Esos pequeños lujos que puede darse uno en esta vida. Leer a Beckett.
Que lo disfruten!
Estanis
Primer amor
Samuel Beckett
Tiendo a asociar mi matrimonio, para bien o para mal, con la muerte de mi padre en el tiempo. Que existan otros nexos, en otros planos, entre estos dos asuntos es muy posible. Como están las cosas, suficiente tengo con tratar de decir lo que creo saber.
No hace mucho fui a visitar la tumba de mi padre, eso sí lo sé, y me percaté de la fecha de su muerte, solamente la de su muerte, ya que la de su nacimiento no me interesaba ese día en particular. Salí en la mañana y regresé al anochecer, habiendo tomado un almuerzo muy ligero en el panteón. Pero unos días más tarde, deseando saber la edad que tenía al morir, tuve que regresar a su tumba para anotar su fecha de nacimiento. Entonces escribí como pude las dos fechas límite en un papel que ahora llevo conmigo. Así pues tengo ahora derecho de afirmar que debo haber tenido unos veinticinco años cuando contraje matrimonio. Mi fecha de nacimiento, repito, la mía, nunca se me olvida, nunca tuve que anotarla, permanece cincelada en mi memoria, el año cuando menos, en números que la vida no borrará fácilmente. Es más, el día regresa a mí cuando me lo propongo, y con frecuencia lo celebro, a mi modo, no digo que cada vez que me viene a la cabeza porque sucede muy a menudo, pero sí frecuentemente.
En lo personal no tengo nada en contra de los panteones, puedo respirar el aire fresco ahí a mis anchas, tal vez con más ganas que en ningún otro lado, cuando de tomar el aire fresco se trata. El olor de los cadáveres, claramente perceptible bajo los del pasto y del humus mezclados, no me resulta desagradable, es demasiado dulce tal vez, un poco impetuoso, pero infinitamente mejor que el que emiten los vivos, sus pies, sus dientes, sus sobacos, sus frentes pegajosas y sus óvulos frustrados. Y cuando los restos de mi padre son parte, aunque humilde, de estos dulces olores, casi podría derramar lágrimas. Los vivos se lavan en vano, en vano se perfuman, apestan. No cabe duda, si de elegir un lugar se trata, digo, si he de salir de todos modos, denme mis panteones y ustedes quédense —sí— con sus parques públicos y bellos panoramas. Un sandwich, un plátano, me saben más dulces cuando me siento en una lápida, y cuando es hora de orinar de nuevo, como suele suceder, lo hago ahí mismo. O paseo por ahí, con las manos entrelazadas sobre la espalda, entre las losas, inclinado o enderezado, leyendo los epitafios. Estos últimos no me apuran, hay siempre por ahí tres o cuatro de una chocarrería tal, que me veo obligado a sujetarme de una cruz, o de una estela, o de un ángel para no caer. Yo compuse el mío hace ya mucho y todavía me agrada, siquiera eso. Los otros textos que he escrito más tardan en secarse que yo en inquietarme, pero mi epitafio aún merece mi aprobación. Desafortunadamente hay pocas posibilidades de que pudiera esculpirse sobre la calavera que lo concibió, a menos que el Estado se hiciera cargo de ello. Pero para ser desenterrado, primero debo ser hallado, y me temo que esos caballeros se las verían negras para encontrarme vivo o muerto.
Así pues, me apresuraré a dar cuenta cabal de su contenido aquí y ahora que aún hay tiempo:
Aquí yace el interfecto que allá arriba falleció Tan puntualmente que hasta hoy sobrevivió.
El segundo y último verso es algo cojo quizás, pero no tiene mayor importancia, se me perdonará eso y mucho más cuando se me haya olvidado. Y luego, con un poco de suerte, uno puede darle en el blanco a un entierro genuino, con dolientes reales y vivos y una extraña viuda haciéndose para atrás con la intención de lanzarse al agujero. Y casi siempre el encantador asunto de convertirse en polvo, aunque según yo no hay nada menos polvoriento que los hoyos de este tipo, se asocia con el estiércol aunque no haya ni una brizna de polvo alrededor de los difuntos, a no ser que hayan muerto víctimas del fuego. No importa, la pequeña artimaña del polvo es encantadora. Sin embargo, el terreno de mi padre no era de mis favoritos. Para empezar estaba demasiado lejos, allá por el campo silvestre en uno de los costados de una colina, y era demasiado pequeño además. Lo que es más, estaba casi lleno, unas cuantas viudas más y listo. Yo prefería Ohlsdorf de plano, en particular la sección Linne, en tierra prusiana, con sus novecientos acres de cadáveres bien empacaditos, aunque yo no conocía a nadie ahí, salvo, por su reputación, a Hangenbeck, el tipo que atrapaba animales salvajes. Si mal no recuerdo, hay un león grabado en su lápida; para Hagenbeck la muerte debe haber poseído la contención de un león. Los carros van de aquí para allá, hasta el tope de viudas, viudos, huérfanos y gente por el estilo. Arboledas, grutas, lagos artificiales con cisnes, vaya un consuelo para el inconsolable. Era diciembre, nunca había tenido tanto frío, la sopa de anguila me había caído mal, tenía miedo de morir, me volteé para vomitar, los envidiaba.
Pero, pasando a cuestiones menos melancólicas, al morir mi padre tuve que irme de la casa. Era él quien deseaba que yo estuviera ahí. Era un hombre extraño. Un día dijo Déjenlo en paz, no está molestando a nadie. No sabía que yo lo estaba oyendo todo. Se trataba de una opinión que debe haber externado con frecuencia, sólo que las demás veces yo no andaba por ahí. Nunca me dejaron ver su testamento, simplemente me dijeron que me había dejado equis cantidad. Entonces yo creía, y todavía lo creo, que había estipulado en su testamento que se me dejara en el cuarto que siempre ocupé cuando él vivía y que se me llevaran los alimentos ahí como antes. Incluso pudo haberle dado a esto la característica fuerza de lo precedente. Se intuía que le gustaba tenerme bajo su techo, de no ser así no se habría opuesto a mi desalojamiento. Tal vez le daba lástima. Pero no creo. Debía haberme dejado toda la casa, entonces sí que me habría sentido bien, los demás también, los habría convencido diciéndoles: Quédense, quédense, por favor, ésta es su casa. Sí, mi pobre padre lo logró, si es que su intención era realmente seguir protegiéndome desde la tumba. En relación con el dinero, en justicia debo admitir que me lo dieron de inmediato, al día siguiente de la inhumación. Tal vez se sintieron legalmente obligados a ello. Yo les dije Quédense con el dinero y déjenme seguir viviendo aquí, en mi recámara, como en vida de papá. Y añadí Dios lo tenga en su gloria, todo esto esperando que se conmovieran. Pero se negaron. Les ofrecí ponerme a su disposición unas horas todos los días para realizar los trabajitos de mantenimiento que toda casa requiere pues, si no, se viene abajo. Resanar aún es posible, no sé por qué. Les propuse en particular encargarme del invernadero. Allí me habría encantado quedarme las horas, en medio de ese calor, haciéndome cargo de los tomates, los jacintos, los claveles y los distintos retoños. Sólo mi padre y yo, en aquella casa, entendíamos de tomates. Pero se negaron. Un buen día, al regresar del baño, encontré mi cuarto cerrado con llave y mis pertenencias amontonadas frente a la puerta. Esto podrá darles una idea de lo estreñido que estaba durante esta coyuntura. Ahora estoy totalmente convencido de que se trataba de un estreñimiento ansioso. Pero, ¿me encontraba realmente estreñido? De alguna manera creo que no suavemente, suavemente. Y aun así debo haber estado mal, pues de qué otro modo se pueden explicar esas largas y crueles sesiones en el lugar al que todo el mundo va. Por entonces nunca leía, no más que en otros momentos, nunca me instalaba en la ensoñación o en la meditación, sólo miraba fijamente el almanaque que colgaba de un clavo ante mis ojos, con su portada de un jovencito de barba recién salida con su rebaño, Jesús sin duda; tenía las manos en las mejillas y me dieron náuseas, ay, ay, ay, ay, hacía los mismos movimientos de alguien que se aferra al remo y tenía un solo pensamiento en la cabeza, ir a mi cuarto de nuevo y acostarme boca arriba. ¿Qué pudo haber sido aquello más que estreñimiento? ¿O lo estaré confundiendo con la diarrea? Estoy hecho bolas, entre lápidas y bodas y las distintas variedades del movimiento. Con mis escasas pertenencias habían hecho un montoncito en el suelo, frente a la puerta. Parece que estoy viendo el montoncito en el pequeño descanso muy sombreado entre las escaleras y mi cuarto. Fue en este angosto sitio, limitado sólo por tres paredes, donde tuve que cambiarme, quiero decir quitarme la ropa de dormir y ponerme la ropa de viaje, o sea, zapatos, calcetines, pantalones, camisa, saco, abrigo y sombrero, no puedo pensar más que en eso. Intenté abrir otras puertas, le daba vuelta a la chapa y empujaba o jalaba antes de irme de la casa, pero ninguna cedió. Creo que de haber encontrado una abierta me habría atrincherado en el cuarto, me habrían tenido que anestesiar para sacarme. Sentía la casa llena como de costumbre, con la gente de todos los días, pero no veía a nadie. Me los imaginé a cada uno en su cuarto, con las luces apagadas, absolutamente alertas. Luego, la carrera hacia la ventana, todos se detienen un poco antes de llegar, quedan cubiertos por la cortina, esto, ante el sonido de la puerta principal cerrándose tras de mí, debí dejarla abierta. Luego las puertas se abren y salen todos, hombres, mujeres y niños, y las voces, los suspiros, las sonrisas, las manos, las llaves en las manos, el bendito alivio, las precauciones ensayadas, si esto pues aquello, pero si aquello entonces esto, todo paz y felicidad en los corazones, vengan a comer, dejemos la fumigación para más tarde. Desde luego que todo esto me lo imagino, yo ya me había ido, todo pudo suceder de otra manera, pero a quién le importa cómo ocurren las cosas siempre y cuando ocurran. Todos esos labios que me habían besado, esos corazones que me habían querido (es con el corazón que uno quiere, ¿no es así? o, ¿acaso lo estoy confundiendo todo?), esas manos que habían jugado con las mías y esas mentes que ¡casi se apropiaron de la mía! Los seres humanos son verdaderamente extraños. Pobre papá, se le habría hecho un nudo en la garganta si me hubiera visto aquel día, si nos hubiera visto, a menos que en su gran sabiduría desprendida de lo humano, hubiera visto más allá de su hijo cuyo cadáver todavía no estaba listo para cavar la fosa.
Pero, pasando a cuestiones menos melancólicas, el nombre de la mujer con la que pronto contraería matrimonio era Lulú. Así pues, ella al menos me dio seguridad y no puedo imaginarme qué interés podía haber tenido en mentirme al respecto. Bueno, por supuesto que uno nunca sabe: Hasta me reveló su apellido, pero ya se me olvidó. Debí apuntarlo en un papel, me choca olvidar los nombres propios. La conocí en una banca a la orilla del canal, de uno de los canales ya que en nuestro pueblo hay dos, aunque nunca llegué a saber cuál era cuál. Era una banca bien ubicada detrás de la cual había un montículo de tierra sólida y basura que ocultaba mi espalda. Mis costados sólo se veían parcialmente gracias a dos venerables árboles, más que venerables, muertos, que estaban a cada lado de la banca. Sin lugar a dudas fueron estos árboles los que un buen día, en el esplendor de su follaje, crearon la idea de una banca en la imaginación de alguien. Al frente, a unas cuantas yardas de distancia, fluía el canal, si es que los canales fluyen, no me lo pregunten, así que desde esa parte también, el riesgo de una sorpresa era mínimo. Y aun así, ella me sorprendió. Yo estaba echado ahí, qué noche tan agradable, mirando por entre las ramas desnudas que se entrelazaban allá arriba, donde los árboles se unen unos con otros buscando apoyo, y por entre las nubes que pasaban en un boquete de cielo estrellado, iban y venían. Hazte para allá, dijo. Primero pensé en irme pero, como estaba fatigado y no tenía a dónde ir, me quedé. Entonces encogí un poco las piernas y ella se sentó. Nada más pasó entre nosotros aquella tarde y al rato ella decidió irse sin decir una palabra más. Todo lo que hizo fue tararear desarticuladamente, sotto voce, como para sus adentros y afortunadamente sin la letra, algunas canciones populares, brincando de una a la otra sin terminar ninguna, de tal modo que hasta a mí me pareció extraño. Su voz, aunque desentonada, no era desagradable. Tenía el aliento de un alma demasiado fastidiada para concluir algo, era tal vez la voz menos adolorida del mundo. La banca pronto se convirtió en algo más de lo que ella podía soportar y en cuanto a mí, echarme un vistazo había sido más que suficiente para ella. Sin embargo, en realidad era una mujer muy tenaz. Regresó al día siguiente y al siguiente y todo fue más o menos como la primera vez. Quizá se intercambiaron algunas palabras. Al día siguiente estuvo lloviendo y yo me sentía muy seguro. Mal hecho. Le pregunté si estaba decidida a molestarme tarde con tarde. ¿Te molesto?, preguntó. Sentí sus ojos encima de mí. No podía haber visto gran cosa, dos párpados a lo sumo, con un indicio de nariz y ceja, ensombrecido, pues era de noche. Pensé que nos llevábamos bien, dijo. Me molestas, dije yo, no puedo estirarme si te pones allí. El cuello del abrigo me cubría la boca pero de todos modos me escuchó. ¿Tienes que estirarte a fuerza?, dijo. No hay error más craso que hablar con la gente. Pues pon los pies sobre mis rodillas, dijo. No esperé a que me lo dijera dos veces y pronto, bajo mis flacas corvas, sentí sus gordos muslos. Comenzó a sobarme los tobillos. Pensé en patearle el coño. Uno habla con la gente de que desea estirarse y luego luego ven un cuerpo completito. Lo que importaba en mi reino despoblado, en el cual la disposición de mi cadáver era el más simple y fútil de los accidentes, era la negligencia de la mente, el aburrimiento del ser, ese residuo de frivolidad execrable conocido como el no ser y, hasta el mundo, en una palabra. Pero un hombre de veinticinco años siempre está a merced de una erección, es algo físico de cuando en cuando, es la herencia común, ni siquiera yo era inmune, si es que eso puede llamarse una erección. No pude escapar de ella naturalmente, las mujeres huelen un falo rígido a diez millas de distancia y se preguntan ¿Cómo demonios pudo él distinguir mi presencia desde tan lejos? Uno ya no es uno mismo en ocasiones así y es doloroso no ser uno mismo, aún más doloroso que cuando uno lo es. Pues cuando uno es, uno sabe qué hacer para ser menos eso, mientras que cuando uno no es, uno es como cualquier viejo, no tiene remedio. Lo que recibe el nombre de amor es un destierro con una que otra tarjeta postal desde la tierra natal, esa es mi respetable opinión, hoy en la tarde. Cuando ella hubo terminado y mi ser pudo recuperarse, mi querido amigo, el inmitigable, con ayuda de un breve torpor, se quedó solo. A veces me pregunto si todo esto no es un invento, si en realidad las cosas no tomaron un rumbo bastante diferente, algún rumbo que no me quedó otra más que olvidar. Y aun así su imagen permanece asociada, para mí, con la de la banca en la tarde, de tal modo que hablar de la banca, tal como se me presentó a mí aquella tarde, equivale a hablar de ella. Eso no prueba nada, pero no hay nada que yo desee probar. Para hablar del tema de la banca durante el día, no es necesario desperdiciar palabras, no me conoció jamás, me iba en la madrugada y regresaba al atardecer. Sí, durante el día hurtaba mi comida y cosas así. Si ustedes llegaran a preguntar, como sin duda lo harán por curiosidad, qué hice con el dinero que mi padre me dejó, la respuesta sería que lo único que hice fue dejarlo en mi bolsillo. Sabía que no sería joven eternamente y que el verano no dura eternamente tampoco, ni siquiera el otoño, mi alma mezquina me lo ha dicho. Finalmente le dije basta ya. Me molestaba en exceso, aun con su ausencia. De hecho todavía me molesta, pero no más que entonces. Y ya no me importa que me molesten, o casi no, porque ¿qué quiere decir molestar? y ¿qué haría conmigo mismo si no se me tratara así? Sí, he cambiado de sistema, este es el bueno, por novena o décima ocasión, eso sin mencionar que no hace mucho que se corrieron las cortinas de los molestantes y los molestados, no hay que chismosear más al respecto, al respecto de todo eso, de ella y los demás, la mierda y las sublimes estancias celestes. Así que no quieres que vuelva más, dijo. Es increíble, cómo repiten lo que les acaba uno de decir, como si arriesgaran la vida dando crédito a sus oídos. Le dije que viniera en el momento equivocado. Yo no entendía a las mujeres por entonces. Lo que es más, aún no las entiendo. A los hombres menos. Tampoco a los animales. Lo que mejor entiendo, que no es mucho decir, son mis dolores. Pienso en ellos a diario, no me lleva mucho tiempo, el pensamiento es tan rápido. Sí, hay momentos, particularmente en la tarde, en que me vuelvo todo sincretismo, á la Reinhold. ¡Qué equilibrio! Pero aun a mis pensamientos los entiendo mal. Seguro es porque no soy sólo dolor, eso ni hablar. He ahí el problema. A veces se aquietan, o yo, y me llenan de sorpresa y fascinación, se ven como de otro planeta. No muy seguido, pero no puedo pedir más. Ay, ¡qué vida tan de esto y lo otro! Ser sólo dolor, eso sí que facilitaría las cosas. ¡Omnidoliente! Vaya un sueño impío. Les contaré el sueño de todos modos, si me acuerdo, si puedo de mis extraños dolores, en detalle, haciendo distinciones entre los distintos tipos, por el bien de la claridad, los de la mente, los del corazón o emocionales, los del alma (ninguno, más bello, por cierto) y finalmente aquéllos de marco permitido, primero los interiores o latentes, después aquellos que afectan a la superficie, comenzando por el pelo y el cuero cabelludo y deslizándose metódicamente hacia abajo sin prisa, todo hacia abajo hasta los pies amantes del maíz, el cólico, la llaga, el juanete, el dedo hinchado, la uña enterrada, el arco caído, la ampolla común y corriente pies zambos, los pies de pato, los pies torcidos, los pies planos, el pie de atleta y otras curiosidades. Y dentro del mismo tema viene al caso platicarles a aquellos que tengan la gentileza de oírme, de acuerdo con el sistema cuyo interior siempre se me olvida, de aquellos instantes en que, ni drogado, ni borracho, ni en éxtasis, uno no siente nada. Lo que ella quería saber a continuación era lo que yo quería decir con eso de a veces, éste es el justo pago que uno recibe por abrir la bocota. ¿Una vez a la semana? ¿Una vez cada diez días? ¿Una vez a la quincena? Yo replicaba con menor frecuencia, con la mínima, hasta que ya no, si ella pudiera llegar a eso, y si no, pues aunque fuera lo menos frecuentemente posible. Y al día siguiente (lo que es más) abandoné la banca, debo confesar que menos por ella que por la banca, ya que la vista ya no satisfacía mis necesidades, por más modestas que éstas fueran, ahora que el aire se estaba volviendo más frío, y por otras razones, más valía no desperdiciarse en estupideces como ésa, así que me fui a refugiar en un establo desierto. Se erguía en la esquina de un campo con más ortigas que pasto en la superficie, y todavía más lodo que ortigas, pero cuyo subsuelo quizá poseía cualidades excepcionales. Fue en este paraíso, lleno de mierda de vaca seca y hueca y con el subsiguiente dolor en la yema del dedo, cuando por primera vez en la vida, y no dudaría un segundo en decir que la última, de no haber tenido que administrar con cuidado mi dosis de cianuro, tuve que enfrentarme a un sentimiento que gradualmente fue adoptando, ante mi sorpresa, el deleznable nombre de amor. Lo que constituye el encanto de nuestra provincia, aparte desde luego de su escasa población, y esto sin la ayuda del más mínimo de los anticonceptivos, es que todo tiene su truco, excepción hecha exclusivamente de las inmundicias que ha dejado la historia. A éstas se les busca constantemente, se les arregla y se les lleva en procesión. En cualquier lugar en que el nauseabundo tiempo haya dejado un bonito recodo, cualquiera podrá toparse con patriotas que respiran con las narices bien abiertas y las caras al rojo vivo. El Elíseo de los sin-techo. Y he aquí mi felicidad finalmente. Acuéstate, todo parece detenerse, acuéstate y quédate quieto. No veo nexo alguno entre estas dos afirmaciones. Pero aquélla existe, la he visto más de una vez sin duda. ¿Pero qué? ¿Cuál? Sí, la amaba, es el nombre que le daba y que aún le doy a lo que sentía por entonces. No tenía ninguna otra razón para seguir mi camino; nunca antes había amado, bueno, por supuesto que me habían hablado del asunto en casa, en la escuela, en el burdel y en la iglesia; también había leído novelas y poemas bajo la guía de mi tutor, en seis o siete idiomas vivos y muertos, en los cuales se abundaba en el tema. Por lo tanto, tenía la posibilidad, a pesar de todo, de poner una etiqueta a los terrenos en que me movía cuando me sorprendí escribiendo el nombre de Lulú en el viejo corral o con la cara metida en el lodo bajo la luna tratando de arrancar las ortigas de raíz. Eran ortigas gigantes, algunas de hasta tres pies de altura, arrancarlas aminoraba mi dolor, y sin embargo yo nunca fui de los que cortan la hierba, al contrario, la cubría de estiércol más bien. Las flores son muy otro asunto. El amor hace surgir lo peor del hombre y sin errores. Pero ¿qué clase de amor era éste exactamente? ¿Amor pasional? La verdad no creo. Ese es el amor priápico, ¿no es así? ¿O es que se trata de una variedad distinta? Hay miles de tipos, ¿no es cierto? Todos igualmente deliciosos o más, ¿no? El amor platónico, por ejemplo, he ahí un tipo que se me acaba de ocurrir. Es desinteresado. ¿Acaso la amaba platónicamente? La verdad no creo. ¿Habría estampado su nombre en la mierda de vaca de haberse tratado de un amor puro y desinteresado? Y lo hice con el dedo, ¿he?, y por si fuera poco, después me lo chupé con gusto. ¡Vamos, vamos! Mis pensamientos estaban llenos de Lulú y si eso no les da una idea de lo que sentía, entonces nada lo hará. De cualquier manera, estoy hasta la coronilla del nombre Lulú, le voy a poner otro, Ana, por ejemplo; no la describe, pero qué importa. Entonces comencé a pensar en Ana, yo, que había aprendido a no pensar en nada más allá de mis dolores, y esto con rapidez, y en qué pasos dar para no morir de hambre o de frío o de vergüenza, pero por ningún motivo pensaba en los seres humanos como tales (me pregunto qué quiere decir loanterior en realidad), dijera lo que dijera o diga lo que diga en contra o a favor del tema. Pero yo siempre he hablado, y sin duda hablaré, de cosas que nunca han existido, o que sí existieron si así les place, siempre dirán que sí, pero no se estarán refiriendo a la existencia de que he hablado. Los kepis, por ejemplo, existen sin duda alguna, de hecho hay pocas probabilidades de que desaparezcan, pero personalmente yo nunca he usado un kepi. En alguna parte escribí “Me regalaron un... sombrero”. Ahora bien, lo cierto del caso es que nunca me dieron un sombrero, yo siempre he tenido mi propio sombrero, el que me regaló mi padre, y nunca he tenido un sombrero que no sea ése. Es más, hasta podría decir que me lo llevaré a la tumba. Entonces pensaba en Ana, durante ratos muy muy largos, veinte minutos, veinticinco minutos y hasta media hora todos los días. He obtenido estas cifras al sumarles otras cifras menores. Ese debe haber sido mi modo de amar. ¿Podremos concluir entonces que la amaba con ese amor intelectual que hizo que se me cayera la baba? La verdad no creo. Pues si mi amor hubiera sido de este tipo, ¿me habría detenido acaso a escribir el nombre de Ana en la mierda de vaca, a cincelarlo en la pátina del tiempo? ¿Urtica plenis manibus? ¿Y habría sentido sus muslos balanceándose como péndulos demoníacos bajo mi cabeza atolondrada? ¡Vamos, vamos! Para ponerle fin, para intentar ponerle fin a este “compromiso”, una tarde regresé a la banca a la hora en que ella solía ir allí a encontrarse conmigo. Ni el menor indicio de ella, esperé en vano. Ya era el mes de diciembre, quizás enero, y el frío era el propio de la estación, como todo lo que pertenece a una estación. Pero una cosa es la estación para dejar huella, otra la de los cambios de aire y cielo, y otra muy distinta la del corazón. Gracias a este pensamiento, de vuelta a el quítame estas pajas, pasé una noche excelente. Al día siguiente fui más temprano a la banca, mucho más temprano, cuando acababa de anochecer, qué noche de invierno, y aun así era demasiado tarde, pues he aquí que ella ya estaba ahí en la banca, bajo las ramas, dale y dale con el sonsonete, de espaldas al montículo, mirando el agua congelada. Antes dije que era una mujer muy tenaz. No sentí nada. ¿Con qué objeto me persigues de esta manera?, le pregunté, sin tomar asiento, balanceándome para adelante y para atrás. El frío había realzado la vereda. Ella contestó que no lo sabía. Le dije que tuviera la amabilidad de decirme, si podía, qué veía en mí. Respondió que no podía. Parecía estar calientita, con las manos envueltas en una frazada. Mientras miraba esa frazada, recuerdo que se me llenaron los ojos de lágrimas. Pero no me acuerdo de qué color era. ¡Qué barbaridad, qué mal estaba yo entonces! Siempre había podido llorar a mis anchas, sin sentirme un poco mejor por ello, hasta hace poco. Si tuviera que llorar en este instante, sin embargo, podría exprimirme hasta ponerme morado y ni una gota me saldría, de eso estoy seguro. ¡Qué mal estoy ahora! Las cosas me hacían llorar. Pero no sentía la menor tristeza. Cuando se me salían las lágrimas sin motivo aparente, eso quería decir que había percibido algo desconocido. Así que me pregunto si habrá sido la frazada o a lo mejor la vereda, dura como el fierro y realzada, tanto que yo sentía como un empedrado bajo los pies, o tal vez otra cosa, alguna cosa azarosamente vista bajo el umbral, típico de mi persona. En cuanto a ella, tal vez ni siquiera había puesto los ojos en ella antes. Estaba toda encogida y cubierta por la frazada, con la cabeza hundida, la frazada y las manos sobre las piernas, las piernas muy juntas y los pies lejos del suelo. Sin forma, sin edad, casi sin vida, podría haberse tratado de cualquier cosa o persona, una vieja o una niñita. Y el modo en que repetía No lo sé, No puedo, yo era el que no sabía y no podía. ¿Viniste por mí?, dije. A duras penas dijo que sí. Bueno, pues aquí estoy, dije. ¿Y yo? ¿No había yo ido por ella? Henos aquí, dije. Me senté junto a ella pero de un salto me puse de pie nuevamente como si me hubiera quemado. Quería irme lejos, saber que todo había terminado. Pero antes de partir, para no tener ni el menor asomo de una duda, le pedí que me cantara una canción. Al principio pensé que se negaría, digo, que simplemente no cantaría, pero no, un ratito después comenzó a cantar y cantó un buen rato, todo el tiempo la misma canción según yo, sin cambiar para nada de actitud. Yo no conocía esa canción, nunca antes la había escuchado y nunca más la volveré a escuchar. Tenía algo que ver con limoneros o naranjos, no me acuerdo, eso es todo lo que me viene a la cabeza, y para mí eso no es nada malo en realidad, recordarla tenía algo que ver con limoneros o naranjos, no me acuerdo, ya que de todas las demás canciones que he escuchado en la vida, y he escuchado bastantes, resultaba imposible aparentemente, físicamente imposible, como estar sordo, atravesar el mundo, aun a mi manera, sin escuchar canciones, no he retenido nada, ni una palabra, ni una nota, o tan pocas palabras, tan pocas notas que..., que qué, que nada, esta frase ya se alargó demasiado. Luego me fui caminando y conforme avanzaba comencé a escuchar que cantaba otra canción, o tal vez más estrofas de la misma, más débil el sonido y más débil mientras más lejos me hallaba, luego ya no, bien porque había terminado o porque yo ya estaba demasiado lejos para escucharla. Dar asilo a una duda de este tipo era algo que prefería evitar en ese entonces. Viví desde luego en duda, pero una duda de tal trivialidad, puramente somática como dicen por ahí, era mejor aclararla sin más demora, podría azotarse contra mícomo un mosquito durante semanas, y semanas. Así pues, di unos pasos para atrás y me detuve. Al principio no oí nada, luego de nuevo aquella voz, apenas la oí tan débil era. Primero no la oí y luego sí, por tanto debo haber comenzado a oírla en un punto equis, pero no, no había principio, el sonido emergía tan suavemente del silencio que se le parecía. Cuando al fin cesó la voz, me acerqué otro poquito para asegurarme de que en verdad había cesado y no que había bajado de volumen nada más. Luego, en el colmo de la desesperación y diciendo No con conocimiento de causa, no con conocimiento, al sentir que estabas junto a ella, me incliné, me di la media vuelta y me fui; para siempre, atormentado por la duda. Pero unas cuantas semanas después, aun más muerto que vivo que de costumbre, regresé a la banca, por cuarta o quinta vez desde que la había abandonado, casi a la misma hora, digo, casi bajo el mismo cielo, no, miento, pues el cielo es siempre el mismo y nunca el mismo, no hay palabras para describirlo, no que yo sepa, y punto. Ella no estaba ahí, y de pronto sí estaba, no sé cómo, no la vi llegar, ni la oí y eso que era todo oídos y ojos. Digamos que estaba lloviendo, no había cambios reales, sólo en cuanto al clima. Ella tenía abierto el paraguas, naturalmente, vaya un atuendo. Le pregunté si venía todas las tardes. No, dijo, un día sí y un día no, a veces. La banca estaba empapada, caminamos de allá para acá, sin atrevernos a tomar asiento. La tomé del brazo, por simple curiosidad, para ver si sentía algún placer, pero no, así que la solté. Pero, ¿a qué vienen tantos detalles? Para ahuyentar la hora malhadada. Vi su rostro con algo más de claridad, me pareció normal, un rostro como tantos otros. Era bizca, pero eso no lo supe sino hasta después. Aquel rostro no parecía ni joven ni viejo, estaba como varado entre lo primaveral y lo marchito. Encontraba difícil sobrellevar tal ambigüedad en ese entonces. Ahora, que si era hermoso aquel rostro, o si había sido hermoso alguna vez, o si podría llegar a serlo, he de confesar que no podía formarme una opinión al respecto. Había visto rostros en fotografías y los habría considerado hermosos de haber tenido una remota idea de aquello en lo que supuestamente consistía la belleza. Y el rostro de mi padre, en su caja mortuoria, daba ciertos indicios de alguna forma estética relevante para el hombre. Pero el rostro de un muerto, todo gesto y rubor, ¿acaso puede describirse como objeto? Yo admiraba, a pesar de la oscuridad, a pesar de mi aturdimiento, el modo quieto o escasamente fluyente en que el agua alcanzaba, como sedienta, a aquella otra agua que caía del cielo. Me preguntó si quería que cantara algo. Le contesté que no, que quería que dijera algo. Pensé que diría que no tenía nada que decir, habría sido típico de ella, así que quedé agradablemente sorprendido cuando me dijo que tenía un cuarto, muy agradablemente sorprendido, aunque me lo sospechaba. ¿Quién no tiene un cuarto? Ay, escucho el clamor. Tengo dos cuartos, dijo. Bueno por fin ¿cuántos cuartos tienes?, dije. Me dijo que tenía dos cuartos y una cocina. Los elementos se iban expandiendo rítmicamente, así que a su debido tiempo recordaría el baño. ¿Escuché bien o dijiste que tenías dos cuartos?, dije. Sí, me contestó. ¿Adyacentes?, dije. Por fin, una conversación cual debe de ser. La cocina está en medio, dijo. Le pregunté por qué no me lo había contado antes. Debo haber estado fuera de mí en ese momento. No me sentía tranquilo cuando estaba con ella, pero al menos con la libertad de pensar en algo que no fuera ella, en las viejas cosas cotidianas, y así poco a poco, como descendiendo las escaleras hacia lo profundo de nada, comencé a tener la certeza que, lejos de ella, perdería la libertad.
En efecto, había dos cuartos y la cocina estaba en medio, no me había engañado. Dijo que debía haber llevado mis cosas. Le expliqué que no tenía cosas. Los cuartos estaban en el último piso de una casa vieja con vista a las montañas, para los interesados. Encendió una lámpara de aceite. ¿No tienes electri-cidad?, le pregunté. No, contestó, pero tengo agua y gas. Ja, dije, conque tienes gas. Comenzó a desves-tirse. Cuando en el colmo de su perspicacia se desviste, sin duda llevan a cabo el más sabio de los hechizos. Se quitó todo con una lentitud tal que inflamaría a un elefante, todo menos las medias, calculadas tal vez para hacer que mi concupiscencia hirviera. Fue entonces cuando noté que era bizca. Por fortuna, no era la primera mujer desnuda que se cruzaba en mi camino, así que podía quedarme, sabía que ella no explotaría. Le pregunté si podía ver el otro cuarto, el que no había visto todavía. De haberlo visto ya, habría pedido volver a verlo. ¿No te vas a desvestir?, dijo. Ah, eso, bueno es que casi nunca me desvisto. Era cierto, nunca fui de los que se desvisten indiscriminadamente. Con frecuencia me quitaba las botas antes de irme a la cama, digo, cuando me disponía (¡disponía!) a dormir, eso sin mencionar esta o aquella prenda de acuerdo con la temperatura exterior. Por lo tanto, ella se vio obligada, por simple savoir faire, a echarse encima un chal y a mostrarme el camino. Pasamos por la cocina. Podríamos haber ido por el pasillo, tal como se me ocurrió después, pero fuimos por la cocina, no sé por qué, tal vez porque era el camino más corto. Estudié el cuarto con horror. Tal densidad en los muebles vence a la imaginación. No cabe duda, debo haber visto ese cuarto en alguna parte. ¿Qué es esto?, grite. La sala, contestó. ¡La sala! Comencé entonces a sacar los muebles por la puerta hacia el pasillo. Ella observaba, con tristeza supongo, pero no necesariamente. Me preguntó qué estaba haciendo. No podía haber esperado una respuesta. Saqué los muebles uno por uno, hasta de dos en dos, y los amontoné en el pasillo, pegados a la pared. Eran cientos de cosas, grandes y pequeñas, al final bloquearon la entrada imposibilitando la salida así como a fortiori la entrada hacia y rumbo al pasillo. La puerta podía abrirse y cerrarse ya que abría para adentro, pero no se podía pasar a través dé ella. Qué raro todo. Al menos quítate el sombrero, me dijo. Trataré el tema del sombrero más adelante quizá. Finalmente el cuarto quedó vacío salvo por un sofá y algunos tramos pegados a la pared. Llevé el primero al fondo del cuarto, cerca de la puerta y al día siguiente quité los segundos y los puse en el pasillo con lo demás. Cuando los estaba quitando, qué curioso recuerdo, escuché la palabra fibroma o broma, no sé cuál, nunca lo supe, nunca supe lo que quería decir y nunca tuve la curiosidad para averiguarlo. ¡Las cosas que uno recuerda! ¡Y las que memoriza! Cuando todo estuvo en orden al fin, me dejé caer en el sofá. Ella no había movido un dedo para ayudarme. Voy por las sábanas y las cobijas, dijo. Pero yo no soportaba las sábanas. ¿Podrías correr la cortina?, le dije. La ventana estaba congelada. El efecto no era blanco porque era de noche, pero sí luminoso al menos. Aquel débil frío del resplandor, aunque yo estaba acostado con los pies en dirección a la puerta, era demasiado, de plano. De pronto me levanté y moví el sofá, es decir, le di la vuelta, de modo que el respaldo, que antes estaba pegado a la pared, quedara afuera y consecuentemente lo demás, el asiento propiamente, quedara adentro. Después me volví a echar en él como un perro en su canasta. Te dejo la lámpara, me dijo, pero le supliqué que se la llevara. Bueno, supón que necesitas algo a media noche, dijo. Claro, iba a comenzar con sus argucias de nuevo. ¿Sabes el por qué de la conveniencia?, me dijo. Tenía razón, me olvidaba, orinarse en la cama es relajante y placentero al principio, pero luego se vuelve una fuente de incomodidad. Dame una bacinica, le dije. Pero no tenía. Tengo un banquito hueco para guardar hielos, dijo. Vi claramente a la abuela sentada muy derecha y muy tiesa cuando lo acababa de adquirir, perdón, de conseguir en un bazar de caridad o cuando se lo acababa de ganar en una rifa, era una pieza de colección que ahora estaba estrenando y que deseaba lucir a como diera lugar. De eso se trata, de demorarse en las cosas. Cualquier viejo recipiente, dije, no tengo flujo. Al poco rato regresó con una especie de sartén, no una sartén en serio porque no tenía mango, era ovalada y tenía tapa y dos asas. Mi sartén consentida, dijo. Para qué quiero la tapa, dije. Ah, ¿no la necesitas?, contestó. Si hubiera dicho que necesitaba la tapa, ella habría dicho ¿necesitas la tapa? Metí este utensilio debajo de las cobijas, me gusta tener algo en la mano cuando duermo, me da seguridad, y mi sombrero todavía estaba empapado. Me puse de cara a la pared. Cogió la lámpara de encima del mantel donde la había puesto, de eso se trataba, cada detalle, proyectaba su ondulante sombra sobre mí, pensé que se había ido pero no, vino hacia mí agachada por el respaldo del sofá. Son herencia de la familia, dijo. Yo en su lugar habría salido de puntitas, pero ella no lo hizo así, ni el menor intento. Mi amor se estaba apagando ya, eso era lo único que importaba. Sí, ya me sentía mejor, sabía que pronto me levantaría y volvería a los lentos descensos, los largos hundimientos que me habían estado vedados durante tanto tiempo por su culpa. ¡Y eso que me acababa de instalar ahí! Ahora intenta sacarme de aquí, le dije. Yo parecía no captar el significado de estas palabras, ni siquiera oía el breve sonido que producían hasta unos segundos después de pronunciarlas. Estaba tan poco acostumbrado a hablar que a veces mi boca se abría sola y llenaba de vacío alguna frase o varias, gramaticalmente correctas pero totalmente vacías si no de significado, ya que ante una inspección cuidadosa lo revelarían a uno, sí de fundamento. Pero yo no podía escuchar la palabra hablada. Mi voz nunca había tardado tanto en alcanzarme como en esta ocasión. Me puse boca arriba para ver qué estaba pasando. Ella sonreía. Al rato se fue y se llevó la lámpara. Oí sus pasos en la cocina y luego oí que la puerta de su cuarto se cerraba detrás de ella. ¿Por qué detrás de ella? Al fin me encontraba solo, en la oscuridad al fin. Bueno, basta ya de esto. Pensé que estaba listo para pasar una buena noche, a pesar del ambiente tan enrarecido, pero no, pasé una noche muy agitada. Me desperté a la mañana siguiente con la ropa desarre-glada y la cobija también, y con Ana a mi lado, des-nuda naturalmente. Me pongo a temblar sólo de pensar en sus jadeos. Aún tenía la sartén en la mano. De nada había servido. Miré mi miembro. ¡Sí sólo hubiera podido hablar! Basta ya. Fue una noche de amor.
Gradualmente me fui quedando en esa casa. Ella me traía de comer a las horas previamente establecidas; se asomaba de vez en cuando para ver si yo estaba bien y para asegurarse de que no necesitaba nada, vaciaba la sartén una vez al día y hacía la limpieza del cuarto una vez al mes. No siempre podía resistir la tentación de hablar conmigo, pero en general no daba motivo de queja. A veces la oía cantar en su cuarto, la canción atravesaba la puerta, luego la cocina, luego mi puerta, y así me ganaba débil pero indisputablemente. A menos que viajara por el pasillo. Esto no me incomodaba gran cosa, digo, el sonido ocasional de una canción. Un día le pedí que me trajera un jacinto vivo, en un frasco. Lo trajo y lo puso en el mantel que ya era el único lugar —aparte del suelo— donde se podía poner algo. No le quité los ojos de encima un sólo día a aquella flor. Al principio todo iba muy bien, hasta dio una o dos flores, luego dejó de dar y seconvirtió en un tallo desnudo con hojas desnudas. Su protu-berancia, medio sacando la cabeza en busca de oxígeno, olía a podrido. Ella se lo quería llevar, pero le dije que lo dejara. Quería conseguirme otro, pero le dije que no quería otro. Me molestaban mucho más otros sonidos, risitas tiesas y gruñidos que llenaban la habitación a ciertas horas de la noche y a veces hasta del día. Ya había renunciado a pensar en ella, casi totalmente, pero de todos modos seguía; necesitando el silencio para vivir mi vida. En vano intenté prestar oídos a los razonamientos que dicen que el aire se hizo para acoger los clamores del mundo, incluso las muchas risitas y gruñidos, fue inútil, no pude encontrar alivio. No había manera de averiguar si siempre se trataba de la misma gente o de otros. Los gruñidos de todos los amantes se parecen tanto, hasta en las risitas. Sentía un horror tal entonces por estas mezquinas perplejidades, que siempre cometía el mismo error, es decir, tratar de aclararlas. Me llevó mucho tiempo, digamos que la vida entera, darme cuenta de que el color de un ojo visto a medias, o el origen de un cierto sonido distante, tienen más que ver con Guidecca en el infierno de la ignorancia que con la existencia de Dios, los orígenes del protoplasma, la existencia del ser, y son aún menos dignos que todo esto de preocupar a los sabios. Una vida no alcanza para llegar a esta consoladora conclusión, no le queda a uno tiempo para gozar de sus resultados. Así que fue un gran alivio cuando, después de plantearle a ella esta cuestión, se me dijo que se trataba de unos clientes a los que recibía en rotación. Obviamente podía haberme levantado e ido a espiar por el ojo de la cerradura. Pero, ¿qué puede uno ver, pregunto, a través de ojos como esos? Así que vives de la prostitución, le dije. Vivimos de la prostitución, dijo ella. ¿No podrías pedirles que no hicieran tanto ruido?, dije, como si le estuviera creyendo. Y añadí, o al menos diles que hagan otros ruidos. No pueden más que pujar y jadear, dijo. Pues me tendré que ir, dije. Encontró unos viejos cuadros en el baúl de la familia y colgó uno en mi puerta y otro en la suya. Le pregunté si sería posible, de vez en cuando, que me consiguiera un apio. ¡Un apio!, dijo, como si le hubiera pedido algo nunca visto. Le recordé que la temporada de apio estaba terminando y le dije que le agradecería que me diera de comer, al menos hasta el fin de la temporada, exclusivamente apio. Me gusta el apio porque sabe a violeta y la violeta porque huele a apio. De no haber apio en al tierra, las violetas me importarían un comino y de no haber violetas, me daría igual comer apio, nabo o rábano. Y aun en el actual estado de su flora, digo, en este planeta donde los apios y las violetas luchan por la convivencia, toda podría vivir sin ambos con toda tranquilidad, de veras, con tranquilidad. Un día ella tuvo la imprudencia de anunciarme que estaba encinta y que tenía ya cuatro o cinco meses así, y que yo era el culpable, ¡habráse visto! Me permitió ver su barriga de lado. Incluso se desvistió, sin duda para que yo no pensara que se había metido una almohada bajo el vestido, bueno, y también por el puro placer de desvestirse. Tal vez es puro aire, le dije, en tono de consuelo. Se me quedó mirando con sus grandes ojos cuyo color ya no recuerdo, con su gran ojo más bien, ya que el otro parecía riveteado por los restos del jacinto. Mientras más desvestida estaba, más bizca. Mira, me dijo, dejando colgar sus senos, el jacinto se está oscure-ciendo. Traté de recuperar las pocas fuerzas que me quedaban y dije, Aborta, aborta, y te juro que florecerá de nuevo. Ella había abierto las cortinas para que sus redondeces pudieran verse con claridad, y vi la montaña, impasible, cavernosa, secreta, donde de la noche a la mañana no se oía más que el silencio, los chorlitos, el tintineo del distante metal de los martillos de los picapedreros. Yo salía en la mañana con rumbo a los brezales, todo calor y esencia, para contemplar en la noche las distantes luces de la ciudad si se me antojaba y las demás luces, las de los barcos y de los faros, cuyo nombre mi padre me había enseñado, cuando era chico, y cuyo nombre podía hallar en mi memoria cuando se me antojaba, con toda seguridad. A partir de aquel día, las cosas fueron de mal en peor, de mal en peor. Y no porque ella me rechazara, nunca su rechazo me habría satisfecho, sino por la manera en que insistía con eso de nuestro hijo, exhibiendo su barriga y senos y diciendo que nacería ya de un momento al otro, que sentía que ya estaba pateando. Si está pateando, le decía yo, pues no es mío. Yo podía haber estado mucho peor en esa casa, eso júrenlo, ciertamente no era lo que se dice mi ideal, pero tampoco iba a negar sus ventajas. Pensé irme pero lo dudé mucho, las hojas habían comenzado a caer y me disgustaba el invierno. Uno no debería odiar el invierno, también tiene sus bondades, la nieve da calor y mata el tumulto, y sus pálidos días se van volando. Pero todavía ignoraba por entonces, cuan tierna puede resultar la tierra para aquellos que sólo la tienen a ella y cuántas tumbas ofrece para los vivos. Lo que dio al traste con todo fue el nacimiento. Me despertó. ¡Qué duras las ha de haber pasado ese niñito! Supongo que la acompaño una mujer porque me parecía oír pasos en la cocina que entraban y salían. Me dolía en el alma irme de una casa sin que me hubieran echado. Trepé por el respaldo del sofá, me puse el saco, el abrigo y el sombrero, sólo en eso puedo pensar, me puse las botas y abrí la puerta del pasillo. Un montón de porquerías me impedía la salida, pero me escabullí y pude salir de ahí ileso, sin importarme el ruido que hacía. Utilicé la palabra matrimonio, era una especie de unión, después de todo. Debe haber sido primeriza. Las precauciones habrían sido algo superfluo, nada podía compararse con aquellos gritos que me persiguieron por las escaleras hasta la entrada. Me detuve frente a la puerta principal y escuché. Todavía podía escucharlos. De no haber sabido que había gritos en la casa, no los habría escuchado. Pero como lo sabía, presté oídos. No estaba muy seguro de dónde me encontraba. Entre las estrellas y las constelaciones busqué a las Osas, pero no las vi. Y sin embargo, seguro estaban ahí. Mi padre fue el primero en mostrármelas. Me mostró muchas otras también, pero solo, sin él a mi lado, solamente podía encontrar a las Osas. Comencé a jugar con los gritos, como jugaba con las canciones, de aquí para allá, de aquí para allá, si a eso se le puede llamar un juego. Siempre que estuviera caminando no los escuchaba, debido a los pasos. Pero eso sí, si me detenía los volvía a escuchar, cada vez menos he de admitirlo, pero qué importa, menos o más, un grito es un grito y lo único que importa es que cese. Por años pensé que cesarían los gritos. Ahora ya perdí las esperanzas. Podría haberme conseguido amantes tal vez, pero así es la cosa, uno ama o no ama y punto.
Fin
4 de mayo de 2012
30 de abril de 2012
Rosa de fuego / Carlos Ruiz Zafón
Rosa de fuego
Carlos Ruiz Zafón
Y así, llegado el 23 de abril, los presos de la galería se volvieron a mirar a David Martín, que yacía en la sombra de su celda con los ojos cerrados, y le pidieron que les contase una historia con la que ahuyentar el tedio. “Os contaré una historia”, dijo él. “Una historia de libros, de dragones y de rosas, como manda la fecha, pero sobre todo una historia de sombras y ceniza, como mandan los tiempos...”
(de los fragmentos perdidos de ‘El Prisionero del Cielo’).
1
Cuentan las crónicas que cuando el hacedor de laberintos llegó a Barcelona a bordo de un bajel procedente de Oriente ya portaba consigo el germen de la maldición que habría de teñir el cielo de la ciudad de fuego y sangre. Corría el año de gracia de 1454 y una plaga de fiebre había diezmado la población durante el invierno, dejando la ciudad velada por un manto de humo ocre que ascendía de las hogueras donde ardían cadáveres y mortajas de centenares de difuntos. La espiral de miasma podía verse a lo lejos, reptando entre torreones y palacios para alzarse en un augurio funerario que advertía a los viajeros que no se aproximasen a las murallas y pasaran de largo. El Santo Oficio había decretado que la ciudad fuera sellada y su investigación había determinado que la plaga se había originado en un pozo cercano al barrio judío del Call de Sanaüja, donde una diabólica conjura de usureros semitas había envenenado las aguas, tal y como días de interrogatorios a hierro demostraron más allá de cualquier duda. Expropiados sus cuantiosos bienes y arrojados a una fosa del pantano lo que quedaba de sus despojos, sólo cabía esperar que la oración de los ciudadanos de bien devolviera la bendición de Dios a Barcelona. Cada día que pasaba eran menos los fallecidos y más los que sentían que lo peor ya había quedado atrás. Quiso empero el destino que los primeros fueran los afortunados y los segundos pronto hubieran de envidiar a quienes habían dejado ya aquel valle de miserias. Para cuando alguna voz tenue se atrevió a sugerir que un gran castigo caería de los cielos para purgar la infamia perpetrada In Nomine Dei contra los comerciantes judíos, ya era tarde. Nada cayó del cielo excepto ceniza y polvo. El mal, por una vez, llegó por mar.
2
El buque fue avistado al alba. Unos pescadores que reparaban su redes frente ala Murallade Mar lo vieron emerger de la bruma arrastrado por la marea. Cuando la proa encalló en la orilla y el casco se escoró a babor, los pescadores se encaramaron a bordo. Un hedor intenso emanaba de las entrañas del barco. La bodega estaba inundada y una docena de sarcófagos flotaba entre los escombros. A Edmond de Luna, el hacedor de laberintos y único superviviente de la travesía, lo encontraron atado al timón y quemado por el sol. Al principio lo tomaron por muerto, pero al examinarlo pudieron observar que todavía le sangraban las muñecas bajo las ataduras y que sus labios exhalaban un frío aliento. Portaba un cuaderno de piel en el cinto, pero ninguno de los pescadores pudo hacerse con él, pues para entonces ya se había personado en el puerto un grupo de soldados cuyo capitán, siguiendo órdenes del Palacio Episcopal, que había sido alertado de la llegada del buque, ordenó que se trasladase al moribundo al cercano hospital de Santa Marta y apostó a sus hombres para que custodiaran los restos del naufragio hasta que los oficiales del Santo Oficio pudieran llegar para inspeccionar el barco y dilucidar cristianamente lo que había sucedido. El cuaderno de Edmond de Luna fue entregado al gran inquisidor Jorge de León, brillante y ambicioso paladín de la iglesia que confiaba en que sus empeños en pos de la purificación del mundo le granjeasen pronto la condición de beato, santo y luz viva de la fe. Tras somera inspección, Jorge de León dictaminó que el cuaderno había sido compuesto en una lengua ajena a la cristiandad y ordenó que sus hombres fueran a buscar a un impresor llamado Raimundo de Sempere que tenía un modesto taller junto al portal de Santa Ana y que, habiendo viajado en su juventud, conocía más lenguas de las que eran aconsejables para un cristiano de bien. Bajo amenaza de tormento, el impresor Sempere fue obligado a jurar que guardaría el secreto de cuanto le fuese revelado. Sólo entonces se le permitió inspeccionar el cuaderno en una sala custodiada por centinelas en lo alto de la biblioteca de la casa del arcediano, junto a la catedral. El inquisidor Jorge de León observaba con atención y codicia. “Creo que el texto está compuesto en persa, su santidad”, musitó un Sempere aterrorizado. “Todavía no soy santo”, matizó el inquisidor. “Pero todo se andará. Prosiga...” Y fue así como, durante toda la noche, el impresor de libros Sempere empezó a leer y a traducir para el gran inquisidor el diario secreto de Edmond de Luna, aventurero y portador de la maldición que habría de traer la bestia a Barcelona.
3
Treinta años atrás Edmond de Luna había partido de Barcelona rumbo a oriente en busca de prodigios y aventuras. Su travesía por el mar Mediterráneo lo había llevado a islas prohibidas que no aparecían en mapas de navegación, a compartir lecho con princesas y criaturas de naturaleza inconfesable, a conocer los secretos de civilizaciones enterradas por el tiempo y a iniciarse en la ciencia y el arte de la construcción de laberintos, don que habría de hacerlo célebre y merced al cual obtuvo empleo y fortuna al servicio de sultanes y emperadores. Con el paso de los años, la acumulación de placeres y riquezas apenas significaba nada ya para él. Había saciado su sed de codicia y ambición más allá de los sueños de cualquier mortal y, ya en la madurez y sabiendo que sus días caminaban hacia el ocaso, se dijo que nunca más volvería a prestar sus servicios a menos que fuese a cambio de la mayor de las recompensas, el conocimiento prohibido. Durante años declinó las invitaciones para construir los más prodigiosos e intrincados laberintos porque nada de lo que le ofrecían a cambio le era deseable. Creía ya que no había tesoro en el mundo que no se le hubiese ofrecido cuando llegó a sus oídos que el emperador de la ciudad de Constantinopla requería sus servicios, a cambio de los cuales estaba dispuesto a ofrecer un secreto milenario al que ningún mortal había tenido acceso durante siglos. Aburrido y tentado por una última oportunidad para reavivar la llama de su alma, Edmond de Luna visitó al emperador Constantino en su palacio. Constantino vivía bajo la certeza de que, tarde o temprano, el cerco de los sultanes otomanos acabaría con su imperio y borraría de la faz de la tierra el saber que la ciudad de Constantinopla había acumulado durante siglos. Por ese motivo deseaba que Edmond proyectase el mayor laberinto jamás creado, una biblioteca secreta, una ciudad de libros que habría de existir oculta bajo las catacumbas de la catedral de Hagia Sophia donde los libros prohibidos y los prodigios de siglos de pensamiento pudieran ser preservados para siempre. A cambio, el emperador Constantino no le ofrecía tesoro alguno. Simplemente un frasco, un pequeño botellín de cristal tallado que contenía un líquido escarlata que brillaba en la oscuridad. Constantino sonrió extrañamente al tenderle el frasco. “He esperado muchos años antes de poder encontrar al hombre merecedor de este don”, explicó el emperador. “En las manos equivocadas, éste podría ser un instrumento para el mal”. Edmond lo examinó fascinado e intrigado. “Es una gota de sangre del último dragón”, murmuró el emperador. “El secreto de la inmortalidad”.
4
Durante meses Edmond de Luna trabajó en los planos para el gran laberinto de los libros. Hacía y rehacía el proyecto sin quedar satisfecho. Había comprendido entonces que ya no le importaba el pago, pues su inmortalidad sería consecuencia de la creación de aquella prodigiosa biblioteca y no de una supuesta poción mágica de leyenda. El emperador, paciente pero preocupado, le recordaba que el asedio final de los otomanos estaba próximo y que no había tiempo que perder. Finalmente, cuando Edmond de Luna dio con la solución al gran rompecabezas, ya era tarde. Las tropas de Mehmed II el Conquistador habían cercado Constantinopla. El fin de la ciudad, y del imperio, era inminente. El emperador recibió los planos de Edmond maravillado, pero comprendió que nunca podría construir el laberinto bajo la ciudad que llevaba su nombre. Pidió entonces a Edmond que intentase eludir el cerco junto con tantos otros artistas y pensadores que habrían de partir rumbo a Italia. “Sé que encontrará el lugar idóneo para construir el laberinto, amigo mío”. En agradecimiento, el emperador le entregó el frasco con la sangre del último dragón, pero una sombra de inquietud nublaba su rostro al hacerlo. “Cuando le ofrecí este don, apelé a la codicia de la mente para tentarle, amigo mío. Quiero que acepte también este humilde amuleto, que tal vez algún día apelará a la sabiduría de su alma si el precio de la ambición es demasiado alto...”. El emperador se desprendió de una medalla que llevaba al cuello y se la tendió. El colgante no contenía oro ni joyas, apenas una pequeña piedra que parecía un simple grano de arena. “El hombre que me la entregó me dijo que era una lágrima de Cristo”. Edmond frunció el ceño. “Sé que no es usted hombre de fe, Edmond, pero la fe se encuentra cuando no se busca y llegará el día en que sea su corazón, no su mente, el que anhele la purificación del alma”. Edmond no quiso contrariar al emperador y se colocó la insignificante medalla al cuello. Sin más equipaje que el plano de su laberinto y el frasco escarlata, partió aquella misma noche. Constantinopla y el imperio caerían poco después tras un cruento asedio mientras Edmond surcaba el Mediterráneo en busca de la ciudad que había dejado en su juventud. Navegaba junto a unos mercenarios que le habían ofrecido pasaje tomándolo por un rico mercader a quien aligerar de su bolsa una vez en alta mar. Cuando descubrieron que no portaba riqueza alguna, quisieron echarlo por la borda, pero él les persuadió para que le permitiesen seguir a bordo contándoles algunas de sus aventuras a modo de Scherezade. El truco consistía en dejarles siempre con la miel en los labios, le había enseñado un sabio narrador en Damasco. “Te odiarán por ello, pero te desearán aún más”. A ratos libres empezó a escribir sus experiencias en un cuaderno. Para vedarlo de la mirada indiscreta de aquellos piratas, lo compuso en persa, una lengua prodigiosa que había aprendido durante sus años en la antigua Babilonia. A media travesía se toparon con un buque a la deriva sin pasaje ni tripulación. Portaba grandes ánforas de vino que llevaron a bordo y con las que los piratas se emborrachaban todas las noches mientras escuchaban las historias que contaba Edmond, a quien no le permitían probar gota alguna. A los pocos días la tripulación empezó a enfermar y pronto los mercenarios fueron muriendo uno tras otro víctimas del veneno que habían ingerido en el vino robado. Edmond, el único a salvo de aquel destino, los fue metiendo en los sarcófagos que los piratas llevaban en la bodega, fruto del botín de alguno de sus pillajes. Sólo cuando él era el único que quedaba con vida a bordo y temía morir perdido a la deriva en alta mar en la más terrible de las soledades osó abrir el frasco escarlata y olfatear el contenido durante un segundo. Bastó un instante para que vislumbrara el abismo que quería apoderarse de él. Sintió el vapor que reptaba desde el frasco sobre su piel y vio por un segundo sus manos cubrirse de escamas y sus uñas convertirse en garras más afiladas y mortíferas que el más temible de los aceros. Aferró entonces aquel humilde grano de arena que pendía de su cuello y suplicó a un Cristo en el que no creía su salvación. El negro abismo del alma se desvaneció y Edmond respiró de nuevo al ver que sus manos volvían a ser las de un mortal. Selló el frasco de nuevo y se maldijo por su ingenuidad. Supo entonces que el emperador no le había mentido, pero que aquello no era pago ni bendición alguna. Era la llave del infierno.
5
Cuando Sempere acabó de traducir el cuaderno, la primera luz del alba asomaba entre las nubes. Poco después el inquisidor, sin mediar palabra, abandonó la sala y dos centinelas entraron a buscarlo para conducirlo a una celda de la que tuvo la certeza que jamás saldría con vida.
Mientras Sempere daba con sus huesos en la mazmorra, los hombres del gran inquisidor acudían a los restos del naufragio, donde, oculto en un cofre de metal, habían de encontrar el frasco escarlata. Jorge de León los esperaba en la catedral. No habían conseguido encontrar la medalla con la supuesta lágrima de Cristo que aludía el texto de Edmond, pero el inquisidor no tuvo reparo pues sentía que su alma no precisaba de purificación alguna. Con los ojos envenenados de codicia, el inquisidor tomó el frasco escarlata, lo alzó al altar para bendecirlo y, dando gracias a Dios y al infierno por aquel don, ingirió el contenido de un trago. Transcurrieron unos segundos sin que sucediese nada. Entonces, el inquisidor empezó a reír. Los soldados se miraron unos a otros desconcertados preguntándose si Jorge de León habría perdido el juicio. Para la mayoría de ellos, fue el último pensamiento de sus vidas. Vieron como el inquisidor caía de rodillas y una bocanada de viento helado barría la catedral, arrastrando los bancos de madera, derribando figuras y cirios encendidos. Luego escucharon como su piel y sus miembros se quebraban, como entre los aullidos de agonía la voz de Jorge de León se hundía en el rugido de la bestia que emergía de sus carnes, creciendo rápidamente en un amasijo ensangrentado de escamas, garras y alas. Una cola jalonada de aristas cortantes como hachas se extendía en la mayor de las serpientes y cuando la bestia se volvió y les mostró el rostro surcado de colmillos y los ojos encendidos de fuego, apenas tuvieron valor para echar a correr. Las llamas les sorprendieron inmóviles, arrancándoles la carne de los huesos como el vendaval arranca las hojas de un árbol. La bestia desplegó entonces sus alas, y el inquisidor, San Jorge y dragón al tiempo, alzó el vuelo atravesando el gran rosetón de la catedral en una tormenta de cristal y fuego para elevarse sobre los tejados de Barcelona.
6
La bestia sembró el terror durante siete días y siete noches, derribando templos y palacios, incendiando cientos de edificios y despedazando con sus garras las figuras temblorosas que encontraba suplicando misericordia tras arrancar los techos sobre sus cabezas. El dragón carmesí crecía día tras día y devoraba cuanto encontraba a su paso. Los cuerpos desgarrados llovían del cielo y las llamas de su aliento fluían por las calles como un torrente de sangre. Al séptimo día, cuando todos en la ciudad creían que la bestia iba a arrasarla por completo y a aniquilar a todos sus habitantes, una figura solitaria salió a su encuentro. Edmond de Luna, apenas recuperado y cojeando, ascendió las escalinatas que conducían al techo de la catedral. Allí esperó a que el dragón le avistase y viniera a por él. De entre las nubes negras de humo y brasa emergió la bestia en vuelo rasante sobre los tejados de Barcelona. Había crecido tanto que rebasaba ya en tamaño al templo del que había emergido. Edmond de Luna pudo ver su reflejo en aquellos ojos, inmensos como estanques de sangre. La bestia abrió las fauces para engullirlo, volando ahora como una bala de cañón sobre la ciudad y arrancando terrados y torres a su paso. Edmond de Luna extrajo entonces aquel miserable grano de arena que pendía de su cuello y lo apretó en el puño. Recordó las palabras de Constantino y se dijo que la fe le había por fin encontrado y que su muerte era un precio muy pequeño para purificar el alma negra de la bestia, que no era sino la de todos los hombres. Alzó así el puño que asía la lágrima de Cristo, cerró los ojos y se ofreció. Las fauces lo engulleron a la velocidad del viento y el dragón se elevó en lo alto, escalando las nubes. Quienes recuerdan aquel día dicen que el cielo se abrió en dos y que un gran resplandor prendió el firmamento. La bestia quedó envuelta en las llamas que resbalaban entre sus colmillos y el batir de sus alas proyectó una gran rosa de fuego que cubrió totalmente la ciudad. Se hizo entonces el silencio y cuando volvieron a abrir los ojos, el cielo se había cubierto como en la noche más cerrada y una lenta lluvia de copos de ceniza brillante se precipitó desde lo más alto, cubriendo las calles, las ruinas quemadas y la ciudad de tumbas, templos y palacios con un manto blanco que se deshacía al tacto y que olía a fuego y maldición.
7
Aquella noche Raimundo de Sempere consiguió escapar de su celda y regresar a casa para comprobar que su familia y su taller de impresión de libros habían sobrevivido a la catástrofe. Al amanecer, el impresor se acercó hastala Murallade Mar. Las ruinas del naufragio que había traído a Edmond de Luna de regreso a Barcelona se mecían en la marea. El mar había empezado a desguazar el casco y pudo penetrar en él como si se tratase de una casa a la que hubieran arrancado una pared. Recorriendo las entrañas del buque a la luz espectral del alba, el impresor encontró por fin lo que buscaba. El salitre había carcomido parte del trazo, pero los planos del gran laberinto de los libros seguía intacto tal y como Edmond de Luna lo había proyectado. Se sentó sobre la arena y lo desplegó. Su mente no podía abarcar la complejidad y la aritmética que sostenía aquella ilusión, pero se dijo que vendrían mentes más preclaras capaces de dilucidar sus secretos y que, hasta entonces, hasta que otros más sabios pudieran encontrar el modo de salvar el laberinto y recordar el precio de la bestia, guardaría el plano en el cofre familiar donde algún día, no albergaba duda ninguna, encontraría al hacedor de laberintos merecedor de tamaño desafío.
Fin
Publicado en el diario La Vanguardia el 20/04/12
5 de abril de 2012
Una muerte en la familia / Alberto Laiseca
Hace mucho que no subía un nuevo cuento de Laiseca. Los demás los pueden encontrar haciendo click en su nombre a la derecha donde se encuentran las etiquetas.
Saludos!
Saludos!
31 de marzo de 2012
Un método peligroso / John Kerr
Que Sabina se convierta en un peligro para Jung e incluso Freud refuerza una idea presente en la obra de Cronenberg: la creación como algo que cobra vida más allá de los deseos de su creador.
En una de las primeras escenas de Un método peligroso, el doctor Carl Jung está desayunando junto a su esposa, embarazada, y comentan acerca de la criatura que está por nacer. Lo que Jung todavía no sabe, pero el montaje y la puesta en escena del director David Cronenberg lo anticipan, es que Jung también está “preñado”: en el seno de su clínica en las afueras de Zurich, está incubando su propia criatura, Sabina S., la primera paciente que se someterá a su “cura por medio del habla”. Que esta criatura luego se convierta en un peligro para Jung e incluso también para su mentor, Sigmund Freud, no hace sino reforzar la idea que está presente en buena parte de la obra de Cronenberg: la creación como una amenaza, como un cuerpo extraño que cobra vida propia más allá de los deseos de su creador.
Ya en su lejana versión de La mosca (1986), el propio Cronenberg se permitía un cameo en una escena tan breve como significativa: allí interpretaba a un obstetra que, para su propio horror, extraía del útero de su paciente a un ser monstruoso. Desde entonces –y desde antes incluso: ver Shivers (1975) o Rabid (1976)–, Cronenberg ha sido el partero encargado de dar a luz los temores más profundos del inconsciente. Y no hace otra cosa Jung (Michael Fassbender) con Sabina Spielrein (Keira Knightley), desde la primera sesión de “la cura del habla”: el atildado doctor apenas si puede reprimir su sorpresa ante las extremas manifestaciones físicas de su paciente, cuyo cuerpo se retuerce convulsivamente mientras su quijada, intentando decir lo indecible, parece proyectarse hacia afuera como si se tratara de un alien en su puja por emerger a la superficie.
A diferencia de otros films del autor de Scanners, sin embargo, no hay aquí otros signos de un horror gráfico, explícito. Por el contrario: si en Festín desnudo, por ejemplo, la máquina de escribir del novelista se convertía, a la manera de las pesadillas de William Burroughs, en una gigantesca cucaracha, aquí en cambio Sabina S. se irá volviendo, gracias a la terapia, en Frau Spielrein, una mujer cada vez más bella y socialmente presentable, al punto que por incentivo del propio Jung decide seguir sus pasos como psicoterapeuta. Pero más allá de la elegante y serena superficie del lago de Zurich que los rodea, una tormenta se desata en el interior de la alcoba de Sabina, donde ella ha convertido al doctor Jung –casi contra su débil voluntad– en su amante y a quien le pide que la azote en las nalgas tal como lo hacía su padre.
La criatura va tomando el poder sobre su creador, de la misma manera que el discípulo desafía al mentor: desde el momento en que Jung atraviesa la puerta de la célebre Bergstrasse 19, en Viena, no puede sino enfrentar a la autoridad que significa la figura paterna de Freud (Viggo Mortensen, en una composición sorprendentemente natural y lograda para representar una figura de ese calibre). El es el único en la mesa familiar del creador del psicoanálisis que se lanza a comer sin pedir el permiso del dueño de casa.
En la obra teatral de Christopher Hampton en la que se basa el film, inspirada a su vez en un controvertido libro biográfico de John Kerr, se plantean también antagonismos de clase entre uno y otro: Jung como el despreocupado heredero de la fortuna de su esposa, Freud inquieto en cambio por la necesidad de sostener con su trabajo a una familia numerosa. Pero a medida en que las diferencias teóricas comienzan a acentuarse entre ellos (la película hace un estupendo uso dramático de la correspondencia entre ambos), también parecen pesar –sobre todo en Freud– cuestiones de origen. “Nunca deposite toda su confianza en un ario”, le recomienda a Sabina con relación a Jung.
Esa rivalidad de las dos figuras masculinas alrededor de una mujer recuerda a su vez a la de los hermanos mellizos de Pacto de amor, que también eran médicos, de la misma manera que los extraños instrumentos ginecológicos de esa película parecen encontrar aquí un eco en la manera inquietante en que Cronenberg filma el primitivo “psicogalvanómetro” de Jung o las correas y chalecos de fuerza que pueblan la clínica de Burghölzli.
Aun partiendo de un material ajeno, Cronenberg es capaz de hacerlo suyo y de convertirlo a su mundo como ningún otro autor cinematográfico logra hacerlo en la actualidad
Por Luciano Monteagudo para Página 12
28 de marzo de 2012
Desajuste / Philip K. Dick
DesajustePhilip K. Dick
Cuando Richards llegaba a casa después de trabajar, se enfrascaba en una rutina secreta, una serie agradable de actos que le proporcionaban más satisfacción que su jornada laboral de diez horas en el Instituto de Comercio. Tiraba el maletín en una silla, se remangaba, tomaba una regadera llena de líquido fertilizante y abría de una patada la puerta trasera.
El frío sol del atardecer le bañó cuando avanzó por la mojada tierra negra hasta el centro del jardín. Su corazón latía con violencia. ¿Cómo estaría?
Estupendo. Cada día crecía más.
Lo regó, arrancó algunas hojas secas, removió la tierra, mató la mala hierba que había surgido, derramó fertilizante con generosidad y retrocedió para examinar el conjunto. No había nada más satisfactorio que la actividad creativa. En su trabajo, era un ejecutivo muy bien pagado del sistema económico niplan. Trabajaba con símbolos verbales y los símbolos de otras personas. Aquí, trataba directamente con la realidad.
Richards se puso en cuclillas y examinó sus adelantos. Era una bonita visión; casi preparada, casi madura. Se inclinó hacia delante y palpó los firmes costados.
A la luz del crepúsculo, el transporte de alta velocidad brillaba. Las ventanas casi se habían formado, cuatro cuadrados pálidos en el casco metálico ahusado. La burbuja de control empezaba a surgir del centro del chasis. Las pestañas de los motores habían adquirido su plena forma. La escotilla de entrada y las esclusas de emergencia aún no habían nacido, pero faltaba poco.
La satisfacción de Richards alcanzó un punto álgido. No quedaba duda: el transporte estaba casi maduro. Cualquier día lo tomaría..., y empezaría a volar.
A las nueve, la sala de espera estaba llena de gente y humo de cigarrillos; ahora, a las tres y media, se encontraba casi vacía. Uno a uno, los visitantes se habían rendido y marchado. Cintas esparcidas, ceniceros rebosantes y sillas vacías rodeaban al escritorio robot, enfrascado en sus asuntos. Pero en una esquina, sentada muy erguida, sus pequeñas manos enlazadas sobre el bolso, continuaba la joven que el escritorio no había logrado desanimar.
El escritorio lo intentó una vez más. Eran cerca de las cuatro. Eggerton no tardaría en irse. La grosera irracionalidad de esperar a un hombre que estaba a punto de ponerse el sombrero y el abrigo para marcharse a casa crispaba los nervios sensibles del escritorio. Y la chica llevaba sentada en el mismo sitio desde las nueve, los ojos abiertos de par en par, mirando al vacío, sin fumar ni mirar cintas, sólo sentada y esperando.
—Oiga, señora —dijo el escritorio en voz alta—, el señor Eggerton no recibirá a nadie hoy.
La chica dibujó una leve sonrisa.
—Sólo será un momento.
El escritorio suspiró.
—Es usted tozuda. ¿Qué desea? Los negocios de su empresa deben ir viento en popa con una trabajadora como usted, pero como ya le he dicho, el señor Eggerton nunca compra nada. Ha llegado donde está gracias a librarse de gente como usted. Estará pensando que va a conseguir un gran encargo con esa silueta —la amonestó el robot—. Debería avergonzarse de llevar un vestido como ése, una chica tan guapa como usted.
—Me recibirá —contestó la joven sin alzar la voz.
El escritorio buscó algún doble sentido de la palabra «recibir».
—Sí, supongo que con un vestido como ése... —empezó, pero en aquel momento se abrió la puerta interior y John Eggerton apareció.
—Desconéctate —ordenó al escritorio—. Me voy a casa. Prográmate para las diez. Mañana llegaré tarde. El bloque id celebrará una conferencia en Pittsburgh, y quiero decirles unas cuantas cosas.
La muchacha se levantó. John Eggerton era un hombre grande, ancho de hombros, sucio y desastrado, con la chaqueta sin abrochar y manchada de comida, las mangas subidas, ojos hundidos y astutos. Le dirigió una mirada de preocupación cuando se acercó.
—Señor Eggerton, ¿me concede un momento? Quiero hablar con usted.
—No pienso comprar ni alquilar. —La voz de Eggerton estaba ronca de cansancio—. Jovencita, vuelva donde su jefe y dígale que, si quiere enseñarme algo, envíe a un representante con experiencia, y no a una cría que acaba de salir del...
Eggerton era miope y no vio la tarjeta que la joven sostenía entre los dedos hasta que casi la tuvo encima. Se movió con sorprendente agilidad para un hombre de su tamaño. Empujó a la chica, rodeó el escritorio robot y se deslizó por una salida lateral. El bolso de la muchacha cayó al suelo y su contenido se desparramó.
Dudó un momento, lanzó un siseo de exasperación, salió corriendo de la oficina y se precipitó hacia el ascensor. Estaba en rojo; ya se dirigía hacia el aeródromo privado del edificio, a cincuenta pisos de altura.
—Mierda —masculló la joven.
Volvió a entrar en la oficina, disgustada.
El escritorio había empezado a recobrarse.
—¿Por qué no me dijo que era una inmune? —preguntó, ofendido e indignado como un burócrata—. Le entregué el formulario s045 para que lo llenara y en la línea seis se solicita información especifica sobre la ocupación. Usted..., ¡me ha engañado!
La chica hizo caso omiso del escritorio y se arrodilló para recoger sus cosas. Pistola, brazalete magnético, micrófono de cuello, lápiz de labios, llaves, espejo, calderilla, pañuelo, el aviso de veinticuatro horas para John Eggerton... Se llevaría una buena reprimenda cuando volviera a la Agencia. Eggerton había logrado incluso soslayar la advertencia oral: el rollo de cinta grabada que había caído del bolso estaba inutilizado.
—Tienes un jefe muy listo —dijo al escritorio, en un estallido de cólera—. Todo el día sentada en esta asquerosa oficina con todos aquellos vendedores para nada.
—Me preguntaba por qué era usted tan insistente. Nunca había visto a una vendedora tan insistente. Tendría que haberlo adivinado. Casi le atrapa.
—Le atraparemos —afirmó la joven, mientras salía de la oficina—. Díselo mañana, cuando venga.
—No vendrá —respondió el escritorio para sí, pues la joven se había ido—. Mientras haya inmunes al acecho, no vendrá. La vida de un hombre vale más que su negocio, incluso que un negocio de esta envergadura.
La muchacha entró en una cabina pública y videofonó a la Agencia.
—Se ha escapado —dijo a la mujer de aspecto taciturno que era su inmediata superior—. Ni tan sólo tocó la tarjeta de requerimiento. Creo que no he sido de gran utilidad.
—¿Vio la tarjeta?
—Claro. Por eso salió disparado como un rayo.
La mujer escribió unas líneas en un cuaderno.
—Técnicamente, es nuestro. Dejaré que nuestros abogados se peleen con los suyos. Seguiré adelante con el aviso de veinticuatro horas, como si lo hubiera aceptado. Si antes era escurridizo, a partir de ahora será imposible; nunca nos acercaremos tanto como en esta ocasión. Es una pena que fallara... —La mujer tomó una decisión—. Llame a su casa y comunique a sus criados el aviso de culpabilidad. Mañana por la mañana lo distribuiremos a las principales máquinas de noticias.
Doris cortó la comunicación, tapó la pantalla con una mano y marcó el número privado de Eggerton. Comunicó al criado el aviso formal que Eggerton, según lo previsto por la ley, podía ser capturado por cualquier ciudadano. El criado (mecánico) recibió la información como si se tratara de un pedido de tela. La serenidad de la máquina desalentó a la joven todavía más. Salió de la cabina y bajó por la rampa hacia la coctelería para esperar a su marido.
John Eggerton no parecía un paraquinético. La mente de Doris imaginaba jóvenes de rostros macilentos, atormentados e introvertidos, ocultos en ciudades y granjas aisladas, lejos de las zonas urbanas. Eggerton era importante..., lo cual no disminuía sus posibilidades de ser detectado gracias a la red de control aleatoria. Mientras bebía el Tom Collins, se preguntó qué otros motivos tendría John Eggerton para no hacer caso del aviso inicial, la advertencia posterior (multa y posible encarcelamiento) y ahora el último aviso.
¿Sería Eggerton un auténtico P-Q?
En el espejo situado detrás de la barra su rostro osciló, anillos de semisombras, súcubos nebulosos, una neblina oscura como la que flotaba sobre el sistema niplan. Su reflejo podría haber sido el de una joven paraquinética: círculos negros a modo de ojos, pestañas húmedas, cabello mojado caído sobre los hombros, dedos demasiado largos y ahusados. Pero sólo era el espejo: no había mujeres paraquinéticas. Al menos, aún no las habían descubierto.
Su marido apareció de improviso junto a ella, dejó la chaqueta sobre un taburete y se sentó.
—¿Cómo te ha ido? —preguntó Harvey.
Doris se sobresaltó.
—¡Me has asustado!
Harvey encendió un cigarrillo y atrajo la atención del camarero.
—Burbon con agua. —Se volvió hacia su mujer—. Ánimo. Hay más mutantes sueltos. —Le tendió el periódico de la tarde—. Es posible que ya lo sepas, pero nuestra delegación de San Francisco ha atrapado cuatro a la vez; todos únicos en su género. Uno de ellos poseía el maravilloso talento de acelerar los procesos metabólicos de los tipos que le caían mal.
Doris asintió con aire ausente.
—Nos enteramos por los comunicados de la Agencia. Y uno podía atravesar las paredes. Otro animaba piedras.
—¿Eggerton huyó?
—Como un rayo. Jamás imaginé que un hombre tan grande pudiera moverse con aquella rapidez..., aunque tal vez no sea un hombre. —Dio vueltas al vaso entre los dedos—. La Agencia va a dar publicidad al aviso de veinticuatro horas. Ya he llamado a su casa, lo cual proporciona ventaja a sus criados.
—Deberían aprovecharla. Al fin y al cabo, han trabajado para él. Tendrían que sacar partido. —Harvey intentaba ser gracioso, pero su mujer no reaccionaba—. ¿Crees que un hombre tan grande puede esconderse?
Doris se encogió de hombros. Los que se escondían simplificaban el problema; se delataban al apartarse cada vez más de la norma de comportamiento. El problema residía en los que ignoraban su diferencia innata, en los que seguían funcionando hasta que se les descubría por accidente... Los llamados P-Qs inconscientes habían provocado que se creara el sistema de control aleatorio y su agencia de mujeres inmunes. En la mente de Doris se insinuó la siniestra idea que un hombre podía pensar que era un P-Q, sin serlo; el eterno temor neurótico a ser diferente, raro, cuando en realidad era de lo más normal. Eggerton, a pesar de su poder e influencia en el mundo de los negocios, quizá fuera un hombre normal dominado por la fobia de ser un P-Q. Se habían dado casos semejantes..., mientras auténticos P-Qs iban por el mundo ajenos por completo a su peculiaridad.
—Necesitamos una prueba segura —dijo Doris en voz alta— que un hombre pueda aplicarse a sí mismo, para estar seguro.
—¿No la tienen cuando atrapan a uno en vuestra red?
—Si le atrapamos. Uno entre diez mil. Un número muy reducido. —De pronto, apartó la bebida y se levantó—. Vamos a casa. Tengo hambre y estoy cansada. Quiero irme a la cama.
Harvey tomó el abrigo y pagó la cuenta.
—Lo siento, cariño, pero esta noche cenaremos fuera. A la hora de comer me encontré con un compañero del Instituto de Comercio, un tipo llamado Jay Richards. Nos invitó a los dos para celebrar algo.
—¿Qué vamos a celebrar? —preguntó Doris, irritada.
—Es un secreto —contestó Harvey, mientras abría la puerta del local—. Lo revelará después de la cena. Anímate. Seguro que lo pasaremos bien.
Eggerton no voló directamente a casa. Circuló sin rumbo a gran velocidad en las inmediaciones del primer anillo de barrios residenciales que bordeaban Nueva York. El terror de los primeros momentos había dado paso a la cólera. Su impulso instintivo fue dirigirse hacia sus propiedades, pero el temor a tropezarse con más miembros de la Agencia paralizó su voluntad. Mientras intentaba tomar una decisión, su micrófono de cuello le repitió la llamada de la Agencia a su casa.
Tenía suerte. La chica había comunicado el aviso de veinticuatro horas a uno de los robots, y a los robots no les interesaban las recompensas.
Aterrizó en un tejado, seleccionado al azar, situado dentro de la zona industrial de Pittsburgh. Nadie le vio; la suerte seguía acompañándole. Temblaba cuando entró en el ascensor y descendió hasta la planta baja. Con él bajaron un funcionario de rostro inexpresivo, dos mujeres de edad avanzada, un joven serio y la hermosa hija de un ejecutivo menor. Un grupo inofensivo de gente, pero a él no le engañaban: cuando finalizara el plazo de veinticuatro horas, cualquiera de ellos se lanzaría en su búsqueda. Y no podía culparles: diez millones de dólares era mucho dinero.
En teoría, tenía un día de gracia, pero los avisos finales eran secretos a gritos. Mucha gente de buena posición estaría en conocimiento. Iría a ver a un viejo amigo, que le recibiría con grandes parabienes, le invitaría a cenar, le proporcionaría un refugio en Ganímedes y cantidad de provisiones..., y recibiría un tiro entre los ojos en cuanto el día terminara.
Poseía unidades alejadas que pertenecían a su imperio industrial, desde luego, pero serían registradas sistemáticamente. Poseía una variedad de compañías matrices y empresas menores, pero la Agencia las investigaría si creía que valía la pena desperdiciar su tiempo. La comprensión intuitiva de poder convertirse fácilmente en una lección para el sistema niplan, manipulado y explotado por la Agencia, le enloqueció. Las inmunes siempre habían desenterrado complejos encerrados en su mente desde su más tierna infancia. La idea de una civilización matriarcal se le antojaba aborrecible. Atrapar a Eggerton equivalía a privar al bloque de un puntal básico. Se le ocurrió que en su elección tal vez no había concurrido para nada el azar.
Muy listos: reunir los números de identificación de los líderes del bloque id, introducirlos de vez en cuando en las redes de control, para irlos eliminando de uno en uno.
Llegó al nivel de la calle y se quedó indeciso, mientras el tráfico urbano fluía a su alrededor con gran estrépito. ¿Y si los líderes del bloque id colaboraban con las redes de control? Aceptar el aviso inicial sólo significaba someterse a un sondeo mental de rutina, llevado a cabo por el cuerpo protegido de mutantes que la sociedad permitía, los castrati tolerados por su utilidad contra los demás mutantes. La víctima, elegida al azar o adrede, permitía el sondeo, entregaba su mente desnuda a la Agencia, dejaba que removieran y manosearan el contenido de su psique, y después volvía a la oficina, sano y salvo. Esto significaba que el líder industrial podía pasar la prueba, que no era un P-Q.
La rotunda frente de Eggerton se perló de sudor. ¿Se estaba diciendo, de una manera retorcida, que era un P-Q? No, en absoluto. Era una cuestión de principios: la Agencia carecía de derecho moral para sondear a la media docena de hombres cuyo bloque industrial sustentaba el sistema niplan. Todos los líderes del bloque id estaban de acuerdo con él en este punto. Un ataque contra Eggerton era un ataque contra todo el bloque.
Rezó con todas sus fuerzas para que lo vieran de esa forma. Detuvo un taxi robot y ordenó:
—Llévame a la sede del bloque id. Si alguien intenta pararte, cincuenta dólares recompensarán tu negativa.
La inmensa sala estaba a oscuras cuando llegó. La asamblea tardaría varios días en empezar. Eggerton vagó sin rumbo por los pasillos, entre las filas de asientos donde se acomodaría el personal tecnológico y administrativo de las diversas unidades industriales, pasó frente a los bancos de acero y plástico donde se sentarían los líderes y, por fin, se dirigió hacia la tribuna del presidente. Se encendieron luces suaves cuando se detuvo ante la tribuna de mármol. De pronto, comprendió la inutilidad de su acción. Al acudir a este recinto solitario se comportaba como un paria. Podía chillar y gritar, pero nadie aparecería. No podía apelar a nada ni a nadie; la Agencia era el gobierno legal del sistema niplan. Si arremetía contra ella, se ponía en contra de toda la sociedad organizada. Por más poderoso que fuera, no podía derrotar a la sociedad.
Abandonó el edificio a toda prisa, localizó un restaurante caro y disfrutó de una cena opípara. Engulló inmensas cantidades de exquisiteces importadas, casi febrilmente. Al menos, paladearía cada minuto de las veinticuatro horas. Mientras comía, lanzaba miradas furtivas a los camareros y a los demás clientes. Rostros insulsos, indiferentes..., pero muy pronto verían su número e imagen en cada máquina de noticias. La gran caza comenzaría; millones de cazadores en pos de una sola pieza. Terminó su cena, consultó el reloj y abandonó el restaurante. Eran las seis de la tarde.
Asoló durante una hora un lujoso burdel, pasando de un reservado a otro sin casi ver a sus ocupantes. Dejó a sus espaldas un caos, después de pagar y huir de aquel torbellino frenético en busca del aire fresco de las calles. Vagó hasta las once por los parques, sólo iluminados por las estrellas, que rodeaban la zona residencial de la ciudad, entre otras sombras mortecinas, las manos hundidas en los bolsillos, encorvado y deprimido. A lo lejos, el reloj de una torre emitió una señal horaria sonora. Las veinticuatro horas iban transcurriendo y nadie podía detenerlas.
A las once y media finalizó su vagabundeo y se controló lo suficiente para analizar la situación. Tenía que enfrentarse a la verdad: su única posibilidad residía en la sede del bloque id. El personal técnico y administrativo aún no habría hecho acto de presencia, pero la mayoría de los líderes se habrían trasladado ya a sus aposentos privados. Su plano de muñeca le informó que se había alejado ocho kilómetros del edificio. Aterrorizado, tomó la decisión.
Voló al edificio, se posó sobre el tejado desierto y descendió a la planta habilitada como vivienda. No había engaño posible: era ahora o nunca.
—Adelante, John —le saludó Townsand, pero su expresión cambió cuando Eggerton le resumió lo sucedido en su oficina.
—¿Dices que ya han enviado el aviso final a tu domicilio? —preguntó en seguida Laura Townsand. Se había levantado del sofá donde estaba sentada para acercarse de inmediato a la puerta—. Entonces, es demasiado tarde.
Eggerton tiró el abrigo al ropero y se desplomó sobre una butaca.
—¿Demasiado tarde? Tal vez... Demasiado tarde para ignorar el aviso, pero no pienso rendirme.
Townsand y los demás líderes del bloque id rodearon a Eggerton. Sus rostros revelaban curiosidad, simpatía y síntomas de una fría diversión.
—Te has metido en un buen lío —dijo uno—. Si nos hubieras informado antes que enviaran el aviso final, quizá podríamos haber hecho algo, pero a estas alturas...
Eggerton experimentó un sofoco al oír aquellas palabras.
—Un momento —dijo con voz ronca—. Vamos a dejarlo claro: a todos nos afecta. Hoy por ti, mañana por mí. Si me adhiero a...
—Tranquilo —murmuraron algunas voces—. Seamos racionales.
Eggerton se reclinó en la butaca, mientras intentaba calmar su cuerpo fatigado. Sí, había que ser racional.
—Tal como yo lo veo —dijo Townsand en voz baja, inclinándose hacia adelante con los dedos juntos—, la cuestión no reside en neutralizar a la Agencia. Nosotros somos el motor económico del sistema niplan; si dejamos de apoyar a la Agencia, se derrumbará. La verdadera cuestión es: ¿queremos borrar del mapa a la Agencia?
—¡Santo Dios, son ellos o nosotros! —graznó Eggerton—. ¿No ves que están utilizando la red de control y el sistema de sondeo para socavarnos?
Townsand le dirigió una mirada y continuó hablando a los demás líderes.
—Quizá estemos olvidando algo. Nosotros fundamos la Agencia. Es decir, el bloque id que nos precedió diseñó las bases de la inspección aleatoria, el uso de telépatas domesticados, el aviso final y la caza; todo el sistema. La Agencia existe para protegernos; de lo contrario, los paraquinéticos se propagarían como malas hierbas y acabarían con nosotros. Debemos ejercer el control de la Agencia, por supuesto. Es un instrumento a nuestro servicio.
—Sí —admitió otro líder—. No podemos permitir que se monten encima de nosotros. Eggerton tiene razón en ese punto.
—Podemos asumir —continuó Townsand— que debe existir siempre un mecanismo que detecte a los P-Qs. Si la Agencia desaparece, algo debe sustituirla. Voy a decirte algo, John. —Contempló a Eggerton con aire pensativo—. Si se te ocurre una alternativa, tal vez despiertes nuestro interés. De lo contrario, la Agencia continuará. Desde el primer P-Q de 2045, sólo las mujeres han demostrado inmunidad. Cualquier organización que fundemos será dirigida por una junta femenina..., y eso nos lleva de nuevo a la Agencia.
Se hizo un silencio.
El fantasma de una esperanza se agitó en la mente de Eggerton.
—¿Están de acuerdo en que la Agencia se nos ha montado encima? —preguntó con voz hueca—. Muy bien, debemos afirmar nuestra autoridad.
Hizo un ademán que abarcaba la habitación. Los líderes le observaban con expresión impenetrable y Laura Townsand llenaba tazas de café vacías. Le dirigió una mirada de muda simpatía y volvió a la cocina. Un frío silencio cayó sobre Eggerton. Se reclinó en su butaca, decepcionado, y escuchó a Townsand.
—Lamento que no nos informaras que tu número había salido —dijo Townsand—. Al recibir el primer aviso habríamos podido intervenir, pero ahora no. A menos que queramos un enfrentamiento decisivo en este momento..., y creo que no estamos preparados. —Apuntó con un dedo autoritario a Eggerton—. John, creo que en realidad no entiendes qué son esos P-Qs. Tal vez pienses que son lunáticos, gente que sufre delirios.
—Sé lo que son —protestó Eggerton, pero no pudo reprimir la siguiente frase—. ¿Acaso no es gente que sufre delirios?
—Son lunáticos con la capacidad de reproducir sus sistemas delirantes en el espaciotiempo. Deforman una zona limitada de su entorno para conformarla a sus conceptos excéntricos, ¿entiendes? El P-Q lleva a la práctica sus delirios. Por lo tanto, en cierto sentido, no son delirios..., a menos que puedas distanciarte y comparar su zona deformada con el mundo real. ¿Cómo puede hacer eso un P-Q? Carece de patrón objetivo. No puede distanciarse de sí mismo y la deformación le sigue adonde va. Los P-Qs auténticamente peligrosos son los que piensan que todo el mundo puede animar piedras, convertirse en animales o transmutar minerales básicos. Si permitimos que un P-Q escape, si le permitimos madurar, procrear, formar una familia, tener mujer e hijos, si dejamos que esta facultad paranormal se esparza..., si se convierte en un culto, llegará a ser una práctica institucionalizada socialmente.
»Cualquier P-Q es capaz de dar lugar a una sociedad de P-Qs, construida alrededor de su peculiar capacidad. El gran peligro es que los no P-Q se transformen en minoría. Nuestro punto de vista racional sobre el mundo podría considerarse excéntrico.
Eggerton se humedeció los labios. La voz seca y monótona del hombre le ponía enfermo. Mientras Townsand hablaba, el ominoso aliento de la muerte se posó sobre él.
—En otras palabras —murmuró—, no van a ayudarme.
—Exacto —respondió Townsand—, pero no porque no queramos ayudarte. Creemos que el peligro representado por la Agencia es menor que el que tú crees; consideramos que la auténtica amenaza son los P-Qs. Encuentra una forma de detectarlos sin necesidad de la Agencia, y te apoyaremos. Pero hasta este momento, no. —Se inclinó sobre Eggerton y dio unos golpecitos sobre su hombro con un dedo largo y huesudo—. Si las mujeres no se vieran libres de esta lacra, estaríamos perdidos. Tenemos suerte... La situación podría ser peor.
Eggerton se puso en pie poco a poco.
—Buenas noches.
Townsand también se levantó. Se produjo un momento de tenso silencio.
—De todos modos —dijo Townsand—, aún es posible detener la cacería declarada contra ti. Todavía hay tiempo. La noticia aún no se ha publicado.
—¿Qué puedo hacer? —preguntó Eggerton, desesperado.
—¿Guardas la copia escrita del aviso de veinticuatro horas?
—¡No! —La voz de Eggerton se quebró—. ¡Salí corriendo de la oficina antes que la chica me la entregara!
Townsand reflexionó.
—¿Sabes quién es? ¿Sabes dónde puedes localizarla?
—No.
—Haz averiguaciones. Encuéntrala, acepta el aviso y ponte a merced de la Agencia.
Eggerton extendió las manos en un gesto de súplica.
—Pero eso significa que pasaré el resto de mi vida bajo su custodia.
—Conservarás la vida —dijo Townsand en tono melifluo, sin expresar la menor emoción.
Laura Townsand acercó una taza de café humeante a Eggerton.
—¿Crema o azúcar? —preguntó con gentileza, cuando logró atraer su atención—. ¿O ambas cosas? John, debes tomar algo caliente antes de irte. Te espera un largo viaje.
La chica se llamaba Doris Sorrel. Su apartamento estaba a nombre de su marido, Harvey Sorrel. No había nadie. Eggerton carbonizó la cerradura, entró y registró las cuatro pequeñas habitaciones. Investigó los cajones del tocador, tiró al suelo las prendas de vestir y artículos personales, exploró sistemáticamente los armarios y alacenas. Junto a la mesa de trabajo, en el incinerador de basura, encontró lo que buscaba: una nota todavía sin quemar, arrugada y rota, y una breve anotación con el nombre de Jay Richards, el día y la hora, la dirección y las palabras «si Doris no está demasiado cansada». Eggerton guardó la nota en el bolsillo de la chaqueta y se fue.
Eran las tres y media de la madrugada cuando les encontró. Aterrizó en el tejado del Instituto de Comercio y descendió por la rampa hacia los niveles habitados. Del ala norte llegaban luces y ruidos: la fiesta continuaba. Eggerton rezó una oración en silencio, levantó la mano y apretó el analizador.
El hombre que abrió la puerta era apuesto, canoso y robusto, próximo a la cuarentena. Miró a Eggerton sin comprender, sujetando un vaso en la mano, los ojos abrumados de cansancio y alcohol.
—No recuerdo haberle invitado... —empezó, pero Eggerton le apartó y entró en el apartamento.
Había mucha gente. Sentada, de pie, hablando y riendo en voz baja. Licores, sofás mullidos, delicados perfumes y telas, paredes cubiertas de colores que fluctuaban, robots que servían canapés, la apagada cacofonía de risas femeninas, procedentes de habitaciones laterales... Eggerton se quitó el abrigo y paseó sin rumbo. Ella se encontraba en algún sitio. Escrutó todos los rostros, vio sólo ojos vidriosos de mirada vacía y bocas laxas. Salió de la sala de estar y entró en un dormitorio.
Doris Sorrel estaba de pie junto a una ventana y miraba las luces de la ciudad, de espaldas a él, con una mano apoyada sobre el alféizar.
—Oh —murmuró, volviéndose apenas—. ¿Ya?
Y entonces vio quien era.
—Quiero el aviso de las veinticuatro horas —dijo Eggerton—. Y lo quiero ahora.
—Me ha asustado. —La mujer, temblorosa, se apartó de la amplia ventana—. ¿Desde cuándo..., desde cuándo está aquí?
—Acabo de llegar.
—Pero..., ¿por qué? Es usted una persona muy extraña, señor Eggerton. Se comporta de una manera absurda. —Lanzó una risita nerviosa—. No le entiendo.
La silueta de un hombre surgió de la oscuridad y se recortó un momento en el umbral.
—Aquí tienes el martini, querida. —El hombre vio a Eggerton y una desagradable expresión se pintó en su rostro atónito—. Largo de aquí, amigo. Esto no es para ti.
Doris le tomó del brazo, temblorosa.
—Harvey, éste es el hombre al que hoy he intentado entregar el aviso. Señor Eggerton, le presento a mi marido.
Se estrecharon las manos con frialdad.
—¿Dónde está? —preguntó Eggerton—. ¿Lo lleva encima?
—Sí... Está en mi bolso. —Empezaba a recobrar la compostura—. Creo que lo he dejado por ahí. Harvey, ¿dónde demonios está mi bolso? —Buscó en la oscuridad algo pequeño y brillante—. Aquí está. Sobre la cama.
Encendió un cigarrillo y contempló a Eggerton mientras éste examinaba la notificación.
—¿Por qué ha vuelto? —preguntó.
Se había puesto para la fiesta una falda de seda larga hasta la rodilla, brazaletes de cobre, sandalias y una flor luminosa en el pelo. La flor se había marchitado; la falda se veía arrugada y desabotonada, y la joven parecía muy cansada. Se apoyó contra la pared de la habitación, el cigarrillo prendido entre sus labios manchados, y dijo:
—Cualquier cosa que haga no servirá de nada. La noticia saldrá a la luz pública dentro de media hora. Su servidumbre ya ha sido notificada. Dios, estoy hecha polvo. —Buscó con la vista a su marido, impaciente—. Larguémonos de aquí —dijo, cuando Harvey apareció—. Mañana debo ir a trabajar.
—Aún no lo hemos visto —replicó Harvey Sorrel, malhumorado.
—¡Al infierno! —Doris tomó el abrigo del ropero—. ¿Para qué tanto misterio? Santo Dios, llevamos aquí cinco horas y aún no lo ha enseñado. No me interesa en absoluto, aunque haya perfeccionado los viajes en el tiempo o la cuadratura del círculo. Sobre todo a estas horas.
Mientras se abría paso por la abarrotada sala de estar, Eggerton la siguió.
—Escúcheme —dijo con voz ahogada, tomándola del hombro—. Townsand dijo que si volvía podía ponerme a merced de la Agencia. Dijo...
La muchacha se soltó.
—Sí, claro; es la ley. —Se volvió irritada hacia su marido, que corría tras ellos—. ¿Vienes?
—Ya voy —contestó Harvey, con los ojos inyectados en sangre—, pero voy a despedirme de Richards. Y tú le dirás que la idea de marcharnos ha sido tuya. No voy a fingir que es por mi culpa. Si no tienes la educación de despedirte de tu anfitrión...
El hombre canoso que había dejado entrar a Eggerton se desgajó de un círculo de invitados y se acercó, sonriente.
—¡Harvey! ¡Doris! ¿Se van? Si aún no lo han visto. —Su rostro expresaba decepción—. No pueden marcharse.
Doris abrió la boca para decir que ella sí podía.
—Escucha —la interrumpió Harvey, desesperado—, ¿no nos lo puedes enseñar ahora? Vamos, Jay; ya hemos esperado bastante.
Richards vaciló. Más gente se estaba levantando para marcharse.
—Vamos —pidió un coro de voces—, acabemos de una vez.
Richards se rindió, tras un momento de indecisión.
—Muy bien.
Sabía que ya había alargado la intriga lo suficiente. Los fatigados invitados, ahítos de experiencias, expresaron una tímida impaciencia. Richards levantó las manos en un gesto melodramático. Extraería hasta la última gota del momento.
—¡El momento ha llegado, amigos! Acompáñenme; está fuera.
—Me preguntaba dónde lo tenía —dijo Harvey, siguiendo a su anfitrión—. Vamos, Doris.
La tomó por el brazo y la arrastró. Los demás desfilaron por el comedor y la cocina, hasta llegar a la puerta trasera.
Hacía un frío glacial. Un viento helado les azotó cuando bajaron los peldaños y se internaron en la hiperbórea oscuridad. John Eggerton notó que una menuda forma le empujaba, cuando Doris se soltó con violencia de su marido. Eggerton hizo lo posible por seguirla. La joven se abrió paso entre la masa de invitados y se deslizó junto a la pared de hormigón, hasta llegar a la valla que rodeaba el patio.
—Espere —jadeó Eggerton—. Escúcheme. ¿La Agencia me aceptará? —No pudo reprimir la nota suplicante de su voz—. ¿Puedo contar con ello? ¿Retendrán el aviso?
Doris suspiró, cansada.
—De acuerdo. Muy bien, si usted quiere le acompañaré a la Agencia y pondré en marcha su documentación. De lo contrario, se retrasará un mes. Ya sabe lo que eso significa, imagino. Quedará bajo custodia de la Agencia durante el resto de su vida. Lo sabe, ¿verdad?
—Lo sé.
—¿Es eso lo que desea? —La joven manifestaba una vaga curiosidad—. Un hombre como usted... Me imaginaba otra cosa.
Eggerton se retorció, humillado.
—Townsand dijo... —baló.
—Lo que quiero saber es por qué no respondió al primer aviso. Si hubiera aparecido..., esto nunca habría ocurrido.
Eggerton abrió la boca para responder. Iba a decir algo sobre los principios implicados, el concepto de una sociedad libre, los derechos humanos, la intromisión del Estado en la intimidad. Fue en aquel momento cuando Richards conectó los poderosos focos que había montado para la ocasión. Por primera vez, revelaba a los invitados su gran logro. Se produjo un momento de estupefacto silencio. Después, todos los presentes, como un solo hombre, se pusieron a chillar y a correr por el patio. Saltaron la valla, enloquecidos de terror, atravesaron el muro de plástico que rodeaba el patio, saltaron al patio vecino y salieron a la calle.
Richards se quedó atónito junto a su obra maestra, perplejo, sin comprender nada. A la brillante luz de los faros, el transporte de alta velocidad desplegaba toda su belleza. Estaba completamente maduro. Media hora antes, Richards había salido con una linterna, lo había examinado, y después, tembloroso de emoción, había cortado el tallo del que había nacido la nave. Ahora, estaba separada de la planta madre. Lo había transportado hasta el borde del patio, llenando el depósito de combustible, abierto la escotilla y dispuesto los controles para emprender el vuelo.
En la planta se veían los embriones de otros transportes, en diversas fases de crecimiento. Los había regado y fertilizado con afecto. De la planta brotaría otra docena de naves a reacción antes que terminara el verano.
Sobre las cansadas mejillas de Doris resbalaron lágrimas.
—¿Lo ve? —susurró a Eggerton—. Es... maravilloso. ¿Se ha fijado bien? —Apartó la vista, abrumada de dolor—. Pobre Jay. Cuando lo comprenda...
Richards se levantó y contempló los restos desiertos y pisoteados de su patio. Distinguió las formas de Doris y Eggerton. Al cabo de un momento se dirigió hacia ellos con paso vacilante.
—Doris —cloqueó—, ¿qué ocurre? ¿Qué he hecho?
De pronto, su expresión cambió. La perplejidad se desvaneció. Primero, expresó un terror absoluto cuando comprendió lo que era, y por qué sus invitados habían huido. Después, una astucia demencial se transparentó en sus facciones. Richards dio media vuelta y se dirigió con movimientos torpes hacia la nave.
Eggerton le mató de un solo disparo en la base del cráneo. Mientras Doris lanzaba chillidos estremecedores, apagó a tiros los focos.
Una helada oscuridad invadió el patio, el cuerpo de Richards, el reluciente transporte metálico. Empujó a la muchacha y ella apretó su rostro contra las húmedas enredaderas que trepaban por el muro del jardín.
Al cabo de un rato, Doris consiguió reponerse. Permaneció apoyada contra la masa entremezclada de hierba y plantas, temblorosa, los brazos cruzados sobre la cintura, meciéndose atrás y adelante, hasta que perdió las fuerzas.
Eggerton la ayudó a incorporarse.
—Tantos años y nadie lo sospechó. Conservaba a salvo... el gran secreto.
—No le pasará nada —dijo Doris, en voz tan débil y baja que apenas pudo oírla—. La Agencia se sentirá complacida de borrar su nombre. Usted le detuvo. —Tanteó en la oscuridad en busca del bolso y los cigarrillos, extenuada—. Habría huido. Y esa planta. ¿Qué vamos a hacer con ella? —Encontró los cigarrillos y encendió uno—. ¿Qué haremos?
Sus ojos se habían acostumbrado a la oscuridad. La planta se recortaba a la luz difusa de las estrellas.
—No vivirá —dijo Eggerton—. Formaba parte de sus delirios. Ahora, ha muerto.
Los demás invitados, asustados, estaban regresando al patio. Harvey Sorrel surgió de la oscuridad con movimientos ebrios y se aproximó a su esposa. A lo lejos, se escuchó el aullido de una sirena. Habían llamado a la policía automática.
—¿Quiere venir con nosotros? —preguntó Doris a Eggerton. Indicó a su marido—. Le acompañaremos a la Agencia y solucionaremos el problema. Le retendrán bajo custodia unos cuantos años, pero nada más.
Eggerton se alejó de la muchacha.
—No, gracias. Tengo algo que hacer. Quizá más adelante.
—Pero...
—Creo que ya tengo lo que quería. —Eggerton forcejeó con la puerta trasera y entró en los dominios abandonados de Richards—. Esto es lo que estaba buscando.
Realizó su llamada de emergencia al instante. El timbre sonó en el apartamento de Townsand a los treinta segundos. Laura, medio dormida, despertó a su marido. Eggerton empezó a hablar en cuanto los dos hombres contemplaron su mutua imagen.
—Ya tenemos nuestro patrón —dijo—. No necesitamos a la Agencia. Podemos enviarla al infierno, porque ya no es necesario que nos proteja.
—¿Cómo? —preguntó Townsand irritado, su mente abotargada por el sueño—. ¿De qué estás hablando?
Eggerton repitió lo que había dicho con la mayor calma posible.
—Entonces, ¿quién velará por nosotros? —rugió Townsand—. ¿De qué cosa estás hablando?
—Nos vigilaremos mutuamente —continuó con paciencia Eggerton—. Nadie estará exento. Cada uno de nosotros será el ejemplo del vecino. Richards no podía verse de una manera objetiva, pero yo sí..., aunque no soy inmune. No necesitamos a nadie para que nos controle, porque ese trabajo lo podemos realizar nosotros.
Townsand reflexionó de mala gana. Bostezó, se puso la bata y consultó el reloj.
—Señor, qué tarde es. Tal vez estés en lo cierto, tal vez no. Háblame más de ese tal Richards... ¿Qué clase de talento P-Q tenía?
Eggerton le refirió lo que sabía.
—¿Lo ves? Tantos años..., y no lo sabía; pero nosotros lo averiguamos al instante. —La voz de Eggerton adquirió un tono entusiasta—. ¡Podemos volver a dirigir nuestra sociedad! Consensus gentium. Teníamos nuestro patrón de comparación y no lo sabíamos. Por separado, cada uno de nosotros es falible, pero como grupo no podemos equivocarnos. Basta con procurar que las redes de control aleatorio lleguen a todo el mundo. Tendremos que reforzar el procedimiento, de forma que analice a más gente y con mayor frecuencia. Hay que acelerarlo para que todo el mundo, tarde o temprano, caiga en la red.
—Entiendo.
—Conservaremos los telépatas adiestrados, por supuesto, con el fin de examinar todos los pensamientos y material subliminal, pero nosotros nos encargaremos de la evaluación.
Townsand cabeceó.
—Puede salir bien, John.
—Se me ocurrió en cuanto vi la planta de Richards. Fue algo instantáneo, una certidumbre absoluta. ¿Cómo podía equivocarme? Un sistema delirante como el suyo no encajaba en nuestro mundo, así de sencillo. —Eggerton descargó un puñetazo sobre la mesa que tenía delante. Un libro que había pertenecido a Richards cayó sin el menor ruido sobre la gruesa alfombra del apartamento—. ¿Lo entiendes? No existe equivalencia entre el mundo P-Q y el nuestro. Será suficiente con analizar el material P-Q cuando lo veamos, para compararlo con nuestra propia realidad.
Townsand guardó silencio unos momentos.
—Muy bien —dijo por fin—. Ven hacia aquí. Si convences al resto del bloque id, entraremos en acción. —Había tomado una decisión—. Les sacaré de la cama y les diré que vengan a mi apartamento.
—Estupendo. No tardaré; ¡y gracias!
Eggerton cortó la comunicación.
Salió del apartamento sembrado de botellas, ahora silencioso y desierto sin los ruidosos invitados. La policía había llegado al patio trasero y estaba examinando la planta agonizante que el talento delirante de Jay Richards había conducido a una momentánea existencia.
El aire nocturno era aún más frío cuando Eggerton surgió de la rampa ascendente y desembocó en el tejado del Instituto de Comercio. Captó algunas voces procedentes de la calle, pero el tejado estaba desierto. Se abrochó el grueso abrigo, extendió los brazos y se elevó del tejado. Ganó altitud y velocidad. Unos momentos después, iba camino de Pittsburgh.
Mientras volaba en silencio a través de la noche, engullía inmensas bocanadas de aire fresco y puro. Se sentía satisfecho y entusiasmado. Había descubierto a Richards en el acto. ¿Por qué no? Cómo podía equivocarse? Un hombre que cultivaba naves a reacción en una planta de su patio trasero era un lunático, sin duda alguna.
Era mucho más sencillo batir los brazos.
Fin
13 de marzo de 2012
Los seis cisnes / Los hermanos Grimm
Los seis cisnes
Los hermanos Grimm
Hallándose un rey de cacería en un gran bosque, salió en persecución de una pieza con tal ardor, que ninguno de sus acompañantes pudo seguirlo. Al anochecer detuvo su caballo y dirigiendo una mirada a su alrededor, se dio cuenta de que se había extraviado y, aunque trató de buscar una salida no logró encontrar ninguna. Vio entonces a una vieja, que se le acercaba cabeceando. Era una bruja.
- Buena mujer -le dijo el Rey-, ¿no podrías indicarme un camino para salir del bosque?.
- Oh, si, Señor rey -respondió la vieja-. Si puedo, pero con una condición. Si no la aceptáis, jamás saldréis de esta selva. Y moriréis de hambre.
¿Y qué condición es ésa? -preguntó el Rey.
- Tengo una hija -declaró la vieja-, hermosa como no encontraríais otra igual en el mundo entero, y muy digna de ser vuestra esposa. Si os comprometéis a hacerla Reina, os mostraré el camino para salir del bosque.
El Rey, aunque angustiado en su corazón, aceptó el trato, y la vieja lo condujo a su casita, donde su hija estaba sentada junto al fuego. Recibió al Rey como si lo hubiese estado esperando, y aunque el soberano pudo comprobar que era realmente muy hermosa, no le gustó, y no podía mirarla sin un secreto terror. Cuando la doncella hubo montado en la grupa del caballo, la vieja indicó el camino al Rey, y la pareja llegó, sin contratiempo, al palacio, donde poco después se celebró la boda.El Rey estuvo ya casado una vez, y de su primera esposa le habían quedado siete hijos: seis varones y una niña, a los que amaba más que todo en el mundo.
Temiendo que la madrastra los tratara mal o llegara tal vez a causarles algún daño, los llevó a un castillo solitario, que se alzaba en medio de un bosque. Tan oculto estaba y tan difícil era el camino que conducía allá, que ni él mismo habría sido capaz de seguirlo a no ser por un ovillo maravilloso que un hada le había regalado. Cuando lo arrojaba delante de sí, se desenrollaba él solo y le mostraba el camino. Pero el rey salía con tanta frecuencia a visitar a sus hijos, que, al cabo, aquellas ausencias chocaron a la Reina, la cual sintió curiosidad por saber qué iba a hacer solo al bosque. Sobornó a los criados, y éstos le revelaron el secreto, descubriéndole también lo referente al ovillo, único capaz de indicar el camino.
Desde entonces la mujer no tuvo un momento de reposo hasta que hubo averiguado el lugar donde su marido guardaba la milagrosa madeja. Luego confeccionó unas camisetas de seda blanca y, poniendo en práctica las artes de brujería aprendidas de su madre, hechizó las ropas. Un día en que el Rey salió de caza, cogió ella las camisetas y se dirigió al bosque. El ovillo le señaló el camino. Los niños, al ver desde lejos que alguien se acercaba, pensando que sería su padre, corrieron a recibirlo, llenos de gozo. Entonces ella les echó a cada uno una de las camisetas y, al tocar sus cuerpos, los transformó en cisnes, que huyeron volando por encima del bosque. Ya satisfecha regresó a casa creyéndose libre de sus hijastros. Pero resultó que la niña no había salido con sus hermanos, y la Reina ignoraba su existencia.
Al día siguiente, el Rey fue a visitar a sus hijos y sólo encontró a la niña.
- ¿Dónde están tus hermanos? -le preguntó el Rey-
- ¡Ay, padre mío! -respondió la pequeña-. Se marcharon y me dejaron sola - y le contó lo que viera desde la ventana: cómo los hermanitos transformados en cisnes, habían salido volando por encima de los árboles; y le mostró las plumas que habían dejado caer y ella había recogido.
Se entristeció el Rey, sin pensar que la Reina fuese la artista de aquella maldad. Temiendo que también le fuese robada la niña, quiso llevársela consigo. Mas la pequeña tenía miedo a su madrastra, y rogó al padre le permitiera pasar aquella noche en el castillo solitario.
Pensaba la pobre muchachita: "No puedo ya quedarme aquí; debo salir en busca de mis hermanos". Y, al llegar la noche, huyó a través del bosque. Anduvo toda la noche y todo el día siguiente sin descansar, hasta que la rindió la fatiga. Viendo una cabaña solitaria, entró en ella y halló un aposento con seis diminutas camas; pero no se atrevió a meterse en ninguna, sino que se deslizó debajo de una de ellas, dispuesta a pasar la noche sobre el duro suelo.
Más a la puesta del sol oyó un rumor y, al mismo tiempo, vio seis cisnes que entraban por la ventana. Se posaron en el suelo y se soplaron mutuamente las plumas, y éstas les cayeron, y su piel de cisne quedo alisada como una camisa. Entonces reconoció la niña a sus hermanitos y, contentísima, salió a rastras de debajo de la cama. No se alegraron menos ellos al ver a su hermana; pero el gozo fue de breve duración.
- No puedes quedarte aquí -le dijeron-, pues esto es una guarida de bandidos. Si te encuentran cuando lleguen, te matarán.
- ¿Y no podríais protegerme? -preguntó la niña.
- No -replicaron ellos-, pues sólo nos está permitido despojarnos, cada noche, que nuestro plumaje de cisne durante un cuarto de hora, tiempo durante el cual podemos vivir en nuestra figura humana, pero luego volvemos a transformarnos en cisnes.
Preguntó la hermanita, llorando:- ¿Y no hay modo de desencantaros?
- No -dijeron ellos-, las condiciones son demasiado terribles. Deberías permanecer durante seis años sin hablar ni reír, y en este tiempo tendrías que confeccionarnos seis camisas de velloritas. Una sola palabra que saliera de tu boca, lo echaría todo a rodar.
Y cuando los hermanos hubieron dicho esto, transcurrido ya el cuarto de hora, volvieron a remontar el vuelo, saliendo por la ventana.
Pero la muchacha había adoptado la firme resolución de redimir a sus hermanos, aunque le costase la vida. Salió de la cabaña y se fue al bosque, donde pasó la noche, oculta entre el ramaje de un árbol. A la mañana siguiente empezó a recoger velloritas para hacer las camisas. No podía hablar con nadie, y, en cuanto a reír, bien pocos motivos tenía.
Llevaba ya mucho tiempo en aquella situación, cuando el Rey de aquel país, yendo de cacería por el bosque, pasó cerca del árbol que servía de morada a la muchacha.
Unos monteros la vieron y la llamaron:- ¿Quién eres? -pero ella no respondió.
- Baja -insistieron los hombres-. No te haremos ningún daño -.
Más la doncella se limitó a sacudir la cabeza. Los cazadores siguieron acosándola a preguntas, y ella les echó la cadena de oro que llevaba al cuello, creyendo que así se darían por satisfechos. Pero como los hombres insistieran, les echó el cinturón y luego las ligas y, poco a poco, todas las prendas de que pudo desprenderse, quedando, al fin, sólo con la camiseta.
Más los tercos cazadores treparon a la copa del árbol y, bajando a la muchacha, la condujeron ante el Rey, el cual le pregunto:
- ¿Quién eres? ¿Qué haces en el árbol? -pero ella no respondió. El Rey insistió, formulando de nuevo las mismas preguntas en todas las lenguas que conocía. Pero en vano; ella permaneció siempre muda. No obstante, viéndola tan hermosa, el Rey se sintió enternecido, y en su alma nació un gran amor por la muchacha. La envolvió en su manto y, subiéndola a su caballo, la llevó a palacio. Una vez allí mandó vestirla con ricas prendas, viéndose entonces la doncella más hermosa que la luz del día. Más no hubo modo de arrancarle una sola palabra. Sentóla a su lado en la mesa y su modestia y recato le gustaron tanto, que dijo: - La quiero por esposa, y no querré a ninguna otra del mundo. Y al cabo de algunos días se celebró la boda.Pero la madre del Rey era una mujer malvada, a quien disgustó aquel casamiento, y no cesaba de hablar mal de su nuera. - ¡Quién sabe de dónde ha salido esta chica que no habla! -Murmuraba-. Es indigna de un Rey.
Transcurrido algo más de un año, cuando la Reina tuvo su primer hijo, la vieja se lo quitó mientras dormía, y manchó de sangre la boca de la madre. Luego se dirigió al Rey y la acusó de haber devorado al niño. El Rey se negó a darle crédito, y mandó que nadie molestara a su esposa. Ella, empero, seguía ocupada constantemente en la confección de las camisas, sin atender otra cosa. Y con el próximo hijo que tuvo, la suegra repitió la maldad, sin que tampoco el Rey prestara oídos a sus palabras. Dijo:- Es demasiado piadosa y buena, para ser capaz de actos semejantes. Si no fuese muda y pudiese defenderse, su inocencia quedaría bien patente.
Pero cuando, por tercera vez, la vieja robó al niño recién nacido y volvió a acusar a la madre sin que ésta pronunciase una palabra en su defensa, el Rey no tuvo más remedio que entregarla un tribunal, y la infeliz reina fue condenada a morir en la hoguera. El día señalado para la ejecución de la sentencia resultó ser el que marcaba el término de los seis años durante los cuales le había estado prohibido hablar y reír. Así había liberado a sus queridos hermanos del hechizo que pesaba sobre ellos. Además, había terminado las seis camisas, y sólo a la última le faltaba la manga izquierda. Cuando fue conducida la hoguera, se puso las camisas sobre el brazo y cuando, ya atada al poste del tormento, dirigió una mirada a su alrededor, vio seis cisnes, que se acercaban en raudo vuelo. Comprendiendo que se aproximaba el momento de su liberación, sintió una gran alegría. Los cisnes llegaron a la pira y se posaron en ella, a fin de que su hermana les echara las camisas; y no bien éstas hubieron tocado sus cuerpos, se les cayó el plumaje de ave y surgieron los seis hermanos en su figura natural, sanos y hermosos. Sólo al menor le faltaba el brazo izquierdo, sustituido por un ala de cisne.
Se abrazaron y se besaron, y la Reina, dirigiéndose al Rey, que asistía, consternado, a la escena, rompiendo, por fin, a hablar, le dijo: - Esposo mío amadísimo, ahora ya puedo hablar y declarar que sido calumniada y acusada falsamente -y relató los engaños de que había sido víctima por la maldad de la vieja, que le había robado los tres niños, ocultándolos.
Los niños fueron recuperados, con gran alegría del Rey, y la perversa suegra, en castigo, hubo de subir a la hoguera y morir abrasada. El Rey y la Reina, con sus seis hermanos, vivieron largos años en paz y felicidad.
Fin
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