Para ella, nada parecía imposible. La fundadora y directora de la emblemática revista Sur, que se editó desde 1931 durante 40 años, fue una vez definida por Octavio Paz como la mujer que “educó a su país y a su continente”. No es menor que sea Paz, admirador de Sor Juana, quien pronuncie estas palabras. Con ellas expresa su estima por una mujer que se une a la lista de damas que abrieron camino a todas las que seguían en el tiempo. Con ellas, la unge como educadora, es decir, como madre de la cultura.
Seguros estamos de varios de nuestros padres en ese ámbito. Quizás, Victoria merezca ser considerada una de nuestras madres, acaso una mère terrible. Sus más acérrimos detractores, quienes la señalaban como clasista y conservadora, atemperaron su crítica luego de su muerte y, pese a cualquier discrepancia, entonces y hoy (tres décadas más tarde) es casi imposible cualquier análisis de la trayectoria de Victoria Ocampo que no admita su condición de mujer excepcional.
Aun siendo una cabal representante de su clase (la oligarquía), educada en francés, en una familia entre cuyos antepasados se cuenta a Juan de Garay, primogénita de seis hermanas y, como tal, indudablemente, depositaria –ante la ausencia de hijos varones– del mandato de preservar las tradiciones, fue, sin embargo, un ser monumental, que se animó a transgredir más de una norma.
Una mujer de una vanguardia absoluta que, en una época en que las mujeres vivían encerradas y oprimidas, se atrevió a acometer tareas que sólo eran admisibles –y lo seguirían siendo por años– en la esfera masculina. Y, de esta forma, señaló un camino. Tan sólo a modo de ejemplos, fumaba o salía a la calle en pantalones, se bañaba en la playa cuando ninguna mujer lo hacía, bailaba tango (considerado indecente en ese entonces) y fue de las primeras mujeres en tener carnet de conducir.
Le enseñó a manejar aquel que consideró el amor de su vida, Julián Martínez, con quien mantuvo una relación paralela a su matrimonio. Porque, aunque se había casado a los 22 años, con quien en su momento creyó el mejor de sus pretendientes, Victoria supo que quería separarse de su marido en su luna de miel, pero, por presiones sociales, debió esperar 8 años para poder hacerlo. Tiempo después quedó viuda y tuvo más de un amante. Alguno, incluso, mucho menor que ella.
SUR Y FLORIDA.
Victoria heredó la fortuna de sus tías y su padre, por lo que se transformó en una de las personas más adineradas del país. Todo lo invirtió, en principio, en la revista Sur y, poco después, en la editorial homónima. Sur fue bautizada así por sugerencia de su amigo el español Ortega y Gasset, quien, junto con el estadounidense Waldo Frank, al mexicano Alfonso Reyes, el dominicano Pedro Henríquez Ureña y el suizo Ernest Ansermet, conformó el consejo redactor extranjero de la publicación.
En cuanto a los colaboradores nacionales, desde el comienzo, un grupo de intelectuales destacados se comprometió con la iniciativa: Borges, Bioy Casares, Oliverio Girondo, Eduardo Mallea, Silvina Ocampo, María Rosa Oliver y Guillermo de Toro, conocidos como el Grupo Florida (puesto que la sede de la revista se situaba en esa calle). Más tarde, José Bianco y, en una segunda etapa de la revista, Alejandra Pizarnik, entre otros, se vincularon a la publicación.
Como foco cultural, la importancia de Sur en la historia de la literatura y la cultura nacional es enorme. Referentes mundiales, muchos de los que hoy se consideran pilares de la cultura, fueron traducidos al español, publicados y dados a conocer a los lectores argentinos gracias a Victoria Ocampo y su grupo. Tal es el caso de Virginia Woolf, Graham Greene, T.S. Eliot, Faulkner, Kafka, Genet, Camus y Henry James, entre muchos más.
Esas traducciones hoy son consideradas verdaderas joyas, puesto que fueron hechas por grandes escritores argentinos. Entre los hispanos, autores de la talla de Huidobro, Mistral, García Lorca, Neruda, Cortázar y Sábato, para mencionar algunos, también pasaron por las páginas de Sur. Victoria Ocampo, además, fue una verdadera embajadora. Hospedó a Rabindranath Tagore en su estadía en el país y se relacionó con Le Corbusier, Stravinski, Paul Valéry, Bernard Shaw, Lacan, Krishnamurti y otras figuras mundiales destacadas.
Su importancia como referente cultural, de la mano de su postura antirracista, antifranquista y contra el nazismo, le valió ser una de las pocas mujeres invitadas a presenciar los Juicios de Nuremberg. En nuestro país, fue la primera mujer miembro de la Academia Argentina de Letras. Como contrapartida, estuvo presa en la cárcel del Buen Pastor (un instituto para prostitutas) por un mes, durante el gobierno de Perón, sospechada de urdir un complot contra el general. Su biógrafa, María Esther Vázquez, señala que todos los días se hacía cocinar y llevar la comida a prisión para ella y sus compañeras presas.
Pese a este episodio, a su expreso antiperonismo y aunque nunca la conoció personalmente, fue elogiosa con respecto a Eva Perón, pues admiraba su irreverencia frente a los hombres, aunque lamentaba que se dejase guiar por un machista. En los 90, la dramaturga Mónica Ottino, las reunió en la ficción en la obra Eva y Victoria, en cuyas escenas no sólo se enfrentan estas dos argentinas emblemáticas, sino también dos clases sociales y visiones contrastantes del país.
María Rosa Lojo, por su parte, inmortalizó a Victoria en su obra Las libres del sur, una novela sobre Victoria Ocampo (2004), en la que, con gran maestría y una prosa exquisita, relata los primeros y cruciales pasos de Victoria en su proceso para llegar a ser la figura que fue en el ámbito cultural de Hispanoamérica. Su relación con Tagore, Drieu La Rochelle, el conde Keyserling, Ortega y Gasset y Waldo Frank, y la fundación de Sur aparecen ficcionalizadas en esta obra que, además, ayuda a comprender a las generaciones actuales el valor precursor, frente a las dificultades y prejuicios de la época, de esa mujer que supo sostener una vida apasionada y defender un destino pese a su condición femenina.
Victoria Ocampo, aquella joven de 19 años que enfrentó a su madre cuando en París le encontró oculto un ejemplar de De Profundis de Oscar Wilde, la que tuvo que renunciar por imposición familiar a su verdadera vocación: el teatro, y sin embargo, fue una pionera que se atrevió a romper tantas cárceles de género establecidas por una aristocracia retrógrada y conservadora, capaz de llevar adelante un emprendimiento cultural sin precedentes en el país, murió un día como este en Villa Ocampo, su casa transformada hoy en museo y centro cultural.
Fue una mujer seductora, enigmática, contradictoria, amada y odiada, con luces y sombras, pero, sobre todo, fascinante. Borges, con quien no tenía la mejor de las relaciones, dijo luego de su muerte: “En un país y en una época en que las mujeres eran genéricas, ella tuvo el valor de ser un individuo”. Dejó para los lectores sus Testimonios (10 volúmenes de artículos sobre sociedad, política y personajes) y sus Autobiografías (publicadas póstumamente en 6 volúmenes), sin embargo, su verdadero legado fue la impronta cultural de Sur. “Mi única ambición es llegar a escribir un día, más o menos bien, más o menos mal, pero como una mujer”, expresó alguna vez.
Por Ana Lis Señorena para Diario El Sol
25 de diciembre de 2012
La catedral de salisbury / Estanislao Zaborowski
Les dejo un cuento de mi autoría que escribí hace unas semanas.
Espero lo disfruten. Saludos!
La catedral de Salisbury
Estanislao Zaborowski
Detrás de Güiraldes, un hombre de piernas cruzadas leía a Dostoievski. Sus manos eran delicadas, casi femeninas. Dedos largos finos como sahumerios daban vuelta las páginas del libro. Al cabo de algunas hojas, levantó la vista y me observó fijamente. Sus ojos negros brillaban como si hubieran sido lustrados, me dedicó dos segundos y volvió a sumergirse en el libro.
―¿Quiere acompañarme? ―dijo Güiraldes moviendo la cabeza en dirección al vaso medio lleno que se encontraba sobre la mesilla entre nosotros― Chivas 25 ―agregó.
Asentí con mueca forzada y noté una luz plateada asomarse debajo de las manga de Güiraldes cuando le hizo seña al mozo. Llevaba un traje gris cruzado, camisa blanca y una corbata salmón oscuro que realzaba el falso bronceado que lucía. Los gemelos de plata eran un detalle que súbitamente desplegaban su vanidad.
―Todos los jueves en el primer piso se juega el torneo semanal de bridge, ¿Juega usted al bridge señor Varela?
―No ―dije y al instante agregué―: me gustan más los deportes de contacto.
El hombre detrás de Güiraldes volvió a levantar la mirada, parecía que su libro lo aburría. Lo apoyó sobre la mesa, y miró perdido hacia el salón como si esperara un tren que viene con retraso.
―En el bridge ―continuó Güiraldes sosteniendo su vaso a medio camino― juegan dos parejas con la baraja inglesa. En una reducción simple, se trata de subasta, puntos y carteo. Pura contabilidad que le dicen. Pero tiene que ver como se apasionan estos hombres. Se lo toman muy en serio, ¿sabe? ¡Como si la vida les fuera en ello!
—No me imagino tanto revuelo motivado en un juego de cartas, ¿Juegan por dinero?
—Claro que juegan por dinero, ¡qué pregunta me hace! ¿O acaso se le ocurre que hay otro motivo para vivir además del dinero? —descruzó las piernas, se torció a la izquierda y volvió a cruzarlas ahora con su izquierda sobre el muslo derecho— ¿En qué se queda pensando? No hay otro motivo. Si me apura, cuestión que no le aconsejo, puedo llegar a decirle que el poder es otro motivo. Pero al fin y al cabo el poder se compra con dinero.
Iba a responderle cuando otro objeto brillante me llamó la atención. El mozo traía mi whisky sobre una bandeja de plata lustrada en exceso. Cuando se agachó para dejar el vaso con la servilleta sobre la mesilla, me vi reflejado en ese rectángulo que despedía haces de luz. Instintivamente me arreglé el nudo de la corbata.
Güiraldes tomaba su trago de a sorbos por instantes y luego apartándolo, como si fuera la medicina caliente que uno intuye le va a quemar los labios. Sentado en el sillón de respaldo alto, parecía un rey francés que ignora los devenires de su pueblo. Sólo dejaba el vaso cuando se estiraba los puños de la camisa y daba vuelta a sus gemelos.
—¡Richard! ¿Qué hacés en el club un jueves? —una voz desconocida me asaltó por detrás.
—¿Cómo estás Esteban? Acá me ves, disfrutando de un trago con un amigo —se levantó para estrecharle la mano al recién llegado y mirándome dijo—: Te presento a Pablo Varela, él es…
—Encantado —me puse de pie tomando su mano. Era gruesa, con esos dedos que uno no sabe si agarrarlos a todos o solo los que entren de momento.
—Vengo a jugar al bridge, hago pareja con Ramiro Anchorena —dijo Esteban estirando el cuello como un pingüino emperador.
—Me alegro, ¡suerte entonces! No olvides que el lunes nos juntamos a almorzar para cerrar el trato con la inmobiliaria de Nordelta.
Esteban respondió con un movimiento de cabeza y sin voltearse murmuró un buenas noches al aire enrarecido.
Otra vez sentados, Güiraldes me miró con los ojos entornados como si estuviera calculando un disparo y le costara aceptar que el viento podría desviar el proyectil.
—Me tendrá que disculpar, no sabía como presentarlo. ¿Cómo lo hubiera hecho usted? —una mueca resbaló por la comisura de su boca.
—Usted lo sabe, sólo que no lo quería decir —dije irguiendo el pecho por reflejo tras recibir el primer impacto.
Su carcajada no fue forzada. Salió despedida de su boca como si fuera el fuego de un dragón. El lector de Dostoievski se sobresaltó, frunció el ceño y negó con la cabeza en señal de reprobación. Tras darse cuenta que las disculpas no saldrían de mi boca volvió al libro.
—¡Por favor, no sea ingenuo! ¿Se cree que como vidrio? ¿Sabe cuántas veces tuve que poner el oído para escuchar todas esas paparruchadas? —su voz iba en aumento y noté que el mozo a diez metros había dejado de secar las copas y nos miraba fijo, sin embargo Güiraldes continuó— Ana sabe muy bien lo que significan esos papeles, ¿Quién se va a ocupar de ella? ¿Usted?¡No me haga reír mas por favor, nos van a echar!
Levanté la servilleta y me sequé los labios. El escudo dorado del club Crawley se había desdibujado por la humedad del vaso. Ya no se distinguían los dos leones parados en sus patas traseras rodeando el blasón, ahora solo se adivinaba uno. El otro (miré con mayor detenimiento) me parecía que era un ciervo.
—Mire Varela —continuó al tiempo que otra vez cambiaba sus piernas de posición— no voy a negarle que usted es el que de todos el que mejor me cae. Con esa cara de elefante de cuernos mutilados que tiene, podría estar vendiendo seguros. ¡Le iría muy bien! No como Santamaría, ese es un maldito especulador. ¡Solo le interesa la plata! Que descaro tenía al creer que se iba a salvar conmigo… pero, ¿por quién me toman? ¡Qué ilusos!
Me puse de pie rápidamente, porque creí que así hacen los boxeadores cuando el cross los acuesta en el ring. Me acerqué a la ventana y corrí apenas las cortinas. La noche sin luna parecía succionar las sombras dejando la crudeza de las palabras de Güiraldes al desnudo. Al lado de la ventana un cuadro enorme decoraba la pared.
—Constable —dijo Güiraldes mientras se paraba a mi lado— John Constable, ¿lo conoce?
—No.
—Es un pintor inglés del siglo diecinueve. Es original. Por eso siempre elijo este pequeño rincón del salón para relajarme. Me gusta pasar el tiempo observando ese cuadro. Esos grises. ¡Y el celeste! ¡Observe que celeste!, ¿no le recuerda a esa mirada melancólica que tienen los ingleses en los días de lluvia?
—No conozco Inglaterra.
—¡Y créame que no hace falta! Viendo esta obra uno puede trasladarse sin volar. Mire —dijo tomándome de un brazo y girándome para quedar enfrentados —cierre los ojos unos momentos y recuerde esos colores, yo lo voy guiando.
No sé porque cerré los ojos. Quizás fuera la presión de su mano sobre mi brazo, quizás las luces, el whisky o la imagen desdibujada del ciervo en la servilleta.
—Inglaterra es verde. Es verde y es gris. Un gris oscuro y un verde claro. Ahora imagine un celeste como el cielo de Buenos Aires pero no el de la mañana. Imagine el celeste de las cinco de la tarde. ¿Lo tiene? —su voz era un susurro, era como una sábana resbalándose de la cama.
—Si —le contesté.
—Bueno, con ese celeste, ese gris oscuro y ese verde claro imagine el cielo sucio, las casas de piedras húmedas y el césped silvestre ¿lo tiene? —me repitió muy cerca del oído, tan próximo que sentí que me rozaba su aliento.
—Sí, lo tengo.
—Bueno, entonces en ese paisaje imagine una catedral. Una catedral de doble cruz, con una aguja alta… pero bien alta. Mas de cien metros. Con grandes arcos en la fachada de tres cuerpos…
Abrí los ojos porque se quedó en silencio; él me estaba mirando.
—¿Y bien?
—¿Este es el paisaje que imaginé? —le dije acercándome al cuadro.
—Sí, es ese.
—Increíble. El césped tullido, los árboles grisáceos, el cielo nublado conteniendo la furia de la tormenta. Increíble también…
—La catedral de Salisbury — me interrumpió con voz solemne— John Constable.
El mozo apareció detrás de nosotros, tosiendo con animosidad preguntó si apetecíamos algo más.
Otra vuelta de Chivas —dijo el anfitrión.
— Señor Güiraldes, usted no me conoce realmente —le acusé mientras me sentaba en el sillón mullido — ¿cree que soy como todos los demás?
— Pablo hágame el favor, llámeme Richard —se pasó la mano por el pelo engominado y la volvió a apoyar en el antebrazo del sillón— Déjeme decirle que la vida es como un cuadro; uno cree que con una mirada lo abarca todo pero se equivoca, tiene un sin fin de matices…de escenas pequeñas desperdigadas ocultas en la inmensidad, tiene detalles casi insignificantes quizás ni siquiera son pequeños sino invisibles al ojo pero no al corazón. Porque el arte habita en el corazón ¿lo entiende?
—Creo que no —titubeé un momento— yo le intentaba decir otra cosa…
—¿Esperan a alguien más? —el mozo apareció de repente como si fuera un fantasma que fue convocado en una ronda de espiritismo —les puedo dejar la botella y traigo otro vaso.
—No, nadie mas —se adelantó Richard— ¿no?
—No, nadie mas —respondí.
—Pablo creo que usted se equivoca con Ana —continuó Richard— Ella es una mujer…digamos un poco especial ¿me entiende? Es algo complicada; una de esas mujeres que al poco tiempo de casados va a querer que se tome un avión bien lejos. Muy lejos ¿me entiende? A Marte.
Richard hablaba como si todos lo entendieran. Como si estuviera mas allá de las respuestas que se pueden esperar del resto; como si detenerse a escucharlas fuera una pérdida de tiempo. Preguntaba si comprendía lo que me decía pero creo que en su interior, en lo más superficial de su interior, no esperaba que lo entendiera.
—Yo la amo… —y mis palabras salieron antes que pudiera detenerlas.
Richard suspiró y sacó dos puros del bolsillo de su saco. Utilizó el olfato para elegir y luego acompañando a una sonrisa amplia me ofreció el que descartó.
—Solo fumo cigarrillos —contesté levantando la mano en señal de agradecimiento.
—Hágame caso, pruébelos. No se va a arrepentir.
Lo tomé por cortesía más que por gusto. Luego de utilizar la guillotina me la alcanzó para cortar el cigarro. Con perfil de telenovela encendió su habano, retuvo el humo mientras observaba el techo por unos segundos y bajó la vista exhalando lentamente como si fuera el telón de cierre de la función vespertina. Encendí el cigarro y disimulé la tos. La ahogué a pesar de que supe que mi rostro estaba cambiando de color. Cuando me sentí morado solté el aire, me excusé al tiempo y le sonreí por unos instantes.
La aguja de la catedral se iba perdiendo en la infinidad. El gris pesado y brumoso la había envuelto en un halo de misterio como si quisiera robarla aprovechando la distracción del humo. Delante de ella, los árboles habían virado hacia un sucio escarlata casi enfermizo. Y el césped había perdido su verde; era marrón oscuro, casi negruzco con trazos anaranjados que contenía el reflejo de los árboles secos. El cuadro reposó lúgubre, como si fuera un indigente que busca el umbral para proteger sus sueños de la miseria.
Lo miré a Richard que permanecía absorto en su obra teatral, imaginando jinetes y doncellas, plebeyos y burgueses, todos juntos enlazados en una fiesta patronal rodeando al rey en un circulo de júbilo y embriaguez.
—Es el suyo —dijo entreabriendo apenas los ojos— es el suyo Pablo.
—Perdón… ¡ah! Discúlpeme ahí vengo, tengo que atender —dije mirando la pantalla del celular y caminando unos pasos hacia el vestíbulo del club— Hola, ¿cómo estás?... si, no todavía no... ¡Después! ¡Que sé yo cuando! Había mucho tráfico… No, te dije que no… ¡Porque no tuve oportunidad! —corté la comunicación y volví a sentarme al rincón de cuero cada vez mas hundido.
—Richard, necesito que me escuché un momento por favor.
—Si Pablo, que me quiere decir… —dijo apagando las palabras como si fueran las últimas cenizas del hogar.
—Richard fírmelos… —suspiré y agregué unas palabras mas— por favor se lo pido.
— Mire Pablo hagamos una cosa —se acomodó la ropa y giró sus gemelos ciento ochenta grados— usted es un muchacho simpático, entrador… usted debería vender seguros, ¿se lo dije ya?
—Si Richard, ya me lo dijo.
—Bueno entonces, ¿Porqué no piensa con sensatez? Hágame caso vaya a su casa, cena un risotto con Ana…se acuestan, apagan la luz…quizás hacen el amor o quizás no… y luego mañana, muy temprano por la mañana se va a su trabajo luego de desearle con un beso en la frente que tenga buen día . Y cuando llega a su oficina le pega una patada al escritorio de su jefe y renuncia. Y mañana mismo, mire lo que le digo mañana mismo, se pone a buscar trabajo de vendedor de seguros. ¿Qué le parece? —su sonrisa mostraba un inevitable convencimiento.
Me sumergí en el sillón y miré otra vez a Constable, ¿habrá estado orgulloso de su cuadro? Pensé en esos artistas que no quieren mostrar sus creaciones al mundo. Que las ocultan, las queman o las rompen. Se podría crear un cementerio con todas las obras ignoradas. Como si fueran borregos no deseados del arte; hijos bastardos. ¿No sería realmente atractivo conocer el borrador de Macbeth? ¿O tener acceso al cesto de basura del estudio de Wagner? Creo que me gustaría trasladarme a ese cementerio; a ese mundo seguro donde uno duerme con el desecho de los genios y no con la indiferencia de los negligentes. Apuré el resto del whisky de un solo trago y me hundí en el sillón para aguantar el impacto.
—Richard, no sé lo que usted quiere, si lo supiera se lo ofrecería.
—¡Ja! ¡Por favor Pablo, por favor!¿Usted cree que puede venir a una cita conmigo a mi club y aquí mismo con total descaro ponerme condiciones?
—No fue esa mi intención… —dije acomodándome en el sillón no sin esfuerzo.
—¡Que descaro por favor, que descaro! Al fin y al cabo usted es como Santamaría o como Nicolás Estensoro… unos pobres tipos que solo esperan quedarse con mi dinero, con todo mi dinero.
—No queremos… no quiero su dinero Richard, lo que me gustaría es….
—¡Yo sé muy bien por qué esta acá! ¡No me lo va a decir usted! Usted es un pobre vendedor de seguros, un pobre charlatán de esquina que quiere venir a robarme porque esa otra —y se puso de pie gesticulando con ambas manos como si fuera un director de orquesta— esa otra todos sabemos muy bien como es, ¿o porque se cree que nos separamos? ¡Esa mujer solo quería mi dinero, se casó conmigo por mi dinero! ¿Acaso eso usted lo puede entender?
—No creo que sea así Richard… —le dije poniéndome de pie para poder mirarlo en su altura.
—¡No me diga lo que usted cree y no me llame Richard que no soy su amigo!
El murmullo sordo del salón se estaba desmembrando, ahora era toda una conversación universal de miradas y señas que se dirigían hacia nosotros. El lector de Dostoievski se había puesto de pie y con un ademán llamado al mozo. Con su billetera en la mano nos miraba con desconfianza como si creyera que de un momento a otro Güiraldes también lo reprendería a él. Me fui al toilette a refrescarme; cuando me alejaba escuché que de mi mesa pedían la cuenta.
Afuera el otoño se había despertado. El cielo negro como el hollín bajaba arremolinado por el viento del norte sacudiendo a su paso las copas de los árboles en un vaivén hipnótico que si se miraba fijo le parecía a uno perder el equilibrio. Las hojas amarillentas cubrían parte de la acera de baldosas blancas como si fueran las manchas de un dálmata. Había pocos autos en la calle, y los colectivos que pasaban iban casi sin pasajeros.
Encendí un cigarrillo y me quedé en la puerta del club por algunos minutos. Saliendo del estacionamiento a la derecha un audi bajaba la ventanilla. Una voz me preguntó si quería que me acercara.
—No, gracias señor Güiraldes —respondí medio agachado para poder ver su rostro.
La respuesta fue una ventanilla polarizada subiéndose y un motor acelerando con más ímpetu de lo normal.
—¿Me da usted fuego por favor? —dijo el hombre que llevaba un libro debajo de su brazo izquierdo— linda noche para caminar, ¿no es cierto?
—Si —le contesté— parece un cuadro de Constable.
Fin
20 de diciembre de 2012
La edad madura / Henry James
Aquel día de abril era templado y luminoso, y el pobre Dencombe, feliz en la presunción de que sus energías se recuperaban, estaba parado en el jardín del hotel, comparando los atractivos de diversos paseos tranquilos, con una parsimonia en la cual, empero, todavía se echaba de ver cierta laxitud. Le gustaba la sensación de Sur, en la medida en que se la pudiera tener en el Norte; le gustaban los acantilados arenosos y los pinos arracimados, incluso le gustaba el mar incoloro. “Bournemouth es el lugar ideal para su salud” había sonado a simple anuncio, pero ahora él se había reconciliado con lo prosaico. El amigable cartero rural, al cruzar por el jardín, acababa de entregarle un paquetito, que él se llevó consigo dejando el hotel a mano derecha y encaminándose con andar circunspecto hasta un oportuno banco que ya conocía, en un recoveco bien abrigado en la ladera del acantilado. Daba al Sur, a las coloreadas paredes de la Isla de Wight, y por detrás estaba guarecido por el oblicuo declive de la pendiente. Se sintió bastante cansado cuando lo alcanzó, y por un momento se notó defraudado; estaba mejor, desde luego, pero, después de todo, ¿mejor que qué? Nunca volvería, como en uno o dos grandes momentos del ayer, a sentirse superior a sí mismo. Lo que de infinito pueda tener la vida había desaparecido para él, y lo que le quedaba de la dosis otorgada era un vasito marcado como lo está un termómetro por el farmacéutico. Se quedó sentado con la vista clavada en el mar, que parecía todo superficie y cabrilleo, harto más superficial que el espíritu del hombre. El abismo de las ilusiones humanas, ése sí que era la auténtica profundidad sin mareas. Sostenía el paquete, que a todas luces era de libros, en las rodillas, sin abrirlo, alegrándose, tras el ocaso de tantas esperanzas (su enfermedad lo había hecho ser consciente de su edad), de saber que estaba ahí, pero dando por hecho que ya jamás podría haber una repetición completa del placer, tan caro a la experiencia juvenil, de verse a sí mismo “recién impreso”. Dencombe, que tenía una reputación, había publicado demasiadas veces y sabía de antemano demasiado bien cómo luciría.
Ese aplazamiento tuvo como vaga causa adicional, al cabo de un rato, a un grupo de tres personas -dos mujeres y un joven- a quienes, más abajo que él, se veía avanzar errabundos, juntos y al parecer callados, a lo largo de la arena de la playa. El joven tenía la cabeza inclinada hacia un libro y de vez en cuando se quedaba parado por el hechizo que sobre él ejercía ese volumen que, como percibía Dencombe incluso a esa distancia, tenía una cubierta chillonamente roja. Entonces, sus compañeras, un poco por delante, lo esperaban a que las alcanzara, hurgando en la arena con sus sombrillas y mirando alrededor el cielo y el mar, paladinamente conscientes de la belleza del día. A aquellas cosas el joven del libro se mostraba ajeno aún más paladinamente; retrasándose, fascinado, absorto, era motivo de envidia para un observador a quien se le había mar chitado toda candidez de su relación con la literatura. Una de las mujeres era voluminosa y entrada en años; la otra exhibía la delgadez de una contrastante juventud y de una situación social seguramente inferior. La mujer voluminosa transportaba la imaginación de Dencombe hacia la época de la crinolina; tenía un sombrero en forma de champiñón, adornado con un velo azul, y la portadora del mismo, en su agresiva imponencia, parecía aferrarse a una moda desvanecida y aun a una causa perdida. Al cabo su compañera sacó de entre los pliegues de un mantón una cojeante silla portátil, que desplegó rápidamente y de la cual tomó posesión la mujer voluminosa. Este acto, junto con algo en los movimientos de la una y de la otra, instantáneamente caracterizó a las ejecutantes -éstas actuaban para recreo de Dencombe- como matrona opulenta y como humilde señorita de compañía. Por lo demás, ¿de qué servía ser un novelista probado si no se era capaz de establecer las relaciones personales existentes entre tales figuras? Como por ejemplo: la imaginativa teoría de que el joven era hijo de la matrona opulenta, y de que la humilde señorita de compañía, hija de clérigo o de funcionario, abrigaba una secreta pasión por él. ¿No era visible eso por el modo como ésta última se había deslizado furtivamente detrás de su benefactora para volver la vista hacia donde él se había permitido quedarse completamente quieto en tanto su madre se sentaba a descansar? Ese libro era una novela; tenía la llamativa tapa de las ediciones económicas, y él, mientras el romanticismo de la vida quedaba desdeñado a su lado, se perdía en el romanticismo de la biblioteca circulante. Maquinalmente se trasladó a donde era más blanda la arena, y se dejó caer en ella para acabar el capítulo a sus anchas. La humilde señorita de compañía, desalentada por la inaccesibilidad masculina, erraba, con la cabeza martirizadamente gacha, en otra dirección, y la señora descomunal, contemplando las olas, ofrecía una borrosa semejanza con una máquina voladora caída en pedazos.
Cuando empezó a desinteresarlo este espectáculo, Dencombe se acordó de que tenía, a fin de cuentas, otro pasatiempo aguardándolo. Aunque tanta celeridad fuera infrecuente por parte de su editor, él ya podía extraer del envoltorio su obra “más reciente”, quizá su obra última y final. La cubierta de La edad madura era certeramente llamativa, el aroma de las rozagantes páginas era el mismísimo olor de la beatitud; pero, de momento, él no pasó de ahí, habiéndose percatado de una rara alienación. Se le había olvidado de qué trataba su propio libro. El último ataque de su vieja dolencia, de la cual había venido ilusamente a protegerse a Bournemouth, ¿había quizá interpuesto un vacío absoluto respecto de lo que había precedido al mismo? Había finalizado la corrección de galeradas antes de salir de Londres, pero la posterior quincena en cama había pasado una esponja sobre los matices. No habría podido salmodiarse a sí propio una sola de sus frases, ni podía dirigirse a ninguna determinada página con curiosidad o seguridad. Se le había ido su tema, quedándole apenas una conjetura. Lanzó un sordo gemido al respirar el frío de su vacío absoluto: éste parecía tan desesperadamente representar la culminación de un siniestro proceso. Las lágrimas visitaron sus apacibles ojos: algo precioso se había evaporado. Tal había sido la congoja más punzante de unos cuantos años a esta parte: la sensación de la mengua del tiempo, de la reducción de las oportunidades; y lo que ahora notaba no era tanto que estuviera escapándosele su última oportunidad, cuanto que ya se le había escapado del todo. Aunque había hecho todo lo que podía, aún no había hecho lo que quería. Ése era el desgarro: que, virtualmente, su carrera había llegado a su término: era tan violento como una mano brutal en la garganta. Se levantó nerviosamente de su asiento, cual criatura invadida por el pavor; luego, en su debilidad, tornó a arrellanarse y abrió tembloroso la novela. Era un solo volumen: él prefería los volúmenes únicos, aspirando a una concisión exquisita. Se puso a leer, y poco a poco, en esa ocupación, fue sintiéndose tranquilizado y serenado. Todo principió a volver a su mente, pero volvía con asombro; volvía, sobre todo, con una belleza elevada y radiante. Leyó su propia prosa, pasó sus propias páginas, y, sentado allí, con el sol de primavera en sus hojas, sintió una peculiar e intensa emoción. Su carrera se había terminado, sin duda, pero, al menos, se había terminado con aquello.
Durante su enfermedad había olvidado el trabajo del año pasado... pero lo que más había olvidado era que fuese tan extraordinariamente bueno. Volvió a zambullirse en su narración, y fue arrastrado a sus profundidades, como por mano de una sirena, hasta donde flotan extraños temas silenciosos en el tenue mundo sumergido de la ficción, la gran cisterna esmaltada del arte. Reconoció su tema y se rindió a su propio talento. Seguramente su propio talento nunca se había mostrado tan acendrado como en aquella ocasión. Sus ineptitudes seguían allí, pero lo que también seguía allí, para su percepción, aunque probablemente, ¡ay!, para la de nadie más, era la maña con que en la mayoría de los casos las había remontado. En el sorprendido goce de esa su destreza, entrevió un posible indulto. De seguro que su fuerza aún no estaba agotada; en ella todavía quedaba vida y servicio. No le había venido fácilmente, había llegado de modo tardío y esquivo. Era hija del tiempo, nutrida por la dilación; él había luchado y sufrido por ella, realizando incontables sacrificios, y ahora que la misma había madurado de veras, ¿iba a cesar de producir, iba a declararse brutalmente derrotada? Para Dencombe hubo una infinita satisfacción en sentir, como jamás anteriormente, que la pertinacia vincit omnia. El resultado producido en su librito era, sin saber muy bien cómo, un resultado que había rebasado sus propósitos conscientes; no parecía sino que él hubiera plantado su genio, se hubiera fiado de su método, y ellos hubieran crecido y florecido con esta bonanza. No obstante, aunque el logro había sido genuino, el proceso había sido bastante trabajoso. Lo que tan intensamente veía hoy, lo que sentía como un cuchillo clavado en sus entrañas, era que sólo ahora, en el tramo final, había llegado a la plena posesión de su capacidad. Su desarrollo había sido anormalmente lento, casi grotescamente paulatino. La experiencia lo había estorbado y retardado y, durante luengos períodos, él no había hecho sino buscar el camino a tientas. Se le había ido demasiada parte de su vida en producir demasiado poco de su arte. Por fin el arte había llegado, pero había llegado detrás de todo lo demás. A ese ritmo, una sola existencia era demasiado corta: sólo lo bastante larga para reunir material, de tal guisa que, para fructificar, para hacer uso de ese material, era menester una segunda existencia, una prórroga. Por esa prórroga fue por lo que suspiró el pobre Dencombe. Hojeando las últimas páginas de su libro se dolió:
-¡Ah, quién tuviera otra oportunidad! ¡Ah, qué no daría yo por una ocasión mejor!
Las tres personas a quienes había observado en la arena se habían esfumado y luego habían reaparecido: ahora estaban subiendo por un sendero, una subida artificial y cómoda, que conducía a lo alto del acantilado. A mitad de dicho caminito se hallaba el banco de Dencombe, en un saliente resguardado, y, en este instante, la señora voluminosa, persona maciza y heterogénea, de agresivos ojos oscuros y simpáticas mejillas coloradas, resolvió tomarse unos momentos de descanso. Llevaba unos largos guantes que se le habían manchado y unos inmensos pendientes de diamantes; al principio pareció vulgar, pero contradijo esa expectativa con un tono afablemente desenvuelto. Mientras sus acompañantes se quedaban aguardando de pie por ella, extendió sus faldas en el otro extremo del banco de Dencombe. El joven llevaba gafas de aros dorados, a través de los cuales, con el dedo aún metido en su libro de cubierta roja, lanzó una ojeada al volumen, encuadernado en la misma tonalidad del mismo color, que descansaba sobre el regazo del primer ocupante del banco. Luego de un instante, Dencombe creyó comprender que al joven lo sorprendía la similitud, que había reconocido el sello dorado en la tela carmesí, que él también estaba leyendo La edad madura, y que después tomaba conciencia de que había alguien más que iba a la par que él. El desconocido se sentía desconcertado, tal vez incluso una pizca contrariado, al descubrir no ser la única persona que había tenido la ventura de que le llegara a las manos uno de los primeros ejemplares. Los ojos de los dos lectores se encontraron un momento, y a Dencombe le hizo gracia la expresión de la mirada de su competidor o incluso, podría inferirse, de su admirador. Con ella confesaba cierta ofensa, semejaba decir: “¡Por todos los diablos, ¿ya lo tiene éste?! ¡Claro que será uno de esos estomagantes críticos literarios!” Dencombe escondió de la vista su ejemplar mientras la matrona opulenta, irguiéndose tras su descanso, prorrumpía en un:
-¡Ya experimento lo bien que sienta este aire!
-Yo no puedo afirmar lo mismo -dijo la señorita angulosa-. Yo me noto muy decaída.
-Yo me noto enormemente hambrienta. ¿Para qué hora ha solicitado usted el almuerzo? -continuó su protectora.
La joven desvió hacia su compañero la pregunta:
-El almuerzo lo encarga siempre el doctor Hugh.
-Hoy no he encargado nada: voy a hacerla seguir un régimen -dijo su compañero.
-En ese caso, me voy a mis habitaciones a dormir. Qui dortdine!
-Les rogaría que me excusaran un rato. ¿Puedo dejarla en manos de la señorita Vernham? -preguntó el doctor Hugh a su compañera de más edad.
-¿No confía el doctor Hugh en usted? -preguntó ésta traviesamente.
-¡No demasiado! -osó declarar la señorita Vernham, mirando hacia el suelo-. Usted debe venir con nosotras, por lo menos hasta nuestro alojamiento -siguió, en tanto que la señora a quien parecían rendir pleitesía comenzaba a reanudar la subida. Dicha señora ya se había apartado un tanto del alcance de sus voces; no obstante, habida cuenta de la presencia de Dencombe, la señorita Vernham se volvió menos claramente audible a fin de quejársele al joven-: ¡Creo que no es usted consciente de todo lo que le debe a la condesa!
Indiferentemente, por un instante, el doctor Hugh dirigió hacia ella la refulgencia de la dorada montura de sus gafas:
-¿Es ésa la impresión que le doy? ¡Me hago cargo, me hago cargo!
-Es rematadamente buena con nosotros -insistió la señorita Vernham, obligada, ante la inmovilidad de su interlocutor, a seguir allí a despecho de estar comentando asuntos privados. ¿De qué habría servido que Dencombe fuera sensible a los matices si no hubiese sido capaz de detectar en esa inmovilidad del joven una extraña influencia por parte del callado convaleciente anciano de la capa de paño escocés? De pronto la señorita Vernham pareció darse cuenta de una tal motivación, pues luego de un instante agregó-: Si lo que usted quiere es tomar el sol aquí, puede regresar después de acompañarnos hasta el hotel.
Ante esto, el doctor Hugh titubeó, y Dencombe, pese a su deseo de simular que no se daba cuenta de nada, se arriesgó a mirarlo solapadamente. Con lo que de hecho acertaron ahora a encontrarse sus ojos fue, por parte de la señorita, con una extraña mirada fija, vidriosa por naturaleza, que hizo que el aspecto de la misma le recordara un personaje (no consiguió evocar su nombre) de alguna obra teatral o algún relato novelesco: alguna siniestra institutriz o solterona trágica. Ella parecía escudriñarlo, desafiarlo, decirle, con una indiscriminada ojeriza: “¿Por qué tiene usted que interferir en nuestros asuntos?” En ese mismo momento les llegó desde arriba la voz de la condesa, con sustancioso humor:
-¡Vengan, vengan, corderitos míos, tienen que ir detrás de su vieja bergère!
Ante esto la señorita Vernham se apartó para reanudar la ascensión, y el doctor Hugh, tras otra silenciosa apelación a Dencombe y un instante de visible demoranza, depositó su ejemplar en el banco, como para guardarse el sitio e incluso como señal de que regresaría, y procedió a subir sin dificultad por la zona más arriscada del acantilado.
Inocentes e infinitos por igual son los placeres de la observación y los recreos deparados por la afición a analizar la vida. Al pobre Dencombe, ocioso en su reservada exposición al viento, lo divirtió pensar que estaba esperando una revelación de algo que estaba en lo recóndito de un joven espíritu selecto. Con intensidad miró el ejemplar en el otro extremo del banco, pero no lo habría tocado ni por todo el oro del mundo: le venía bien tener una teoría que no hubiera de exponerse a refutación. Ya se sentía mejor de su melancolía; según su acostumbrada forma de expresarlo, ya había asomado la cabeza por la ventana. La efímera presencia de una condesa podía animar la fantasía cuando, como la mayor de las damas que acababan de retirarse, era tan visible como la giganta de una troupe. Verlo todo detalladamente, no cabía duda, era lo terrible; ver cosas de modo fragmentario, en contra de una opinión generalmente expresada, era el refugio, era la medicina. No era dable que el doctor Hugh fuese sino un crítico que estaba de acuerdo con editores o periódicos para recibir ejemplares de los libros recientes. Este personaje reapareció al cabo de un cuarto de hora, con patente alivio al encontrar que Dencombe seguía allí y con un brillo de dientes blancos en una cohibida aunque generosa sonrisa. Quedó visiblemente decepcionado ante el eclipse del ejemplar que no era el suyo: había un pretexto menos para poder hablar con el desconocido. Pero habló con el desconocido, pese a ello: blandió su propio ejemplar y principió a conversar requiriendo:
-¡Haga el favor, si tiene usted posibilidad de escribir sobre esta obra, de decir que es lo mejor que su autor ha creado hasta ahora!
Dencombe respondió con una carcajada: eso de “hasta ahora” lo divertía tanto, hacía tan extensa avenida de lo futuro. Y, mejor aún, resultaba que el joven lo tomaba a él por un crítico. Sacó La edad madura de debajo de la capa, pero instintivamente reprimió toda actitud delatora de su paternidad. En parte se debió a que siempre resulta ridículo llamar la atención sobre la obra propia.
-¿Es eso lo que va a escribir usted mismo? -le inquirió a su visitante.
-No estoy muy seguro de que yo vaya a escribir nada. Por lo regular no escribo; me limito a disfrutar en paz. Pero el libro es rematadamente bueno.
Durante un momento, Dencombe sostuvo un breve debate consigo mismo. Si su interlocutor hubiera empezado a vituperarlo, él habría confesado al instante su verdadera identidad; pero no había nada malo en incitarlo un poco a alabar. Lo incitó con tal exito que, en cuestión de instantes, su nuevo conocido, sentado a su vera, confesaba con abierta franqueza que las novelas de Dencombe eran las únicas que era capaz de leer por segunda vez. Él había llegado el día anterior de Londres, donde un amigo suyo, periodista, le había prestado su ejemplar de la más reciente de ellas: el ejemplar enviado a la redacción del diario y que ya había sido objeto de una “gacetilla” que a buen seguro (por prejuzgar que no quedara) se había tardado exactamente un cuarto de hora en redactar. Insinuó que sentía vergüenza de su amigo y, en lo que concernía a una novela que requería y ofrecía estudio, de tamaña conducta ordinaria; y con su propia apreciación fresca, y su inusitado deseo por expresarla, prontamente llegó a ser para el pobre Dencombe una extraordinaria, una deliciosa aparición. El azar había puesto al fatigado literato cara a cara con el más ferviente admirador que cabía suponerle entre la generación joven. Para ser exactos, este admirador era desconcertante: era tan raro caso toparse con un joven médico hirsuto -parecía un fisiólogo alemán- devoto de la forma literaria. Era una casualidad, pero más feliz que la mayoría de las casualidades, conque Dencombe, no menos solazado que confundido, se entregó media hora a hacer hablar a su visitante mientras él guardaba silencio. Justificó su propia posesión adelantada de La edad madura aludiendo a su amistad con el editor, el cual, sabiendo que él estaba en Bournemouth por motivos de salud, había tenido con él ese grato detalle. Dencombe reveló haber estado enfermo, pues el doctor Hugh lo habría adivinado de modo inevitable; incluso llegó a preguntarse si no podría esperar alguna “orientación” sanitaria por parte de alguien que aunaba un entusiasmo tan rutilante y una presumible familiaridad con los medicamentos ahora en boga. Quizá perturbara un poco la confianza de Dencombe el tener que tomarse en serio a un médico que era capaz de tomárselo tan en serio a é1 mas le había caído en gracia este efusivo joven moderno y sintió con aguda punzada que aún habría cosas que hacer en un mundo donde se ofrecían tan extrañas mezclas. No era cierto lo que había tratado de creer en pro de la renuncia: que todas las combinaciones estaban ya agotadas. No lo estaban, no, no lo estaban, eran innúmeras; el agotamiento estaba sólo en el desventurado artista.
El doctor Hugh era un fisiólogo ardiente saturado del espíritu de la época; o sea, acababa de licenciarse; pero era original y polifacético, y hablaba como un hombre que de buena gana habría preferido dedicarse a la literatura. Le habría gustado crear frases hermosas, pero la Naturaleza le había rehusado el don. Algunas de las mejores frases de La edad madura lo habían impresionado sobremanera, y se tomó la libertad de leérselas a Dencombe en refuerzo de su argumentación. El doctor Hugh, en el aire perfumado, se tornó vívido al sentir de su compañero, para cuyo profundo consuelo parecía haber sido enviado; y con especial ardor se aplicó a describir cuán recientemente había tenido conocimiento de, y cuán instantáneamente se había entusiasmado con, el único novelista que había logrado poner carne entre las costillas de un arte que se moría de hambre a fuerza de timideces y dogmatismos. Aún no le había escrito: lo contenía un sentimiento de respeto. En ese instante, Dencombe se congratuló más que nunca de no haber concedido jamás su tiempo a los fotógrafos. La actitud de su visitante le prometía un gran obsequio de comunicación, mas barruntó que, para el doctor Hugh, gozar de cierta continuidad en su comunicación dependía no poco de la condesa. Dencombe no tardó en enterarse de con qué clase de condesa se las habían, así como del tipo de vínculo que unía entre sí al insólito trío. La señora voluminosa, inglesa de nacimiento e hija de un barítono célebre, cuya afición, aunque no su talento, ella había heredado, era viuda de un aristócrata francés y dueña de todo lo que quedaba de la extensa fortuna, fruto de las ganancias paternas, que había constituido su propia dote. La señorita Vernham, criatura extraña pero consumada pianista, estaba vinculada a ella por un sueldo. La condesa era desbordante, excéntrica, muy suya: viajaba con una trovadora y un médico de cabecera. Ignorante y abrumadora, sin embargo tenía momentos en que resultaba casi irresistible. Dencombe la vio como posando para un retrato en el generoso bosquejo que le hacía el doctor Hugh, y notó cómo se formaba en su propia mente la imagen de la relación que con ella mantenía su joven amigo. Dicho joven amigo, para ser representante de una nueva psicología, resultaba muy fácil de sugestionar, y aunque se puso anormalmente locuaz, ello no fue sino un signo de auténtico sometimiento. En consecuencia, Dencombe hacía con él lo que quería aun sin darse a conocer como Dencombe.
Al ponerse enferma en un viaje por Suiza, la condesa lo había conocido en un hotel, y el azar de que él le cayera bien la movió a ofrecerle, con su imperiosa generosidad, unas condiciones que no pudieron menos que deslumbrar a un galeno aún sin clientela y cuyos recursos se habían consumido en sus estudios. No era la manera de pasar el tiempo que él habría escogido, pero era un tiempo que pasaría pronto, y, mientras tanto, ella era sumamente amable. Ella exigía constante atención, pero era imposible que no agradara. Él suministró toda clase de pormenores acerca de su pintoresca paciente, un “caso” como nunca había habido otro, que padecía, relacionado con su sofocada obesidad, y además de la veta morbosa de una voluntad violenta y sin objetivo, un grave trastorno orgánico; pero enseguida tornó a hablar de su bienamado novelista -a quien tuvo la felicísima inspiración de describir como más esencialmente poeta que muchos de quienes vivían de versificar- con su celo que había sido excitado, como igualmente lo había sido toda su ausencia de reserva, por la afortunada circunstancia de la simpatía de Dencombe y la coincidencia de lo que ambos estaban leyendo. Dencombe confesó conocer personalmente un poco al autor de La edad madura, pero no se sintió tan preparado como habría querido cuando su compañero -quien nunca hasta entonces había visto a un ser tan privilegiado- empezó ávidamente a solicitarle detalles. Incluso pensó que la mirada del doctor Hugh en aquel momento delató una vislumbre de sospecha. Pero el joven estaba demasiado inflamado para ser perspicaz, y abría una y otra vez el libro para exclamar “¿Se ha fijado usted en esto?” o “¿No lo impresionó soberanamente esto otro?”
-Hay un pasaje hermosísimo hacia el final -espetó, y tornó a echar mano del libro. Según volvía las hojas tropezó con otra cosa distinta, y Dencombe lo vio mudar de color súbitamente. El joven había cogido el ejemplar de Dencombe, que estaba sobre el banco, en lugar del suyo, y al punto su vecino adivinó la razón de su sobresalto. Por un instante el doctor Hugh se quedó muy serio; a renglón seguido dijo-: ¡Observo que ha estado usted retocando el texto!
Dencombe era un apasionado del corregir, un obseso del estilo; lo último a que llegaba era a una forma definitiva para él mismo. Su ideal habría sido publicar anónimamente, y luego, en el texto publicado, entregarse a sus revisiones maníacas, desautorizando siempre la primera edición y empezando para la posteridad, y aun para los pobrecillos coleccionistas, con la segunda. Esa mañana su lápiz había punzado en La edad madura una docena de burbujas. Lo sorprendió el efecto sobre él mismo del reproche del joven: por un momento lo hizo mudar ahora a él de color. Se puso, en todo caso, a tartamudear imprecisamente; luego, a través de una neblina de conciencia en reflujo, vio la extrañada mirada del doctor Hugh. Tuvo tiempo únicamente para darse cuenta de que estaba a punto de caer enfermo otra vez: todas estas emociones, la excitación, la fatiga, el calor del sol, el influjo del aire, se habían confabulado para jugarle una mala pasada, hasta el punto de que, tendiendo la mano hacia su compañero con una exclamación de sufrimiento, perdió por completo el sentido.
Posteriormente supo que se había desmayado y que el doctor Hugh lo había llevado al hotel en un cochecillo cuyo cochero, que merodeaba por los aledaños en pos de clientes, acertó a recordar haberlo visto casualmente en el jardín del mismo. Había recobrado el sentido durante el trayecto, y en la cama, aquella tarde, tuvo una vaga remembranza del joven rostro del doctor Hugh, cuando estaba junto a él, inclinado sobre él con una sonrisa reconfortante que expresaba algo más que una mera sospecha de su verdadera identidad. Esta identidad ya no podía ser negada, y por eso se sintió aún más pesaroso y dolido. Había sido temerario, había sido estúpido, había salido a pasear demasiado prematuramente, se había quedado afuera demasiado prolongadamente. No habría debido ponerse al alcance de desconocidos, habría debido llevar consigo a su criado. Sintió como si hubiera caído en una sima demasiado honda para poder avistar el menor retazo de cielo. Estaba en confusión sobre el tiempo transcurrido; recogía los fragmentos para hacerlos casar. Había visto a su médico, el de verdad, el que lo había atendido desde el principio, y que de nuevo se había mostrado amabilísimo. Su criado entraba y salía de puntillas, poniendo cara de que él ya se lo había esperado todo por anticipado. Más de una vez dijo algo sobre aquel joven caballero tan inteligente. Lo demás era vaguedad, cuando no desesperación. Empero, la vaguedad era explicable teniendo en cuenta sus sueños, angustias en sopor, de las que finalmente emergió para percibir nítidamente un cuarto oscuro y la luz de una tamizada vela.
-Volverá a estar del todo bien; ahora sé todo lo referente a usted -dijo cerca de él una voz, que reconoció como la de un hombre joven. Entonces le retornó a la memoria su encuentro con el doctor Hugh. Todavía estaba excesivamente desmayado para bromear sobre ello, pero pudo percatarse, al cabo de no demasiado, de que era intenso el interés de su visitante por élPor supuesto no puedo asistirlo profesionalmente: usted tiene su propio médico, con quien ya he hablado y que es excelente -siguió el doctor Hugh-. Pero debe permitirme que venga a verlo en calidad de buen amigo. Simplemente he entrado a echarle un breve vistazo antes de acostarme. Va usted marchando óptimamente, pero menos mal que estaba yo junto a usted en el acantilado. Vendré a visitarlo mañana temprano. Me gustaría poder hacer algo por usted. Quiero hacer todo lo posible. Usted ha hecho muchísimo por mí. -El joven extendió la mano, posándola sobre él, y el pobre Dencombe, percibiendo débilmente esa cálida presión, se limitó a seguir allí tendido y aceptó su devoción. No podía menos; necesitaba demasiado una ayuda.
La idea de la ayuda que necesitaba le estuvo muy presente aquella noche, que pasó en despierta calma, con una intensidad de pensamientos que fue como una reacción contra sus horas de estupor. Estaba perdido, estaba perdido, estaba perdido si no había la posibilidad de salvarlo. No temía al sufrimiento, a la muerte; ni siquiera estaba enamorado de la vida; pero había tenido una profunda manifestación de deseo. Durante esas largas horas calladas se percató de que sólo con La edad madura había alzado el vuelo; sólo aquel día, visitado por procesiones silenciosas, había identificado su reino. Había tenido una revelación de su alcance. A lo que temía era a que su reputación hubiera de fundamentarse en algo incompleto. No era de su pasado sino de su futuro de lo que propiamente quería ocuparse. La enfermedad y la vejez se aparecían ante él como espectros de ojos despiadados: ¿cómo iba a sobornar a tales augures para que le concedieran una nueva oportunidad? Ya había tenido la única oportunidad que pueden tener los seres humanos: había tenido la oportunidad consistente en poder vivir. Muy tarde cayó dormido, y cuando despertó, el doctor Hugh estaba sentado junto a su cabecera. En él, a estas alturas, ya había algo de agradablemente íntimo.
-No vaya a pensar que he suplantado a su médico -dijo-; actúo con su consentimiento. Él ha estado aquí y lo ha visto. Extrañamente, parece confiar en mí. Le he contado cómo nos conocimos usted y yo ayer por casualidad, y confiesa que tengo una prerrogativa peculiar.
Dencombe lo miró con seriedad especulativa:
-¿Cómo lo ha arreglado con la condesa?
El joven se arreboló un poco, pero se rió:
-¡Oh, no se preocupe por la condesa!
-Me dijo usted que era muy exigente.
El doctor Hugh guardó silencio unos momentos.
-Sí que lo es -dijo.
-Y la señorita Vernham es una intrigante.
-¿Cómo sabe eso?
-Yo lo sé todo. ¡Hay que saberlo todo para poder escribir decentemente!
-Creo que es una loca -precisó el doctor Hugh.
-Bien, pero no se pelee con la condesa; en la actualidad le es de gran ayuda a usted.
-No me peleo -repuso el doctor Hugh-. Pero no me entiendo bien con las mujeres tontas. –Enseguida agregó-: Usted parece muy solo.
-Eso pasa mucho a mi edad. He sobrevivido, pero he tenido pérdidas por el camino.
El doctor Hugh vaciló; pero al fin, superando su leve escrúpulo, inquirió:
-¿A quién ha perdido?
-A todos.
-¡Ah, no! -protestó el joven, poniéndole una mano sobre el brazo.
-Tuve esposa, tuve un hijo. Mi esposa murió al nacer mi hijo, y a mi hijo, cuando aún iba al colegio, se lo llevaron unas fiebres tifoideas.
-¡Ojalá hubiese estado yo allí! -dijo con sinceridad el doctor Hugh.
-¡Bueno, está usted aquí! -respondió Dencombe con una sonrisa que, a pesar de la penumbra, traslució cuánto le gustaba su posibilidad de estar seguro del paradero de su acompañante.
-Usted habla de su edad extrañamente. No es usted viejo.
-¿Hipócrita tan pronto?
-Digo fisiológicamente.
-Así es como he estado hablándome a mí propio en los últimos cinco años, y eso exactamente es lo que me decía. ¡Y es que sólo cuando somos viejos comenzamos a decirnos que no lo somos!
-Pero yo también me digo a mí propio que soy joven -declaró el doctor Hugh.
-¡Y no sabe usted tan bien como yo con cuánta razón! -se rió el paciente, cuyo visitante desde luego admitió el hecho en cuestión, a juzgar por la rotundidad con que trocó su razonamiento de partida, comentando que debía de ser uno de los encantos de la vejez -por lo menos si se poseía una alta distinción el sentir que uno se ha esforzado y ha triunfado. El doctor Hugh empleó la manida expresión sobre el haberse ganado el descanso, y con ella hizo que, por un momento, el pobre Dencombe casi se irritara. Sin embargo, éste se rehízo para explicar, con suficiente claridad, que si él mismo, por desdicha, no conocía nada de tal bálsamo, sin duda era porque había malgastado años preciosos. Desde el principio se había consagrado a la literatura, mas había tardado toda una vida en ponerse a la altura de ese arte. Sólo en aquel momento, al fin, había empezado a entender; así que lo hecho hasta ahora no había sido sino un conjunto de movimientos ingobernados. Había madurado demasiado tarde y tenía un temperamento tan torpe que únicamente había logrado aprender a fuerza de errores.
-En ese caso, yo prefiero sus capullos a las rosas abiertas de los demás, y sus errores a los aciertos de los demás -dijo galantemente el doctor Hugh-. Lo admiro por sus errores.
-Feliz usted: usted no discierne -le replicó Dencombe.
Consultando su reloj, el joven se había levantado; dijo a qué hora de la tarde regresaría. Dencombe lo amonestó para que no se comprometiera con tanta exactitud, y nuevamente exteriorizó todo su miedo de estar haciéndolo descuidar a la condesa, de estar quizá haciéndolo incurrir en su disgusto.
-Quiero ser como usted: ¡quiero aprender a fuerza de errores! -repuso riendo el doctor Hugh.
-¡Tenga cuidado de no cometer uno demasiado grave! De todas suertes, regrese -añadió Dencombe, con el atisbo de una nueva idea.
-¡Debería usted tener más vanidad! -El doctor Hugh hablaba como si supiera cuál era la dosis exacta requerida para hacer normal a un literato.
-No, no; sólo debería tener más tiempo. Quiero otra oportunidad.
-¿Otra oportunidad?
-Quiero una prórroga.
-¿Una prórroga? -El doctor Hugh repetía otra vez las palabras de Dencombe, que, por lo visto, lo habían impresionado.
-¿No comprende? Quiero más de eso que se llama vida'.
El joven, en son de despedida, había tomado la mano del paciente, la cual aferró la suya propia con cierta fuerza. Se miraron intensamente un momento.
-Usted tiene ganas de vivir -dijo el doctor Hugh.
-No sea frívolo. ¡Esto es demasiado serio!
-¡Usted vivirá! -afirmó el visitante de Dencombe, tornándose pálido.
-¡Ah, así está mejor! -Y mientras el doctor se retiraba, el enfermo se recostó agradecido, con acuitada risa.
Todo aquel día y la noche inmediata se preguntó si no se podría conseguir eso. Volvió su médico habitual, su criado estuvo muy atento, pero fue a su joven confidente y amigo a quien se encontró solicitando mentalmente. Su desmayo en el acantilado estaba plausiblemente explicado, y se prometía su restablecimiento para el futuro, a condición de una prudencia más rigurosa; mientras tanto, empero, la fijeza de sus meditaciones lo mantenía inmóvil y lo tornaba indolente. La idea que lo trabajaba no era menos absorbente por tratarse de una mera fantasía enfermiza. Ahí estaba un inteligente hijo de la época, ingenioso y apasionado, que daba la casualidad de haberlo considerado digno de la veneración de los buenos degustadores. Este servidor de su altar estaba investido de toda la nueva sabiduría de la ciencia y de toda la vieja reverencia de la fe; por consiguiente, ¿no podría poner su conocimiento al servicio de su empatía y su habilidad al servicio de su cariño? ¿No se podía confiar en que él inventaría un remedio para un pobre artista a cuyo arte había rendido homenaje? Si no se podía, la alternativa era penosa: Dencombe habría de capitular ante el silencio, sin ser ni vindicado ni intuido. El resto del día y todo el día siguiente jugueteó en secreto con esa dulce y fútil preocupación. ¿Quién obraría para él el milagro sino el joven que podía combinar tanta lucidez con tanta pasión? Pensó en los cuentos de hadas científicos y se embelesó hasta olvidar que buscaba una magia que no era de este mundo. El doctor Hugh era una aparición sobrenatural, y eso mismo significaba que estaba por encima de las leyes naturales. Este iba y venía mientras su paciente, incorporado en la cama, lo seguía con ojos anhelantes. El interés de haber conocido al gran autor había hecho que el joven hubiese vuelto a empezar La edad madura, pues aquel hecho lo ayudaría a encontrar mayor riqueza de sentido en sus páginas. Dencombe le había desvelado qué era lo que había “intentado”; el doctor Hugh, pese a toda su inteligencia, había sido incapaz de percatarse de ello en una primera lectura. La desconcertada celebridad se preguntó entonces quién en el mundo sería capaz de percatarse; por enésima vez le hizo gracia el modo cabal y craso en que podía malentenderse una “intención”. Sin embargo, no estuvo dispuesto a ponerse a vilipendiar indiscriminadamente la mentalidad común, por consolador que ello hubiera sido en el pasado: la revelación que había tenido de su propia torpeza semejaba convertir toda estupidez en algo sagrado.
Algún tiempo después, el doctor Hugh se mostró visiblemente agitado, terminando por confesar, ante las preguntas, un motivo de preocupaciones en su vida “doméstica”.
-Siga unido a la condesa, no se preocupe por mí -dijo Dencombe, repetidamente; pues su acompañante fue suficientemente explícito sobre la actitud de la voluminosa señora. Era tan celosa que había caído enferma: la ofendía tamaño quebrantamiento de la fidelidad debida. Pagaba tanto por la lealtad de él que había de tenerla entera: le negaba el derecho a mostrar otras simpatías, lo acusaba de maquinar para dejarla morir sola, pues innecesario era comentar para cuán poco servía ante una emergencia la señorita Vernham. Al manifestar el doctor Hugh que la condesa ya se habría marchado de Bournemouth si él no la hubiese hecho quedarse en cama, el pobre Dencombe le apretó el brazo más fuerte y dijo con determinación-: Llévesela sin pérdida de tiempo.
Habían salido juntos hasta el abrigado rincón donde, tan recientemente, se habían conocido. El joven, que había dado apoyo con su propia persona a su acompañante, declaró con énfasis que sentía limpia su conciencia: podía montar dos caballos a la vez. ¿Acaso no soñaba, para su porvenir, con una época en que tendría que montar a la vez quinientos? Con parejo anhelo de virtud, Dencombe contestó que en esa edad dorada ningún paciente pagaría para contratarle su exclusiva atención. Por parte de la condesa, ¿no era lícito su absolutismo? El doctor Hugh lo negó, diciendo que no había habido ningún contrato, sino únicamente un acuerdo amistoso, y que para un espíritu libre era imposible un servilismo sórdido; por si fuera poco, le gustaba hablar de arte, y ése fue el tema en que entonces, sentados los dos juntos en el banco soleado, trató primordialmente de involucrar al autor de La edad madura. Dencombe, volviendo a elevarse un poco con las débiles alas que le prestaba la convalecencia y obsesionado todavía por esa esperanzadora idea de un salvamento organizado, encontró un nuevo filón de elocuencia en defender la causa de una cierta y esplendorosa “manera final”: la ciudadela misma, como se demostraría, de su reputación, la fortaleza en que iba a congregarse su verdadero tesoro. Mientras su oyente le concedía toda la mañana y el gran mar tranquilo semejaba detenerse a escuchar, él tuvo un maravilloso rato de explicación. Incluso a su propio juicio estuvo él inspirado al describir en qué consistiría su tesoro: los metales preciosos que excavaría de la mina, las raras joyas, los collares de perlas que colgaría de las columnas de su templo. Estuvo prodigioso a su propio ver, por la densidad con que se agolparon sus convicciones; pero más prodigioso estuvo al ver del doctor Hugh, quien le aseveró, no obstante, que las mismísimas páginas que había publicado recientemente estaban ya incrustadas de gemas. No por ello dejó de anhelar el joven las combinaciones venideras, y, poniendo por testigo al hermoso día, le renovó a Dencombe el compromiso de que su profesión se haría responsable de otorgarle tal vida. Entonces, de pronto, se llevó velozmente la mano al bolsillo del reloj y solicitó venia para ausentarse media hora. Dencombe esperó allí a que regresara, mas por último lo hizo volver a la realidad la aparición de una sombra humana en el suelo. La sombra resultó ser la de la señorita Vernham, la damisela de compañía de la condesa; al reconocerla, Dencombe se dio tan clara cuenta de que venía a hablar con él, que se levantó del banco y permaneció así para agradecerle semejante cortesía. Lo cierto es que la señorita Vernham no se mostró especialmente cortés: parecía extrañamente atribulada y ahora su carácter era inequívoco.
-Perdone que le pregunte -dijo- si será demasiado esperar que sea posible persuadirlo para que deje tranquilo al doctor Hugh. -Y luego, antes de que Dencombe, hondamente turbado, pudiera protestar, agregó-: Debe usted saber que está estorbándolo, que puede ocasionarle un perjuicio terrible.
-¿Quiere decir dando motivo para que la condesa prescinda de sus servicios?
-Haciéndola desheredarlo. -Ante esto, Dencombe quedó pasmado, y la señorita Vernham prosiguió, gustosa de comprobar que era capaz de producir toda una impresión-: Ha dependido de él obtener algo muy conveniente. Ha tenido unas perspectivas magníficas, pero creo que usted ha logrado echarlas a perder.
-No a sabiendas, se lo aseguro. ¿No hay esperanzas de que se pueda enmendar el desaguisado? -preguntó Dencombe.
-Ella estaba dispuesta a hacer cualquier cosa por él. Le entran prontos, se deja ir; es su forma de ser. No tiene parientes, es libre de disponer a su gusto de su dinero, y está muy enferma.
-Lamento muchísimo saberlo -balbució Dencombe.
-¿No le sería posible a usted marcharse de Bournemouth? Es eso lo que he venido a pedirle.
El pobre Dencombe se dejó caer en el banco:
-Yo también estoy muy enfermo, ¡pero lo intentaré!
La señorita Vernham siguió allí inmóvil con sus descoloridos ojos y la brutalidad de su buena conciencia.
-¡Antes de que sea demasiado tarde, se lo ruego! -dijo; y tras esto le volvió la espalda para desaparecer de su vista, deprisa, como si hubiera sido un asunto al que no hubiese podido consagrar más que un minuto de su precioso tiempo.
Ah, claro, después de aquello, Dencombe se sintió muy enfermo, naturalmente. La señorita Vernham lo había trastornado con sus vehementes noticias feroces: para él había sido un choque por demás duro descubrir lo que estaba en juego para un joven sin dinero y de excelentes cualidades. Se quedó temblando en su banco, mirando fijamente la inmensa extensión del agua, sintiéndose deshecho por aquel golpe directo. De cierto que estaba demasiado débil, demasiado vacilante, demasiado asustado; pero haría el esfuerzo de marcharse, pues no estaba dispuesto a cargar con la culpabilidad de interferir, y realmente estaba en entredicho su honor. Se volvería tambaleante a su alojamiento, en cualquier caso, y entonces pensaría qué hacer. Volvió al hotel y, por el camino, tuvo una vislumbre caracterizadora del motivo fundamental del comportamiento de la señorita Vernham. La condesa odiaba a las mujeres, por supuesto, Dencombe lo veía clarísimo; así que la desposeída pianista carecía de esperanzas personales y sólo podía consolarse con el audaz plan de ayudar al doctor Hugh, ora fuera para casarse con él después de que él obtuviese el dinero, ora para inducirlo a reconocer el derecho de ella a una recompensa, que él pagaría para quitársela de encima. Si ella se había portado con él como amiga en una crisis fecunda, él verdaderamente se sentiría obligado a no olvidarse de ella, como hombre de delicadeza, y ella sabía qué esperar sobre esa base.
En el hotel, el criado de Dencombe se empeñó en que su señor volviera a la cama. El enfermo había hablado de coger un tren y había empezado a impartir órdenes para hacer las maletas; tras lo cual sus alterados nervios sucumbieron a una sensación de desfallecimiento. ConSintió en ver a su médico, al cual se mandó inmediatamente a buscar, mas deseó que se entendiera bien que su puerta estaba irrevocablemente cerrada para el doctor Hugh. Se había forjado un plan, que era tan espléndido que se regocijó con él después de volverse a la cama. El doctor Hugh, encontrándose desdeñado repentina e inmisericordemente, renovaría su vasallaje a la condesa por natural disgusto y para alegría de la señorita Vernham. Cuando llegó su médico, Dencombe se enteró de que tenía fiebre y de que eso era preocupante: había de cultivar la calma y procurar no pensar, si le era posible. Durante el resto del día trató de conseguir la estupidez; pero hubo una aflicción que lo mantuvo lúcido: la del probable sacrificio de su “prórroga', el punto final de su trayectoria. Su consejero médico estaba cualquier cosa menos contento: las sucesivas recaídas eran un mal augurio. Lo exhortó a obrar con mano dura y quitarse de la cabeza al doctor Hugh: ello contribuiría sumamente a su tranquilidad. Ese intranquilizador nombre no volvió a ser pronunciado en su cuarto, pero su tranquilidad era tan sólo temor reprimido, y quedó puesta en peligro por un telegrama, recibido a las diez de esa noche, que su criado abrió y le leyó y que llevaba la firma de la señorita Vernham junto a una dirección de Londres. “Imploro use toda influencia para hacer nuestro amigo reunirse con nosotras mañana por la mañana. Condesa muchísimo peor por terrible viaje, pero todo puede salvarse aún.” Las dos mujeres habían hecho de tripas corazón y aquella tarde habían sido capaces de una rencorosa revuelta. Se habían dirigido a la capital, y aunque la de más edad, como comunicaba la señorita Vernham, estaba muy enferma, deseaba dejar claro que era no menos inexorable. El pobre Dencombe, que no era inexorable y, sinceramente, sólo quería que todo “se salvara”, envió ese mensaje directamente al alojamiento del joven, y a la mañana siguiente tuvo la alegría de saber que éste se había ido de Bournemouth en un tren temprano.
Dos días después, el doctor Hugh entró arrolladoramente en la habitación con un ejemplar de una revista literaria en la mano. Había vuelto porque lo trabajaba un gran afán de tener noticias suyas y por el placer de mostrarle la grandiosa recensión de La edad madura. Ahí por fin había algo apropiado, a la altura de la ocasión: era una aclamación, una reparación, un deseo por parte de la crítica de poner al autor en la hornacina que limpiamente se había ganado. Dencombe lo aceptó y se sometió: no hizo objeciones ni preguntas, pues habían retornado viejos achaques y había pasado dos días atroces. Estaba convencido no sólo de que ya nunca volvería a levantarse de la cama, de modo que era perdonable dejar entrar a su joven amigo, sino también de que sería muy poco lo que requeriría de la paciencia de quienes lo atendían. El doctor Hugh había estado en Londres, y en sus ojos trató Dencombe de encontrar alguna señal de que la condesa se había apaciguado y de que el heredamiento estaba a buen recaudo; mas lo único que en los mismos pudo ver fue la luz de su juvenil alegría por dos o tres frases de la revista. Dencombe no se hallaba en condiciones de leerlas, pero cuando su visitante se empecinó en repetírselas más de una vez, fue capaz de hacer un gesto negativo con la cabeza sin dejarse embriagar:
-¡Ah, no son ciertas, pero lo habrían sido referidas a lo que pude hacer!
-Lo que alguien “pudo hacer” es primordialmente lo que en realidad hizo -objetó el doctor Hugh.
-Primordialmente sí, ¡pero yo he sido todo un idiota! -dijo Dencombe.
El doctor Hugh se quedó; se aproximaba raudamente el desenlace. Dos días después, Dencombe le comentó, a título del más endeble de los chistes, que ya no habría segunda oportunidad que valiese. Ante esto el joven lo miró con fijeza; seguidamente exclamó:
-¡Pero sí la ha habido, sí la ha habido! ¡La segunda oportunidad ha sido para el público, la oportunidad de encontrar un modo de abordarlo a usted, de encontrar la perla!
-¡Ah la perla! -suspiró desasosegado el pobre Dencombe. Una sonrisa tan fría como un atardecer invernal se insinuó en sus contraídos labios al añadir-: ¡La perla es lo que quedó sin escribir, la perla es lo que no tiene impurezas, lo ausente, lo perdido!
Desde ese momento estuvo cada vez menos lúcido, a ojos vistas inconsciente de lo que acaecía a su alrededor. Su enfermedad era decididamente letal, de unos efectos tan implacables, tras la breve tregua que le había permitido confraternizar con el doctor Hugh, como una vía de agua en un gran buque. Hundiéndose constantemente, aunque su visitante, hombre de extraños recursos, ahora cordialmente aprobados por su médico, mostraba infinita pericia en defenderlo del dolor, el pobre Dencombe no se percataba de atenciones ni de descuidos, ni traslucía síntomas de sufrimiento o de agradecimiento. Pero hacia el final sí dio una señal de haberse percatado de que había habido dos días en que el doctor Hugh no había aparecido por su cuarto, señal que consistió en abrir de improviso los ojos para preguntarle si había pasado ese paréntesis con la condesa.
-La condesa ha muerto -dijo el doctor Hugh-. Yo ya sabía que en unas circunstancias dadas no resistiría. He ido para visitar su tumba.
Los ojos de Dencombe se abrieron más:
-¿Le ha dejado a usted “algo muy conveniente”?
Al joven se le escapó una risa casi demasiado frívola para hallarse en una habitación de agonía.
-Ni un penique. Me maldijo en redondo.
-¿Lo maldijo? -musitó Dencombe.
-Por abandonarla. La abandoné por usted. Tuve que elegir -explicó su acompañante.
-¿Eligió usted dejar escapar una fortuna?
-Elegí aceptar las consecuencias de mi entusiasmo, cualesquiera que fueren -sonrió el doctor Hugh. Luego, como una ocurrencia todavía más jocosa, agregó-: ¡Al diablo la fortuna! Es culpa de usted si no puedo olvidarme de sus obras.
El tributo inmediato a su humorada fue un largo gemido azorado; tras del cual, durante muchas horas y muchos días, Dencombe quedó postrado, sin movimiento y como ausente. Una respuesta tan radical, semejante vislumbre de un resultado definitivo y semejante sensación de reconocimiento actuaron conjuntamente en su ánimo y, desencadenando una extraña conmoción, alteraron y transfiguraron su desesperación lentamente. Lo abandonó la sensación de fría sumersión, pareció flotar sin esfuerzo. Este incidente fue extraordinario como aviso, y arrojó una luz más intensa. En su postrer momento, él le hizo una seña al doctor Hugh para que lo escuchara, y, cuando éste estuvo arrodillado junto a su almohada, lo hizo acercarse mucho.
-Usted me ha convencido de que es todo una vana ilusión.
-No su gloria, mi querido amigo -balbució el joven.
-No mi gloria... ¡lo que haya de ella! La verdadera gloria consiste en ... en haber sido puesto a prueba, haber tenido una pequeña calidad y haber ejercido un pequeño hechizo. Lo importante es haber conseguido que alguien se sintiera interesado. Ocurre que usted está loco, pero ello no afecta esta verdad.
-¡Usted es un gran triunfo! -dijo el doctor Hugh, imprimiéndole a su joven voz toda la vibración de unas campanas de boda.
Dencombe se quedó asimilándolo; luego hizo acopio de fuerzas para hablar otra vez:
-Una segunda oportunidad: ésa es la vana ilusión. Jamás ha habido más que una. Trabajamos a ciegas; hacemos lo que podemos; damos lo que tenemos. Nuestra duda es nuestra pasión y nuestra pasión es nuestra misión. Todo lo demás no es sino la demencia del arte.
-Aunque haya usted dudado, aunque haya desesperado, siempre ha “logrado” -alegó finamente su visitante.
-He logrado alguna que otra cosilla -concedió Dencombe.
-Alguna que otra cosilla lo es todo. Es lo factible. ¡Es usted!
-¡Cuán conmovedor! -suspiró irónicamente el pobre Dencombe.
-Pero es la pura verdad -insistió su amigo.
-Es la pura verdad. La frustración es lo que no cuenta.
-La frustración es tan sólo un hecho de la vida -dijo el doctor Hugh.
-Sí, es lo que desaparece. -Al pobre Dencombe apenas si se lo oyó, pero con sus palabras había sellado el final definitivo de su primera y única oportunidad.
Fin
Suscribirse a:
Entradas (Atom)


