11 de mayo de 2008

Historia de un muerto contada por él mismo / Alejandro Dumas

Lindo cuento de este gran escritor. Espero les guste!
Saludos
Estanis

Historia de un muerto contada por él mismo
Alejandro Dumas

Una noche de diciembre estábamos reunidos tres amigos en el taller de un pintor. Hacía un tiempo sombrío y frío, y la lluvia golpeaba los cristales con un ruido continuo y monótono.
El taller era inmenso y estaba débilmente iluminado por la luz de una chimenea en torno a la que conversábamos.
Aunque todos fuéramos jóvenes y joviales, la conversación había tomado, a pesar nuestro, un aire de aquella noche triste, y las palabras alegres se habían agotado rápidamente.
Uno de nosotros reanimaba constantemente la hermosa llama azul de un ponche que arrojaba sobre todos los objetos circundantes una claridad fantástica. Los inmensos bosquejos, los cristos, las bacantes, las madonas, parecían moverse y danzar sobre las paredes, como grandes cadáveres fundidos en el mismo tono verdoso. Aquel vasto salón, resplandeciente de día por las creaciones del pintor, lleno de sus sueños, había tomado aquella noche en la penumbra, un carácter extraño.
Cada vez que la pequeña cuchara de plata volvía a caer en el tazón lleno de licor encendido, los objetos se reflejaban sobre los muros con formas desconocidas y con tintes inauditos; desde los viejos profetas de barbas blancas hasta esas caricaturas que cubren las paredes de los talleres, y que parecen un ejército de demonios como los que aparecen en sueños o como los que dibujaba Goya. Además, la calma brumosa y fría del exterior aumentaba lo fantástico del interior; cada vez que mirábamos aquella claridad por un instante, nos veíamos a nosotros mismos con rostros de un gris verdoso, con los ojos fijos y brillantes como rubíes, los labios pálidos y las mejillas hundidas. Quizá lo más impresionante era una máscara de yeso, moldeada sobre el rostro de uno de nuestros amigos, muerto hacía algún tiempo, máscara que, colgada cerca de la ventana, recibía en su perfil el reflejo del ponche, lo que le daba una fisonomía extrañamente burlona.
Todo el mundo ha sufrido como nosotros la influencia de salones vastos y tenebrosos, como los describe Hoffmann o como los pinta Rembrandt; todo el mundo ha experimentado, al menos una vez, esos miedos sin causa, esas fiebres espontáneas a la vista de objetos a los que el rayo pálido de la luna o la luz dudosa de una lámpara otorgan una forma misteriosa; todo el mundo se ha encontrado en una habitación grande y sombría, junto a un amigo, escuchando algún cuento inverosímil y experimentado ese terror secreto que puede cesar de golpe encendiendo una lámpara o hablando de otra cosa; lo que evitamos hacer, porque es muy grande la necesidad de emociones, verdaderas o falsas, que tiene nuestro pobre corazón.
En fin, aquella noche, éramos tres. La conversación, que nunca toma la línea recta para llegar a su meta, había seguido todas las fases de nuestras ideas veinteañeras: unas veces ligera como el humo de nuestros cigarrillos, otras vivaz como la llama del ponche, en las demás, sombría como la sonrisa de aquella máscara de yeso.
Habíamos llegado a un punto en el que no hablábamos siquiera; los cigarros, que seguían el movimiento de las cabezas y de las manos, brillaban como tres aureolas girando en la sombra.
Era evidente que el primero que abriera la boca y que turbara el silencio, aunque fuera para una broma, causaría inquietud a los otros dos; hasta tal punto estábamos sumidos, cada uno por nuestro lado, en una ensoñación miedosa.
-Henri -dijo el que vigilaba el ponche, dirigiéndose al pintor-, ¿has leído a Hoffman?

-¡Por supuesto! -respondió Henri.

-Y, ¿qué piensas de él?

-Pienso que es admirable, y tanto más, porque creía evidentemente en lo que escribía. Por lo que a mí respecta, sólo sé que cuando lo leía por la noche, me iba a la cama, frecuentemente, sin cerrar mi libro y sin atreverme a mirar detrás de mí.

-¿O sea, que te gusta lo fantástico?

-Mucho.

-¿Y a ti? -preguntó dirigiéndose a mí.

-También.

-Pues bien, voy a contarles una historia fantástica que me ocurrió.

-Esto no podía acabar de otro modo; cuenta.

-¿Es una historia que te ocurrió a ti mismo? -pregunté.

-A mí mismo.

-Pues cuenta, hoy estoy dispuesto a creer todo.

-Tanto más, cuanto que, palabra de honor, puedo afirmar que soy el héroe.

-Bueno, adelante, te escuchamos.

Dejó caer la pequeña cuchara en el tazón. La llama se apagó poco a poco, y permanecimos en una oscuridad casi completa, con sólo las piernas iluminadas por el fuego de la chimenea.

Él comenzó:

-Una noche, hará aproximadamente un año, hacía el mismo tiempo que hoy, el mismo frío, la misma lluvia, la misma tristeza. Yo tenía muchos enfermos, y después de haber hecho mi última visita, en lugar de ir un instante a Les Italiens como tenía por costumbre, hice que me llevaran a mi casa. Vivía en una de las calles más desiertas del barrio Saint-Germain. Estaba muy cansado y me acosté pronto. Apagué la lámpara y, durante algún tiempo, me entretuve mirando el fuego, que ardía y hacía danzar grandes sombras sobre la cortina de mi cama; finalmente, mis ojos se cerraron y me dormí.
Hacía aproximadamente una hora que dormía cuando sentí una mano que me sacudía vigorosamente. Me desperté sobresaltado, como quien espera dormir mucho tiempo, y observé con asombro al visitante nocturno. Era mi criado.

-Señor -me dijo-, levántese inmediatamente, le buscan para que visite a una joven que se muere.

-¿Y dónde vive esa joven? -le pregunté.

-Casi enfrente; además, ahí está la persona que ha venido por usted para acompañarle.

Me levanté y me vestí apresuradamente, pensando que la hora y la circunstancia harían perdonar mi vestimenta; cogí mi lanceta y seguí al hombre que me habían enviado.
Llovía a cántaros.
Afortunadamente, no tuve más que atravesar la calle y al instante estuve en casa de la persona que reclamaba mis cuidados. Vivía en un palacete vasto y aristocrático. Crucé un gran patio, subí los peldaños de una escalinata y pasé por un vestíbulo donde se hallaban unos criados aguardándome. Me hicieron subir un piso y pronto me encontré en la habitación de la enferma. Era una gran habitación con viejos muebles de madera negra esculpida. Una mujer me introdujo en aquella habitación a la que nadie nos siguió. Fui dirigido hacia una gran cama de columnas, tapizada con una antigua y rica tela de seda, y vi, sobre la almohada, la más encantadora cabeza de madona que jamás haya soñado Rafael. Tenía unos cabellos dorados como una ola del Pactolo, enmarcando un rostro de un perfil angelical, los ojos semicerrados y la boca entreabierta dejaba ver una doble hilera de perlas. Su cuello resplandecía de blancura, puro de líneas; su camisa entreabierta insinuaba un pecho hermoso capaz de tentar a San Antonio y, cuando cogí su mano, recordé esos brazos blancos que Homero da a Juno. En fin, aquella mujer era una mezcla del ángel cristiano y de la diosa pagana; todo en ella revelaba la pureza del alma y la fogosidad de los sentidos. Hubiera podido pasar al mismo tiempo por la santa Virgen o por una bacante lasciva, enloquecer a un sabio y dar la fe a un ateo. Cuando me acerqué a ella, sentí a través del calor de la fiebre ese perfume misterioso hecho de todos los perfumes que emana la mujer.
Permanecí sin recordar la causa que me había llevado allí, mirándola como una revelación y sin encontrar nada semejante ni en mis recuerdos ni en mis sueños. Cuando ella volvió la cabeza hacia mí, abrió sus grandes ojos azules y me dijo:

-Sufro mucho.

Sin embargo, no tenía casi nada. Una sangría y estaba salvada. Cogí mi lanceta y en el momento de tocar aquel brazo tan blanco, mi mano tembló. Pero el médico se impuso al hombre. Cuando abrí la vena, corrió una sangre pura como de coral en fusión, y ella se desvaneció.
Ya no quise dejarla. Me quedé a su lado. Experimentaba una secreta felicidad por tener la vida de aquella mujer entre mis manos. Detuve la sangre, ella volvió a abrir poco a poco los ojos, se llevó la mano que tenía libre a su pecho, se giró hacia mí, y mirándome, con una de esas miradas que condenan o salvan, me dijo:

-Gracias, sufro menos.

Había tanta voluptuosidad, tanto amor y tanta pasión alrededor de ella que yo estaba clavado en mi sitio, contando cada latido de mi corazón por los latidos del suyo, escuchando su respiración todavía un poco febril, y diciéndome que si había alguna cosa del cielo en esta tierra, debía ser el amor de aquella mujer.
Se durmió.
Yo estaba arrodillado sobre los peldaños de su cama, como un sacerdote en el altar. Una lámpara de alabastro colgada del techo lanzaba una claridad encantadora sobre todos los objetos. Estaba solo a su lado. La mujer que me había introducido había salido para anunciar que su ama estaba bien y que no se necesitaba a nadie. Era verdad, su ama estaba allí, tranquila y hermosa como un ángel dormido en su plegaria. En cuanto a mí, yo estaba loco...
Pero no podía quedarme en aquella habitación toda la noche. Por tanto, salí también sin hacer ruido para no despertarla. Receté algunos cuidados al irme, y dije que volvería al día siguiente.
Cuando regresé a mi casa, estuve desvelado por su recuerdo. Comprendí que el amor de aquella mujer debía ser un encantamiento eterno hecho de ensoñación y de pasión; que debía ser púdica como una santa y apasionada como una cortesana; concebí que debía ocultar al mundo todos los tesoros de su belleza, y que a su amante debía entregarse desnuda por entero. En fin, su imagen quemó mi noche, y cuando llegó la claridad yo estaba locamente enamorado.
Más tarde, tras los pensamientos locos de una noche agitada, llegaron las reflexiones. Me dije que un abismo infranqueable me separaba de aquella mujer; que era demasiado bella para no tener un amante; que debía ser demasiado amado para que ella le olvidase, y me puse a odiar sin conocer a aquel hombre, a quien Dios daba tanta felicidad en este mundo, para que pudiera sufrir, sin protestar, una eternidad de dolores.
Esperaba impaciente la hora a la que podía presentarme en su casa, y el tiempo que pasé esperándola me pareció un siglo.
Finalmente, llegó la hora y salí.
Cuando llegué, me hicieron entrar en una reducida habitación exquisita, de un rococó furioso, de un pompadour sorprendente; estaba sola y leía. Un gran vestido de terciopelo negro la ceñía por todas partes, no dejando ver, como en las vírgenes del Perugino, más que las manos y la cabeza. Tenía el brazo que yo había sangrado coquetamente en cabestrillo y extendía ante el fuego sus pequeños pies, que no parecían hechos para caminar sobre esta tierra. Esa mujer era tan completamente bella que Dios parecía haberla dado al mundo como un esbozo de los ángeles.
Me tendió la mano y me hizo sentar a su lado.

-¿Tan pronto levantada, señora? -le dije-, usted es imprudente.

-No, soy fuerte -me contestó sonriendo-, he dormido muy bien y, además, no estaba enferma.

-Sin embargo, decía que sufría.

-Más del pensamiento que del cuerpo -dijo con un suspiro.

-¿Tiene alguna pena, señora?

-Oh, una profunda. Afortunadamente, Dios también es médico y ha encontrado la panacea universal, el olvido.

-Pero hay dolores que matan -le dije.

-Y bien, la muerte o el olvido, ¿no es lo mismo? La una es la tumba del cuerpo, la otra la tumba del corazón, eso es todo.

-Pero usted, señora -dije-, ¿cómo puede tener una pena? Está demasiado alta para que la alcance, y los dolores deben sentirse bajo sus pies como las nubes bajo los pies de Dios; las tormentas para nosotros, para usted la serenidad.

-Eso es lo que le engaña -continuó ella-, y lo que prueba que toda su ciencia se detiene ahí, en el corazón.

-Y bien -le dije-, trate de olvidar, señora. Dios permite a veces que una alegría suceda a un dolor, que la sonrisa suceda a las lágrimas, ¿cierto?; y cuando el corazón de aquel que prueba está demasiado vacío para llenarse solo, cuando la herida es demasiado profunda para cerrar sin ayuda, envía al camino de aquella a la que quiere consolar otra alma que la comprende porque sabe que se sufre menos sufriendo a dúo; y llega un momento en que el corazón vacío se llena de nuevo o la herida cicatriza.

-¿Y cuál es el dictamen, doctor -me dijo ella-, con qué cura semejante herida?

Se hizo un silencio bastante largo durante el cual admiré aquel rostro divino, sobre el que la media luz filtrada a través de las cortinas de seda arrojaba tintes encantadores, y admiré también aquellos hermosos cabellos de oro, no sueltos como en la víspera, sino alisados sobre las sienes y cogidos en la nuca.
Desde el principio, la conversación había adoptado un aire triste; por eso aquella mujer me pareció más radiante aún que la primera vez, con su triple corona de belleza, pasión y dolor. Dios la había probado con el dolor y era preciso que aquel a quien ella diera su alma aceptara la misión, doblemente santa, de hacerle olvidar el pasado y esperar el futuro.
Por eso permanecí ante ella, no ya loco como lo estaba la víspera ante su fiebre, sino recogido ante su resignación. Si me hubiera sido dada en aquel momento, habría caído a sus pies, le habría cogido las manos y hubiera llorado con ella como con una hermana, respetando al ángel y consolando a la mujer.
Pero ¿cuál era aquel dolor que había que hacer olvidar, que había causado aquella herida sangrante todavía? Era lo que yo ignoraba, lo que debía adivinar, porque ya existía entre la enferma y el médico suficiente intimidad para que me confesase una pena, pero no la suficiente para que me contara la causa. Nada a su alrededor podía ponerme sobre la pista. En la víspera, nadie había ido a su cabecera para inquietarse por ella; al día siguiente, nadie se presentaba para verla. Aquel dolor debía estar, pues, en el pasado y reflejarse sólo en el presente.

-Doctor -me dijo de pronto saliendo de su ensoñación-, ¿podré bailar pronto?

-Sí, señora -le dije yo, asombrado por aquella transformación.

-Es que tengo que dar un baile hace mucho tiempo programado -continuó ella-; ¿vendrá, verdad? Debe tener una opinión malísima de mi dolor que, haciéndome soñar de día, no me impide bailar de noche. Es que verá, es uno de esos pesares que hay que empujar al fondo del corazón para que el mundo no sepa nada; una de esas torturas que debemos enmascarar con una sonrisa para que nadie las adivine. Quiero guardar para mí sola lo que sufro, como otro guardaría su alegría. Este mundo, que tiene envidia y celos al verme bella, me cree feliz, y es una convicción que no quiero quitarle. Por eso bailo, con riesgo de llorar al día siguiente, pero de llorar sola.
Me tendió la mano con una mirada indefinible de candor y de tristeza, y me dijo:

-¿Hasta pronto, verdad?

Yo llevé su mano a mis labios y salí.

Llegué a mi casa atontado.

Desde mi ventana veía las suyas; y me quedé todo el día mirándolas, oscuras y silenciosas. Me olvidaba de todo por aquella mujer; no dormía, no comía; por la noche tenía fiebre, al día después por la mañana, delirio, y a la noche siguiente estaba muerto.»

-¡Muerto! -exclamamos nosotros.

-Muerto -contestó nuestro amigo con un acento de convicción imposible de transcribir-, muerto como Fabien cuya máscara está ahí.

-Continúa -le dije.

La lluvia golpeaba contra los cristales. Volvimos a echar leña en la chimenea, cuya llama roja y viva disminuía un poco la oscuridad que invadía el taller.

Él continuó:

-A partir de ese momento, sólo experimenté una conmoción fría. Fue, sin duda, el momento en que me arrojaron a la fosa.

Ignoro desde hacía cuánto tiempo estaba sepultado, cuando oí confusamente una voz que me llamaba por mi nombre. Me estremecí de frío sin poder responder. Algunos instantes después, la voz volvió a llamarme; hice un esfuerzo para hablar, pero, al moverse, mis labios sintieron el sudario que me cubría de la cabeza a los pies. A pesar de ello conseguí articular débilmente estas palabras:

-¿Quién me llama?

-Yo -respondió.

-¿Quién eres tú?

-Yo.

Y la voz iba debilitándose como si se hubiera perdido en el viento o como si no hubiera sido más que un ruido pasajero de las hojas.
Por tercera vez, todavía mi nombre llegó a mis oídos, pero esta vez el nombre pareció correr de rama en rama, de tal modo que el cementerio entero lo repitió sordamente, y oí un ruido de alas, como si mi nombre, pronunciado de pronto en el silencio, hubiera hecho volar una bandada de pájaros nocturnos.
Mis manos se elevaron hasta mi rostro como movidas por resortes misteriosos. Aparté silenciosamente el sudario que me cubría y traté de ver. Me pareció que despertaba de un largo sueño. Sentía frío.
Siempre recordaré el espanto sombrío del que estaba rodeado. Los árboles no tenían hojas y sus ramas descarnadas se retorcían dolorosamente como grandes esqueletos. Un débil rayo de luna, que penetraba a través de las nubes negras, iluminaba un horizonte de tumbas blancas que parecían una escalera hacia el cielo. Todas aquellas voces indefinidas de la noche que presidían mi despertar parecían cargadas de misterio y terror.
Volví la cabeza y busqué a quien me había llamado. Estaba sentado junto a mi tumba, espiando todos mis movimientos, la cabeza apoyada en las manos y una sonrisa extraña bajo su mirada horrible.
Tuve miedo.

-¿Quién es? -le dije reuniendo todas mis fuerzas-, ¿por qué me ha despertado?

-Para prestarte un servicio -me respondió.

-¿Dónde estoy?

-En el cementerio.

-¿Quién es?

-Un amigo.

-Déjeme en mi sueño.

-Escucha -me dijo-, ¿te acuerdas de la tierra?

-No.

-¿No echas de menos nada?

-No.

-¿Cuánto hace que duermes?

-Lo ignoro.

-Yo te lo diré. Estás muerto desde hace dos días, y tu última palabra ha sido el nombre de una mujer en lugar de ser el del Señor. Hasta el punto de que tu cuerpo sería de Satán, si Satán quisiera cogerlo. ¿Comprendes?

-Sí.

-¿Quieres vivir?

-¿Usted es Satán?

-Satán o no, ¿quieres vivir?

-¿Nada más que vivir?

-No, volverás a verla.

-¿Cuándo?

-Esta noche.

-¿Dónde?

-En su casa.

-Acepto -dije yo tratando de levantarme-. ¿Cuáles son tus condiciones?

-No te las pongo -me respondió Satán-; ¿crees acaso que de cuando en cuando no soy capaz de hacer el bien? Esta noche ella da un baile y te llevo a él.

-Vayamos, pues.

-Vayamos.

Satán me tendió la mano y me encontré de pie.

Describir lo que experimenté sería cosa imposible. Sentía que un frío terrible helaba mis miembros; es todo cuanto puedo decir.

-Ahora -continuó Satán-, sígueme. Comprende que no te haga salir por la puerta principal, el portero no te dejaría pasar, querido; una vez aquí, no se sale. Sígueme, pues. Vamos primero a tu casa, donde te vestirás; porque no puedes ir al baile con el traje que llevas, tanto más, cuanto que no es un baile de disfraces; pero envuélvete bien en tu sudario, porque la noche es fría y podrías enfermar.
Satán se echó a reír como ríe Satán, y yo seguí caminando tras él.

-Estoy seguro -continuó- de que pese al servicio que te hago, no me amas todavía. Así están hechos los hombres, ingratos con sus amigos. No es que censure la ingratitud; es un vicio que yo inventé y es uno de los más difundidos, pero me gustaría verte menos triste. Es la única gratitud que te pido.
Yo le seguía, blanco y frío como una estatua de mármol que un resorte oculto hace moverse; sólo que en los momentos de silencio habría podido oírse a mis dientes chocar bajo un estremecimiento glacial y a los huesos de mis miembros crujir a cada paso.

-¿Llegaremos pronto? -dije con esfuerzo.

-¡Impaciente! -dijo Satán-. ¿Es muy hermosa?

-Como un ángel.

-Ay, querido -continuó riendo-, hay que confesar que adoleces de delicadeza en tus palabras; acabas de hablarme de ángel, a mí, que lo he sido; tanto más, cuanto que ningún ángel haría por ti lo que yo hago hoy. Pero te perdono; hay que perdonarle algo a un hombre muerto hace dos días. Además, como te decía, esta noche estoy muy alegre; hoy han ocurrido en el mundo cosas que me encantan. Creía que a los hombres degenerados algo los había vuelto virtuosos desde hace algún tiempo, pero no, son siempre los mismos, tal como los creé. Y bien, querido, rara vez he visto jornadas como ésta. He cosechado, desde ayer, seiscientos veintidós suicidas sólo en Europa, y entre ellos hay más jóvenes que viejos, lo cual es una pérdida porque mueren sin hijos; dos mil doscientos cuarenta y tres asesinatos, sólo en Europa; en las demás partes del mundo, ni llevo la cuenta. Con ellas me pasa lo que a los mayores capitalistas, no puedo enumerar mi fortuna. Dos millones seiscientos veintitrés mil novecientos setenta y cinco nuevos adulterios; eso es menos sorprendente debido a los bailes; doscientos jueces que se han vendido, ordinariamente, tenía más. Pero lo que mayor placer me ha dado son veintisiete muchachas, la mayor de las cuales no tenía dieciocho años, que han muerto blasfemando de Dios. Cuenta, querido, todo eso es un ingreso aproximado de dos millones seiscientas veintiocho mil almas sólo en Europa. No cuento los incestos, las falsificaciones de moneda, las violaciones: pura calderilla. Por eso, haciendo una media de tres millones de almas que se pierden al día, calcula en cuánto tiempo el mundo entero será mío. Me veré obligado a comprarle a Dios el paraíso para agrandar el infierno.

-Comprendo tu alegría -murmuré yo acelerando el paso.

-Me dices eso -continuó Satán- con aire sombrío y de duda; ¿tienes miedo de mí porque me ves cara a cara? ¿Soy tan repulsivo? Razonemos un poco, por favor. ¿Qué sería del mundo sin mí? ¿Un mundo que tuviera sentimientos procedentes del cielo y no pasiones procedentes de mí? El mundo moriría de rencor, querido. ¿Quién ha inventado el oro? Yo. ¿El juego? Yo. ¿El amor? Yo. ¿Los negocios? También yo. Y no comprendo a los hombres que parecen odiarme tanto. Sus poetas, por ejemplo, que hablan de amor puro, no comprenden que al mostrar el amor que salva, inspiran la pasión que pierde, porque gracias a mí, lo que siempre buscan no es una mujer como la Virgen, sino una pecadora como Eva. Y tú mismo, en este momento, tú que todavía tienes el frío de un cadáver y la palidez de un muerto, no es un amor puro lo que vas a buscar junto a aquella a la que te llevo, sino una noche de voluptuosidad. Ves, pues, que el mal sobrevive a la muerte, y que si el hombre tuviera que escoger, preferiría la eternidad de la pasión a la dicha, y la prueba es que, por algunos años de pasión sobre la tierra, pierde la eternidad de la dicha en el cielo.

-¿Llegaremos pronto? -dije yo porque el horizonte iba renovándose siempre y caminábamos sin avanzar.

-Siempre impaciente -replicó Satán-, aun cuando trato de abreviar la ruta cuánto puedo. Comprende que no puedo pasar por la puerta, hay una gran cruz y ésta es mi aduana. Cuando viajo y me tropiezo con ella, me detendría, me vería obligado a santiguarme; y puedo cometer un crimen, pero no un sacrilegio, y además, como ya te he dicho, no te dejarían pasar. ¿Crees que te mueres, que te entierran, y que un buen día te puedes marchar sin decir nada? Te equivocas, querido; sin mí habrías tenido que esperar a la resurrección eterna, cosa que habría sido larga. Sígueme y estate tranquilo, llegaremos. Te he prometido un baile y lo tendrás; yo cumplo mis promesas y mi firma es conocida.
Había en esa ironía de mi siniestro compañero un fatalismo que me helaba; todo cuanto acabo de decirles, creo oírlo todavía.
Caminamos algún tiempo más, luego llegamos a un muro ante el que estaban amontonadas tumbas formando escalera. Satán puso el pie en la primera y, contra su costumbre, caminó sobre las piedras sagradas hasta que estuvo en la cima de la muralla.
Yo vacilé en seguir el mismo camino, tenía miedo.
Me tendió la mano diciéndome:

-No hay peligro; puedes poner el pie encima, son conocidos.

Cuando estuve a su lado me dijo:

-¿Quieres que te haga ver lo que sucede en París?

-No, sigamos.

Saltamos del muro a tierra.

La luna, bajo la mirada de Satán, se había velado como una joven bajo una mirada descarada. La noche estaba fría, todas las puertas se hallaban cerradas, todas las ventanas oscuras, todas las calles silenciosas; se hubiera dicho que nadie había pisado hacía mucho tiempo el suelo sobre el que caminábamos; todo a nuestro alrededor tenía un aspecto fantasmal. Se podía creer que, cuando el día llegase, nadie abriría las puertas, ninguna cabeza se asomaría a las ventanas y nadie turbaría el silencio. Creía caminar por una ciudad muerta hacía siglos y reencontrada en unas excavaciones; en fin, la ciudad parecía estar despoblada en provecho del cementerio.
Caminábamos sin oír un ruido, sin encontrar una sombra; la caminata fue larga a través de aquella ciudad espantosa de silencio y de reposo; finalmente, llegamos a nuestra casa.

-¿La reconoces? -me dijo Satán.

-Sí -respondí sordamente-, entremos.

-Espera, tengo que abrir. También fui yo el que inventó el robo; tengo una segunda llave de todas las puertas, excepto la del paraíso, por supuesto.

Entramos.
La calma exterior continuaba en el interior; era horrible.
Yo creía soñar, no respiraba ya. Imagínense volviendo a entrar en su habitación donde habían muerto hace dos días, encontrando todas las cosas tal como estaban durante su enfermedad, con el sello de ese aire sombrío que da la muerte; volviendo a ver los objetos ordenados, como si ya no tuvieran que ser tocados por ustedes. La única cosa animada que había visto desde mi salida del cementerio fue mi gran péndulo, a cuyo lado había un ser humano muerto, y continuaba contando las horas de mi eternidad como había contado las de mi vida.
Fui a la chimenea, encendí una vela para cerciorarme de la verdad, porque todo cuanto me rodeaba se me aparecía a través de una claridad pálida y fantástica que me daba, por así decir, una visión interior. Todo era real; aquella era mi habitación. Vi el retrato de mi madre, sonriéndome como siempre; abrí los libros que leía algunos días antes de mi muerte; solamente la cama no tenía ropa, y había sellos en todas partes.
En cuanto a Satán, se había sentado al fondo y leía atentamente la Vida de los Santos.
En aquel momento pasé ante un gran espejo y me vi en mi extraño atuendo, cubierto de un pálido sudario con los ojos apagados. Dudé de aquella vida que me devolvía un poder desconocido y me llevé la mano al corazón.
Mi corazón no latía.
Me llevé la mano a la frente y estaba fría como el pecho, el pulso mudo como el corazón; reconocía todo lo que había abandonado; así pues, sólo el pensamiento y los ojos vivían en mí.
Lo horrible además era que no podía apartar mi mirada de aquel espejo que me devolvía mi imagen sombría, helada y muerta. Cada movimiento de mis labios se reflejaba como la horrible sonrisa de un cadáver. No podía moverme del sitio; no podía gritar.
El reloj dejó oír ese zumbido sordo y lúgubre que precede al campaneo de los viejos péndulos, y dio las dos; luego todo recuperó la calma.
Algunos instantes después, una iglesia vecina sonó a su turno, luego otra, luego una más.
En un rincón del espejo veía a Satán que se había dormido sobre la Vida de los Santos.
Conseguí volverme. Había un espejo frente a aquel en el que miraba, de modo que me veía repetido millares de veces con esa claridad pálida que da una sola vela en una sala grande.
El miedo había llegado a su colmo; lancé un grito.
Satán se despertó.

-He aquí, sin embargo -me dijo mostrándome el libro-, con qué se quiere dar virtud a los hombres. Es tan aburrido que me he dormido, yo que velo desde hace seis mil años. ¿Todavía no estás preparado?

-Sí -repliqué maquinalmente-, ya estoy.

-Date prisa -contestó Satán-, rompe los sellos, coge tus ropas y oro sobre todo, mucho oro; deja tus cajones abiertos, y mañana la justicia encontrará el modo de condenar a algún pobre diablo por rotura de sellos; será mi pequeña ganancia.

Me vestí. De vez en cuando me tocaba la frente y el pecho; los dos estaban fríos.

Cuando estuve preparado, miré a Satán.

-¿Vamos a verla? -le dije.

-Dentro de cinco minutos.

-¿Y mañana?

-Mañana -me dijo- recuperarás tu vida ordinaria; yo no hago las cosas a medias.

-¿Sin condiciones?

-Sin condiciones.

-Salgamos -le dije.

-Sígueme.

Bajamos.

Al cabo de unos instantes estábamos en la casa a la que me habían llamado cuatro días antes.

Subimos.
Reconocí la escalinata, el vestíbulo, la antecámara. Los accesos al salón estaban llenos de gente. Era una fiesta deslumbrante de luces, flores, pedrerías y mujeres.
Estaban bailando.
A la vista de aquella alegría, creí en mi resurrección.
Me incliné al oído de Satán, que no me había abandonado.

-¿Dónde está ella? -le dije.

-En su coqueta.

Esperé a que la contradanza hubiera terminado. Crucé el salón; los espejos con luces de velas reflejaron mi imagen pálida y sombría. Volví a ver aquella sonrisa que me había helado; pero allí ya no había soledad, estaba la gente; no era el cementerio, era un baile; no era la tumba, era el amor. Me dejé embriagar y olvidé por un instante de dónde venía sin pensar en otra cosa que en aquello por lo que había ido.
Llegado a la puerta de la habitación, la vi; se veía más bella y encantadora que nunca. Me detuve un instante como en éxtasis; iba ceñida por un vestido de blancura resplandeciente, con los hombros y los brazos desnudos. Volví a ver, más con la imaginación que en realidad, un pequeño punto rojo en el lugar que yo había sangrado. Cuando apareció, estaba rodeada de jóvenes a los que apenas escuchaba; alzó indolentemente sus hermosos ojos llenos de voluptuosidad, me vio, pareció dudar al reconocerme, luego, poniendo una sonrisa encantadora, dejó a todo el mundo y se acercó a mí.

-Ya ve que soy fuerte -me dijo.

La orquesta se dejó oír.

-Y para probárselo -continuó cogiéndome del brazo- vamos a bailar el vals juntos.

Dijo algunas palabras a alguien que pasaba a su lado. Yo vi a Satán junto a mí.

-Has cumplido tu promesa -le dije-, gracias; pero necesito esta mujer esta misma noche.

-La tendrás -me dijo Satán-, pero límpiate el rostro, tienes un gusano en la mejilla.

Y desapareció dejándome todavía más helado que antes. Como para volver a la vida apreté el brazo de aquella a la que iba a buscar desde el fondo de la tumba y la arrastré al salón.
Era uno de esos valses embriagadores en los que todo cuanto nos rodea desaparece, en los que no se vive más que uno para otro, en los que las manos se encadenan, en los que los cuerpos se confunden y los pechos se tocan. Yo bailaba con los ojos clavados en sus ojos, y su mirada, que me sonreía eternamente, parecía decirme: “¡Si supieras los tesoros de amor y de pasión que daré a mi amante! ¡Si supieras cuánta voluptuosidad hay en mis caricias, cuánto fuego tienen mis besos! A quien ame, daré ¡todas las bellezas de mi cuerpo, todos los pensamientos de mi alma, porque soy joven, porque soy amante, porque soy bella!”.
Y el vals nos arrastraba en un torbellino lascivo y veloz.
Esto duró mucho tiempo. Cuando la música cesó, éramos los únicos que seguíamos bailando.
Ella cayó en mis brazos, con el pecho oprimido, flexible como una serpiente, y alzó sobre mí sus grandes ojos que parecieron decirme: “¡Te amo!”.
La llevé a la habitación, donde estábamos solos. Los salones iban quedando desiertos.
Ella se dejó caer sobre un asiento alargado y mullido, cerrando a medias los ojos bajo la fatiga, como bajo un abrazo de amor.
Me incliné sobre ella, y le dije en voz baja:

-¡Si supiera cuánto la amo!

-Lo sé -me dijo ella-, y también yo lo amo.

Era para volverse loco.

-Daría mi vida -dije- por una hora de amor con usted, y mi alma por una noche.

-Escuche -dijo ella abriendo una puerta oculta en la tapicería-, dentro de un instante estaremos solos. Espéreme.

Ella me empujó suavemente, y me encontré solo en su dormitorio, todavía alumbrado por la lámpara de alabastro.
Todo tenía allí un perfume de misteriosa voluptuosidad imposible de describir. Me senté cerca del fuego porque tenía frío; me miré en el espejo, seguía estando muy pálido. Oí los coches que partían uno a uno; luego, cuando el último hubo desaparecido, se hizo un silencio solemne. Poco a poco mis terrores regresaron; no me atrevía a volverme, tenía frío. Me sorprendía que ella no viniese; contaba los minutos y no oía ningún ruido. Tenía los codos sobre las rodillas y la cabeza entre mis manos.
Entonces me puse a pensar en mi madre, en mi madre que lloraba en aquel momento a su hijo muerto, en mi madre para quien yo era toda la vida, y para la que no había tenido más que mis pensamientos secundarios. Todos los días de mi infancia volvieron a pasar ante mis ojos como un sueño. Vi que siempre que había tenido una herida que curar, un dolor que apagar, fue siempre a mi madre a quien recurrí. Quizá en el momento en que yo me preparaba para una noche de amor, ella se preparaba para una noche de insomnio, sola, silenciosa, junto a objetos que le recordaban a mí, o velando con mi solo recuerdo. ¡Qué horrible pensamiento! Tenía remordimientos; las lágrimas vinieron a mis ojos. Me levanté. En el momento en que me miraba en el espejo, vi una sombra pálida y blanca detrás de mí, mirándome fijamente.
Me volví; era mi hermosa amada.
Afortunadamente, mi corazón no latía, porque de emoción habría terminado por romperse.
Todo estaba silencioso, tanto fuera como dentro.
Me atrajo a su lado y pronto olvidé todo. Fue una noche imposible de contar, con placeres desconocidos, con voluptuosidades tales que se acercan al sufrimiento. En mis sueños de amor no encontré nada parecido a aquella mujer que tenía en mis brazos, ardiente como una Mesalina, casta como una madona, flexible como una tigresa, con besos que quemaban los labios, con palabras que quemaban el corazón. Había en ella algo tan potentemente atractivo, que hubo momentos en que tuve miedo.
Por fin, la lámpara comenzó a palidecer cuando el día empezaba.

-Escucha -me dijo aquella mujer-, hay que marcharse; ya llega el día, no puedes quedarte aquí; pero por la tarde, a primera hora de la noche te espero, ¿sí?

Por última vez, sentí sus labios sobre los míos. Ella apretó de modo convulso mis manos, y me marché.

Fuera seguía la misma quietud.

Caminaba como un loco, creyendo apenas en mi vida, sin pensar en ir a casa de mi madre o volver a la mía, ¡tanto embriagaba mi corazón aquella mujer!
Sólo sé de una cosa que se desea más que una primera noche pasada junto a una amante; una segunda.
La luz se había levantado, triste, pálida, fría. Caminé al azar por el campo desierto y desolado, para esperar la noche.
La noche llegó temprano.
Corrí a la casa del baile.
En el momento en que franqueaba el umbral de la puerta, vi a un viejo pálido y achacoso que bajaba la escalinata.

-¿Dónde va el señor? -me detuvo el portero.

-A casa de la señora de P... -le dije.

-La señora de P... -dijo él mirándome asombrado y señalándome al viejo-; ese señor es quien vive en este palacete; ella murió hace dos meses.

Lancé un grito y caí de espaldas.

-¿Y después? -pregunté yo, ansioso por saber más.

-¿Después? -dijo él gozando de nuestra atención y sopesando sus palabras-, después me desperté, porque todo eso no era más que un sueño.

1 de mayo de 2008

El pacifista / Arthur C. Clarke

Un excelente cuento del recientemente fallecido escritor. Me gustó mucho.
Saludos
Estanis



El pacifista
Arthur C. Clarke

Entré en el White Hart algo tarde aquella noche, y todo el mundo estaba ya agrupado en el rincón bajo la diana de los dardos, es decir, todos excepto Drew: no había desertado de su puesto y estaba sentado tras el mostrador, leyendo las obras completas de T. S. Eliot. Abandonó The Confidential Clerk lo bastante como para darme una cerveza y explicarme lo que pasaba.

-Eric ha traído una máquina de juegos.... hasta ahora ha derrotado a todo el mundo, y Sam está probando suerte.

En aquel momento una carcajada general anunció que Sam no había tenido más suerte que los demás, y me abrí paso entre la multitud para ver lo que pasaba.

Sobre la mesa había una caja metálica plana del tamaño de un tablero de ajedrez, dividida en cuadrados de una forma similar a éste. En el ángulo de cada cuadrado había un conmutador de dos posiciones y una pequeña luz de neón; el artefacto estaba conectado (dejando, por consiguiente, a oscuras la diana de los dardos), y Eric Rodgers estaba buscando una nueva víctima.

-¿Qué es lo que hace esa cosa? -le pregunté.

-Es una modificación del juego de las cruces y los círculos. Shannon me lo mostró cuando estaba en los Laboratorios Bell. Lo que tiene que hacer uno es completar el camino de un lado del tablero al otro, digamos por ejemplo de norte a sur, conectando esos conmutadores.' Imagínate que esa cosa forma una trama de calles, si quieres, y que esos neones son las luces de tráfico. Tú y la, máquina os alternáis en los movimientos. La máquina intenta bloquear tu camino construyendo uno propio en la dirección este-oeste: los pequeños neones se encienden para decirte en qué dirección desea moverse. Ninguno de los caminos tiene por qué ser una línea recta: puedes zigzaguear tanto como quieras; lo que importa es que sea continuo, y el que primero llega al otro lado es el que gana.

-Y será la máquina, supongo.

-Bueno, hasta ahora jamás ha sido derrotada.

-¿No puede uno lograr unas tablas, bloqueando el camino de la máquina para, al menos, no perder?

-Eso es lo que estamos intentando. ¿Quieres probar?

Dos minutos más tarde había entrado a formar par-te de las filas de los concursantes derrotados. La máquina había sorteado todas mis barreras y establecido su propio camino de este a oeste. No estaba convencido de que fuera invencible, pero evidentemente el juego era mucho más complicado de lo que parecía.

Cuando me hube retirado, Eric miró alrededor, al auditorio. Nadie parecía tener muchas ganas de presentarse voluntario.

-¡Ja! -dijo-. El hombre famoso. ¿Y tú, Purvis? Aún no lo has intentado.

Harry Purvis estaba de pie detrás de la multitud, con una mirada el mundo militar. Las armas: cohetes, bombas atómicas y' demás, son sólo una parte de ella, aunque es todo lo que conoce el público. En mi opinión, es mucho más fascinan. te el aspecto de la investigación operacional. Podría decirse que se relaciona con el cerebro más que con la fuerza bruta. En cierta ocasión oí que la definían como la forma de ganar guerras sin luchar en ellas, y no es una mala descripción.

»Bueno, todos conocéis los grandes ordenadores electrónicos que proliferaron como hongos en los a años cincuenta. La mayor parte de ellos habían sido construidos para ocuparse de problemas matemáticos pero, si pensáis detenidamente en ello, os daréis cuenta de que la misma guerra es un problema matemático. Es un problema tan complicado que los cerebros humanos no pueden abarcarlo, pues hay demasiadas variables. Hasta los grandes estrategas no pueden ver la totalidad del tema: los Hitlers y Napoleones siempre acaban cometiendo un error.

»Pero una máquina.... eso sería otro asunto. Un cierto número de gente brillante se dio cuenta de eso al acabar la guerra. Las técnicas que habían sido elaboradas para la construcción de ENIAC y los otros grandes ordenadores podían revolucionar la estrategia.

»De ahí surgió el Proyecto Clausewitz. No me preguntéis cómo es que sé de él, ni me pidáis demasiados detalles. Lo que importa es que muchos millones de dólares en equipo electrónico y algunos de los mejores cerebros Y científicos de los Estados Unidos fueron a parar a cierta caverna de las colinas de Kentucky, Siguen ahí, pero las cosas no han resultado como se esperaba.

»No sé que clase de experiencias tendréis respecto a los oficiales de alta graduación, pero hay un tipo que todos conoceréis, aunque sea sólo por las novelas. Se trata del militar de carrera pomposo, conservador, cuartelero, que ha llegado a la cima por pura presión de los que están debajo, que lo hace todo según las ordenanzas y las reglas, y que considera a los civiles como, en el mejor de los casos, unos neutrales poco amistosos. Os diré un secreto: este tipo de militar existe en la realidad. Hoy en día ya no es tan común, pero aún existe, y a veces no es posible hallar un destino seguro para él. Pero cuando eso ocurre, vale su peso en plutonio para El Otro Bando.

»Según parece, el general Smith era así. Naturalmente, éste no es su verdadero nombre. Su padre era senador, y aunque mucha gente del Pentágono había tratado con todas sus fuerzas conseguirlo, la influencia del viejo había impedido que se pusiera al general al mando de algo inocuo como, digamos, la defensa costera de Wyorning. En lugar de esto, por alguna mala jugarreta de la fortuna, fue nombrado responsable del Proyecto Clausewitz.

»Naturalmente, sólo le concernía el aspecto administrativo, no el científico, del trabajo. Todo hubiera ido bien si el general se hubiera sentido satisfecho con dejar que los científicos llevaran a cabo su trabajo mientras él se concentraba en lograr que la tropa saludase correctamente, en estudiar el coeficiente de reflexión de los suelos de los barracones y asuntos similares de gran trascendencia militar. Desgraciadamente, no fue así.

»El general había tenido una vida tranquila. Había sido, si se me permite citar a Wilde (y todo el mundo lo hace), un hombre de paz, excepto en su vida doméstica. Nunca había visto antes a científicos, y cuando lo hizo su shock fue considerable. Así que quizá no sea correcto echarle las culpas de lo que sucedió.

»Pasó bastante tiempo antes de que se diera cuenta de los objetivos y la finalidad del Proyecto Clausewitz y, cuando lo logró, se sintió bastante preocupado. Quizá esto le hiciera sentirse aún menos amistoso hacia el equipo científico pues, a pesar de todo lo que he dicho, el general no era absolutamente estúpido., Era lo bastante inteligente como para comprender que, si el proyecto tenía éxito, habría más ex-generales en el mercado de lo que todos los consejos de dirección combinados de la industria norteamericana podrían absorber sin problemas.

»Pero dejemos al general un instante y veamos a los científicos. Había unos cincuenta, así como un par de cientos de técnicos. Todos habían sido seleccionados cuidadosamente por el FBI, así que probablemente no había más de uno o dos que fueran miembros activos del partido comunista. Aunque luego hubo muchas acusaciones de sabotaje, por esta vez los camaradas fueron totalmente inocentes de lo que sucedió. Además, no se trató ciertamente de un sabotaje en el concepto estricto de esta palabra...

»El hombre que había diseñado en realidad el ordenador era un silencioso y pequeño genio matemático que había sido arrancado de una universidad y llevado a las colinas de Kentucky y al mundo de la Seguridad y las Prioridades, antes de que pudiera darse cuenta realmente de lo que sucedía. No se llamaba doctor Milquetoast (Apocado), pero es así como deberían haberle bautizado, y como nosotros le denominaremos.

»Para completar nuestro cuadro de protagonistas, será mejor que diga algo acerca de Karl. En ese momento al que me refiero, Karl estaba aún a medio construir. Como todos los grandes ordenadores, consistía en su mayor parte en grandes bancadas de unidades de memoria que podían recibir y archivar información hasta que ésta era necesitada. La parte creativa del cerebro de Karl, los analizadores e integradores, tomaban esta información y la elaboraban para producir respuestas a las preguntas que le eran formuladas. Dados todos los datos relevantes, Karl daba las respuestas correctas. Naturalmente, el problema era lograr que Karl tuviera todos los datos; no se podía esperar que obtuviera resultados correctos con una información inexacta o insuficiente.

»Fue responsabilidad del doctor Milquetoast diseñar el cerebro de Karl. Sí, sé que ésta es una forma burdamente antropomórfica de enfocar el problema, pero uno no puede negar que esos grandes ordenadores tienen personalidad propia. Es difícil explicarlo más detalladamente sin entrar en tecnicismos, así que simplemente diré que el pequeño Milquetoast tuvo que crear los circuitos, tremendamente complejos, que le permitieran a Karl pensar en la forma en que se suponía que debía hacerlo.

»Así que tenemos a nuestros tres protagonistas: el General Smith, suspirando por los tiempos de Custer; el doctor Milquetoast, perdido en los fascinantes laberintos científicos de su trabajo, y Karl, cincuenta toneladas de equipo electrónico, no animadas todavía por las corrientes que pronto le atravesarían.

»Pronto... pero no lo bastante para el General Smith. No nos mostremos muy duros con el general: probablemente alguien lo había presionado cuando se hizo evidente que el proyecto no cumplía los plazos previstos. Así que llamó al Dr. Milquetoast a su oficina.

»La entrevista duró más de treinta minutos, y el doctor dijo menos de treinta palabras. El general se pasó la mayor parte del tiempo haciendo comentarios sarcásticos acerca de las cifras de producción, fechas y atascos. Parecía tener la creencia de que el construir a Karl no era un proceso más complicado que el montaje en cadena de un automóvil último modelo: simplemente era una cuestión de ir ensamblando las piezas. El doctor Milquetoast no era la clase de hombre que se dedicaba a aclarar los conceptos erróneos de los demás, incluso aunque el general le hubiera dado la oportunidad. Salió de la oficina sintiéndose víctima de una considerable injusticia.

»Una semana más tarde resultaba evidente que la construcción de Karl aún se estaba retrasando mucho más. Milquetoast lo estaba haciendo lo mejor que podía, y no había nadie que pudiera hacerlo mejor. Tenían que resolverse problemas de una complejidad tal que estaban totalmente fuera de la posible comprensión del general. Y fueron resueltos; pero esto llevó tiempo, y no había tiempo que malgastar.

»En su primera entrevista, el general había tratado de ser tan amable como le era posible, y sólo había logrado mostrarse rudo. Esta vez trató de ser rudo, y dejaré que vosotros mismos imaginéis el resultado. Prácticamente insinuó que Milquetoast y sus colegas, no cumpliendo con los plazos, estaban haciéndose culpables de un delito de antiamericanismo.

»Desde este momento en adelante comenzaron a pasar dos cosas: las relaciones entre el ejército y los científicos se fueron deteriorando cada vez más y, por primera vez, el doctor Milquetoast comenzó a pensar seriamente' en las más amplias implicaciones de su trabajo. Siempre: había estado demasiado atareado, demasiado ocupado por los problemas inmediatos de su trabajo, como para considerar sus responsabilidades sociales. Aún seguía demasiado ocupado en aquel momento, pero esto no le impedía que se detuviera a reflexionar: "Aquí estoy -se decía a sí mismo-, uno de los mejores matemáticos puros, del mundo..., y, ¿qué estoy haciendo? ¿Qué ha sucedido con mi tesis sobre las ecuaciones diofantinas? ¿Cuándo voy a ocuparme de nuevo del teorema de los números primos? En resumen, ¿cuándo voy a volver a hacer un, trabajo serio?"

»Podía haber dimitido, pero no se le ocurrió. En cualquier caso, por debajo de aquel aspecto timorato y ensimismado, había un rasgo de tozudez. El doctor Milquetoast siguió trabajando, aún más enérgicamente que antes. La construcción de Karl prosiguió lentamente, pero con seguridad: soldaron las conexiones finales en su cerebro de una miríada de células, y los millones de circuitos fueron probados y comprobados por los mecánicos.

»Y un circuito, indistinguiblemente entrelazado con la multitud de sus compañeros, que llevaba a un grupo de células de memoria aparentemente idénticas a todas las, demás, fue comprobado por el doctor Milquetoast en persona, pues nadie más sabía que existiese.

»Llegó el gran día. Por intrincadas rutas, personas muy importantes fueron llegando a Kentucky. Toda una constelación de generales de muchas estrellas llegó del Pentágono. Hasta la Marina había sido invitada.

»Orgullosamente, el general Smith llevó a los visitan tes de caverna en caverna, de bancadas de memoria al redes selectoras, pasando por analizadores de matrices y tableros de input..., y finalmente a las hileras de máquinas de impresoras donde Karl imprimirla los resultados de sus deliberaciones. El general sabía muy bien los vericuetos: al menos, dijo casi todos los nombres bien. Hasta logró dar la impresión, a aquellos que no conocían la realidad, de que él era el verdadero responsable de Karl.

»-Ahora -dijo alegremente el'general-, le daremos un poco de trabajo. ¿Alguien quiere ponerle algunas sumas.

»Ante la palabra "sumas" los matemáticos se estremecieron, pero el -general no se dio cuenta de su paso en falso. Los altos mandos reunidos pensaron un rato. Luego, uno de ellos dijo arriesgadamente:

»-¿Cuánto es nueve multiplicado veinte veces por si mismo?

»Uno, de los técnicos, con un audible resoplido, apretó algunas teclas. Hubo un tableteo en una de las impresoras y, antes de que nadie pudiera parpadear dos veces, apareció la respuesta... los veinte dígitos de la misma.

(Comprobé el resultado más tarde. Para quien quiera saberlo, la respuesta es: 12.157.665.459.056.928.801. Pero volvamos a Harry y a su historia)

»Durante los siguientes quince minutos Karl fue bombardeado con trivialidades similares. Los visitantes se mostraban impresionados, aunque no había ninguna razón para suponer que hubieran podido descubrir un error en las respuestas, de haber existido.

»El general emitió una tosecilla. La aritmética más simple era lo más lejos a lo que podía llegar, y Karl apenas si había comenzado a calentarse.

»-Ahora pasaré el mando --dijo- al capitán Winkler.

»El capitán Winkler era un ensimismado y joven graduado de Harvard del que el general desconfiaba, sospechando, correctamente, que tenía más de científico que de militar. Pero era el único oficial que comprendía realmente lo que se suponía que debía hacer Karl y que podía ,explicar exactamente cómo lo hacía. El general pensó, irritado, cuando el capitán comenzó a dar su explicación a los visitantes, que tenía el aspecto de un maldito maestro de primaria.

»El problema táctico que formuló era complicado, pero la respuesta ya era conocida por todo el mundo, excepto por Karl. Era una batalla que había sido combatida y ganada hacía casi un siglo, y cuando el capitán Winkler concluyó su introducción, un general de Boston le susurró a su ayuda de campo:

»-Apuesto cualquier cosa a que algún maldito sudista ha amañado las cosas para que Lee gane esta vez. -No obstante, todo el mundo tenía que admitir que el problema era una forma excelente de comprobar las capacidades de Karl.

»Las cintas de datos desaparecieron en las enormes unidades de memoria: centellearon luces a lo largo de las consolas. Por todas partes sucedían cosas misteriosas.

»-Este problema -dijo orgullosamente el capitán Winkler- tardará cinco minutos en ser evaluado.

»Como en deliberada contradicción, una de las impresoras comenzó rápidamente a tabletear. Una tira de papel salió de la misma, y el capitán Winkler, con un aspecto bastante sorprendido ante la inesperada rapidez de Karl, leyó el mensaje. inmediatamente le colgó la mandíbula inferior, y se quedó contemplando el papel como si le resultase imposible creer lo que veían sus ojos.

»-¿Qué ocurre, capitán? -ladró el general.

»El capitán Winkler tragó saliva, pero pareció haber perdido la capacidad del habla. Con un mugido de impaciencia, el general le arrancó el papel. Entonces fue su turno de quedarse paralizado; pero, a diferencia de su subordinado, se puso además de un hermoso color rojo. Durante un instante pareció como algún pececillo tropical asfixiándose al ser sacado del agua; luego, no sin algunos forcejeos, el enigmático mensaje fue capturado por el general de cinco estrellas cuya graduación era superior a la de todos los presentes.

»Su reacción fue totalmente distinta. Rápidamente se partió de risa.

»Los oficiales de grado inferior se quedaron en un estado de injuriante suspense durante diez minutos. Pero, finalmente, las noticias se filtraron a lo largo del escalafón desde coroneles a capitanes y a tenientes, hasta que al fin no hubo un simple soldado de segunda en la base que no conociera la maravillosa noticia:

»Karl le había dicho al general Smith que era un pomposo babuino. Eso era todo.

»Aunque todo el mundo estaba de acuerdo con Karl, el asunto no podía ser dejado así. Obviamente, algo había ido mal. Algo, o alguien, había apartado la atención de Karl de la Batalla de Gettysburg.

»-¿Dónde -rugió el general Smith, recuperando al fin la voz- está el doctor Milquetoast?

»Ya no estaba presente. Se había retirado sigilosarnente de la habitación, tras haber gozado del gran momento. Naturalmente, más tarde llegaría su hora, pero bien valía la pena.

»Los frenéticos técnicos purgaron los circuitos y comenzaron a hacer pruebas. Alimentaron a Karl con una elaborada serie de multiplicaciones y divisiones que realizar: el equivalente, para una computadora, de los tests de lectura que se hacen a los niños. Todo parecía estar funcionando perfectamente. Así que le pusieron un problema táctico muy simple, que un subteniente podría resolver dormido.

»-Tírese al mar, general -fue la respuesta de Karl.

»Fue entonces cuando el general Smith se dio cuenta de que se estaba enfrentando con algo fuera de lo previsto en los Procedimientos Estándar de Operación. Se veía nada menos que &ente a un claro caso de insubordinación cibernética.

»Llevó varias horas de pruebas el descubrir exactamente lo que había sucedido. En algún recóndito rincón de la tremenda capacidad de memoria de Karl había una excelente colección de insultos, amorosamente reunida por el doctor Milquetoast. La había grabado en cinta, o bien incluido en las memorias de ferrita, y contenía todo aquello que le hubiera gustado decir él mismo al general. Pero no era eso todo lo que había hecho: aquello hubiera sido demasiado fácil, indigno de su genio. Había instalado también lo que sólo podía ser denominado como un circuito censor: le había dado a Karl el poder de discriminación. Karl examinaba, antes de resolverlo, cada problema que le era alimentado; si se refería a matemáticas puras, lo resolvía correctamente; pero si se trataba de un problema militar... allá iban los insultos. Al cabo de veinte minutos aún no se había repetido ni una sola vez, y las auxiliares femeninas habían tenido que ser enviadas fuera de la habitación.

»Hay que confesar que, al cabo de un tiempo, los técnicos estaban casi tan interesados en descubrir cuál sería la siguiente indignidad que lanzaría Karl contra el general Smith como en hallar el fallo en los circuitos. Había comenzado con simples insultos y sorprendentes referencias genealógicas, pero había pasado rápidamente a detalladas instrucciones que, incluso las más suaves, hubieran ocasionado un grave perjuicio a la dignidad del general, mientras que las más imaginativas hubieran puesto en peligro su integridad física. El hecho de que todos aquellos mensajes, a medida que iban emergiendo de las máquinas de escribir, fueran siendo clasificados inmediatamente como ALTO SECRETO, no le proporcionaba ningún consuelo a su destinatario. Sabía, con hosca certidumbre, que aquél iba a ser el secreto peor guardado de toda la guerra fría, y que ya iba siendo hora de que comenzase a buscarse un trabajo civil.

»Y así, caballeros -concluyó Purvis-, está la situación. Los ingenieros siguen tratando de desentrañar la maraña de circuitos que instaló el doctor Milquetoast y, sin duda alguna, lo lograrán algún día. Pero, mientras tanto, Karl sigue siendo un pacifista a ultranza. Se siente perfectamente a sus anchas jugando con la teoría de los números: calculando tablas de exponentes y ocupándose de problemas aritméticos. ¿Recuerdan el famoso brindis: "Brindo por las matemáticas puras... y porque jamás sean de utilidad práctica para nadie"? Karl hubiera brindado por eso muy a gusto...

»Tan pronto como alguien trata de colarle alguna pelota, se declara en huelga. Y, dado que tiene una memoria tan maravillosa, no hay forma de engañarle. Tiene casi todas las grandes batallas del mundo almacenadas en sus circuitos, y puede reconocer de inmediato cualquier variación de las mismas. Aunque se han llevado a cabo intentos de proponerle ejercicios tácticos camuflados como problemas matemáticos, descubre de inmediato el subterfugio y responde con algún otro comentario amable para el general.

»En cuanto al doctor Milquetoast, nadie pudo hacer nada contra él, porque rápidamente tuvo un colapso nervioso. Estuvo sospechosamente calculado al minuto, pero ciertamente tenía motivos para haberlo sufrido. Lo último qué oí de él es que estaba enseñando álgebra de matrices en un seminario teológico en Denver. Jura que ha olvidado todo lo que sucedió mientras trabajaba con Karl. Y quizá diga la verdad...

Hubo un repentino grito procedente de la parte trasera de la sala.

-¡He ganado! -gritó Charles Willis-. ¡Venid a ver!

Todos nos amontonamos bajo la diana de los dardos. Parecía ser cierto. Charlie había establecido un sendero en zigzag, pero continuo, desde un lado del tablero al opuesto, a pesar de los obstáculos que la máquina había intentado colocar en su camino.

-Dinos como lo has hecho -dijo Eric Rodgers.

Charlie pareció molesto.

-Lo he olvidado -dijo-. No he tomado nota de todos los movimientos.

Una voz sarcástica sonó en la parte trasera del gr4po.

-Pero yo sí -dijo John Christopher-. Has hecho trampa: has hecho dos jugadas seguidas.

Después de esto, lamento tener que admitir que se produjo un cierto desorden, y Drew tuvo que amenazar con la violencia para lograr restaurar la paz. No sé quién ganó finalmente en la discusión, pero no creo que importe mucho. Pues estoy de acuerdo con lo que Purvis comentó mientras tomaba el aparato y. examinaba sus circuitos.

-Mirad -dijo-, este aparato es únicamente un primo estúpido de Karl.... y ya podéis ver lo que ha hecho. Estas máquinas están comenzando a dejarnos como unos tontos. No pasará mucho antes de que comiencen a desobedecernos sin que haya necesidad de que un Milquetoast trastee en sus circuitos. Y entonces comenzará a darnos órdenes: después de todo, son lógicas.

Lanzó un suspiro.

-Cuando esto suceda, no podremos hacer nada al respecto. Simplemente, tendremos que decirles a los dinosaurios: haced un poco de sitio, aquí llega el Homo sapiens. Y el transistor heredará la Tierra.

No hubo ya más tiempo para filosofías pesimistas, 1 pues se abrió la puerta y el agente de policía Wilkins metió la cabeza por el hueco.

-¿Quién es el propietario del coche matrícula 1 CGC5 7 1 ? -preguntó-. Oh, es usted, señor Purvis. Tiene la luz de posición apagada.

Harry me miró amargamente y luego se alzó resigna, do de hombros.

-¿Ves? -me dijo-. Ya han empezado.
Y salió a la noche.

26 de abril de 2008

Return to innocence

Creo que en esta epoca en donde la violencia se ve a diario y lo que predomina es todos contra todos y no importa contra quien ni la validez del motivo (si es que lo hay), es bueno repensar en la inocencia, cuando los actos no eran tan premeditados ni con feroz alevosía. Por eso, me acordé de esta canción y la letra lo refleja muy bien.
Debajo, puse una entrevista a Zygmunt Bauman, donde nos cuenta un poco de como afecta la modernidad liquida en nuestro comportamiento diario y su incidencia en la violencia. Espero les guste el post. Saludos! Estanis



"Return To Innocence"
Enigma

That's not the beginning of the end
That's the return to yourself
The return to innocence
Love - Devotion
Feeling - Emotion
Love - Devotion
Feeling - Emotion
Don't be afraid to be weak
Don't be too proud to be strong
Just look into your heart my friend
That will be the return to yourself
The return to innocence
If you want, then start to laugh
If you must, then start to cry
Be yourself don't hide
Just believe in destiny
Don't care what people say
Just follow your own way
Don't give up and use the chance
To return to innocence
That's not the beginning of the end
That's the return to yourself
The return to innocence
Don't care what people say
Follow just your own way Follow just your own way
Don't give up, don't give up
To return, to return to innocence.
If you want then laugh
If you must then cry
Be yourself don't hide
Just believe in destiny.

Entrevista a Zygmunt Bauman

En esta entrevista el autor de Modernidad líquida reflexiona principalmente sobre las tensiones en las que se constituye –o intenta constituirse– la identidad en nuestro tiempo. En un recorrido disparado por la propia biografía de este pensador, los recientes alzamientos franceses y las resistencias de la sociología son también otros de los temas abordados en la ocasión. El texto aparece aquí por primera vez en su versión íntegra. Fue publicado originalmente en versión reducida en el suplemento de cultura del diario Perfil.

Usted nació en una ciudad alemana que se convirtió en territorio polaco al final de la Primera Guerra Mundial. Luego se refugió en la Unión Soviética y desde hace unos años trabaja por elección en Inglaterra. ¿Desde su experiencia académica y personal, cómo define hoy la noción de identidad?

Ludwig Wittgenstein siempre oscilaba entre la Viena natal y su tierra adoptiva inglesa; cierta vez comentó que el mejor lugar para resolver un problema filosófico era una estación de tren. Aunque bueno, aquellos eran viejos tiempos, cuando no se vivía con la prisa de la actualidad. No creo que hoy Wittgenstein hubiera dicho lo mismo respecto de un aeropuerto. Aún así sus reflexiones mantienen la misma fuerza. A mí me ayudaron a entender, de qué modo, en nuestros tiempos, la identidad tiende a ser algo tan provisorio, endeble, vulnerable, que obliga repetidamente a revisar los ‘planes a largo plazo’ (o lo que Jean-Paul Sartre llamaba ‘project de la vie’); se demuestra muy vívidamente lo poco confiables y riesgosas que son en general las resoluciones a largo plazo. Por primera vez en la historia, el cuerpo humano constituye la única entidad cuya expectativa de vida se ha prolongado. En cambio, todas aquellas instituciones sobre las cuales nuestros antecesores solían planificar sus existencias (asuntos públicos, ideologías, formas de vida, reglas de conducta, criterios de éxito y estrategias para una vida satisfactoria, etc.) tienen hoy una expectativa de vida mucho más corta.

¿Qué relación hay entre su concepto de modernidad líquida y su noción de identidad?

En nuestra modernidad líquida, las obligaciones de vida demandan una necesaria fluidez; permanecer inalterado representa una siniestra perspectiva y aterradora amenaza. En un instante y sin ningún aviso, los activos se pueden transformar en deudas. De allí, la contradicción contra la que todos debemos pelear. Tener identidad significa estar claramente definido, sugiere continuidad y persistencia, pero precisamente es esa continuidad y persistencia la que le otorga a la fluidez una tendencia algo suicida.
Sin duda, la idea de identidad siempre estuvo, cada vez que apareció, dividida por una contradicción interna: sugería una especie de distinción que tendía a desdibujarse.
La identidad enfrenta un doble dilema: debe servir a una propuesta de emancipación individual tanto como a un plan de membresía colectiva que sobrepasa cualquier idiosincrasia particular. La busca de identidad implica someterse a un fuego cruzado, a una convergencia de dos fuerzas opuestas. Hay una doble propuesta en la cual la pretendida identidad (identidad como problema y cometido) se debate y por la cual debe luchar en vano por emanciparse. Navega entre dos extremos de individualidad y total pertenencia, el primer extremo es inalcanzable, mientras que el segundo, como un agujero negro, debe absorber y eliminar todo lo que flota en su cercanía. Cada vez que es elegido como el destino de una excursión, la identidad inevitablemente hace vacilar cualquier movimiento hacia dos direcciones.

¿Es evitable esa contradicción?

La identidad presagia un peligro mortal para el individuo y la colectividad, aunque ambas recurran a ella como un arma de autodestrucción. El camino a la identidad es un interminable campo de batalla entre el deseo de libertad y la demanda de seguridad. Por esta razón, la guerra de la identidad permanecerá siempre inconclusa y sin ganadores, y la causa de la identidad continuará destacándose al tiempo en que se disimulen sus instrumentos y objetivos. Quienes practican y disfrutan de esta nueva inestabilidad, suelen relacionarla con cierta idea de libertad. Sin embargo, tener una inestable y provisoria identidad no es un estado de libertad sino más bien una obligatoria, interminable y nunca victoriosa guerra por la liberación. Cuando la identidad haya dejado de ser un asunto molesto (porque es imposible desprenderse de ella), y pase a ser un cómodo legado, las obligaciones que se presumen y esperan que duren de aquí a la eternidad, se habrán transformado en un inconcluso y exasperadamente ambiguo esfuerzo por desprenderse de las cargas del pasado. Aquel que persigue la identidad es comparable a un ciclista: la sanción por frenar un pedal es la caída, y hay que seguir pedaleando para mantenerse en pie. Avanzar con dificultades es un compromiso sin alternativas.
Al pasar de un episodio a otro sin rumbo, viviendo a través de los sucesos consecutivos de un destino desconocido, guiado por el afán de borrar el pasado antes que por el deseo de delinear el futuro, la identidad del actor queda atrapada en su presente; es decir, se niegan las bases de su propio futuro. Y, al mismo tiempo, el pasado de cada identidad se encuentra esparcido en los consejos inservibles de anteayer, que ayer mismo fueron desechados por constituir una pesada carga.
La idea central de la identidad, a partir de la cual se podrá emerger con un cambio continuo, incólume y probablemente reforzado, es que el homo eligens, el hombre elige para sí mismo un estado de permanente no resistencia, de auténtica inautenticidad. En la era de la modernidad líquida, sobre los negocios, Richard Sennett escribió: "Los negocios perfectamente viables son aniquilados y abandonados, los empleados capaces son echados antes que premiados, simplemente porque la organización debe mostrar que el mercado es capaz de cambiar". Al reemplazar "negocio" por "identidad", "empleados capaces" por "posesiones y compañeros" y "organización" por "uno mismo", se obtiene una fiel versión de la condiciones que definen al homo eligens.

¿Cuál es su análisis en relación a los episodios de xenofobia que se suceden a nivel mundial? Ejemplo: incendios en Francia.

No hay nada nuevo aquí. De hecho la mayoría de las novedades parecen inéditas por la brevedad de nuestra memoria colectiva. Los actores han cambiado, pero no las acciones.
Hace casi un siglo, el gran sociólogo Georg Simmel, sugirió que la lucha, a menudo violenta, es ante todo un trámite preliminar para la integración. Demostró que los faccionarios habían aceptado (ya sea de manera entusiasta o desanimada) los valores dominantes de la época y deseaban unírseles a aquellos que practicaban (sin éxito) dichos valores. Los disturbios callejeros del siglo XIX y el "good deal" del siglo XX pueden ser explicados como las manifestaciones de las clases bajas golpeando tan fuerte como podían las puertas de la sociedad que se les cerraban en las narices. Sus violentas protestas desencadenaban reacciones también violentas. Los "establecidos" no deseaban que los "marginados" fueran admitidos.
Las "revueltas raciales" parecen ser el resultado de que aún no se ha disuelto la jerarquía de antiguos valores. Cien años atrás se tenía como asumido que Europa era la expresión más sobresaliente de la evolución humana; el resto de la gente, que quería ser tratada como europea, debía renunciar a cualquier rasgo de identidad que los alejara de los estándares europeos. Se esperaba que los aspirantes asimilaran e imitaran cada detalle del estilo de vida europeo. Sin embargo, uno de los efectos actuales de la globalización es que tenemos un mundo repleto de diásporas, territorios habitados por miembros de cualquier grupo étnico o religioso que constituyen reminiscencias más de archipiélagos que de continentes. Para muchos de los integrantes de esos grupos, la superioridad del estilo de vida europeo no es ninguna obviedad. De hecho son reacios a abandonar sus propias tradiciones, que consideran buenas o aún mejores que aquellas que encontraron en el nuevo país al que han emigrado. Su idea de integración no imposibilita el derecho a la diferencia. Y seamos francos: ¿no es ésta acaso una prueba de que ellos han asimilado y aceptado las ideas europeas? ¿Acaso no aplaudimos la variedad y juramos apoyar el derecho a la diferencia? En la práctica siempre nos referimos a nuestro derecho a la diferencia, no a la de ellos…

A pesar de su diagnóstico alarmante se vislumbra esperanza en todos sus ensayos. ¿En qué radica esa esperanza?

La gente optimista afirma que el mundo que tenemos es el mejor posible; los pesimistas son personas que desconfían que los optimistas tengan razón. Así que por lo tanto, no soy ni optimista ni pesimista porque creo firmemente en otra alternativa (y quizá mejor): de que un mundo mejor es posible para mis congéneres humanos, y que la posibilidad de lograrlo es real.
En el post scriptum de su obra magna, La Misére du Monde (La Miseria del mundo), el último Pierre Bordieu (hablando en nombre de los países europeos y las extensiones transoceánicas) señalaba que el número de personajes de la escena política que abarcaban y articulaban las expectativas y demandas de sus electores se está encogiendo rápidamente. El espacio de la política se está replegando sobre sí mismo y necesita ser abierto nuevamente; para ello es necesario traer los problemas privados y anhelos inarticulados y ponerlos en relación directa con el proceso político (y viceversa).
Esto es más fácil decirlo que hacerlo aunque el discurso público está inundado de las pre-nociones de Emilie Durkheim, presunciones raramente aclaradas y menos aún consideradas de manera crítica. La experiencia subjetiva es llevada a un nivel en el que el discurso público y cualquier tipo de problema privado es categorizado, reciclado en el discurso público y representado como tema público. Para servir a la humanidad, la sociología necesita empezar por aclarar cuál es su sitio. Las valoraciones críticas de estas pre-nociones deben conjugarse con un esfuerzo por hacer visible y audible aquellos aspectos de la experiencia que normalmente se quedan lejos de los horizontes individuales, o detrás de los umbrales de la conciencia individual.
Un momento de reflexión debe hacer consciente aquellos mecanismos que delinean una vida dolorosa e inconducente. Dibujar las contradicciones bajo un haz de luz no significa resolver las mismas. Un largo y tortuoso camino se expande entre el reconocimiento de las raíces de los problemas y su erradicación, y dar el primer paso no asegura que más adelante no se deba dar otros pasos. Sólo el mismo camino nos llevará hasta el fin. Y aún así no hay que negar la crucial importancia de la compleja cadena de eslabones que existe entre el dolor sufrido individualmente y las condiciones producidas colectivamente. En sociología, y aún más en la sociología que se ocupa de estar al día con sus tareas, el comienzo es más decisivo que ninguna otra parte. Siempre es el primer paso lo que designa y pavimenta el camino para la enmienda que de otro forma no existiría, dejando sólo anunciado tal sendero.
De hecho, necesitamos repetir después de Pierre Bordieu: "Aquellos que tienen la oportunidad de dedicar sus vidas al estudio del mundo social, no pueden permanecer neutrales e indiferentes, en frente de las luchas que tendrá que afrontar el mundo en el futuro".
Jean Pierre Dupuy describió la inevitable catástrofe. Mientras que Dupuy señalaba y profetizaba tal catástrofe, nosotros podemos hacer lo inevitable evitable y quizá así lo inevitable terminará por no acontecer. "Estamos condenados a la vigilancia perpetua", nos advierte. La falta de vigilancia es una condición necesaria para que tal catástrofe suceda. Proclamar su evitabilidad y pensar en la continuación de la presencia de la humanidad en la Tierra como una negación de la auto destrucción es, por un lado, una condición necesaria (y suficiente) para que esa catástrofe no suceda.
Los profetas delinearon su sentido de misión a través de las creencias de Dupuy, sobre la inminente catástrofe. Ellos insistieron sobre la inminencia de este Apocalipsis no porque soñaran con trofeos académicos (revindicaban tal visión) sino porque deseaban mostrar que estaban equivocados, ya que no veían otra forma de prevenir tal catástrofe.
A no ser que sea reprimida y domesticada, la globalización negativa convierte a la catástrofe en algo inevitable. Sólo cuando esta profecía sea considerada con seriedad, la humanidad podrá albergar albergar alguna expectativa de impedir la catástrofe. La única posibilidad es comenzar una terapia en contra de este creciente miedo, mirar a través de él, estudiar sus raíces… En definitiva: sólo enfrentando el miedo se lo podrá erradicar.
La llegada del nuevo siglo puede conducirnos a la catástrofe final. O puede ser el tiempo en el que se gestione un nuevo pacto entre los intelectuales y la gente. La elección entre estas dos alternativas aún se encuentra de nuestro lado. Yo creo que, en estas circunstancias, la pérdida de la esperanza es el mayor desastre que le puede acontecer a la humanidad. Tener esperanzas es nuestra obligación.

23 de abril de 2008

Leer y escribir en la red / Entrevista a Ricardo Piglia

De Adn Cultura, una muy interesante nota del escritor argentino.
Saludos! Estanis


Entrevista a Ricardo Piglia
El escritor argentino será el encargado de inaugurar la 34° Feria Internacional del Libro. En este diálogo, habla precisamente del lector, la lectura y los cambios que se están produciendo en la noción de autor y en el acto de leer por efecto de la tecnología digital. Además, se refiere a la enseñanza de la literatura y a su interés por las letras de tango, a las que les dedicó un seminario.

Abril y mayo son meses intensos para el escritor argentino Ricardo Piglia. En estos días, el autor de Respiración artificial es el centro de unas jornadas que en su homenaje se realizan en Casa de América, en Madrid. Dentro de un mes, el escenario será París: otro homenaje tendrá lugar en La Sorbona, donde habrá un coloquio internacional sobre su obra. Y entre un acontecimiento y otro, en apenas unos días, Buenos Aires podrá escuchar el discurso inaugural con que el autor de una obra que cruza la ficción con la crítica y la autobiografía abrirá la 34» Feria Internacional del Libro.

Profesor de literatura latinoamericana en la Universidad de Princeton, Estados Unidos, Piglia ha incursionado también en el cine, la ópera y el cómic. Allí están, además de sus novelas, relatos y ensayos, los guiones de cine junto a Nicolás Sarquis, Héctor Babenco y Fernando Spiner; la ópera La ciudad ausente junto a Gerardo Gandini; la literatura argentina bajo la forma de la historieta en la revista Fierro. "Yo nunca he considerado que la literatura estuviera ajena a esos diálogos. Siempre me he acercado a esos mundos llevando lo que soy y creo saber o hacer; y en cada una de esas salidas aprendí muchísimo y descubrí gente fantástica." Entre conferencias y homenajes, Ricardo Piglia tiene tiempo para arremeter con nuevos bríos la escritura de Blanco nocturno , una novela sobre la que trabaja hace años. Y también para sostener este diálogo que deambula por el placer de leer y la invisibilidad del lector, la relación entre literatura y cibercultura, el interés por el tango, las experiencias virtuales y las vidas posibles. Piglia es, ante todo, un fino y agudo lector que indaga en el modo en que la literatura trata aquello que está fuera de ella.

-El lector siempre ha sido un tema de tu interés.

-Sí, me parece más interesante hablar del "lector" y no de los "lectores". Remitirse a la experiencia del individuo concreto y no a la serie. Cuando pensamos en el lector, pensamos en alguien particular y, a diferencia del autor, que es puro nombre, el lector tiende a ser anónimo. El lector conocido es el que escribe lo que lee, el que se convierte en escritor o en crítico; el resto, en cambio, sostiene una práctica invisible y secreta, en condiciones específicas.

-En El último lector hacés una suerte de tipología: allí aparecen el lector adicto, el que lee para saber cómo vivir, el que lee para descifrar redes sociales. ¿Cuáles de todos ellos es Ricardo Piglia? O mejor, ¿en función de qué adoptás distintas posiciones de lectura?

-Traté de identificar y de seguir el rastro de algunos lectores personalizados, digamos así, según aparecían en las novelas. En qué situación leían, para qué usaban lo que estaban leyendo. Había una serie de preguntas implícitas: cómo funcionaba el libro que estaban leyendo, cuánto costaba. Eran preguntas concretas, muy literarias a mi modo de ver, porque no se podían generalizar. En cuanto a mí puedo decir, antes que nada, que soy un lector apasionado y disperso. Durante años me gané la vida leyendo, fui editor y leía para seleccionar lo que se iba a publicar. Leí muchísimas novelas policiales para la serie negra que hice a fines de los años sesenta. Uno lee treinta novelas para encontrar un libro que valga la pena traducir. Hay mucha gente que se gana la vida leyendo, lo cual no significa que sean conocidos, y se podría hacer una cartografía de ese trabajo. Los historiadores, por ejemplo, son lectores extraordinarios. Quizá los más extraordinarios y sofisticados que se pueda encontrar. Gente como Carlo Ginzburg o como François Hartog, como Marta Madero o José Emilio Burucúa, para no ir más lejos. A ellos habría que preguntarles qué quiere decir leer. Comparados con los historiadores, los críticos literarios parecen lectores que nunca leen.

-¿Te definirías, entonces, como un lector profesional?

-Me gustaría, sí, definirme de ese modo porque seguro que no soy, ni me interesa ser, un escritor profesional. Me he ganado la vida leyendo. Pero también soy un lector salteado, que lee lo que le cae en la mano, en distintos momentos, por distintos motivos.

-¿Y dónde leés habitualmente?

-No leo en la cama, a diferencia de muchos lectores; más bien soy un lector errante. Leo mucho en los bares, leo varios libros al mismo tiempo, la lectura es una experiencia, y las experiencias están ligadas a lugares y a posiciones del cuerpo. Las lámparas son importantes cuando uno lee; de dónde viene la luz. Tengo una lámpara de pie que tiene una luz más bien difusa. Pero en general no leo de noche. De noche voy al cine o salgo a cenar con los amigos o voy a escuchar música o a jugar al billar...

-¿Cómo ves esa idea que circula casi como un deber ser, un valor supremo, de que "hay que leer", que leer es bueno, positivo, aunque no se sabe qué leer? ¿Leer es mejor que hacer otras cosas?

- En cuanto a si es mejor alguien que lee que alguien que no lee, no estoy muy seguro. Acaba de salir un libro en los Estados Unidos Hitler s Forgotten Library , y entre sus libros preferidos estaba La cabaña del tío Tom De modo que la idea de que los contenidos de la lectura producirían un efecto moral es bastante dudosa. Pero uno podría pensar que un sujeto que lee construye el sentido de una manera que quizás incide en el modo de entender lo real. Habría ahí cierto orden, cierto tipo de continuidad lineal y de construcción privada del sentido, que daría cierta percepción de la realidad. Pero insistiría en el carácter individual de la experiencia. Por otro lado, como se ha dicho ya, las revoluciones modernas -entre ellas la que pronto celebrará su bicentenario- han sido iniciadas por los hijos del libro. Sin duda, la lectura está asociada con un determinado tipo de civilización, una civilización de larguísima duración. Se pueden establecer muchas conexiones entre la cultura obrera y la lectura, la fundación de bibliotecas, la edición de libros baratos, los círculos de lectura popular. Esa fue la tradición de los anarquistas y de los socialistas, que lo primero que hacían era fundar una biblioteca y recomendar una serie de libros básicos. Esa cultura es la mía. Por supuesto los anarquistas no solo leían libros...

-¿Qué lugar tiene la lectura en tu vida no profesional, en tu vida de relaciones, en la percepción del mundo?

-Bueno, forma parte de mis relaciones. Siempre me pareció notable que, cuando a uno le gusta un libro, inmediatamente quiere que sus amigos lo lean; lo compra, lo regala. Una especie de sociabilidad rara.

-¿La literatura es un tema de conversación?

-Comento las novelas que estoy leyendo, pero no me interesa hablar de literatura en general. Leo muchas biografías, diarios, memorias, cartas. Así que siempre hay un repertorio de pequeñas historias, anécdotas, situaciones, bastante divertidas a veces. Estoy muy entusiasmado con Carlo Emilio Gadda, que vivió en la Argentina y escribió una novela extraordinaria sobre sus años aquí, El aprendizaje del dolor , que sucede en un pueblo que se llama Lukones, por el viejo Lugones, ¿no? Sería bueno compararla con Trans-Atlántico de Gombrowicz, tienen muchos puntos en común. En fin, ahora estoy leyendo todo lo que encuentro de Gadda, la correspondencia, los ensayos; tiene un artículo muy divertido sobre un viaje a la provincia del Chaco. La literatura funciona también como una especie de memoria alternativa. Está hecha de recuerdos ajenos, de sueños propios, de historias personales.

-En esta era de expansión de los medios y del mundo digital, ¿ha cambiado el estatuto de la literatura? ¿La literatura sigue teniendo el mismo poder crítico que se le atribuyó?

-Probablemente haya cambiado, es difícil saberlo todavía. Yo pienso que la literatura es un uso del lenguaje muy complejo, quizás el más complejo posible, y me parece que la experiencia de la literatura ayuda a descifrar y a entender mejor los otros usos del lenguaje que circulan en la sociedad. Me parece que la literatura ha tenido siempre esa función. Un modo de conocer que no solo tiene que ver con el contenido de lo que se está leyendo sino con los modos de descifrar el sentido. Es una experiencia donde está en juego la creencia, la relación ficción-verdad, lo no dicho, la incertidumbre; una serie de usos del lenguaje que luego el sujeto va a utilizar de manera espontánea en su comprensión de los otros discursos sociales. Esa es para mí una de las funciones de la literatura y no creo que la vaya a perder. "No se ha de llover el rancho en donde este libro esté." Me parece que a eso a se refería Hernández cuando escribió esos versos en el final del Martín Fierro .

-¿El acceso masivo a la tecnología, fenómenos como Internet, los blogs, han modificado la lectura? ¿En qué sentido?

-Lo que ha cambiado básicamente es el acceso a los textos que se pueden leer. Cualquiera de los de mi generación sabe lo que era conseguir un libro, una información, y lo que hoy tenemos a disposición es extraordinario. Las nuevas tecnologías democratizan el acceso a la cultura en sentido amplio y establecen una relación personal muy dinámica con todo ese conocimiento disponible. Ahora, aceptado esto, hay que decir que la velocidad con la que se lee no ha cambiado. El lenguaje escrito tiene un tiempo para ser descifrado que no se puede cambiar. La velocidad de la lectura, más allá de los formatos y de las diferencias entre los lectores, es básicamente la misma. Como sabemos, la técnica de la lectura veloz resultó un chiste idiota. Porque la lectura establece una temporalidad que es la del cuerpo. El lenguaje define nuestra relación con la temporalidad, no solo porque la tematiza en los tiempos verbales sino porque tiene un tiempo propio que no se puede cambiar. Lo cambiaron los matemáticos, que establecieron una serie de signos para acelerar la comprensión de fenómenos muy complejos. Pero las notaciones artificiales no pueden sustituir la práctica del lenguaje. El esperanto fue otra ilusión inútil. Los jóvenes hacen cambios mínimos en ese sentido, escriben las palabras en forma simplificada, taquigráfica, y así se acercan a la criptografía. Buscan acercar el lenguaje a la imagen. Pero de ese modo no aceleran el sentido, solo lo abrevian. Quizá la poesía es la única práctica que ha logrado hacer algo con la velocidad de la significación; condensa y superpone el sentido de manera extraordinaria, de modo que nos permite una relación con el lenguaje a la vez muy lenta y muy fugaz.

-Tal vez haya una aceleración en la escritura de la poesía; sin embargo, el tiempo de lectura de la poesía parece mucho más detenido que el de la narrativa.

-Dice muchísimas cosas con pocas palabras y con una métrica que decide todo. La sintaxis quebrada de la poesía es la clave del sentido junto con la disposición gráfica de los versos. Habría que estudiar los tiempos de la lectura. Por supuesto, el pasaje de la lectura en voz alta a la lectura en silencio significó un cambio importantísimo. Lo mismo que la separación de las palabras y los signos de puntuación, todo un protocolo de indicios que permiten acelerar, ralentar, establecer cortes. Pero en ese sistema complejo, la velocidad de la lectura se ha mantenido básicamente estable. Y me parece que ese es el problema.

-La velocidad se asocia también con la imagen.

-Claro, hay una relación antagónica entre la imagen y la lectura. Porque cuando se dice que una imagen vale más que mil palabras, sencillamente se dice que una imagen llega más rápido y se descifra más rápido que las mil palabras, que necesitan un tiempo para ser leídas. Las imágenes no dicen más, lo dicen más rápido.

- ¿Y se producen cambios en relación con la escritura?

-Por supuesto, no debemos entender por cambios la simple tematización. Que en las novelas ahora la gente no se mande cartas sino e-mails y mensajes de textos es simplemente un dato, del mismo modo que en las novelas del siglo XVIII los personajes andaban a caballo y ahora van en auto. Pero que haya habido cambios en los modos de narrar no lo veo todavía. Los que han llegado más lejos en ese sentido han sido Borges y Joyce. Básicamente porque han trabajado con la expansión de una red de sentido, han tratado de romper la linealidad apacible de la narración, y empezaron a incorporar elementos que hoy encontramos en el mundo digital como algo ya muy popularizado. Bastaría pensar en "El Aleph" o "El jardín de senderos que se bifurcan", para encontrarnos con esas posibilidades de alternativas y de múltiples recorridos, implícitos ya en un texto. Y no hablemos del Finnegans Wake, un intento de crear la simultaneidad absoluta. Borges y Joyce hicieron usos del lenguaje y de la narración que están muy cerca de las experiencias múltiples de las máquinas actuales.

-También tu literatura propone una lectura no lineal, en red. Hay saltos y remisiones permanentes -podríamos hablar de links- a otros textos. Al mismo tiempo que cada libro tiene una particularidad, hay escenas, situaciones, reflexiones que se reiteran, se amplifican, se modifican, y de algún modo los límites entre uno y otro libro se desdibujan.

-A eso aspiraría, ¿no?, a la idea de remisiones, que a veces son implícitas y a veces explícitas. Ojalá todos mis libros se pudieran leer como un solo relato.

-Habrían cambiado ciertos modos de leer

-Es la experiencia de la percepción distraída: estamos leyendo, pero al mismo tiempo escuchamos la radio, vemos la tele sin sonido, leemos un e-mail , hablamos por teléfono. Ya no somos el lector que lee con una luz en la noche, aislado. La vieja metáfora de la isla desierta que usan los medios, como ejemplo de la lectura perfecta: ¿qué libro se llevaría usted a una isla desierta?, es decir, qué libro leería usted si no tuviera otra cosa que hacer. La lectura como condena. El lector es un naúfrago, no tiene alternativas. Porque lo que se vendría a romper hoy es justamente esa idea de aislamiento. Macedonio ya hablaba de esto en los años veinte, con su idea del lector salteado. Todos somos hoy el lector salteado de Macedonio Fernández. El lector que asume la interrupción como un elemento interno a la lectura misma. Y la narración se ha hecho cargo de esa ruptura. Ya no hay linealidad. Macedonio primero que nadie, entre nosotros. Y Joyce, por supuesto. O la poesía del gran Leónidas Lamborghini. Yo siempre cuento una historia que me padece muy divertida. La primera persona que se conectó por la Web con Amazon compró el Finnegans Wake . Amazon es el comienzo del fin de la librería como espacio real, y cuando el primer lector virtual va a buscar un libro no busca una novela de John Gardner, desde luego, sino un libro que de una manera explícita tiene que ver con ese mundo nuevo.

-La escena planteada por el mundo digital estaba ya en esos escritores

-Claro, ya la habían tematizado. Debemos recordar a Macedonio, porque yo no conozco a otro que haya concebido con tanta claridad esta nueva figura del lector disperso. Había leído el Tristram Shandy de Laurence Sterne, claro, y había leído por supuesto, mejor que nadie, el Quijote . La noción de Macedonio de "lector salteado" es la que habría que usar para definir al que lee en la Red. Otro ejemplo puede ser William Burroughs, con su teoría del cut-up (esa unión arbitraria de fragmentos de textos), una técnica que se ha expandido de modo increíble hoy.

-Tal vez también se esté modificando el concepto de experiencia. Ya sea porque las experiencias reales se entrecruzan con las virtuales, o porque resulta más difícil distinguirlas. La gente dice: me encontré con tal, estuve charlando con tal, y eso ocurrió en un canal de chat.

-Mi impresión es que la noción de experiencia se amplía y también se amplía el concepto de ficción. Hay experiencias virtuales, vamos a llamarlas así, que tienen la forma de las experiencias imaginarias y de las vidas posibles. El como si utópico de la ficción convertido en práctica social. Tomás Disch decía que la publicidad era el cuento de hadas del capitalismo. Ahora estamos en otro tipo de cuentos de hadas La experiencia tiene que ver con las vidas posibles. La posibilidad de ampliar la experiencia, de experimentar, está en el origen. Entre otras cosas, está en el origen del relato.

-En ese sentido, vos tenés varias vidas: una vida en Princeton, una vida en Buenos Aires, y también la vida del escritor reconocido que da conferencias por el mundo. ¿Como se llevan entre sí esas vidas?

-Eso de algún modo ha estado siempre presente en mi propia vida. En una época vivía en La Plata y en Buenos Aires. Pasaba dos o tres días en La Plata, donde daba las clases. Y después venía a Buenos Aires, y hacía otra vida, con otros amigos, en otra circulación. Las cosas se fueron dando de ese modo. Y lo de Estados Unidos también se dio por necesidad de trabajo, empecé a viajar, a pasar parte del año, a vivir en Princeton y en Buenos Aires. Como si viviera dos vidas. Vivo en otra lengua, con otros amigos, funciono de otra manera. Soy alguien que actúa en un universo completamente distinto al de Buenos Aires, y cuando vuelvo a Buenos Aires me convierto en otra persona.

-¿Como es enseñar en Princeton?

-En primer lugar, no se diferencia del modo en que yo he enseñado en mis grupos privados en la Argentina y luego en la Universidad de Buenos Aires. Ni el tema de los cursos, ni la forma de enseñar, ni el tipo de relación que establezco entre lo que estoy enseñando y los estudiantes se ha modificado, al menos no deliberadamente. Por supuesto, los estudiantes son distintos, las condiciones de trabajo son distintas, pero yo no adapto mis cursos cuando voy a enseñar a Princeton. He intentado ser fiel a lo que creo que puedo transmitir -no enseñar, sino transmitir-, que es un modo de leer. Siempre me ha resultado muy productivo tener un espacio de discusión sobre literatura con un grupo de jóvenes interesados, habitualmente inteligentísmos, muchas veces más llenos de ideas que yo mismo. Y eso pasaba en Buenos Aires en los grupos en mi casa y en la UBA, y también en Princeton. Me gusta mucho esa escena: un grupo de jóvenes alrededor de una mesa y yo, que mientras tanto voy envejeciendo; hay una suerte de intensidad en la discusión; la literatura está en el centro, parece ser lo más importante pero también es un pretexto, porque la literatura nos permite hablar de política, de historia, de los usos del lenguaje Nunca he considerado la enseñanza diferente o antagónica de mi práctica como escritor.

-¿Qué enseñás en Princeton?

-El plan de los cursos y los libros que leemos están siempre ligados a temas más amplios; son maneras de discutir cuestiones más generales que están implícitas en los textos. "La ficción paranoica", por ejemplo, es un curso sobre el género policial y sus transformaciones y sus modalidades. Por lo tanto aparecen cuestiones ligadas a la ley, al delito, a la verdad. En cierto sentido es un curso sobre el crimen y la sociedad. Después tengo un curso que se llama"Las tres vanguardias", donde discutimos la obra de Saer, de Puig y de Walsh. Es un intento de discutir las poéticas de la narración implícitas en esos tres escritores, muy distintas desde luego entre sí. Las diferencio por el modo como se vinculan con la cultura de masas. Saer con una actitud de rechazo, planteando que la literatura sería el lugar de resistencia frente a los lenguajes estereotipados que circulan en los medios; Puig con una actitud de incorporación de las formas de la cultura de masas, y también de los temas, sin perder su carácter experimental como novelista; y Walsh metido políticamente en el interior de la cultura de masas, creando medios de prensa, investigando, interviniendo con su práctica específica. También doy un seminario sobre el Facundo , que es un curso sobre el siglo XIX y sobre el concepto de masa; doy un seminario sobre las novelas cortas de Onetti; un curso sobre Borges, en fin, lo de siempre.

-También diste un seminario sobre letras de tango, ¿no? ¿Que te interesa del género? ¿Qué leés en las letras de tango?

-Yo leo el corpus, en lo posible completo, de todas las letras de tango, como si fueran pequeños relatos urbanos. Por lo tanto, los leo como lo que también son: situaciones narrativas muy concentradas, historias muy bien contadas, con un narrador muy definido, y siempre basadas en situaciones dramáticas. Además, el tango tiene, como tienen los grandes géneros, un comienzo y un fin muy claros. Ya sabemos que el primer tango es "Mi noche triste" , de 1917, y yo digo un poco en broma que el último es "La última curda", de 1956. Después de ese tango, lo que se hizo fue otra cosa, porque se perdió la idea de la situación dramática que sostiene y controla toda la argumentación poética, y empezó ese sistema de asociación libre, de surrealismo un poco berreta del violín con el gorrión y la caspa con el corazón. En los grandes tangos siempre hay una situación dramática en sentido teatral: un monólogo o un relato construido por una situación muy bien definida. Cuando el protagonista dice "Percanta que me amuraste", le está diciendo eso a una mujer determinada en una situación específica. Y además el tango tiene un desarrollo histórico muy fijo; termina cuando, caído el peronismo, se difunde el rock y la cultura juvenil. De modo que en el curso vemos qué pasó en la ciudad de Buenos Aires entre 1917 y 1956, y cómo se lee eso en letras. Los tangos, como la literatura, no reflejan una realidad sino que postulan una realidad. Nadie puede decir que la ciudad de Buenos Aires era como dicen los tangos. En los tangos no hay nunca un padre, nadie trabaja, las chicas son milongueras, se lo pasan todos de farra, a los cuarenta años ya están de vuelta, arruinados, envejecidos, mirando con nostalgia y cinismo su propio pasado. Los tangos elaboran de una manera elíptica, como hace la literatura, cuestiones sociales, por ejemplo cómo las mujeres se van de los barrios al centro a trabajar, y por lo tanto la mirada masculina paranoica, amenazada, las convierte a todas en milongueras y en putas. Porque en definitiva el tango lo que dice es que en un mundo que está dominado por el dinero, por la corrupción, por la falta de valores, lo único que vale y perdura son los sentimientos, los afectos.

-¿Hay alguna letrística que te interese fuera del tango?

-El tango es para mí una memoria afectiva y una relación sentimental. Me gustan mucho los tangos cantados por mujeres. Mercedes Simone, Ada Falcón, Rosita Quiroga, Elba Berón. Me hacen acordar a mi madre cantando tangos en casa, en el patio, en la cocina, cuando yo era chico. De modo que tengo con el tango una relación muy intensa que viene del pasado y es muy difícil de trasladar, por ejemplo, a la milonga sureña, que también me gusta mucho, pero es una relación más intelectual. También me gustan mucho el blues , el jazz , Bessie Smith, Billie Holiday, Ella Fitzgerald, Aretha Franklin, Eartha Kitt. Y algunas letras de rock, aunque no tengo una cultura rockera muy desarrollada. Estoy ligado al rock argentino porque Jorge Álvarez, que era nuestro editor, fue el productor de los primeros rockeros argentinos y el creador del sello Mandioca, y nos arreaba a todos a esos primeros conciertos para hacer público. Así que empezamos con Manal, con Almendra, con Pappo. Pero yo creo que la relación con el tango tiene que ver con que una memoria afectiva, con una experiencia de infancia. Y además, claro, la capacidad narrativa extraordinaria de los autores para contar una historia en tres minutos. ¡Y los objetos con los que construyen las historias! Uno de mis tangos preferidos es "Viejo esmoquin". Y cómo lo canta Gardel. El tipo está tirado en una pensión, sin un peso, con todo empeñado, y lo único que le queda es el esmoquin, ¿no es genial? muy argentino. Lo que dijo Malraux cuando vino a Buenos Aires: esta es la capital de un imperio que nunca existió.

-Ya que hablamos de autores, y volviendo a la escena actual, ¿qué está pasando con la noción de autor? Porque con las posibilidades técnicas que ofrecen Internet y los nuevos medios (la facilidad del "corto y pego", la disponibilidad de los textos), la idea de autor parece estar en cuestión, al menos en lo que se refiere a la propiedad intelectual

-Yo veo ahí un punto de transformación posible. Porque esta nueva situación pone en escena una contradicción que está presente pero que apenas percibimos, que es el hecho de que en el lenguaje no hay propiedad privada. Es la sociedad la que luego define la propiedad, y define también la literatura, que es un uso privado del lenguaje. La escritura está ligada a esa cuestión desde su origen. Son las relaciones de propiedad las que están ahora en cuestión y parecen entrar en una nueva etapa.

Por Patricia Somoza
Para LA NACION

16 de abril de 2008

Arthur C. Clarke / Biografía

Les dejo a continuación, lo prometido. Primero un video tributo al escritor con imagenes de 2001 Odisea del espacio, la novela del escritor llevada al cine por Stanley Kubrick; debajo del mismo, la biografía del autor.



Arthur Charles Clarke nació en 1917, en Minehead, Somerset, Inglaterra. Tras acabar sus estudios secundarios se trasladó a Londres en 1936, para trabajar como funcionario. Fue ya un activo miembro del fandom antes de la Segunda Guerra Mundial, en la que sirvió como instructor de radar en la RAF entre 1941 y 1946, con el empleo de Teniente de Vuelo. Después de la Segunda Guerra Mundial entró en el King's College, Londres, en 1948, acabando con honores sus estudios en física y matemáticas.
El gran interés de Clarke por las posibilidades de la ciencia siempre fue muy evidente. Entre 1946 y 1947 fue presidente de la Sociedad de Interplanetaria Británica, repitiendo de 1950 a 1953. Su primer relato de ciencia ficción publicado profesionalmente fue LOOPHOLE para ASF, en abril de 1946. En sus primero años como escritor usó el seudónimo Charles Willis en tres ocasiones, y escribió una vez como E. G. O'Brien.

Los primeros relatos de Arthur C. Clarke están sólidamente construidos, giran usualmente sobre un único tema científico y terminan, frecuentemente, con una solución sorprendente, sin desdeñar en algunas ocasiones un elaborado toque humorístico.

Arthur C. Clarke escribió el guión de 2001: UNA ODISEA ESPACIAL (1968) junto a Stanley Kubrick. La novelización fue escrita, cuando la película estuvo rodada, por el propio Clarke basándose en el guión.
Con EL CENTINELA se presentó la primera paradoja en la obra de Clarke; el autor a quien se consideraba el más claro exponente de la ciencia-ficción hard, dura o, por definir con más precisión; científicamente coherente, se ve fuertemente atraído por la metafísica y la mística.
Clarke, que es visto como el escritor de ciencia-ficción que con más entusiasmo propugna el optimismo ilimitado en el espíritu humano, y la idea de que la potencialidad casi infinita de humanidad, concluye que el género humano está en pañales en comparación a la Inescrutable Sabiduría de arcanas civilizaciones extraterrestres.
En los 60 Arthur C. Clarke dedica sus energías creativas a obras ajenas al género, y a la divulgación científica, sobre todo a la exploración submarina, siendo él mismo un entusiasta buceador, una de las razones por las que en 1956 fijó su residencia en Sri Lanka
Su estilo como divulgador es lúcido y ameno, rivalizando únicamente con otro escritor de ciencia-ficción que destaca igualmente como divulgador científico; Isaac Asimov.
Arthur C. Clarke se hizo muy conocido en todo el mundo cuando intervino como comentarista para la CBS en las misiones de las misiones Apolo 11, 12 y 15. Tras el éxito de 2001: UNA ODISEA ESPACIAL, Clarke se convirtió, probablemente, en el autor de ciencia-ficción más conocido en el mundo, y en los EEUU, en el escritor extranjero del género más popular.
En 1980 gana el premio Hugo de novela con FUENTES DE PARAÍSO, donde relata la construcción de un ascensor espacial de 36.000 kilómetros de altura. Se trata del trabajo más notable de la última época de Arthur C. Clarke.
Para muchos lectores, Arthur C. Clarke es la personificación de la Ciencia Ficción. Clarke siempre escribe con lucidez, a veces en un tono frío, frecuentemente con gracia, siendo un agudo evocador que ha producido algunas de los imágenes más memorables en ciencia-ficción. Es comúnmente aceptado como una figura relevante en el desarrollo del género a partir de la Segunda Guerra Mundial, especialmente por su visión liberal, optimista ante los posibles beneficios de la tecnología, y por su desarrollo de la visión stapledoniana de la perspectiva cósmica, en la que el género humano es visto como un niño al que antiguos habitantes de universo, sabios y arcanos, tratan como un padre generoso o simplemente con una displicente indiferencia.
Murió el 18 de febrero de 2008 en Sri Lanka a los 90 años.

Pueden obtener mas info en el sgte. link a Wikipedia Arthur C. Clarke o también en el sitio de su fundación Clarke Foundation

15 de abril de 2008

La moneda de la suerte / Stephen King

Un excelente cuento, extraído del libro Todo es Eventual. Espero les guste y muy pronto subo la biografía del autor.
Saludos
Estanis

La moneda de la suerte
Stephen King

—¡Maldito hijo de puta! —gritó en la habitación vacía del hotel más sorprendida que furiosa.
Y a renglón seguido, porque así era ella, Darlene Pullen se echó a reír. Se sentó en la silla, junto a la cama desecha y abandonada, con la moneda de veinticinco centavos en una mano y el sobre del que había caído en la otra, paseando la mirada entre ambos y riendo a mandíbula batiente hasta que las lágrimas le resbalaron por las mejillas. Patsy, su hija mayor, necesitaba aparatos de ortodoncia. Darlene no tenía ni idea de cómo iba a pagarlos; llevaba toda la semana preocupada por el asunto, y aquello era la gota que colmaba el vaso. Y si no era capaz de reír, ¿qué le quedaba? ¿Buscar un arma y pegarse un tiro?
Cada chica dejaba el crucial sobre, que llamaban «el gordo», en un lugar distinto. Gerda, la sueca que había hecho la calle antes de encontrar a Jesús el verano anterior durante una reunión de renacimiento espiritual en Tahoe, lo apoyaba contra uno de los vasos del baño; Melissa dejaba el suyo bajo el mando de la tele. Darlene, por su parte, lo apoyaba contra el teléfono, y esa mañana, al encontrar el de la 322 tirado sobre la almohada, había sabido que el cliente había dejado algo para ella.
Desde luego que le había dejado algo, una mísera moneda de veinticinco centavos, en Dios confiamos.
Sus carcajadas, que ya habían empezado a remitir, volvieron a descontrolarse.
El sobre llevaba unas palabras impresas junto al logotipo del hotel, las siluetas de un caballo y un jinete en lo alto de un acantilado, enmarcados en un rombo.

Bienvenido a Carson City, la ciudad más hospitalaria de Nevada (decían las palabras bajo el logotipo). Y bienvenido también al hotel Rancher, el alojamiento más hospitalario de Carson City. Ha preparado su habitación Darlene. Si tiene algún problema, no dude en marcar el 0 y acudiremos raudos y veloces. Le proporcionamos este sobre por si queda satisfecho y desea dejar algo para la camarera.
Una vez más, bienvenido a Carson y al Rancher.
WILLIAM AVERY
Jefe de ruta

Muy a menudo, el sobre estaba vacío. Darlene había encontrado sobres desgarrados en la papelera, arrugados en el rincón (como si la idea de dar una propina a la camarera enfureciera a algunos clientes), o flotando en el retrete, pero a veces se topaba con una sorpresa agradable, sobre todo si las tragaperras o las mesas de juego se habían portado bien con un cliente. El de la 322 había utilizado el suyo, desde luego. Había dejado una moneda de veinticinco, ¡Dios mío! Eso pagaría la ortodoncia de Patsy y la consola Sega que Paul quería más que nada en el mundo. Ni siquiera debería esperar hasta Navidad, podría comprárselo como... como...
—Regalo de Acción de Gracias —terminó de decir en voz alta—. ¿Por qué no? Y pagaré a los de la tele por cable para que podamos quedárnosla. Incluso añadiremos el Canal Disney y por fin podré ir al médico por lo de la espalda... Joder, pero si soy rica. Si pudiera dar con usted, señor, me arrodillaría y le besaría los putos pies.
Pero no caería esa breva. El de la 322 ya se había largado. El Rancher era probablemente el mejor alojamiento de Carson City, pero los clientes solían ser de paso. Cuando Darlene entraba por la puerta trasera a las siete de la mañana, se estaban levantando, afeitando, duchando, en algunos casos medicando para la resaca. Mientras ella estaba en la sala de personal con Gerda, Melissa y Jane (gobernanta de formidables pechos y boca firme pintada de rojo), tomando café, llenando el carrito y preparándose para el día, los camioneros, vaqueros y vendedores pagaban la factura tras llenar o no el sobre en cuestión.
Y el encantador caballero de la 322 había metido una moneda de veinticinco en el suyo. Probablemente también le había dejado un regalito en las sábanas, por no hablar de algún recuerdo en el retrete con la cadena sin tirar. Porque algunas personas no podían contener su generosidad; eran así.
Darlene lanzó un suspiro, se enjugó las mejillas con el dobladillo del delantal y abrió el sobre, que el de la 322 se había tomado la molestia de cerrar y que ella, en su ansia por saber qué contenía, había rasgado en un extremo. Tenía intención de volver a meter la moneda dentro, pero en ese momento vio que contenía algo más, una nota garabateada sobre una hoja de papel del hotel.
La sacó, y bajo el logotipo de jinete y corcel, el de la 322 había escrito el siguiente mensaje con lápiz de punta roma:
Esta es una moneda de la suerte. ¡De verdad! ¡Qué suerte la suya!
—¡Qué chollo! —exclamó Darlene—. Tengo dos hijos y un marido que lleva cinco años desaparecido en combate, así que no me iría mal un poco de suerte, de verdad que sí.
Lanzó otra carcajada y dejó caer la moneda en el sobre. Luego entró en el baño y echó un vistazo al retrete. Solo agua limpia, al menos era algo.

Se dedicó a sus tareas, que no le llevaron demasiado tiempo. La moneda de marras era una decepción, pero por lo demás, el cliente de la 322 se había comportado. No vio rastro de manchas en las sábanas, ninguna sorpresa desagradable (en al menos cuatro ocasiones durante sus cinco años como camarera, los cinco años transcurridos desde que Deke la dejara, había encontrado manchas medio secas de lo que solo podía ser semen en la pantalla del televisor, y una vez incluso un charco apestoso de meados en un cajón de la cómoda), ni tampoco había desaparecido ningún objeto. Solo tuvo que hacer la cama, enjuagar el lavabo y la ducha, y cambiar las toallas. Mientras trabajaba intentó imaginar qué aspecto tendría el cliente de la 322 y qué clase de hombre dejaba una propina de veinticinco centavos a una mujer sola con dos hijos a los que criar. Uno capaz de reír y portarse como un cabrón a la vez, se dijo; un tipo con tatuajes en los brazos y una pinta como el personaje que interpretaba Woody Harrelson en Asesinos natos.
«No sabe nada de mí —pensó al salir al pasillo y cerrar la puerta tras de sí—. Probablemente estaba borracho y le pareció gracioso. Y en cierto modo es gracioso, porque si no, no te habrías reído.»
Exacto, si no, no se habría reído.
Mientras empujaba el carrito hacia la 323, pensó en regalar la moneda a Paul. De sus dos hijos, Paul era el que solía quedar en desventaja. A sus siete años, era un niño callado y aquejado de mocos casi perpetuos. Asimismo, Darlene estaba convencida de que debía de ser el único niño de siete años con asma en aquellos parajes desérticos de aire limpio y seco.
Lanzó un suspiro y abrió la 323 con su llave maestra, pensando que tal vez encontraría un billete de cincuenta o incluso de cien en el sobre. Era el primer pensamiento que le cruzaba por la cabeza al entrar en una habitación. Pero el sobre estaba donde lo había dejado, apoyado contra el teléfono, y aunque echó un vistazo para cerciorarse, ya sabía de antemano que lo encontraría vacío, y así fue.
Por otro lado, el cliente de la 323 sí había dejado un regalito en el retrete.
—Vaya, vaya, ya ha empezado mi racha de buena suerte —comentó en voz alta antes de echarse a reír otra vez y tirar de la cadena.
Ella era así.

Había una máquina tragaperras, una sola, en el vestíbulo del Rancher, y pese a no haberla utilizado ni una vez en los cinco años que llevaba trabajando allí, se metió la mano en el bolsillo cuando se dirigía a almorzar, palpó el sobre rasgado y se desvió hacia la cazagilipollas cromada. No había olvidado su intención de regalar la moneda a Paul, pero veinticinco centavos no significaban nada para los niños hoy en día, y era lógico, porque ni siquiera podían comprarse una mísera Coca-Cola con ese dinero. Además, de repente ardía en deseos de deshacerse de la maldita moneda. Le dolía la espalda, tenía, contra su costumbre, mucha acidez a causa del café que se había tomado a las diez y estaba profundamente deprimida. Todo lo veía negro y echaba la culpa a la monedita de marras... como si desde el bolsillo le enviara malas vibraciones.
Gerda salió del ascensor justo a tiempo para ver a Darlene plantarse delante de la máquina y dejar caer los veinticinco centavos del sobre sobre su mano.
—¿Tú? —se escandalizó Gerda—. No me lo puedo creer.
—Pues no te lo pierdas —replicó Darlene antes de introducir la moneda en la ranura que decía INTRODUCIR 1, 2 O 3 MONEDAS—. Ahí va.
Acto seguido empezó a alejarse de la tragaperras y, casi como quien no quiere la cosa, alargó el brazo para tirar de la palanca. Luego siguió su camino sin molestarse en observar las ventanillas, por lo que no vio aparecer las tres campanas en ellas, una, dos y tres. De hecho, no se detuvo hasta que empezó a oír el tintineo de las monedas al caer en la bandeja situada en la parte inferior de la máquina. Entonces abrió los ojos de par en par, al cabo de un instante los entornó con expresión suspicaz, como si aquello no fuera más que otro chiste... o el final del anterior.
—¡Has ganadoo! —gritó Gerda con espeso acento sueco por la emoción—. ¡Has ganado, Darlene!
La sueca pasó como una exhalación junto a Darlene, que se limitó a permanecer inmóvil, oyendo la cascada de monedas como un pasmarote. El tintineo se le antojó interminable. «Qué suerte —pensó—. Qué suerte la mía.»
Por fin dejaron de caer monedas.
—¡Dios mío! —exclamó Gera—. ¡Dios mío de mi vida! ¡Y pensar que esta máquina nunca me ha dado nada, después de todas las monedas que le he llegado a echar! ¡Debe de haber quince dólares, Darlene! ¡Imagínate si hubieras metido tres monedas de veinticinco!
—No habría podido soportar tanta suerte —masculló Darlene.
Tenía ganas de llorar; no sabía por qué, pero así era. Sentía las lágrimas quemándole los ojos como ácido diluido. Gerda la ayudó a sacar las monedas de la bandeja, y, en cuanto todas fueron a parar al bolsillo del uniforme de Darlene, el lado correspondiente del vestido quedó ladeado de un modo cómico. El único pensamiento que acudió a su mente fue que debía comprarle algo a Paul, algún juguete. Quince dólares no bastaban para la consola Sega que quería, ni de lejos, pero tal vez sí para uno de esos trastos electrónicos que siempre admiraba en el escaparate de Radio Shack en el centro comercial, sin pedir nada, porque sabía que era inútil, era enclenque pero no tonto, así que se limitaba a mirar con ojos siempre hinchados y llorosos.
«No le comprarás ningún juguete —se reprendió—. Los ahorrarás para unos zapatos, sí señora, o para los malditos aparatos de Patsy. A Paul no le importará y lo sabes.»
No, a Paul no le importaría, y eso era lo jodido, se dijo mientras deslizaba los dedos entre las monedas y oía su tintineo, pero a ella sí. Paul sabía que los barcos, coches y aviones teledirigidos que exhibía el escaparate estaban tan fuera de su alcance como la consola y todos los juegos que podían jugarse en ella; para él, aquellas cosas existían solo de forma abstracta, como los cuadros en las galerías o las esculturas en los museos. Pero para ella...
Bueno, quizá le comprara alguna tontería con el botín. Alguna tontería mona para sorprenderlo.
Para sorprenderse a sí misma.
Y se sorprendió a sí misma, desde luego.
Mucho.
Aquella noche decidió volver a casa a pie en lugar de tomar el autobús. Tras recorrer la mitad del trayecto por North Street, decidió entrar en el hotel casino Silver City, donde no había puesto los pies en su vida. Cambió las monedas, dieciocho dólares en total, por billetes en la recepción y sintiéndose como una visitante en su propio cuerpo, se acercó a la ruleta y alargó los billetes al crupier con mano entumecida. Aunque en realidad, no solo tenía entumecida la mano, sino que todos los nervios de su cuerpo parecían muertos, como si aquel comportamiento repentino y aberrante hubiera acabado con ellos.
«Da igual —se dijo mientras apostaba las dieciocho fichas color rosa a la casilla IMPAR—. Únicamente son veinticinco centavos, a pesar de lo que parezcan sobre el fieltro, no es más que un chiste de mal gusto que un cliente le ha gastado a una camarera a la que no ha visto en su vida. Únicamente son veinticinco centavos y sigues queriendo librarte de ellos, porque aunque se han multiplicado y cambiado de forma, todavía te están enviando malas vibraciones.»
—No va más, no va más —anunció el crupier mientras la ruleta giraba en sentido contrario a las agujas del reloj y la bola cabalgaba sobre ella.
Al poco, la bola rebotó una vez más y quedó trabada en una casilla. Darlene cerró los ojos un instante, y al abrirlos comprobó que la bola viajaba en la casilla del 15.
El crupier empujó otras dieciocho fichas, que a Darlene le parecían chicles aplastados, hacia ella. Las cogió y puso todo lo que tenía en el rojo. El crupier la miró con las cejas enarcadas, preguntándole en silencio si estaba segura. Darlene asintió con un ademán, y el crupier hizo girar la ruleta. Cuando salió el rojo, Darlene cambió su creciente fortuna al negro.
Luego a impar.
Luego a par.
Tras la última apuesta tenía quinientos setenta y seis dólares frente a ella, y su mente se había trasladado a otro planeta. Ante ella no veía fichas negras, verdes y rosadas, sino aparatos de ortodoncia y un submarino teledirigido.
«Qué suerte—pensó Darlene Pullen—. Pero qué suerte la mía.»
Volvió a apostar todas sus fichas, y la pequeña muchedumbre que siempre se apiñaba tras los ganadores en racha en las ciudades de juego, incluso a las cinco de la tarde, lanzó un gruñido colectivo.
—Señora, no puedo autorizar semejante apuesta sin permiso del jefe de sala —advirtió el crupier.
El hombre parecía mucho más despierto que cuando Darlene se había acercado a la mesa ataviada con su uniforme de rayón a listas blancas y azules. Acababa de apostar todo su dinero a la segunda docena, los números del 13 al 24.
—Pues que venga, cariño —replicó Darlene.
Esperó con infinita calma, los pies firmes en la tierra, concretamente en Carson City, Nevada, a diez kilómetros del lugar en que se abriera la primera mina de plata, allá por 1878, la cabeza en las profundidades de las minas de deluminio en el planeta Chapascuno, mientras el jefe de sala y el crupier hablaban y la muchedumbre murmuraba. Por fin, el jefe de sala se acercó a ella y le pidió que anotara su nombre, dirección y teléfono en un papel de color rosa. Darlene obedeció y quedó intrigada al comprobar que la letra con que escribía apenas se parecía a su caligrafía habitual. Estaba tranquila, tan tranquila como el más tranquilo de los mineros de las explotaciones de deluminio, pero las manos le temblaban con violencia.
El jefe de sala se volvió hacia el crupier e hizo girar un dedo en el aire. Adelante, muchacho.
Esta vez, el sonido de la bolita blanca se oía con toda claridad en las inmediaciones de la ruleta. El gentío que la rodeaba guardaba un silencio absoluto, y la apuesta de Darlene era la única de toda la mesa. Aquello era Carson City, no Montecarlo, y para Carson era una apuesta descomunal. La bola siguió su camino saltarín, cayó en una casilla, rebotó, cayó en otra y dio un último respingo. Darlene cerró los ojos.
«Suerte —pensó o más bien rezó—. Qué suerte la mía, madre con suerte, chica con suerte.»
La gente gimió, bien horrorizada, bien extasiada. Así supo que la ruleta giraba lo bastante despacio para conocer el resultado. Darlene abrió los ojos, convencida de que por fin se había quedado sin sus veinticinco centavos.
Pero no era así.
La bolita descansaba en la casilla del 13 negro.
—Dios mío, cariño —musitó una mujer a su espalda—. Deme la mano, quiero tocarle la mano.
Darlene se la dio y advirtió que otra persona le cogía la otra y se la acariciaba. Desde muy lejos, desde la minas de deluminio donde tenía lugar aquella fantasía, percibió que dos, luego cuatro, luego seis y luego ocho personas le frotaban la mano con suavidad en un intento de contraer su suerte como si de un catarro se tratara.
El crupier estaba empujando pilas y pilas de fichas hacia ella.
—¿Cuánto? —preguntó con un hilo de voz—. ¿Cuánto hay?
—Mil setecientos veintiocho dólares —repuso el hombre—. Felicidades, señora. Yo que usted...
—Pero usted no es yo —lo atajó Darlene—. Quiero apostarlo todo a un número. Ese —anunció, señalando el 25 —A su espalda, alguien profirió un gritito como si acabara de llegar al orgasmo—. Hasta el último centavo.
—No —denegó el jefe de sala.
—Pero...
—No —repitió el hombre, y Darlene llevaba casi toda la vida trabajando a las órdenes de hombres, tiempo suficiente para saber cuándo hablaban en serio—. Normas de la casa, señora Pullen.
—Muy bien —resopló ella—. Muy bien, gallina.
Se acercó las pilas de fichas, volcando algunas de ellas.
—¿Cuánto me dejará apostar?
—Si me disculpa un momento —murmuró el jefe de sala.
Se ausentó unos cinco minutos. Durante ese intervalo, la ruleta permaneció inmóvil. Nadie dirigió la palabra a Darlene, pero muchos le tocaban las manos y a veces le daban palmaditas como si hubiera perdido el conocimiento. El jefe de sala regresó acompañado de un hombre alto y calvo que llevaba esmoquin y gafas de montura dorada. No miró a Darlene, sino más bien a través de ella.
—Ochocientos dólares —espetó—, pero no se lo recomiendo —advirtió al tiempo que bajaba la mirada hacia su uniforme antes de volver a alzarla hasta su rostro—. Considero que debería canjear sus fichas, señora.
—Y yo considero que usted no sabe una puta mierda de nada —replicó Darlene.
El calvo apretó los labios con expresión disgustada, y Darlene se volvió hacia el crupier.
—Hágalo —ordenó.

El crupier colocó un cartelito con la cifra 800 $ escrita en él de forma que cubriera el número 25. Luego hizo girar la ruleta y dejó caer en ella la bola. En el casino entero reinaba un silencio sepulcral, respetado incluso por las tragaperras. Darlene levantó la mirada y la paseó por la sala, sin sorprenderse al ver que la hilera de televisores que hasta entonces habían mostrado carreras de caballos y combates de boxeo ahora solo mostraban la ruleta... y a ella.
«Me he convertido en una estrella de la tele. Qué suerte. Qué suerte la mía.»
La bola danzaba, la bola saltaba. En un momento dado estuvo a punto de quedar atrapada, pero siguió girando como un derviche en torno a la bruñida circunferencia de madera.
—¿Cuánto? —gritó de repente Darlene—. ¿Cuánto puedo ganar?
—Treinta a uno —repuso el calvo—. Si gana se llevará veinticuatro mil dólares, señora.
Darlene cerró los ojos...

... y los abrió en la 322. Seguía sentada en la silla, con el sobre en una mano y la moneda que había caído de él en la otra. Aún tenía las mejillas húmedas por las lágrimas de risa.
—Qué suerte la mía —murmuró y abrió el sobre para escudriñar el interior.
No había ninguna nota; todo había sido fruto de su imaginación.
Con un suspiro, Darlene se guardó la moneda en el bolsillo del uniforme y empezó a limpiar la 322.
En lugar de llevar a Paul a casa después de la escuela como de costumbre, Patsy lo llevó al hotel.
—Tiene unos mocos tremendos —explicó a su madre con un desdén del que solo los adolescentes de trece años eran capaces—. Es que hasta se atraganta. He pensado que a lo mejor quieres que lo lleve al médico.
Paul la miraba con ojos llorosos y pacientes; tenía la nariz roja como un tomate. Estaban en el vestíbulo. En aquel momento, ningún cliente se estaba registrando en el hotel, y el señor Avery (Tex para las camareras, que lo detestaban unánimemente) no estaba en recepción. Seguro que se había ido a su despacho a cascársela, si es que se la encontraba.
Darlene apoyó la mano en la frente de Paul, sintió la fiebre al instante y suspiró.
—Supongo que tienes razón —musitó—. ¿Cómo te encuentras, Paul?
—Bien —aseguró Paul con voz nasal.
Incluso Patsy parecía desmoralizada.
—Seguro que se muere antes de los dieciséis —masculló—. Será el primer caso de sida espontáneo o algo así.
—¡Cierra la boca ahora mismo, Patsy! —espetó Darlene con inesperada dureza... aunque fue Paul quien se asustó y desvió la mirada.
—Y encima se porta como un bebé —añadió Patsy, exasperada.
—No es verdad, solo es sensible y tiene las defensas bajas —Darlene se metió la mano en el bolsillo—. ¿Quieres esto, Paul?
Su hijo la miró, vio la moneda de veinticinco centavos y esbozó una sonrisa.
—¿En qué te los vas a gastar, Paul? —se burló Patsy—. ¿Invitarás a salir a Deirdre McCausland?
—Ya se be ocudidá algo —farfulló Paul.
—Déjale en paz, Patsy —regañó Darlene—. ¿Por qué no dejas de chincharlo un rato?
—Ya, pero ¿a mí qué me das? —replicó Patsy—. Lo he acompañado hasta aquí, siempre lo acompaño a todas partes, ¿no? ¿Y qué me das a cambio?
«Aparatos de ortodoncia —pensó Darlene—, si es que algún día puedo permitírmelos.» Y de repente se sintió abrumada por la desdicha, por la sensación de que la vida era un inmenso vertedero, escoria de deluminio, que se cernía sobre ella, siempre a punto de desmoronarse y hacerte pedacitos antes incluso de matarte. La suerte era una parida. Incluso la buena suerte no era más que mala suerte maquillada.
—¿Mamá? —murmuró Patsy con expresión repentinamente preocupada—. No quiero nada, era broma. De verdad, mamá.
—Tengo un ejemplar de Sassy, si lo quieres —anunció Darlene—. Lo encontré en una de las habitaciones y me lo guardé en la taquilla.
—¿El de este mes? —quiso saber Patsy, suspicaz.
—Pues sí. Vamos.
Habían recorrido unos pasos cuando oyeron la moneda caer, el chasquido inconfundible de la palanca y el susurro de los tambores de la tragaperras.
—¡Pero serás idiota! —increpó Patsy a su hermano—. ¡Ahora sí que la has fastidiado! —aseguró en tono más bien satisfecho—. ¿Cuántas veces te ha dicho mamá que no malgastes el dinero en cosas así? ¡Las tragaperras son para los turistas!
Pero Darlene no se volvió siquiera. Se detuvo ante la puerta que conducía al país de las camareras, donde las batas baratas de Ames y Wal-Mart pendían en hilera como sueños avejentados y desechados, donde el reloj registrador emitía su tictac, donde el aire siempre olía al perfume de Melissa y el Reflex de Jane. Se quedó escuchando el susurro de los tambores, esperando el tintineo de las monedas al caer en la bandeja, y cuando empezaron a caer ya estaba pensando en el modo de pedir a Melissa que cuidara de los niños mientras ella iba al casino. No tardaría mucho.
«Qué suerte la mía», pensó y cerró los ojos. En la oscuridad tras sus párpados, el sonido de las monedas al caer se le antojaba ensordecedor, como escoria metálica cayendo sobre un ataúd.
Todo sucedería tal como lo había imaginado, de alguna forma estaba segura de ello, pero a pesar de ello no podía desterrar de su mente la visión de la vida como una montaña de metal alienígena, como una mancha espantosa que sabes que jamás podrás sacar de tu prenda favorita.
Pero Patsy necesitaba aparatos, Paul tenía que ir al médico para vigilar su constante moqueo y sus ojos siempre llorosos, necesitaba una consola Sega tanto como Patsy necesitaba ropa interior de colores para sentirse divertida y sexy, y ella necesitaba... ¿qué? ¿Qué necesitaba ella? ¿Que volviera Deke?
«Ya, que vuelva Deke —pensó casi riendo—. Necesito que vuelva Deke tanto como volver a la pubertad o pasar por otro parto. Lo que necesito... bueno...»
(nada)
Exacto. Nada de nada, cero patatero. Días negros, noches vacías y muchas risas.
«No necesito nada porque tengo mucha suerte», pensó con los ojos aún cerrados. Las lágrimas intentaban colarse por entre los párpados cerrados mientras, a su espalda, Patsy gritaba a voz en cuello:
—¡Joder! ¡Joder, joder, joder, te ha tocado el gordo, Paulie! ¡Te ha tocado el puto gordo!
«Qué suerte —pensó Darlene—. Qué suerte la mía.»