5 de septiembre de 2012
Curva peligrosa / Estanislao Zaborowski
Hace cinco años, escribí un pequeño relato no me acuerdo a motivo de que. Cuestión, que lo modifiqué levemente, sin cambiar su sentido, por simple evolución.
Se los dejo a continuación y debajo del mismo el link al cuento original.
Saludos!
Curva peligrosa
Estanislao Zaborowski
Estaba aturdido, mareado, perdido. Estaba confundido, atrapado, rendido. Todo era gris. O negro. No podía distinguirlo bien. Me ardían los ojos. Sin embargo, no los cerraba. Intenté mover el brazo. No pude. Ahora una pierna. No pude. Solo podía pensar. Pero no con claridad. Me sentía envuelto en una realidad difusa y uno no está seguro si está despierto o dormido. No podía asegurar nada de lo que pasaba en mi interior, porque no sé si realmente estaba sucediendo. Intenté buscar evidencia externa. Algo que me indicara si estaba allí. Agudicé mis sentidos. Traté de escuchar algún sonido que me diera alguna pista. En el silencio o emanando de él, percibí un arrastre lejano. Era constante. Inalterable. Era agua. Fluía agua . Sonaba a rio. Agudicé el oído. Por el ruido del caudal me pareció que era un arroyo. Ya tenía un dato. Ahora, intenté prestarle atención a la información que le enviaba el olfato al cerebro. Me di cuenta que percibía diferentes olores. Eran profundos, intensos, conocidos. Algo se quemaba. Chamuscado, pensé. También olía a nafta. Me concentré asegurándome que no adivinaba ningún otro olor. Descarté los sentidos del gusto y del tacto porque nada me aportaban. Solo la visión, el olfato y el oído me daban información. Necesitaba procesarla, unirla y sacar conclusiones. En ese momento, escuché una voz. Lejana pero acercándose. La voz me decía que no me moviera. Ridícula. Voz ridícula, pensé. ¿A donde quería que me vaya si no podía moverme?
Traté de serenarme. Me reproché la elección de viajar al sur en ruta. Otra estupidez fue hacer todo el recorrido sin descansar; a estirar las piernas, a distenderme. El apuro por llegar a ver su tierna sonrisa me hizo cometer este error. Y si algo sabía era cometer errores. Los tenía clasificados por color. Pero el casillero negro aún no estaba cruzado.
La voz en la oscuridad me hizo recordar los años que estuve preso. Esas destempladas noches cuando mi vecino de celda desvariaba en pasados. Tres años de sombra. Un largo período separado de mi hija por un delito que no cometí. Me alivió pensar que cuando saliera de este nudo, podría continuar el viaje para reencontrarme con ella. Eso me reconfortó. Sus ojos azules me dictarían su amor incondicional a pesar del tiempo transcurrido. Imaginé a mi pequeña Sofía corriendo a mi encuentro. Atolondrada, desesperada por verme. ¿Cómo le sentarán sus cinco añitos? Dulces, pensé. Con su ternura a flor de piel. No pude evitar que mis ojos se llenaran de lágrimas. Otra vez la voz. Ahora me decía que había tenido un accidente y que la ayuda venía en camino. Intuí que se trataba de una mujer. Por el tono me imaginé una mujer corpulenta de hombros grandes, espalda ancha. Masculina. Quizás una mujer policía.
Mis pensamientos se interrumpieron nuevamente cuando me asaltó un olor penetrante. Tranquilo, pensé. Están en camino. Pronto saldrás de aquí y continuarás el viaje. Sofía te espera. Su sonrisa y aire inquieto te esperan. Escuché sirenas. En un par de horas toda esta pesadilla será historia. Este pesado sueño terminará. Las sirenas se callaron. Escuché voces y corridas. Alguien se acercaba. Por los gritos que provenían de diferentes ángulos pude adivinar que estaban corriendo varias personas hacia mí. Sonreí y finalmente cerré los ojos pensando en la calidez del abrazo de mi hija. Ya podía sentir su roce. Me aferré a ese pensamiento, incluso cuando el mundo me ensordeció. Y lo último que hice fue cruzar un casillero negro.
Fin
El cuento original: Curva peligrosa - Sept´06
31 de agosto de 2012
La página en blanco / Isak Dinesen
La página en blanco
Isak Dinensen
Cerca de las puertas de la antigua ciudad solía sentarse una anciana de piel color de café, cubierta con un velo negro, que se ganaba el pan contando historias.
Decía la mujer:
- ¿Queréis un cuento, señora gentil, caballero? He contado muchas, muchas historias, mil y una más, desde los tiempos en que dejaba que los muchachos me contasen a mí el cuento de la rosa roja, los dos suaves capullos de azucena y las cuatro serpientes sedosas, cimbreantes y mortalmente enlazadas. Fue la madre de mi madre, la bailarina de los ojos negros a quien tantos poseyeron, la que hacia el fin de su vida, arrugada como una manzana de invierno y escondida detrás del piadoso velo, me enseñó el arte de relatar historias. La madre de su madre se lo había enseñado a ella, y ambas eran mejores narradoras que yo. Pero esto ahora no tiene importancia, porque, para las gentes, ellas y yo somos la misma y me tratan con gran respeto, puesto que vengo contando historias desde hace doscientos años.
Después, si se le ha pagado bien y está de buen humor proseguirá:
-“La de mi abuela –decía- fue una escuela bien dura.
- Sé fiel a la historia –me decía la vieja bruja-. Sé eterna e inquebrantablemente fiel a la historia.
-¿Por qué abuela?- preguntaba yo.
-¿He de decirte las razones, desvergonzada? –gritaba ella-. ¿Y tú quieres ser narradora? ¿Tú vas a ser narradora y yo he de darte razones? Pues bien, escucha: cuando el narrador es fiel, eterna e inquebrantablemente fiel a la historia, al final es el silencio quien habla. Cuando la historia ha sido traicionada, el silencio no es más que vacío. Pero nosotros, los fieles, cuando hemos dicho nuestra última palabra oímos la voz del silencio. Lo entienda o no una mocosa impertinente.
“¿Quién es –prosigue la mujer- el que relata un cuento mejor que todas nosotras? El silencio. ¿Y dónde se lee una historia más profunda que en la página mejor impresa del libro más valioso? En la página en blanco. Cuando la pluma más finamente cortada, en su momento de mayor inspiración, ha escrito su cuento con la más preciada tinta, ¿dónde podrá leerse un cuento aún más profundo, dulce, alegre y cruel?: en la página en blanco”.
La vieja arpía calla un momento, suelta una risita y mastica algo en su desdentada boca.
-Nosotras –dice finalmente-, las viejas que contamos historias, sabemos la historia de la página en blanco. Pero no nos gusta contarla, porque entre los no iniciados podría mermar algo nuestra fama. Aún así, voy a hacer una excepción con vosotros, dama hermosa y gentil y caballero de generoso corazón. A vosotros os la contaré.
“En las altas y azules montañas de Portugal existe un viejo convento de monjas de la Orden Carmelitana, que es una orden ilustre y austera. En tiempos pasados el convento fue rico, las monjas eran todas nobles señoras y se producían incluso milagros. Pero con el correr de los siglos las damas de alto linaje fueron perdiendo la afición al ayuno y la plegaria, las grandes dotes dejaron de fluir a las arcas del convento y hoy apenas quedan unas pocas hermanas humildes y pobres que viven en una sola ala del vasto y decaído edificio, que parece que quiera fundirse con al roca gris que lo rodea. Y sin embargo, la comunidad es aún viva y alegre. Sus devociones son fuente de gozo inextinguible, y las hermanitas se dedican alegremente a la tarea que hace muchos, muchos años, deparó al convento un único y singular privilegio: cultivar el mejor lino de Portugal, con el que fabrican la tela más fina del país.
“El vasto campo frente al convento se ara con bueyes blancos como la leche, de manso mirar, y la semilla es sembrada hábilmente por virginales manos endurecidas en la labor, con las uñas llenas de tierra. En la estación en que florece el lino, el valle entero adquiere un color azul de aire, el mismo color del delantal que llevaba puesto la Sagrada Virgen para ir a coger huevos al gallinero de Santa Ana cuando el Arcángel San Gabriel, con su aleteo poderoso, descendió hasta el umbral de la casa y en lo alto, muy alto, una paloma, con las plumas del collar enhiestas y las alas vibrando, se recortaba en le cielo como una pequeña estrella plateada. Durante este mes los aldeanos de muchas millas a la redonda alzan los ojos hacia el campo de lino y se preguntan: “¿Ha subido el convento al cielo? ¿O han logrado las hermanitas que el cielo baje hasta ellas?”
“Cuando llega la estación, el lino se recolecta, se agrama y se rastrilla; después la fibra delicada se hila, el hilo se teje y, por último, la tela se extiende sobre la hierba para que se blanquee, y se lava una y otra vez hasta que haya nevado en torno a los muros del convento. Toda esta labor se lleva a cabo piadosamente y con precisión, y con ciertas aspersiones y letanías que son un secreto del convento. A ello se debe que el lino, que se carga a lomos de pequeños asnos grises y pasada la puerta del convento, desciende y desciende hasta llegar a la ciudad, sea blanco como una flor, liso y suave como era mi pie cuando, a los catorce años, lo lavaba en el arroyo para ir al baile de la aldea.
La diligencia, queridos señores, es buena cosa, y la religión también, pero el germen último de la historia procede de algún lugar místico ajeno a la historia misma. Así, la virtud del lino del Convento Velho le viene del hecho de que la primera semilla fue traída por un cruzado de la propia Tierra Santa.
“En la Biblia, las gentes que saben leer pueden aprender cosas sobre las tierras de Lachis y Maresa, donde crece el lino. Yo no sé leer, y nunca e visto este libro del que tanto se habla. Pero la abuela de mi abuela, cuando era niña, fue la favorita de un viejo rabino, y sus enseñanzas se han guardado en la familia y se han transmitido de generación en generación. Así, en el libro de Josué podéis leer que Axa, hija de Caleb, se apeó del asno y gritó a su padre: “¡Dame bendición!¡Pues que me has dado tierra de secadal, dame también fuentes de agua!” Y él le dio entonces las fuentes de arriba y las de abajo. Y en los campos de Lachis y Maresa vivieron, más tarde, las familias que tejían el lino más fino de todos. Nuestro cruzado portugués, que descendía de una familia de grandes tejedores de lino de Tomar, cabalgando por esos mismos campos quedó impresionado por la finura de las plantas de lino, y se ató un saco de semillas al pomo de su silla de montar.
“Así se originó el primer privilegio del convento, que era el de suministrar las sábanas de matrimonio para las jóvenes princesas de la Casa Real.
“He de deciros, querido señores, que en el país de Portugal las viejas y nobles familias observan una costumbre venerable. A la mañana siguiente a los esponsales de una hija de la casa, y antes de que se entreguen los regalos de boda, el chambelán o el gran senescal cuelgan de un balcón del palacio la sábana de la noche de bodas y proclaman solemnemente: “Virginem eam tenemos”. “Declaro que era virgen”. Esta sábana no se lava ni se utiliza nunca más.
“Nadie observaba esta costumbre venerable más estrictamente que la Casa Real, en la que ha persistido casi hasta nuestros días.
“Desde hace muchos siglos también, y como señal de gratitud por la excelente calidad de su lino, el convento de los montes ha gozado de un segundo privilegio: el de recibir de vuelta el fragmento central de la sábana blanca como la nieve, que lleva el testimonio del honor de la desposada real.
“En el ala principal del convento, desde la que se divisa un inmenso panorama de colinas y valles, hay una extensa galería de suelo de mármol blanco y negro. De los muros de la galería cuelga una larga hilera de pesados marcos dorados, rematados cada uno de ellos por una cartela de oro puro en las que figura inscrito el nombre de una princesa: Donna Christina, Donna Ines, Donna Jacinta Leonora, Donna María. Y cada uno de estos marcos encierra un retal cuadrado de una sábana real de boda.
“En las manchas borrosas de las telas una persona de cierta imaginación y sensibilidad podría reconocer todos los signos del Zodíaco: la Balanza, el Escorpión, el León, los Gemelo. O discernir imágenes de su propio mundo de ideas: una rosa, un corazón, una espada, o acaso un corazón atravesado por una espada.
“En los viejos tiempos podía verse en ocasiones una larga majestuosa y colorida procesión que avanzaba por el paisaje de rocas grises en dirección al convento. Princesas de Portugal que ahora eran reinas, o reinas madres de otros países, archiduquesas o grandes electoras con sus espléndidos séquitos, llevaban a cabo un peregrinaje de naturaleza a la vez sagrada y secretamente jubilosa. Pasado el campo de lino la ruta se hace empinada; la dama real tenía que bajar de su carroza para recorrer la última parte del camino en un palanquín regalado al convento precisamente con esta finalidad.
“Después, y aún en nuestros días, ocurre a veces, como puede ocurrir cuando se quema una hoja de papel, que después que todas las chispas han corrido por el borde del papel para ir a morir a un extremo surge una última chispa, pequeña y reluciente, que va corriendo detrás de las otras, que una solterona muy anciana, de alto linaje, emprenda la ruta hacia Convento Velho. Hace muchos años fue la compañera de juegos, amiga y doncella de honor de una joven princesa de Portugal. En el camino al convento, va contemplando el panorama que se extiende a sus pies. Llegada al edificio, una monja la conduce hasta la galería, frente al marco que lleva el nombre de la princesa a la que sirvió un día, y se despide de ella, comprendiendo que quiere quedarse sola.
“Lenta, muy lentamente, una procesión de recuerdos desfila por la pequeña, venerable y cadavérica cabeza bajo la mantilla de negro encaje, que se inclina en señal de reconocimiento. La leal amiga y confidente recuerda la vida de casada de la joven princesa con el consorte real elegido. Revive los momentos alegres y los tristes coronaciones y jubileos, intrigas cortesanas y guerra, el nacimiento del heredero del trono, los matrimonios de los príncipes y princesas de las nuevas generaciones, el orto y el ocaso de las dinastías. La vieja dama recuerda las profecías que se hicieron con las manchas de la sábana: ahora puede comparar la realidad con la profecía, con una leve sonrisa y un ligero suspiro. Cada pedazo de tela con el nombre inscrito en el marco que lo encierra tiene una historia que contar, y todos han sido puestos allí por fidelidad a la historia.
“Pero en medio de la larga hilera hay una tela que no es igual que las otras. Su marco es tan hermoso y pesado como las demás y ostenta con el mismo orgullo la placa dorada con la corona real. Pero en la cartela no hay ningún nombre inscrito, y la sábana enmarcada es de lino blanco como la nieve de una esquina a la otra: una página en blanco.
“¡Os ruego, buenas gentes que venís a escuchar historias! ¡Mirad esta página, y reconoced la sabiduría de mi abuela y de todas las mujeres que narran historias!
“Porque, ¡qué lealtad eterna e inquebrantable ha hecho colgar este pedazo de tela junto a los otros! Ante él, las narradoras de cuentos hemos de cubrirnos con el velo y guardar silencio. Porque si el padre y la madre reales que un día ordenaron que se enmarcase y colgase ese retal no hubieran conservado en su sangre una tradición de lealtad, quizá no habrían dado la orden.
“Es frente a este pedazo de puro lino blanco donde las viejas princesas de Portugal, reinas, viudas y madres con experiencia de la vida, con sentido del deber y con una larga historia de sufrimiento, y sus viejas y nobles compañeras de juegos, doncellas y damas de honor, permanecen de pie más tiempo.
“Y es frente a la página en blanco donde las monjas jóvenes y viejas, y la propia madre abadesa, quedan sumida en la más profunda de las reflexiones.”
Fin
27 de agosto de 2012
Felicidad Clandestina / Clarice Lispector
Felicidad clandestina
Clarice Lispector
Ella era gorda, baja, pecosa y de pelo excesivamente crespo, medio pelirrojo. Tenía un busto enorme, mientras que todas nosotras todavía éramos planas. Como si no fuese suficiente, por encima del pecho se llenaba de caramelos los dos bolsillos de la blusa. Pero poseía lo que a cualquier niña devoradora de historias le habría gustado tener: un papá dueño de una librería.
No lo aprovechaba mucho. Y nosotras todavía menos: incluso para los cumpleaños, en vez de un librito barato por lo menos, nos entregaba una postal de la tienda del papá. Para colmo, siempre era algún paisaje de Recife, la ciudad donde vivíamos, con sus puentes más que vistos. Detrás escribía con letra elaboradísima palabras como “fecha natalicia” y “recuerdos”.
Pero qué talento tenía para la crueldad. Mientras haciendo barullo chupaba caramelos, toda ella era pura venganza. Cómo nos debía odiar esa niña a nosotras, que éramos imperdonablemente monas, delgadas, altas, de cabello libre. Conmigo ejercitó su sadismo con una serena ferocidad. En mi ansiedad por leer, yo no me daba cuenta de las humillaciones que me imponía: seguía pidiéndole prestados los libros que a ella no le interesaban.
Hasta que le llegó el día magno de empezar a inflingirme una tortura china. Como por casualidad, me informó de que tenía El reinado de Naricita, de Monteiro Lobato.
Era un libro grueso, válgame Dios, era un libro para quedarse a vivir con él, para comer, para dormir con él. Y totalmente por encima de mis posibilidades. Me dijo que si al día siguiente pasaba por la casa de ella me lo prestaría.
Hasta el día siguiente, de la alegría, yo estuve transformada en la misma esperanza: no vivía, nadaba lentamente en un mar suave, las olas me transportaban de un lado a otro.
Literalmente corriendo, al día siguiente fui a su casa. No vivía en un apartamento, como yo, sino en una casa. No me hizo pasar. Con la mirada fija en la mía, me dijo que le había prestado el libro a otra niña y que volviera a buscarlo al día siguiente. Boquiabierta, yo me fui despacio, pero al poco rato la esperanza había vuelto a apoderarse de mí por completo y ya caminaba por la calle a saltos, que era mi manera extraña de caminar por las calles de Recife. Esa vez no me caí: me guiaba la promesa del libro, llegaría el día siguiente, los siguientes serían después mi vida entera, me esperaba el amor por el mundo, anduve brincando por las calles y no me caí una sola vez.
Pero las cosas no fueron tan sencillas. El plan secreto de la hija del dueño de la librería era sereno y diabólico. Al día siguiente allí estaba yo en la puerta de su casa, con una sonrisa y el corazón palpitante. Todo para oír la tranquila respuesta: que el libro no se hallaba aun en su poder, que volviese al día siguiente. Apenas me imaginaba yo que más tarde, en el transcurso de la vida, el drama del “día siguiente” iba a repetirse para mi corazón palpitante otras veces como aquélla.
Y así seguimos. ¿Cuánto tiempo? No lo sé. Ella sabía que, mientras la hiel no se escurriese por completo de su cuerpo gordo, sería un tiempo indefinido. Yo había empezado a adivinar, es algo que adivino a veces, que me había elegido para que sufriera. Pero incluso sospechándolo, a veces lo acepto, como si el que me quiere hacer sufrir necesitara desesperadamente que yo sufra.
¿Cuánto tiempo? Yo iba a su casa todos los días, sin faltar ni uno. A veces ella decía: Pues el libro estuvo conmigo ayer por la tarde, pero como tú no has venido hasta esta mañana se lo presté a otra niña. Y yo, que no era propensa a las ojeras, sentía como las ojeras se ahondaban bajo mis ojos sorprendidos.
Hasta que un día, cuando yo estaba en la puerta de la casa de ella oyendo silenciosa, humildemente, su negativa, apareció la mamá. Debía de extrañarle la presencia muda y cotidiana de esa niña en la puerta de su casa. Nos pidió explicaciones a las dos. Hubo una confusión silenciosa, entrecortada de palabras poco aclaratorias. A la señora le resultaba cada vez más extraño el hecho de no entender. Hasta que, esa mamá buena, entendió al fin. Se volvió hacia la hija y con enorme sorpresa exclamó: ¡Pero si ese libro no ha salido nunca de casa y tú ni siquiera quisiste leerlo!
Y lo peor para esa mujer no era el descubrimiento de lo que pasaba. Debía de ser el horrorizado descubrimiento de la hija que tenía. Nos observaba en silencio: la potencia de perversidad de su hija desconocida, la niña rubia de pie ante la puerta, exhausta, al viento de las calles de Recife. Fue entonces cuando, recobrándose al fin, firme y serena le ordenó a su hija: Vas a prestar ahora mismo ese libro. Y a mí: “Y tú te quedas con el libro todo el tiempo que quieras”. ¿Entendido? Eso era más valioso que si me hubiesen regalado el libro: “el tiempo que quieras” es todo lo que una persona, grande o pequeña, puede tener la osadía de querer.
¿Cómo contar lo que siguió? Yo estaba atontada y fue así como recibí el libro en la mano. Creo que no dije nada. Tomé el libro. No, no partí brincando como siempre. Me fui caminando muy despacio. Sé que sostenía el grueso libro con las dos manos, apretándolo contra el pecho. Poco importa también cuánto tardé en llegar a casa. Tenía el pecho caliente, el corazón pensativo.
Al llegar a casa no empecé a leer. Simulaba que no lo tenía, únicamente para sentir después el sobresalto de tenerlo. Horas más tarde lo abrí, leí unas líneas maravillosas, volví a cerrarlo, me fui a pasear por la casa, lo postergué más aún yendo a comer pan con mantequilla, fingí no saber dónde había guardado el libro, lo encontraba, lo abría por unos instantes. Creaba los obstáculos más falsos para esa cosa clandestina que era la felicidad. Para mí la felicidad siempre habría de ser clandestina. Era como si ya lo presintiera. ¡Cuánto me demoré! Vivía en el aire... Había en mí orgullo y pudor. Yo era una reina delicada.
A veces me sentaba en la hamaca para balancearme con el libro abierto en el regazo, sin tocarlo, en un éxtasis purísimo.
Ya no era una niña más con un libro: era una mujer con su amante
Fin
Clarice Lispector
Ella era gorda, baja, pecosa y de pelo excesivamente crespo, medio pelirrojo. Tenía un busto enorme, mientras que todas nosotras todavía éramos planas. Como si no fuese suficiente, por encima del pecho se llenaba de caramelos los dos bolsillos de la blusa. Pero poseía lo que a cualquier niña devoradora de historias le habría gustado tener: un papá dueño de una librería.
No lo aprovechaba mucho. Y nosotras todavía menos: incluso para los cumpleaños, en vez de un librito barato por lo menos, nos entregaba una postal de la tienda del papá. Para colmo, siempre era algún paisaje de Recife, la ciudad donde vivíamos, con sus puentes más que vistos. Detrás escribía con letra elaboradísima palabras como “fecha natalicia” y “recuerdos”.
Pero qué talento tenía para la crueldad. Mientras haciendo barullo chupaba caramelos, toda ella era pura venganza. Cómo nos debía odiar esa niña a nosotras, que éramos imperdonablemente monas, delgadas, altas, de cabello libre. Conmigo ejercitó su sadismo con una serena ferocidad. En mi ansiedad por leer, yo no me daba cuenta de las humillaciones que me imponía: seguía pidiéndole prestados los libros que a ella no le interesaban.
Hasta que le llegó el día magno de empezar a inflingirme una tortura china. Como por casualidad, me informó de que tenía El reinado de Naricita, de Monteiro Lobato.
Era un libro grueso, válgame Dios, era un libro para quedarse a vivir con él, para comer, para dormir con él. Y totalmente por encima de mis posibilidades. Me dijo que si al día siguiente pasaba por la casa de ella me lo prestaría.
Hasta el día siguiente, de la alegría, yo estuve transformada en la misma esperanza: no vivía, nadaba lentamente en un mar suave, las olas me transportaban de un lado a otro.
Literalmente corriendo, al día siguiente fui a su casa. No vivía en un apartamento, como yo, sino en una casa. No me hizo pasar. Con la mirada fija en la mía, me dijo que le había prestado el libro a otra niña y que volviera a buscarlo al día siguiente. Boquiabierta, yo me fui despacio, pero al poco rato la esperanza había vuelto a apoderarse de mí por completo y ya caminaba por la calle a saltos, que era mi manera extraña de caminar por las calles de Recife. Esa vez no me caí: me guiaba la promesa del libro, llegaría el día siguiente, los siguientes serían después mi vida entera, me esperaba el amor por el mundo, anduve brincando por las calles y no me caí una sola vez.
Pero las cosas no fueron tan sencillas. El plan secreto de la hija del dueño de la librería era sereno y diabólico. Al día siguiente allí estaba yo en la puerta de su casa, con una sonrisa y el corazón palpitante. Todo para oír la tranquila respuesta: que el libro no se hallaba aun en su poder, que volviese al día siguiente. Apenas me imaginaba yo que más tarde, en el transcurso de la vida, el drama del “día siguiente” iba a repetirse para mi corazón palpitante otras veces como aquélla.
Y así seguimos. ¿Cuánto tiempo? No lo sé. Ella sabía que, mientras la hiel no se escurriese por completo de su cuerpo gordo, sería un tiempo indefinido. Yo había empezado a adivinar, es algo que adivino a veces, que me había elegido para que sufriera. Pero incluso sospechándolo, a veces lo acepto, como si el que me quiere hacer sufrir necesitara desesperadamente que yo sufra.
¿Cuánto tiempo? Yo iba a su casa todos los días, sin faltar ni uno. A veces ella decía: Pues el libro estuvo conmigo ayer por la tarde, pero como tú no has venido hasta esta mañana se lo presté a otra niña. Y yo, que no era propensa a las ojeras, sentía como las ojeras se ahondaban bajo mis ojos sorprendidos.
Hasta que un día, cuando yo estaba en la puerta de la casa de ella oyendo silenciosa, humildemente, su negativa, apareció la mamá. Debía de extrañarle la presencia muda y cotidiana de esa niña en la puerta de su casa. Nos pidió explicaciones a las dos. Hubo una confusión silenciosa, entrecortada de palabras poco aclaratorias. A la señora le resultaba cada vez más extraño el hecho de no entender. Hasta que, esa mamá buena, entendió al fin. Se volvió hacia la hija y con enorme sorpresa exclamó: ¡Pero si ese libro no ha salido nunca de casa y tú ni siquiera quisiste leerlo!
Y lo peor para esa mujer no era el descubrimiento de lo que pasaba. Debía de ser el horrorizado descubrimiento de la hija que tenía. Nos observaba en silencio: la potencia de perversidad de su hija desconocida, la niña rubia de pie ante la puerta, exhausta, al viento de las calles de Recife. Fue entonces cuando, recobrándose al fin, firme y serena le ordenó a su hija: Vas a prestar ahora mismo ese libro. Y a mí: “Y tú te quedas con el libro todo el tiempo que quieras”. ¿Entendido? Eso era más valioso que si me hubiesen regalado el libro: “el tiempo que quieras” es todo lo que una persona, grande o pequeña, puede tener la osadía de querer.
¿Cómo contar lo que siguió? Yo estaba atontada y fue así como recibí el libro en la mano. Creo que no dije nada. Tomé el libro. No, no partí brincando como siempre. Me fui caminando muy despacio. Sé que sostenía el grueso libro con las dos manos, apretándolo contra el pecho. Poco importa también cuánto tardé en llegar a casa. Tenía el pecho caliente, el corazón pensativo.
Al llegar a casa no empecé a leer. Simulaba que no lo tenía, únicamente para sentir después el sobresalto de tenerlo. Horas más tarde lo abrí, leí unas líneas maravillosas, volví a cerrarlo, me fui a pasear por la casa, lo postergué más aún yendo a comer pan con mantequilla, fingí no saber dónde había guardado el libro, lo encontraba, lo abría por unos instantes. Creaba los obstáculos más falsos para esa cosa clandestina que era la felicidad. Para mí la felicidad siempre habría de ser clandestina. Era como si ya lo presintiera. ¡Cuánto me demoré! Vivía en el aire... Había en mí orgullo y pudor. Yo era una reina delicada.
A veces me sentaba en la hamaca para balancearme con el libro abierto en el regazo, sin tocarlo, en un éxtasis purísimo.
Ya no era una niña más con un libro: era una mujer con su amante
Fin
13 de julio de 2012
"Pulso", el nuevo libro de Julian Barnes
El inglés Julian Barnes, conocido principalmente por su tarea como novelista, despliega en los relatos de Pulso un fresco de entreveros sentimentales, con toques de nostalgia.
Cuando la célebre -y a estas alturas clásica- revista Granta publicó en 1983 una edición especial dedicada a los mejores novelistas jóvenes británicos del momento, pocos podían esperar que el alcance de sus predicciones llegase tan lejos. Mitad causa y mitad consecuencia, en parte trepándose a la ola de un fenómeno en germinación y en parte multiplicándolo, el impacto de las antologías de Granta ha sido siempre el de una tormenta, pero pasajera; poco más que un estado de situación. Y aunque el buen ojo de sus editores en ese tipo de selecciones resulte a través del tiempo innegable -Tibor Fischer, Will Self, Robert McLiam Wilson, Zadie Smith, parte del reciente sub-40 hispanoamericano-, lo cierto es que aquel número emblemático marcó un punto de inflexión cuyas resonancias difícilmente puedan repetirse. Casi podría decirse que creó un movimiento: la Nueva Narrativa Inglesa. Ese corpus heterogéneo y en buen modo casual incluía nada menos que a Martin Amis, Salman Rushdie, Ian McEwan, Kazuo Ishiguro y, claro está, Julian Barnes (1946). Este último publicó un año más tarde la novela que, a sus treinta y ocho años, terminaría por consagrarlo (ganadora del premio Médicis en su amada Francia, entre otros): El loro de Flaubert . De allí en más, y a pesar de su falta de inventiva para los golpes de efecto en comparación con sus compañeros de viaje -las bravuconadas de Amis, el ímpetu desmoralizante de Mc Ewan, para no hablar de la fatalidad que inmortalizó en vida a Rushdie-, Barnes edificó sin descanso una obra poderosa y sutil a la vez, que lo convertiría en el mejor escritor de todos.
En rigor, y más allá de la escasa importancia que se le pueda dar a las etiquetas en sí, en el caso de Barnes quizá deba hacerse uso de aquella definición de casi tres décadas atrás y tildarlo efectivamente de novelista, porque es en ese terreno donde se encuentra más cómodo, donde mejor desarrolla su escritura. No se trata de preferir un género u otro, sino de una concepción de la literatura: escriba cuentos o novelas o lo que sea, para Barnes contar una historia significa enredarse en sus pliegues, redescubrir una y otra vez sus pequeños movimientos, buscar la precisión cuidándose de no apuntarle nunca al centro. El relato es, entonces, el arte de la digresión. Y cuando no, un trabajo de miniaturista, alejado de esa taquicardia muy de estos tiempos en que los escritores parecen tan preocupados porque sus lectores no se distraigan que a menudo no son capaces de ofrecerles más que una concatenación de verbos. Lo de Barnes es otra cosa: un trabajo de aproximación, en ocasiones más concentrado y en otras más expansivo, pero que siempre construye sentido en puntas de pie, como si fuera un susurro, una plegaria o un recuerdo.
El volumen de relatos que nos ocupa, Pulso , publicado en Inglaterra el año pasado (un año que para Barnes tiene un significado especial, dado que obtuvo el hasta ahora esquivo Booker Prize por su novela The Sense of an Ending , inédita aún en castellano), encuentra al autor en su mejor forma. La excepción resulta, notoriamente, esa suerte de saga en cuatro capítulos titulada En casa de Phil y Joanna , en la que Barnes demuestra entre otras cosas lo difícil que es escribir una secuencia creíble hecha casi exclusivamente de diálogos, y por otro lado que la ironía y la autocrítica -aquí en clave generacional- a veces no hacen más que poner en evidencia nuestras limitaciones, o mejor dicho: nos salvan de muy poco. Pero el resto del libro contiene una maravilla tras otra, y es admirable la manera en que Barnes hace su trabajo sin que se le note la transpiración, sin que sus trucos pierdan nobleza ni se vuelvan transparentes.
Tal vez a raíz de haber entrado ya en la edad madura, sin duda además influido por la todavía reciente muerte de su esposa (la agente literaria Pat Kavanagh, protagonista de la famosa pelea entre Barnes y Amis cuando éste la cambió por "El Chacal" Andrew Wylie), la mayoría de los textos aquí reunidos posee, si no un tema en común, sí una perspectiva: la de mirar hacia atrás. La incomunicación o la pérdida, es decir aquello que pudo haber sido y aquello que jamás regresará. En el relato que abre el libro ("Viento del Este"), un agente inmobiliario que hace tiempo ha estado al margen del juego amoroso busca una segunda oportunidad para descubrir, en el camino, que todo siempre es mucho más frágil de lo que parece. En "Invasión a la propiedad privada", otro de los textos agrupados en la primera parte del volumen, un hombre aficionado al trekking conoce a una mujer con la que repite, de inmediato, los mismos errores. El universo del jardinero es la historia de una pareja que intenta retrasar su inevitable fin volcándose a un hobby supuestamente inofensivo; un fresco bastante patético, por cierto, parte de esa medianía biempensante de pasiones y preocupaciones moderadas que Barnes retrata con suma frecuencia y con brutal honestidad.
Salvo por un par de piezas de carácter "histórico-filosófico" (otra mirada hacia atrás, aunque de caracter diferente), entre las que habría que destacar el minimalismo conmovedor de "El retratista", el rumbo que predomina en todo el libro es el del entrevero sentimental, suerte de punto ciego en las diversas relaciones que Barnes toma como base para este nuevo y agudo ensayo sobre el amor, sobre las visicitudes y los imposibles del amor. El tono de casi todos los relatos es profundamente nostálgico -lejos de los ardores del campo de batalla-, y es ése el rasgo que define sus mayores logros. Así, "En la cama con John Updike" es un cuento que carece de progresión dramática, y sin embargo no es sencillo despegarse de esas dos escritoras veteranas que, en el viaje en tren de regreso de su enésimo evento literario, repasan y se confiesan mezquindades, pequeñas mentiras, transgresiones de sabor agridulce. No ha ocurrido nada demasiado grave entre ellas, en verdad: sólo el tiempo.
"Las líneas del matrimonio" resulta ser otro hallazgo notable, en particular por la extrema sobriedad con que sobrevuela el sufrimiento interno de su protagonista, pero la obra maestra es el relato que cierra y da título al libro. En "Pulso", en esa doble despedida de padre e hijo, Barnes despliega todo su arsenal poético, haciendo de la digresión y la lentitud una cuestión de principios. En definitiva: dándoles a sus personajes la posibilidad de que miren atrás con calma, sin estridencias.
Admirador de Cervantes y Flaubert
No es demasiado frecuente que el paso de una visita notable por la Argentina acarree semejante uniformidad de opiniones. Algo de culpa tendrán los visitantes, pero también la insidiosa mirada de una capital literaria para la que con frecuencia nada es suficiente. La última vez que Barnes estuvo aquí, en febrero de 2008, dejó contentos a todos, entre ellos, a quienes pudieron asistir a la charla que brindó en el Malba y que no podían creer que alguien de su talla estuviese desde el primer momento tan dispuesto a entretener a su auditorio, agradecido por el reconocimiento que le brindaban. En aquella ocasión, un día después de haber conocido la Biblioteca Miguel Cané -donde trabajó Borges-, en la que se colocó una oportunísima y oportunista placa con su nombre, Barnes soltó conceptos interesantes y, como es su costumbre, muy poco estridentes. Luego de manifestar que ignoraba si poseía o no un estilo, dijo que deseaba que su literatura fuese "una mezcla entre la libertad total y el control absoluto", habló de la indispensable "perspectiva del fracaso" que debe tener en cuenta todo escritor y de su admiración por el autor de Ficciones . Cuando le preguntaron por sus elegidos entre los contemporáneos la lista comenzó, provocativamente, con Cervantes y Flaubert. Se refería a que la buena literatura atraviesa el tiempo y se instala siempre, con renovada fuerza, en el presente.
Por José María Brindisi para La Nación
8 de julio de 2012
Umberto Eco: "Internet es un mundo salvaje y nocivo"
Umberto Eco vive con su mujer en un dúplex de un edificio antiguo, justo enfrente del castillo Sforzesco, el punto turístico más vistoso de Milán. «Me despierto todos los días ante el Renacimiento», dice Eco. Esta enorme fortificación que se alza ante sus ventanas fue inaugurada por el duque Francisco Sforza en el siglo XV y siempre está abarrotada de turistas. Ante ella vive el intelectual y novelista más famoso de Italia. Uno de los pisos de Eco está dedicado al despacho y a la biblioteca. Cuatro salas repletas de libros, divididas por temas y por autores. La sala donde trabaja es pequeña. Abriga lo que él llama «ala de las ciencias prohibidas», como ocultismo, sociedades secretas, esoterismo y brujería. Allí se encuentran las fuentes de las novelas más populares de Eco: El nombre de la rosa (1980), El péndulo de Foucault (1988), La isla del día de antes (1994), Baudolino (2000), La misteriosa llama de la reina Loana (2004) o El cementerio de Praga. Publicada en 2010, esta última desató una gran polémica por abordar de forma humorística un asunto tremendamente serio: la aparición del antisemitismo en Europa. Por motivos diversos protestaron la Iglesia católica y el rabino de Roma. La primera porque Eco ridiculizaba a los jesuitas («son masones con faldas», dice el personaje principal, el odioso escribano Simone Simonini). El segundo porque estimaba que las teorías conspiratorias forjadas durante el siglo XIX podrían generar una ola de odio hacia los judíos. Desde el inicio de su carrera, allá por 1962, con el ensayo estético Obra abierta, Eco siempre ha buscado provocar este tipo de reacciones. Incluso a sus 80 años recién cumplidos, no parece haber perdido el gusto por el ruido.
¿Cómo se siente usted al cumplir los 80 años?
¡Mucho más viejo! [Se ríe]. Nos vamos convirtiendo en gente importante con la edad, pero lo cierto es que no me siento ni importante ni viejo. No puedo quejarme de llevar una vida rutinaria. Mi vida es muy agitada.
Sigue plenamente activo...
Todavía mantengo una cátedra en el departamento de Semiótica y Comunicación de la Universidad de Bolonia y continúo orientando a doctorandos y posdoctorandos. Doy conferencias por todo el mundo. Acabo de regresar de una megaexcursión por Estados Unidos. Casi me costó un brazo. Sufro tendinitis de firmar tanto autógrafo en libros.
Usted ha sido siempre uno de los más acérrimos defensores del libro en papel. Mantiene la tesis de que el libro nunca desaparecerá. Pese a la progresiva popularización de los lectores digitales y las tabletas, ¿mantiene la misma convicción sobre el futuro del papel?
Soy coleccionista de libros. Defendí la supervivencia del libro junto con Jean-Claude Carrière en el volumen Nadie acabará con los libros. Lo escribimos por motivos estéticos y gnoseológicos [relativos al conocimiento]. El libro sigue siendo el medio ideal para aprender. No necesita electricidad y puedes subrayar todo lo que te parezca. Considerábamos imposible leer textos en el monitor de un ordenador. Pero de eso hace ya unos dos años...
¿Es que ha cambiado de opinión?
En mi último viaje por Estados Unidos tenía que llevar conmigo 20 libros y mi brazo no estaba para muchos trotes. Por eso acabé por comprarme un iPad. Fue útil para transportar tantos volúmenes. Empecé a leer con el aparato ese y no me pareció tan malo. De hecho, me encantó. Así que ahora leo mucho con el iPad, ¿se lo puede creer? Pues sí. Incluso así, creo que las tabletas y los e-books sirven más como auxiliares de lectura. Son más prácticos para el entretenimiento que para el estudio. Me gusta subrayar y escribir notas, interferir en las páginas de un libro. Eso todavía no es posible con una tableta.
A pesar de su vertiginosa evolución, ¿ve usted Internet como un peligro para el saber?
Internet no selecciona la información. Hay de todo por ahí. La Wikipedia presta un antiservicio al internauta. El otro día publicaron algunos chismes sobre mí y no me quedó más remedio que intervenir y corregir varios errores y absurdos. Internet todavía es un mundo salvaje y peligroso. Todo surge ahí sin jerarquía. La inmensa cantidad de cosas que circulan por la Red es mucho peor que la falta de información. El exceso de información provoca la amnesia. Demasiada información hace mal. Cuando no recordamos lo que aprendemos, acabamos pareciéndonos a los animales. Conocer es cortar y seleccionar.
Sin embargo, reconocerá que, gracias a Internet, el conocimiento se hace más accesible.
Sí, eso es cierto. Si uno sabe qué sitios y bancos de datos son de confianza, entonces sí, tendrás acceso al conocimiento. Ahora bien: usted y yo, que gozamos de cierta riqueza de conocimientos, podemos aprovechar mejor Internet que aquel pobre señor que está comprando salami en la charcutería de ahí enfrente. En ese sentido, la televisión era útil para el ignorante, porque seleccionaba la información que él podría precisar, aunque fuera información estúpida. Internet es un peligro para el ignorante porque no filtra nada. Solo es buena para quien ya conoce y sabe dónde está el conocimiento. A largo plazo, el resultado pedagógico será dramático. Veremos multitudes de ignorantes usando Internet para las estupideces más diversas: juegos, conversaciones banales y búsqueda de noticias irrelevantes.
¿Existe alguna solución para que no nos aturda el exceso de información?
Sería necesario crear una teoría sobre el filtraje de la información. Una disciplina que fuera práctica, basada en la experimentación cotidiana con Internet. Ahí queda una sugerencia para las universidades: elaborar una teoría y una herramienta del filtro que funcione por el bien del conocimiento. Conocer es filtrar.
¿Ya está pensando en su nueva novela?
Vamos con calma. No tengo mucho tiempo para ficción en este momento. La verdad, quiero ocuparme ahora de mi autobiografía intelectual. La Library of Living Philosophers, una institución norteamericana, me invitó a revisar mi trayecto filosófico. Es una propuesta que me llena de orgullo porque pasaré a formar parte de un proyecto que incluye a John Dewey, Jean-Paul Sartre y Richard Rorty, aunque en realidad yo no soy un filósofo. Desde 1939, el instituto invita a un pensador vivo a relatar su recorrido intelectual en un libro. El volumen incluye ensayos de varios especialistas sobre los diversos aspectos de la obra del invitado. Al final, este responde a las dudas y a las críticas que se han recogido. El desafío es sistematizar de una forma lógica todo lo que he hecho hasta hoy.
Se antoja una tarea ingente. ¿Cómo se las apañará para lidiar con todas las facetas de su trabajo?
He comenzado por mi interés constante, desde los comienzos de mi carrera, por la Edad Media y las novelas de Alessandro Manzoni. Después vinieron la semiótica, la teoría de la comunicación, la filosofía del lenguaje. Y está también el lado prohibido, el de la teoría ocultista, que siempre me ha fascinado. Tanto que poseo una biblioteca dedicada en exclusiva al tema. Adoro todo lo que rodea a lo falso. De hecho fue así, recogiendo montones de teorías extrañas, como llegué a la idea de escribir El cementerio de Praga.
Entre esas teorías destaca Los protocolos de los sabios de Sion, el libelo antisemita que habla de una supuesta conspiración judía para controlar el mundo. ¿Cómo llegó a meterse tan a fondo en un documento tan controvertido para crear ficción?
Yo quería investigar la razón que llevó a los europeos civilizados a esforzarse por construir enemigos invisibles en el siglo XIX. El enemigo siempre figura como una especie de monstruo: tiene que ser repugnante, feo y maloliente. De algún modo, lo que causa repulsa en el enemigo es algo que forma parte de nosotros mismos. Es esa la ambivalencia que perseguí en El cementerio de Praga. Nada más ejemplar que la elaboración de las teorías antisemitas que acabarían por desembocar en el nazismo del siglo XX.Investigando constaté que el antisemitismo tiene una raíz religiosa, luego deriva hacia un discurso de izquierda y, finalmente, da un giro hacia la derecha para convertirse en la prioridad de la ideología nacionalsocialista.
Sin embargo, el origen del antisemitismo es muy anterior...
Arrancó en la Edad Media a partir de una visión cristiana y religiosa. Los judíos eran estigmatizados como los asesinos de Jesús. Esa visión llegó a apogeo con Lutero. Él predicaba a favor de que los judíos fueran prohibidos. Los jesuitas también jugaron su papel en todo esto. En el siglo XIX, los judíos aparentemente integrados en Europa comenzaron a ser satanizados por su riqueza. La familia de banqueros Rothschild, establecida en París, se convirtió en el blanco del rencor social y de los predicadores del socialismo. Descubrí los textos de Leo Taxil, discípulo del socialista utópico Fourier. Él inauguró una serie de teorías sobre la conspiración judaica y capitalista internacional que daría como resultado Los protocolos de los sabios de Sion, texto forjado en el año 1897 por la policía secreta del zar Nicolás II.
El antihéroe de El cementerio de Praga Simone Simonini es antisemita, anticlerical, anticapitalista y anticomunista. ¿Cómo ideó a alguien tan abominable?
Los críticos dijeron que Simonini es el personaje más horroroso de la literatura de todos los tiempos, y no me queda más remedio que darles la razón. También es muy divertido. Sus excesos provocan tanto la risa como la rabia.
Además de falsificador, Simonini es un gourmet. ¿Es un reflejo de sus gustos personales?
¡Yo soy de McDonald's! Nunca me preocupó mucho la comida. Busqué recetas antiguas con el objetivo de causar repugnancia en el lector. La gastronomía es un elemento negativo en la composición del personaje. Cuando Simonini discurre sobre platos exquisitos, la intención es que al lector se le revuelva el estómago.
Philip Roth dice que la literatura ha muerto. ¿Qué opina usted?
Roth es un gran escritor. Si seguimos contando con autores de su talla, seguro que a la literatura le queda mucha vida por delante. Él publica una buena novela casi por año. No me parece que ni la novela ni el propio Roth pretendan interrumpir su carrera [se ríe].
¿Defiende, entonces, la vigencia absoluta de la novela?
Escribir ficción sigue teniendo todo el sentido del mundo. Ha habido un retroceso, eso sí, hacia la narrativa lineal y clásica. Yo comencé a escribir ficción, precisamente, en ese contexto de restauración de la 'narratividad' llamado posmodernismo. Soy considerado un autor posmoderno, y estoy de acuerdo con la consideración. Me muevo entre las formas y los artificios de la novela tradicional. La novela es la realización máxima de la narratividad. Ella abriga el mito, la base de nuestra cultura. Contar una historia que emocione y transforme a quien la absorbe es algo que se transmite entre padres e hijos, del novelista a su lector, del cineasta a su espectador. La fuerza de la narrativa es más eficaz que cualquier tecnología.
Usted creó lo que se podría llamar 'novela negra erudita'. ¿Sigue siendo válido este modelo?
En El nombre de la rosa combiné erudición y novela de suspense. El libro ayudó a crear un tipo de literatura que veo con buenos ojos. Hay muchas cosas interesantes. Me gusta Arturo Pérez-Reverte, con sus fantasías que recuerdan a las aventuras de Dumas y Emilio Salgari que yo leía de niño.
Leyendo a seguidores suyos, como Dan Brown, ¿no se arrepiente a veces de haber creado este género?
¡A veces, sí! [Se ríe]. Dan Brown me irrita profundamente porque parece un personaje inventado por mí. En lugar de asumir que las teorías conspiratorias son falsas, Brown las da por verdaderas, poniéndose del lado del personaje, sin cuestionar nada. Es lo que hizo en El código Da Vinci. Es el mismo contexto de El péndulo de Foucault. Pero él parece que prefirió acercarse a la historia para simplificarla. Eso provoca una oleada de mitificaciones. Hay muchos lectores que se creen todo lo que Dan Brown escribe, aunque, la verdad, no puedo criticarlos por ello.
Fin
Gentileza XL Semanal
2 de julio de 2012
Toni Hill: “Quería hablar sobre la miseria de los poderosos”
Con su primera novela, "El verano de los juguetes muertos", recién publicada en Argentina, el escritor español Toni Hill deslumbró a los fanáticos de la novela negra. Con una trama situada en una Barcelona actual, introduce al inspector Héctor Salgado que tendrá vida en por lo menos dos novelas más.
El español Toni Hill se gana la vida con la literatura desde hace muchos años, pero como traductor. Recién a los 44 años se animó, por fin, a escribir su primera novela. Publicada el año pasado en España, y ahora en la Argentina, El verano de los juguetes muertos, ha sido un éxito popular y de críticas. Sus derechos se han vendido a 11 países. Medio en chiste y medio en serio, Hill afirma que uno de sus objetivos en escribir su novela fue demostrar que también se cometen asesinatos en los países calurosos. La broma se refiere, por supuesto, al interminable Boom del policial nórdico.
Hill estuvo de visita en Buenos Aires como uno de los invitados de la primera edición del festival Buenos Aires Negra (BAN!) que reunió, en el mes de junio, más de 100 participantes de Argentina, Canadá, España, Francia, México, Perú y Uruguay.
El verano de los juguetes muertos transcurre en la Barcelona actual, durante cinco días de agobiante calor. Conjuga dos mundos: el de los niños bien de la clase alta de la ciudad, por un lado, y el de las jóvenes africanas, victimas de trata de personas, por otro. En el medio, obviamente, hay un crimen. Y para resolverlo está el detective Héctor Salgado. Es un argentino cuarentón que llegó a Barcelona a los 19 años. Cuando comienza la novela esta de vuelta de Buenos Aires donde pasó un mes de licencia forzada porque en su última misión, casi mató a golpes a un sospechoso en un caso de prostitución de adolescentes nigerianas. Al regreso su jefe le asigna extra-oficialmente un caso complicado socialmente, pero aparentemente rutinario: la muerte accidental de un joven de la alta burguesía. Nada, se pueden imaginar, resultará rutinario.
En una novela policial los dos elementos clave son el detective y el entorno. Cuando pensó su novela, ¿cuál de los dos le vino antes?
El entorno. Se escribe mucho sobre Barcelona, pero hay muy poco escrito sobre la Barcelona de hoy. Sobre la Barcelona que pisamos todos. Hay una idea gótica de Barcelona o incluso medieval. Pero de la Barcelona del 2010 había muy poca cosa. Por allí empezó la idea.
¿Y cuál es la Barcelona que se retrata en la novela?
Quería huir de lo que es la zona marginal de Barcelona. Huir un poco de los delincuentes comunes y situar la trama principal en la zona alta de la ciudad y hablar sobre las miserias de los poderosos. Que en Barcelona son distintos que en otros sitios. La burguesía catalana es una burguesía real; es una burguesía que trabaja. No son nobles venidos a menos. Al revés, son trabajadores venidos a más. Me apetecía mucho hablar de ellos. Y luego me interesaba mucho hablar de la familia. En el fondo es una novela sobre la familia. Es un thriller sobre la familia.
El policial ahora esta experimentando una revalorización. Es como si ahora los lectores “cultos” se permitieran leer policiales sin culpa…
El policial siempre le ha gustado a todo el mundo. A ver. Si te cuentan bien una historia, si te plantean una intriga es difícil resistirte a querer saber qué pasó. Es básico al ser humano. Eso por un lado. Pero por otro lado, pienso que en épocas de crisis económica —o de crisis en general—la novela negra puede hablar de esto de una manera atractiva para el público. En la novela negra se puede hablar de problemas sociales, pero no directamente.
Aunque en esta novela se habla de muchas problemáticas sociales, lo que más atrapa es la trama…
Para mi el centro es siempre es la trama. Algunas novelas pueden dejar que el tema de la crítica social devore la trama. Eso no me gusta. ¿Cuál es tu novela favorita dentro del género policial? Para mi una novela negra perfecta es Río místico de Dennis Lehane. Esa novela reúne todo. Tienes un hecho que sucedió hace muchos años que ha quedado allí, y que tiene una consecuencia sobre las vidas de tres o cuatro muchachos — y que luego eso se desarrolla en el presente. Pero en el fondo, saber quién fue el asesino no es lo más importante de la trama.
Siempre supiste que ibas a escribir policiales o, de más joven, te imaginabas como un autor de novelas literarias convencionales.
Me gusta mucho el policial, pero eventualmente me gustaría hacer otras cosas. No sé si literarias o no literarias. Lo de los géneros me termina pareciendo una división falsa. Hay buenas novelas y hay malas novelas. Lo que la literatura no debería hacer nunca es aburrir al lector.
Fin
Gentileza Revista Ñ
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